Ganar al límite (Gold Rush Ranch nº 2) 28 Violet
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28 Violet

Es el día de la carrera de debut de Pippy y debería estar emocionada, pero solo estoy cabreada y un poco triste.

Aún no he sabido nada de Cole. Han pasado dos semanas y aún no he sabido nada de él. Billie sigue diciéndome que no tengo de qué preocuparme, y le he preguntado un par de veces si sabe algo que yo ignoro, pero su respuesta siempre es que no.

Por una vez, espero que me mienta.

No tendría que haberle dado un ultimátum.

No debería haberlo presionado. No tendría que haberme enamorado de él.

Pero aquí estoy, descargando toda esa frustración en el pelaje de Pippy, intentando no contagiarla con mi nerviosismo y fracasando miserablemente.

Todo el mundo sabe que estoy de mal humor: Billie, Hank, Mira, Vaughn…

, y todos me ignoran. Pero Pippy se ha quedado a mi lado.

Es la yegua más feliz y relajada del planeta, eternamente optimista.

Supongo que cuando eres prematura como ella, haber sobrevivido es todo un logro, algo de lo que estar orgullosa.

Necesito que me contagie ese optimismo porque ahora mismo me siento como si me rodearan nubarrones de tormenta.

Lo bueno es que mis instintos asesinos están a tope: quiero ganar; quiero aplastar a la competencia; quiero demostrarles a todos que no soy una rubia tonta, que soy una mujer que cogió un caballo que nadie creía que pudiera correr y lo convirtió en un ganador.

La respiración de Pippy está muy bien últimamente, su salud es excelente y se muestra imperturbable, pero nunca se sabe lo que va a pasar con un caballo hasta que lo pruebas en la pista, si va a nadar o a hundirse.

Hace un par de años yo me lancé de cabeza y ahora le toca a Pippy hacer lo mismo.

—¿Señorita Eaton?

Doy un brinco y me vuelvo con el ceño fruncido para ver a Stefan Dalca en la entrada de nuestro box. Una cosa tengo que reconocerle: le ha echado un par al aparecer en los establos del Gold Rush Ranch sabiendo lo que la mayoría de nosotros sentimos hacia él.

—¿Por qué insiste en hablar conmigo antes de una carrera? No es buen momento. ¿O es que no sabe nada de este deporte?

Parpadea, sorprendido por el modo en que he arremetido contra él. La verdad es que yo también estoy un poco sorprendida. ¿Me gusta? No. Pero no suelo comportarme así.

Puto Cole Harding…

—Solo quería venir a ofrecerle mis disculpas.

—¿Usted? —Lo señalo—. ¿Usted quiere disculparse conmigo? —Me señalo a mí misma con el pulgar.

—Por el comportamiento de Patrick Cassel.

—Bufo y devuelvo mi atención a Pippy—. No tenía ni idea de cómo se comportaba y ya no está a mi servicio —dice.

Cuando me vuelvo hacia él, tensa la mandíbula y clava en mí sus ojos verdes.

Su expresión feroz no deja lugar a dudas acerca de su sinceridad—.

Su comportamiento fuera y dentro de la pista no es propio de alguien que trabaje para mí y, desde luego, no es propio de ningún hombre con el que desee relacionarme.

Siento mucho todas las molestias que le ha causado.

Podría decir algo sarcástico o echarle en cara su sórdida jugada del año pasado, pero parece sincero y arrepentido.

—De acuerdo —resoplo; ciño la cincha alrededor de las costillas de Pippy—. Gracias. Se lo agradezco.

Cuando lo miro, parece sorprendido por mi respuesta, como si esperara que fuera a atacarlo o algo, pero yo no soy así. No me gusta guardar rencor ni tener enemigos. Me gusta llevarme bien con los demás y, si no puedo llevarme bien con Cole, pues al menos me llevaré bien con Stefan. Algo es algo.

—De acuerdo, pues… mucha suerte. —Me tiende la mano y dejo lo que estoy haciendo para estrechársela.

—Muchas gracias. Igualmente.

Le ofrezco una leve sonrisa y se relaja, como si estuviera preocupado de verdad por mi reacción. En una víbora como él, es casi dulce.

Le suelto la mano y me vuelvo hacia Pippy con energías renovadas.

Si alguien como Stefan Dalca puede venir a disculparse, quizá Cole también lo haga.

Aún no se ha acabado el día. Pero ahora es el momento de apartar de mi mente el drama y a los hombres.

Es hora de trabajar, de ponernos manos a la obra.

Es hora de ganar una carrera.

Salimos del establo con todo el equipamiento puesto, y Billie aparece de la nada, como de costumbre, vistiendo uno de los trajes pantalón que siempre se pone en los días de carreras importantes.

Me ayuda a montar y me guía al circo que es Bell Point Park un sábado por la tarde.

Pippy mira a su alrededor con interés, pero no con miedo o nerviosismo, algo que no es muy normal en el debut de una yegua de dos años.

Otros caballos se encabritan, ansiosos, y echan espumarajos por la boca, pero ella se limita a caminar con paso firme y mirada curiosa. Es como si ya hubiera estado aquí antes y solo hubiera venido para enseñarnos una lección. Y quizá sea así. Aún no estoy segura.

Cuando llegamos a las pistas, Billie me da un apretón en la rodilla.

—A por ellos, tigresa —dice.

El poni se acerca y todo lo demás desaparece de mi vista: el ruido, las distracciones…

Lo único que puedo ver es lo que hay entre esas puntiagudas orejas marrones.

Mi objetivo está justo delante de mí y todo lo que tengo que hacer es estirar la mano y alcanzarlo.

Billie y yo ya hemos hablado de estrategia.

El plan es, en esencia, tomármelo con calma y dejar que la potra encuentre su ritmo.

Es una simple carrera de entrenamiento y no cuenta para la clasificación, así que no hay ninguna presión… , salvo la que yo me he echado encima.

Después de dar una vuelta, llegamos a la puerta y al fin noto que Pippy se tensa un poco. Arremolina las orejas sobre la cabeza, me echo a reír y la rasco con suavidad.

—Buena chica. Puedes hacerlo. Todos te descartaron pensando que eras demasiado pequeña y débil, pero vamos a demostrarles que estaban equivocados, ¿vale? Vamos a demostrarles lo que puede hace una actitud positiva.

Y quizá debería aplicarme el cuento: la energía positiva genera energía positiva.

Pippy muestra una actitud ganadora y, cuando se abren las puertas, sonrío. Me lo dice el corazón: Pippy va a ganar la carrera.

Baja la cabeza y corre hacia delante con todas sus fuerzas. No se queda rezagada ni se aparta. No mide a la competencia, más bien, parece dispuesta a pasarles por encima si no se apartan de su camino.

Adiós a la pequeña y dulce yegua. En su lugar hay una luchadora.

Vuelve a agachar la cabeza y acelera. Intento contenerla un poco porque todavía no está en plena forma y no quiero que derroche toda su energía en el primer tramo.

Correr a toda máquina de principio a fin no es la mejor idea para nadie… excepto para Pippy, al parecer.

Muerde el bocado y cabalga a través de la primera recta.

Me ladeo en la silla para aligerarla de mi peso, pero es como si no lo sintiera: va a toda velocidad y volando al frente de la manada.

¿Y yo? Yo me siento como una niña pequeña a lomos de un poni desbocado.

Todo el tiempo que me he pasado dando vueltas, yendo y viniendo, todas las señales que me indicaban que ella podía funcionar bastante bien…

, todo se ha esfumado. En las carreras de práctica en el rancho era rápida, sí, pero nada como esto.

Así que solo me queda una opción: luchar con ella o dejarla correr de la forma que le resulte natural; dejar que tome la iniciativa y me muestre lo que necesita.

No me hace falta ni pensarlo.

Hundo los pies en los estribos, me agacho hacia su cuello y le doy rienda suelta.

Fluye a través de la curva maravillosamente y no puedo reprimir una sonrisa.

Estando a lomos de un caballo, con el viento en la cara, me siento viva.

Y viendo que no parece ni un poco cansada, diría que Pippy también.

Sale de la última curva y enfila la recta a toda máquina.

Vamos volando, literalmente, y me alegro de que sea una carrera corta porque no sé cuánto tiempo podrá seguir así.

Me arriesgo a mirar por encima del hombro y no puedo creer lo que ven mis ojos: los otros caballos están al menos a diez cuerpos de distancia. Sacudo la cabeza, hundo los nudillos en sus crines y me agacho. Que sean once cuerpos.

Recorremos la recta hasta la meta con un ritmo regular. Noto que está cansada, pero, llegados a este punto, nuestra ventaja es tan grande que no importa. No necesito presionarla.

Decir que volamos al cruzar la línea de meta no alcanza a describirnos.

Deslizo los brazos alrededor de su cuello, le doy un beso en las crines y suelto una carcajada. Ha sido la carrera más rara y divertida de mi vida. Pipsqueak es una absoluta chalada.

—Estás loca, ¿lo sabías? —Me siento más erguida para frenarla un poco, rascándole la cruz como sé que le gusta. Me duelen las mejillas por la intensidad de la sonrisa que no puedo borrar de mi rostro.

Por el rabillo del ojo veo a nuestro poni, y me alegro, porque Pippy no parece muy dispuesta a detenerse.

Con suerte, un caballo mayor y más tranquilo podrá serenarla.

El jinete se acerca a nosotras y coge las riendas, y, por triste que suene, miro a mi alrededor con la esperanza de ver a Cole en algún lugar, vestido con un buen traje y con ese gesto de cascarrabias en el rostro.

Me encanta ese gesto y la voz que lo acompaña.

Me encanta. Debería disfrutar de la victoria, pero en cambio estoy suspirando por el hombre del que me he enamorado como una adolescente tonta.

—Sabía que ganarías —dice el jinete que está a mi lado. Pero es su voz.

Levanto la vista y se me afloja la mandíbula porque Cole Harding está a lomos del robusto cuarto de milla que hay a mi lado y lleva las riendas de Pippy.

Está montando a caballo.

—¿Te ha comido la lengua el gato? —dice, sonriente y muy orgulloso de sí mismo.

Me arden los ojos y se me llenan de lágrimas; tiro de las riendas de Pippy para reducir la velocidad porque quiero que el tiempo se detenga para saltar de nuevo a su regazo.

—Estás aquí.

—Sorpresa. —Su sonrisa solo puede clasificarse de mojabragas, y lo único que puedo hacer es negar con la cabeza—. ¿Pensabas que iba a perdérmelo? —pregunta, ladeando la cabeza.

—Yo… —La velocidad se reduce a un trote y luego a un paseo hasta que nos detenemos en el medio de la pista mientras los otros caballos se dirigen a toda velocidad hasta la línea de meta—. Sinceramente, no estaba segura.

—¿Y perderme la carrera de mis dos chicas? De ninguna manera.

Mis dos chicas.

—Yo… —boqueo, pero no consigo articular palabra—, ¡han pasado dos semanas!

—Lo sé. Aprender a montar de nuevo en dos semanas con una prótesis me ha ocupado todo el tiempo libre.

Escudriño su cuerpo sobre la enorme silla. Parece cómodo.

—Lo llevas bien —digo con sinceridad—. ¿Cómo lo has conseguido?

—Billie —ríe, como si su nombre lo explicara todo—. Dijo no sé qué sobre usar a los caballos como terapia. La verdad, creo que ahí hay negocio.

—Estás aquí. En la pista. A lomos de un caballo —digo como una tonta, incapaz de entender lo que pasa.

Mira a su alrededor como si quisiera embeberse de las vistas, los sonidos y los caballos, y sus labios dibujan una sonrisa melancólica cuando se vuelve hacia mí.

—Lo estoy.

—¿Por qué?

—Porque ya no quiero vivir en la oscuridad.

Se me cierra la garganta. Querría decir algo, pero se me atascan las palabras. Me seco los ojos y miro a nuestro alrededor con timidez. Eso es lo que quería escuchar: que no hace esto solo por mí, sino también por sí mismo.

—Venga, vamos a salir de la pista.

Asiento y él da un suave tirón a las riendas para conducirnos a través de la puerta hacia el círculo de ganadores. Estoy aturdida. Emocionada. En shock.

Monta con muchísima naturalidad. Dijo que cabalgaba con su padre, que les gustaba recorrer juntos los senderos y emprender aventuras, y sé que no ha vuelto a montarse en un caballo desde la muerte de su padre.

—¿Qué tal te sientes al montar de nuevo? —murmuro; los cascos de nuestros caballos resuenan al unísono en el camino de cemento al dirigirnos al círculo de ganadores.

La nuez se mueve en su garganta cuando traga y me mira por el rabillo del ojo.

—Creo que es lo que él habría querido.

Asiento ante lo que me parece un avance y miro hacia la multitud que se ha reunido en el círculo de ganadores. No es tan exagerado como cuando corre DD, pero es aún más satisfactorio. Sinceramente, esta podría ser la mejor carrera de la historia.

Cole está a punto de saltar de su caballo, pero no puedo soportarlo más.

—Espera. —Extiendo la mano y lo agarro del codo derecho; él mira en mi dirección—. ¿Esto significa que vas a intentarlo?

Mira a nuestro alrededor con timidez, sabiendo que todos los ojos están clavados en nosotros.

Probablemente se preguntan por qué estoy charlando con el jinete de mi poni.

Me mira con tanta sinceridad que el corazón se me encoge en el pecho, y acerca una mano a mi mejilla para acariciarme con el pulgar, como siempre hace.

—Sí, Violet. Voy a intentarlo. Más que eso: voy a hacerlo.

Porque tú y yo, nosotros, estamos predestinados.

Nos hemos encontrado una y otra vez. Si eso no es una señal, no sé lo que es.

—Una enorme lágrima se desliza por mi mejilla.

Él la atrapa y me la enjuga—. Te amo, Violet Eaton.

Te amaba antes de conocerte, y bien sabe Dios que ahora te amo todavía más.

Más lágrimas se derraman de mis ojos; oigo los murmullos a nuestro alrededor, pero me da igual: no puedo apartar la mirada de sus ojos plateados como la luz de la luna.

Él cree que es oscuro, pero yo sé que solo brilla de un modo distinto, como la luna ilumina el mundo por la noche, suave y sutil.

No solo brilla, reluce, sobre todo cuando me mira como lo está haciendo ahora.

Y pensar que soy yo quien lo hace brillar me roba el aliento.

—Yo también te amo —susurro, buscando su mirada, deseando tener algo más que decirle.

Se agacha y su boca encuentra la mía.

Y decido mostrarle lo que siento.

Me entrego por completo al beso. Pongo en él el dolor, el anhelo, la admiración, y él lo acepta todo: cada tropezón, cada victoria. Está ahí y sé que siempre va a estar. Me lo dicen sus manos sobre mi piel, su lengua contra la mía como una promesa.

Se aparta y apoya la frente sobre la mía.

—Ve. Saborea la victoria. Ya terminaremos esto más tarde en el box. —Me echo a reír y me sonrojo con el recuerdo. Miro a mi alrededor y me doy cuenta de que tenemos público—. Estoy aquí y no pienso ir a ningún lado.

Le doy un beso rápido, y llevo a Pippy, que parece muy complacida, hacia el círculo de ganadores, donde disfruta de la atención y levanta las orejas para las fotos. Me empapo de todas las sensaciones sabiendo que Cole está ahí.

Y que no va a ir a ningún lado.