3
Soy un caballero
Jordan
Suena el timbre. Una vez. Dos veces. Joder. Espero a que quien quiera que esté en la puerta se largue, pero sigue insistiendo.
Miro el reloj: las ocho y veinte de la mañana. ¿Quién cojones será? Anoche no conseguía dormirme y ahora estoy hecho polvo.
Me levanto trastabillando, cruzo el salón y llego hasta la puerta dispuesto a mandar a la mierda a quien esté al otro lado, sin embargo, al abrir, me encuentro a una preciosa Elly en ropa deportiva y con dos cafés en la mano.
Se le atraganta lo que fuera que iba a decir y me mira de arriba abajo.
Sigo su mirada y entonces caigo: le he abierto la puerta en calzoncillos.
No es la primera vez que me ve así —a veces entra en los vestuarios cuando estamos dentro—, pero aquí, en mi casa, a solas, parece que tiene un significado diferente. Me tapo con la puerta como puedo:
—¿Elle? ¿Qué haces aquí?
Upps. ¿Ha sonado muy borde? No era mi intención para nada, aunque Elly no se achanta:
—Hola a ti también. ¿Qué tal estás, Elly? ¿Quieres pasar? Oh, me has traído un café. Muchas gracias, Elly.
Abro la puerta y la dejo entrar.
—Voy a ponerme algo de ropa. Ahora vuelvo.
Elly va directa a la isla de la cocina y se sienta en uno de los taburetes con su café. Y yo entro en mi dormitorio preguntándome por qué ha venido. Ahora es cuando me dirá que lo de ayer era una broma.
Cojo unos pantalones cortos grises de deporte y una camiseta negra sin mangas. Me visto corriendo y vuelvo a la cocina, donde ella sigue esperándome.
Intento hacerme el gracioso:
—Hola, Elle, ¿qué tal estás? Oh, me has traído un café, muchas gracias.
—Mucho mejor. —Me obsequia con una sonrisa.
Vale, punto para mí. Joder, qué sonrisa.
Nos quedamos callados un momento, mirándonos.
—¿Has pensado en lo de ayer? —Va directa al grano.
—¿Te refieres a que hice un partido de mierda o a lo de venirte el fin de semana conmigo y mis amigos para hacerte pasar por mi novia?
—A las dos.
—Eh... La verdad es que pensaba que estabas de coña.
—Iba en serio.
¿Iba en serio? ¿En serio en serio?
—¿Por qué querrías hacer eso? No me malinterpretes, no somos tan amigos.
—Guau.
¿Por qué no dejo de ser un gilipollas con ella?
—Perdona, ha sonado fatal. Es solo que no acabo de entender por qué estarías dispuesta a tomarte tantas molestias por mí.
—Porque... —Elly no sabe cómo continuar.
Primera vez que la veo sin saber qué decir, supongo que no quiere ofenderme diciéndome que soy patético.
—Porque parecías muy agobiado —termina respondiendo.
Joder, sí que tuve que darle pena…
—Siento haberte soltado mis movidas. Estoy bien, de verdad, solo fue... Bueno, que me enteré hace poco de que ella no iba a ir sola.
—Ok... —contesta con cautela—. ¿Quieres hablar de ello?
—No.
Ni en un millón de años quiero volver a hablar de este tema con Elly.
—Uf, menos mal.
Su forma de reaccionar me hace sonreír. Se termina su café y se pone en pie de un salto.
—¿Salimos a correr?
—¿Qué?
La miro sin entender; a este paso va a pensar que soy idiota, si es que no lo piensa ya.
—Que si salimos a correr —repite más despacio.
—Estaba en la cama...
—Eres un deportista de élite, deberías hacer ejercicio.
—Ya hago ejercicio, mucho ejercicio.
—Genial, entonces. ¿Vas a ir así? —dice, señalando mi ropa y poniendo mala cara.
—¿Qué hay de malo con mi ropa?
—Nada. Si a ti te gusta...
Dudo un momento.
—¿Te estás quedando conmigo?
—Un poco, es que es muy fácil. Vamos, ya que he venido hasta aquí, al menos acompáñame a correr.
—En serio, Elle, te lo agradezco, pero estoy bien. No tienes que hacer de niñera.
—La verdad es que lo hago por mí. Si salgo a correr sola siempre me persigue algún baboso. Por favor, acompáñame, iré despacito para que puedas seguirme el ritmo, lo prometo.
—¿Me estás vacilando otra vez?
—No, soy muy rápida.
—Y yo un jugador de fútbol profesional.
—Venga, pues vamos a ver quién gana.
Suspiro. Con lo a gusto que estaba yo en la cama...
Me acerco a la entrada, me pongo las deportivas, cojo la cartera, y las llaves de casa. Abro la puerta y espero a que ella salga primero. Elly se acerca sonriendo, contenta de salirse con la suya.
Me pregunto si alguna vez no lo consigue. Lo de salirse con la suya. Supongo que no le debe de pasar a menudo.
—¿Por qué vives en este edificio? —pregunta cuando entramos en el ascensor.
Miro a nuestro reflejo en el espejo. Elly es bastante alta, aun así, le saco más de una cabeza.
—Mmm... ¿por qué no? —contesto todavía mirando al espejo.
—Pues porque, con lo que ganas, te puedes permitir algo mejor.
Me río. Qué pija es.
—¿No te ha gustado mi casa? ¿Te han parecido poco las vistas del parque desde la planta diecinueve? ¿El mármol de Carrara de la encimera de la cocina tampoco te ha impresionado?
Elly sonríe, divertida, a nuestro reflejo:
—Sabes lo que es el mármol de Carrara. Eso sí que me ha impresionado.
Niego con la cabeza y le cedo el paso cuando las puertas del ascensor se abren. Salgo detrás de ella haciendo un esfuerzo por no mirarle el culo en esas mallas ajustadas que lleva puestas.
—¿Dónde vives tú? —le pregunto mientras salimos a la calle.
—Cerca.
—Déjame adivinar, ¿en el edificio Cristal, a un par de manzanas?
Elly sonríe con suficiencia.
—Qué pija eres... Así que tampoco te ha costado tanto venir hasta mi casa.
No dice nada, solo me sonríe y, según entramos en el parque, empieza a correr. Salgo detrás de ella, qué pereza.
—Deberías calentar primero —la regaño cuando me pongo a su altura.
—¿Consejo de jugador de élite? —responde sin alterar su respiración.
Asiento y seguimos corriendo durante algo más de un cuarto de hora. La verdad es que va bastante deprisa, aun así, no me cuesta seguirle el ritmo.
—¿Eso es todo lo que sabes hacer? —la pico.
—¿Ya has calentado lo suficiente? ¿Podemos empezar entonces?
Lo dice con voz melosa y, sin esperar respuesta, acelera un poco, pero sigo siendo más rápido que ella, aunque no sé cuánto aguantaré así, espero que se canse rápido.
Una hora después estamos los dos sin aliento tirados en el césped.
—Nunca te he visto correr por aquí —le digo cuando consigo recuperar el aliento.
—Tengo una cinta en casa.
—¿Prefieres correr en casa que aquí? —me incorporo sobre mis codos para observarla.
—No, es solo que no me gusta correr sola.
—¿Era en serio lo de los babosos?
—Más o menos. ¿Tú sales a correr?
—Por las noches.
—Entonces sí que no nos vamos a encontrar nunca.
—Pues por la noche es cuando mejor se está, a mí me relaja.
—Claro, con tu tamaño a mí tampoco me importaría; si eres una chica las cosas son diferentes.
Voy a responderle, pero Elly se levanta dando por zanjada la conversación.
Me tiende la mano para ayudarme a levantarme, la aceptó y dejo que lo haga, aunque me siento tentado de tirarla al césped porque, con su minicuerpo, no podría levantarme ella sola ni en un millón de años.
—Ha sido divertido correr contigo —me dice—, pero la próxima vez no me dejes ganar.
—Soy un caballero —respondo encogiéndome de hombros.
—Seguro...
Se gira y empieza a caminar. Nos acercamos hasta la salida más cercana a su edificio.
—Bueno, nos vemos —se despide, echando a andar, mientras yo me quedo parado viendo cómo se aleja.