26 Violet
Estoy tumbada sobre una manta de franela y las estrellas brillan en lo alto. La mayoría de los caballos ya se han metido en sus establos para pasar la noche, pero nosotras aún estamos tiradas junto a los corrales, al lado del más alejado, el que da a los campos. El que solía usar DD.
—¿Así fue como transcurrió tu primera noche en el rancho, Billie?
—Sí. Pásame el vino.
Las dos me tienen atrapada entre ellas. Esta ha sido su manera de obligarme a salir en una noche de chicas.
Cuando les he dicho que no estaba de humor para ir al Neighbor’s Pub, Billie ha sugerido que viniéramos aquí.
Lo que no les he dicho es que no quería ir al pub porque me recordaba la noche con Cole, cuando por fin se ablandó un poco y las cosas se salieron de madre en su camioneta.
Esa noche, entre las pintas de cerveza y las alitas de pollo con demasiado rebozado, llegamos a una frágil tregua y dimos un paso adelante.
Al día siguiente le construyó el refugio a Pippy.
—¿Y vamos a beber de la botella? —pregunta Mira, que está a mi otro lado.
—Uy, sí —responde Billie—. Con vasos no es lo mismo. Es menos terapéutico.
Me río.
—¿Y el pan? No lo has cortado. ¿Acabas de arrancar un trozo?
—Soy así de elegante. —Mira resopla de un modo muy poco femenino y Billie continúa—: Esto es mucho más divertido con vosotras aquí.
—Os quiero, chicas —digo de pronto, balbuciendo un poco.
—Violet, se acabó lo de beber de la botella —dice Billie—. A ver si así te tragas tus sentimientos.
—Parece un plan tan bueno como cualquier otro. —Me pongo las manos detrás de la cabeza y miro el Cinturón de Orión en el cielo nocturno.
Me pregunto si Cole estará sentado fuera mirando lo mismo que yo. Le gustaba ir con Pippy cuando no podía dormir, pero aún no la he devuelto ahí y me siento mal por ello. Me fui y me llevé al otro ser vivo con el que le gustaba pasar el rato.
—A lo mejor esto te ayuda a tragarlos —dice Mira, sosteniendo ante mí un trozo de pan francés con queso brie. Lo cojo y le doy un bocado—. ¿Has hablado con Cole?
—No —murmuro con la boca llena—. Han pasado tres días y no ha habido llamadas, ni mensajes ni señales de humo desde su casa.
—Bueno, pues vas a tener que encargarte tú.
—No sé qué decirle. Me dijo que no podía soportar que yo fuera jockey . ¿Qué coño se supone que debo hacer? ¿Dejarlo? —bufo—. Que lo follen.
Alzo la vista y veo cómo Mira asiente.
—Y debe de ser bastante bueno en eso de follar si estás tan hecha polvo.
En mi mente aparecen imágenes de sus manos sobre mí, de su voz ronca, de su barba entre mis muslos y de mí apoyada en la pared de ese establo para él.
—Ni te lo imaginas…
—Puaj, qué asco —protesta Billie, sentándose para tomar otro trago de vino—. Los dos sois estúpidos. Él tiene miedo de perderte y tú tienes miedo de perderlo a él. Tenéis que superarlo y volver a follar. Así estaréis de mejor humor: él, menos gruñón, y tú, menos emo .
No puedo evitar una carcajada. Billie no se anda con rodeos. Es lo que más me gusta de ella.
—Cuando te conocí —dice—, pensé que eras como Drew Barrymore en Nunca me han besado: virginal y torpe.
Pero has resultado ser una pervertida, y, joder, lo respeto muchísimo.
Así que pon en marcha a esa chica y haz que Cole deje de esconder la cabeza como los avestruces para que yo no tenga que evitar pasar por las oficinas cuando sé que está ahí.
—Entonces, ¿todo esto va de ti? —Arqueo una ceja y la señalo, vacilante.
—¡Pues claro! ¡Todo va sobre mí!
Las tres nos deshacemos en risas y disfrutamos de ese momento feliz.
Hasta que Mira lo echa a perder.
—Hablando de ególatras: Violet, ¿has hablado con Stefan Dalca?
Me pongo en tensión con la mera mención de su nombre y, de pronto, me siento sobria.
—No. ¿Por qué?
—Dijo que iba a hablar contigo.
—¿De qué?
—No soy yo la que tiene que contártelo.
Mira es como un libro cerrado, y no tiene sentido seguir pinchándola. Billie podría acabar soltándolo todo; ella no.
—Lo he intentado… —digo.
—No sabía que tú y Dalca el capullo erais amigos, Mira. —Billie da otro trago a la botella.
—En serio, Billie, ¿qué pasa contigo y los apodos?
—Por cambiar de tema —dice, y se deja caer de nuevo sobre la manta.
Me siento muy cómoda con estas dos mujeres.
Mis compañeras de trabajo se han convertido en mis amigas; en mis mejores amigas.
Nunca he vivido algo así antes, y me calienta las entrañas.
Como me crie en un rancho sin hermanas y sin mi madre, siempre me he sentido aislada, no lo bastante guay o femenina como para relacionarme con otras mujeres.
Pero Billie prácticamente me asaltó y me dijo que éramos amigas, y Mira se unió a nosotras sin más, con calma al principio, tal vez un poco distante, pero siguió ahí sin que nos diéramos cuenta y ahora…
—Aquí estamos. Hermanas del alma.
No había pretendido decirlo en voz alta, pero ninguna de las dos se ríe y sí se acercan más a mí: sus codos tocan los míos, nuestros pies chocan unos con otros.
Durante los últimos días no me he permitido sentir y me he concentrado en el entrenamiento de Pippy.
Después de ese primer intento fallido, hemos corrido por la pista sin problemas, y me encantaría llamar a Cole y presumir de ella, de mi proyecto, de la prueba viviente de que no soy solo la rubia con suerte a la que le dieron un caballo ganador.
Soy una amazona excepcional, y quiero meterme bajo las sábanas con él y contárselo.
Quiero que me envuelva con su aroma y que el vello de su pecho me cosquillee en los labios cuando le cuente cómo me ha ido el día antes de dormirnos juntos.
Lo quiero a mi lado. Lo quiero apoyándome. Aunque no lo necesito. Solo necesito que sea mío. Y aquí, tumbada junto a las dos mujeres más exitosas y fuertes que conozco, decido que voy a asegurarme de que lo sepa. No voy a ser tímida con lo que quiero. No voy a dejar que se aleje tan fácilmente.
Porque Billie tiene razón: lo que más me aterra es perderlo. Y voy a decírselo aunque él no pueda corresponderme.
Voy caminando por el camino de grava con una linterna en la mano.
Estoy demasiado borracha para conducir y, una vez más, he subestimado la duración del paseo.
A medida que me acerco a la casa, me asaltan las dudas.
Y la sobriedad. Quizá no debería hacer esto.
No sé si me convierte en valiente o en desesperada.
Por un lado, ¿cuántas veces tengo que decirle a este hombre que lo quiero para que me crea? Por otro, si no se lo digo a las claras, cara a cara, sé que voy a arrepentirme. Si dejo que lo nuestro desaparezca sin luchar por ello, nunca me lo perdonaré.
Aun así, me pesan los pies como si alguien hubiera metido plomo en mis Vans a cuadros rosas y blancos.
Podría dar media vuelta: sería fácil, incluso supondría un alivio, pero me propuse hace años correr riesgos, aprovechar las oportunidades, vivir, y eso es lo que estoy haciendo: permanecer fiel a mí misma o, al menos, a la mujer que quiero ser.
Voy hasta la casa y me detengo al pie de los escalones del porche. Es más de medianoche y no hay luces encendidas. Genial. Voy a despertarlo para obligarlo a tomar una decisión. Inspiro hondo y miro al cielo. Una plegaria silenciosa para reunir fuerzas.
—Ten cuidado. He oído que el tipo que vive aquí es un auténtico imbécil.
Me sobresalto y doy media vuelta. Recorro con la mirada el patio oscuro hasta que veo su silueta encorvada sentada sobre la barandilla superior del corral vacío de Pippy.
En la oscuridad su cabello negro como ala de cuervo casi parece moverse con vida propia sobre sus brillantes ojos grises. Me roba el aliento.
—Solo finge que lo es.
—Lo es.
—No lo es.
Cole se pasa las manos por el pelo. Cualquiera diría que quiere que lo odie tanto como él se odia a sí mismo, pero no voy a hacerlo.
—Eres muy terca —dice, dejando caer los codos sobre las rodillas.
Asiento.
—Sí —respondo, sin saber qué decir a continuación. Solo quiero salir corriendo por el camino de grava, besarlo, abrazarlo, rodearle el cuello con las manos y decirle cómo me siento.
—Lo lamento.
La mirada que me recorre el cuerpo de arriba abajo está cargada de dolor y ansiedad.
Cedo al impulso de acercarme porque quiero verlo mejor bajo la luz de la luna.
—¿Qué es lo que lamentas?
Solo nos separa un puñado de metros, y me duele todo el cuerpo con la necesidad de tocarlo, pero no me rindo, porque así me costará mucho más alejarme. Soy como una adicta: un chute más y estaré perdida.
Respira con dificultad unos segundos, y veo cómo suben y bajan sus pectorales bajo su típica camiseta negra. Su armario está lleno de ellas con diferentes escotes pero el mismo color, todas perfectamente colocadas en sus perchas.
—Lamento haberte enviado un mensaje hace dos años, haberme sentido intrigado por tus preguntas y haberme quedado cuando estaba claro que no queríamos lo mismo.
Lamento haber hablado contigo todos los días, a veces toda la noche.
Lamento haber llegado a depender de una mujer a la que no conocía en persona para sentirme bien.
Lamento haberte avergonzado para protegerme, el modo en que te hablé el día que ganaste el Denman Derby, y no creo que jamás vaya a perdonármelo.
Lamento haberme portado como un capullo gruñón cuando viniste a vivir aquí.
Lamento no haber podido resistirme a ti, haberte mentido, no haberte dicho lo que merecías saber.
Y lamento no ser lo que te mereces. —Se detiene, jadeando bajo el peso de la larga lista que acaba de recitar, y baja la mirada—.
Joder, y lo siento, porque me enamoré de ti en algún momento de ese camino y ahora no sé qué hacer.
Ese día en la pista con DD me desmayé y me caí, pero no fue nada comparado con esto. Me tambaleo, y no creo que sea por el vino que he bebido directamente de la botella.
—¿Me amas? —digo con voz aguda e insegura, que suena como la de una niña incluso a mis propios oídos. Me tiembla la barbilla.
—Sí —reconoce, y también está temblando cuando su mirada encuentra la mía.
—¡Pues soluciona tus mierdas y empieza a amarme! —espeto en una ráfaga de frustración inesperada.
—No es tan fácil. Yo… —gruñe, tenso, y aparta la mirada—. Estoy jodido, Violet, y tengo un montón de trabajo duro por delante. Esas mierdas no van a mejorar solo porque yo quiera.
Si está buscando que me compadezca, no va a conseguirlo. ¿Acaba de decirme que me ama y sigue evitándome con un tonto? Eso es incluso peor que pensar que no le importo lo suficiente como para hacer que lo nuestro funcione.
—¿Quieres hacerlo? ¿Quieres mejorar? Porque, por lo que he visto, estás estancado.
—Violet…
—No. Lo estás. No me mientas ni pretendas que no es así.
Coge al toro por los cuernos de una vez.
No quiero que estés mejor. ¿Mejor cómo? Eso no es un objetivo porque no es cuantificable.
Elige algo que puedas hacer y hazlo. No me hace falta que estés a pie de pista o que vengas a todas las carreras.
No necesito que ames a los caballos, solo necesito que me ames a mí.
Da un respingo, con los ojos grises muy abiertos y vidriosos, y los labios carnosos apretados como si estuviera reteniendo las palabras que no se atreve a pronunciar.
—Sé que te ves a ti mismo como un ser oscuro, pero no lo eres. Eres un remolino de colores de todas las tonalidades, un mosaico. Eres complicado y hermoso, y no voy a renunciar a ti, así que es mejor que tú no renuncies a mí.
Las palabras resuenan entre nosotros como campanadas en un día ventoso. El silencio es tenso y siento el peso de mi conciencia cuando me preparo para darle una fecha límite.
—Pippy va a correr su carrera de debut dentro de dos semanas. Espero que para entonces tengas un plan. O no. Así al menos sabré qué hacer con mi vida.
—¿Me estás dando un ultimátum? —dice, ofendido al máximo, como si nadie tuviera el derecho de decirle lo que tiene que hacer.
Todo el mundo está tan ocupado pisando huevos a su alrededor de su humor de mierda y su personalidad torturada que se olvidan de tratarlo como alguien responsable, capaz de manejar la presión y de sufrir las consecuencias de sus actos.
—Sí —respondo—. Dos semanas son más que suficientes para que decidas si vas a intentarlo o no.
Eso es todo. No tienes que estar —levanto las manos para dibujar unas comillas en el aire— «mejor».
No tienes que estar curado. No tienes que ser un hombre nuevo.
No quiero un hombre distinto. Te quiero con tu rudeza y tu forma de ser tan gruñona.
—Doy un paso adelante, dejo caer las manos sobre sus rodillas; siento los músculos debajo de mis palmas y los aprieto para instarlo a que me mire a los ojos de verdad, para que sepa que voy muy en serio, que siento cada palabra hasta la médula de los huesos—.
Sé que todos los demás han permitido que te encierres en ti mismo, que nadie se ha tomado la molestia de estar a tu lado.
Todos te han fallado y se ha dado por vencidos con demasiada facilidad.
—Niego con la cabeza y las lágrimas brotan de mis ojos por lo injusto de la situación, con más ganas aún de luchar por él—.
Te quiero, pero tú también tienes que quererte. No tengo suficiente amor para los dos.
No hay nada más que decir. Cole lo sabe y solo asiente, así que me doy media vuelta y me alejo de él pensando que podría ser la última vez. Regreso a mi apartamento por el camino de grava y me enfrento por fin a esa posibilidad.
Y las lágrimas se derraman de mis ojos.