Ganar al límite (Gold Rush Ranch nº 2) 27 Cole #2
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27 Cole #2

Vaya. Eso sí que no me lo esperaba. Pero, claro, Billie tiene su propio drama familiar y problemas paternos no resueltos con los que lidiar. Quizá nos parecemos más de lo que pensaba.

—Lo malo es que Violet está fuera de tu alcance —dice, y yo gruño y doy otro sorbo, porque también tiene razón en eso—. Lo bueno es que es un puto ángel y no lo ve de esa manera. —Ladea la cabeza hacia mí y levanta su cerveza en un brindis silencioso—. Así que tienes eso a tu favor.

—Gracias por el voto de confianza, hermana.

Supongo que si ella me llama así, bien puedo devolvérselo.

Curva los labios en una sonrisita satisfecha.

—Lo que tienes que hacer es verlo de otro modo: no se trata de Violet, se trata de que creas que eres digno de ella.

—Sabes que ya le pago a alguien para que me ayude con esas revelaciones, ¿verdad?

—Acepto efectivo y cheques —dice sin perder el ritmo. Me echo a reír sin poder evitarlo. Odio admitirlo, pero Billie es graciosa—. ¿Qué haría que te sintieras digno de ella?

—Esa es la puta pregunta… No lo sé.

—¿Qué te detiene? ¿Esto? —me da un golpecito en la sien—, ¿o esto? —Toca la prótesis.

Vuelvo la cabeza muy despacio para mirarla. Sus brillantes ojos felinos me miran con curiosidad.

—¿Cómo lo has sabido?

—Si te preguntas si Violet me lo ha contado, la respuesta es que no.

Pero me gano la vida estudiando a los caballos y a la gente, y creo que veo cosas que los demás no ven: el lenguaje corporal, las pequeñas señales…

¿Un caballo tiene miedo o está incómodo?

¿Cómo puedo diagnosticar el problema? Me paso la vida evaluando, y reconozco que tú lo disimulas bien, pero tu modo de andar es un poco raro y siempre usas pantalones largos y calcetines altos independientemente de la temperatura.

Y te masajeas la pierna sin siquiera darte cuenta. Hace tiempo que lo deduje.

—¿Y no has dicho nada?

Arruga la nariz, confusa.

—¿Por qué iba a decir nada? Primero, no me importa, y segundo, no es asunto mío.

—¿Lo sabe Vaughn?

—No. Una vez le dijiste que mi secreto era algo que teníamos que hablar él y yo, y pienso lo mismo sobre esto. Es algo que tenéis que hablar vosotros.

Me hundo un poco.

—¿Crees que me perdonará?

Niega con la cabeza, distraída, mirando a su caballo.

—¿Qué tiene que perdonarte? Es tu hermano pequeño y te quiere.

Me arden los ojos con la simplicidad de esa declaración, como si fuera lo más obvio del mundo, lo más natural. Odio lo mucho que le he fallado a Vaughn.

—¿Y qué hay de Violet?

—Pues la misma pregunta: ¿qué tiene que perdonarte? ¿Planeas romperle el corazón?

Me tenso. La idea de hacerle daño a Violet me sienta como un puñetazo en el estómago. Como la metralla en mi pierna.

—No si puedo evitarlo —me lamento.

—Vale, estupendo. Entonces, ¿a qué estás esperando?

Me doy un golpecito en la sien, como ha hecho ella antes.

—Todo el mundo piensa que estoy jodido por la guerra, pero he trabajado mucho para superarlo y lo tengo bajo control casi por completo.

Lo que me atormenta es la imagen de mi padre cayendo al suelo y muriendo en la pista.

Es lo que veo cada vez que asisto a una de las carreras de Violet.

Es lo que me preocupa cuando monta a caballo.

¿Y si a ella le pasa lo mismo? Esa es la pregunta que me atormenta.

Quiero ser su mayor admirador y, al mismo tiempo, no quiero que vuelva a montar.

Sé que es una tontería, pero es la verdad.

Y tengo que encontrar el modo de superarlo.

Billie hace girar la botella entre sus manos como si me ignorara por completo; permanece en silencio tanto tiempo que incluso llego a dudar seriamente que me haya escuchado parlotear sobre mis sentimientos.

—Vale, pero, entonces, ¿tienes miedo de perder a Violet o de los caballos?

—Yo… —boqueo. Mi primer impulso es decir que por supuesto no les tengo miedo a los caballos.

Crecí rodeado de ellos. Pero algo me detiene y me obliga a reflexionar—.

Nadie me había preguntado eso antes. —¿Yo?

¿Miedo a los caballos? ¿Mis temores provienen más de no entender lo que hace que de mi miedo a perderla?

Mierda —. ¿Podrían ser los dos? Solía montar con mi padre y entonces no tenía miedo, pero ya no lo sé.

—Sí, hombre, claro. Puede ser lo que quieras.

Y puedes ser lo que quieras excepto el fan número uno de Violet porque esa soy yo y vas a tener que pelear conmigo por el puesto.

Y si tú no lo haces, otro tío lo hará. ¿Vale la pena tener que enfrentarte a eso por el improbable riesgo de que muera?

¿Vale la pena perderte lo de la familia y los bebés?

Puaj —gime—. Seguro que Violet hace unos bebés preciosos.

Pero. Qué. Cojones… Billie me acaba de lanzar la bomba emocional más devastadora posible. Me arden las mejillas y el corazón me late con fuerza.

Y volvemos a donde empezamos: la tensión arterial por las nubes.

—De ninguna puta manera. Ni de broma. Eso no va a pasar.

Billie sonríe y apoya los codos en el escalón que tiene a su espalda.

—Genial. ¿Estás listo para ponerte en marcha? Porque tengo un plan.

¿Un plan de Billie? Eso me anima y me aterra a partes iguales, y, a medida que lo pone en voz alta, el terror se convierte en pánico. No estoy seguro de estar a la altura, pero sí de que voy a intentarlo.

Billie se detiene cuando Vaughn aparca su estúpido deportivo.

—¿Va todo bien? ¿Ha muerto alguien? —pregunta cuando sale del coche, preocupado. Supongo que desde su perspectiva es muy raro que Billie y yo estemos tomando una cerveza juntos cuando normalmente somos como el agua y el aceite.

—Todo va genial, salvo que sigues insistiendo en conducir ese coche como un completo gilipollas. Un gilipollas muy sexy, pero… —bromea Billie de inmediato, ganándose una sonrisa astuta y un movimiento de cejas de mi hermano.

Cuando se acerca a nosotros, Billie se pone en pie y me da su botella vacía.

—Tengo que… eh… hablar con Mira sobre la clínica.

Mierda. Se ha ido, así que no me queda más remedio que hablar con Vaughn.

Billie se acerca a él, ignorando la mirada suspicaz en su rostro —al parecer, no se ha creído una palabra—, y le da un rápido beso en los labios y una palmada en el trasero antes de dirigirse a su furgoneta.

Estos dos están hechos el uno para el otro.

—Hola, tío —dice, acercándose a mí—. ¿Te apetece otra cerveza?

Mi cálculo de calorías se va a ir a la mierda, pero no todos los días tienes una conversación como la que estoy a punto de tener con mi hermano pequeño.

—Claro, ¿por qué no?