Ganar al límite (Gold Rush Ranch nº 2) 25 Violet
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25 Violet

—No debes enfadarte con él, Violet. No lo has visto. Estaba… —Billie se interrumpe con una mirada perdida de sus ojos ámbar, que se arrugan en las comisuras—. Creo que se habría sentido mejor si hubieras dedicado un minuto a demostrarle que todo iba bien.

—¿Por qué?

Estamos limpiando los arreos juntas; paso con fuerza la esponja empapada en jabón para sillas de montar por las riendas de Pippy. Me siento agraviada.

—Estaba haciendo mi trabajo y no lo quiero por aquí controlándome y diciéndome lo que tengo que hacer. ¿Te imaginas que yo entrara en su oficina e hiciera lo mismo?

—Lo sé, lo sé. —Billie escurre el agua de la esponja con un profundo suspiro—.

Pero, a veces, cuando nos importa alguien, hacemos nuestras sus prioridades.

No lo has visto, Violet. Ha salido corriendo.

He llegado a pensar que iba a lanzarse de cabeza a la pista.

No creo que la intención de Cole sea controlarte, sino mantenerte a salvo: tu seguridad es importante para él.

Dale un poco de cancha. La próxima vez, cálmate y cuenta hasta diez antes de saltar.

—No sabía que estabas de parte de Cole —digo, y me arrepiento al instante de lo infantil que ha sonado.

—Y yo no sabía que tenías doce años. —Billie arquea una de sus bien dibujadas ceja hacia mí, reprendiéndome sin necesidad de decir una palabra. Me da un apretón en el hombro y un beso fraternal en la cabeza—. Hasta luego, tía dura.

En cuanto se va, no paro de darle vueltas en la cabeza a la frase sobre las prioridades compartidas, y todavía estoy pensando en ello cuando llego a casa de Cole, consciente de que tenemos que dejar claras algunas cosas.

Porque si yo voy a hacer mías sus prioridades, él también debe hacer suyas las mías.

Estoy a punto de abrir la puerta y entrar cuando los nervios me paralizan.

¿He sido demasiado dura con él?, ¿demasiado brusca?

Estaba molesta porque me había caído; quería que la experiencia fuera lo mejor posible para Pippy y no ha sido así, y estaba machacándome por ello.

Y eso me llevó a machacar a Cole. Si debo fiarme de las caras de Hank y Vaughn, creo que tal vez he sido más dura de lo necesario, aunque fuera sin querer.

Así que, por culpa de esa distancia entre los dos, opto por llamar. No quiero entrometerme.

—Adelante —dice con voz entrecortada y débil.

Giro el pomo y entro en la bonita casa de campo, amplia y sencilla, pintada en tonos blancos y azules.

Me recuerda a la cerámica de Delft, como la que mi padre todavía conserva en la vitrina del comedor que mi madre heredó de su familia en los Países Bajos.

Recuerdo que cuando era niña sacaba las piezas de ahí y pasaba mis manitas pegajosas por un plato o una taza, inventado historias en mi cabeza sobre las imágenes que tenían pintadas.

Cole está en un rincón, sentado en el cómodo sillón donde hicimos el amor por primera vez, como una sombra oscura y poseída por los nervios.

No me he fijado en lo increíblemente guapo que iba hoy: pantalones grises con un poco de brillo y camisa de vestir negra con unos preciosos gemelos de perlas.

Tiene los codos apoyados en las rodillas, la cabeza gacha y la mirada fija en la muñeca, donde hace girar uno de sus gemelos.

No se molesta en levantar la vista. Siempre me mira como si yo fuera el sol y él llevara años viviendo bajo tierra, de un modo que me calienta hasta los dedos de los pies. Quiero que siempre me mire así, y esta forma de evitarme me estresa al momento.

—Hola —digo con cautela; me desabrocho las botas de montar y las coloco cuidadosamente sobre el felpudo que hay junto a la puerta.

Le gusta el orden. ¿Ves? Aquí estoy: compartiendo prioridades.

Responde con un murmullo, pero no cambia de postura.

—Cole, ¿estás bien? —Camino por el suelo de la sala de estar, cubierto con una alfombra persa, y me arrodillo ante él intentando que me mire a los ojos, buscando esa calidez.

Acerco las rodillas y tropiezo con sus pies: uno de carne, uno de plástico.

Lo agarro por las pantorrillas: una de carne, una de plástico—. Eh, mírame.

Cuando por fin lo hace, el corazón me da un vuelco en el pecho.

Parece torturado, devastado. Perdido. Tiene los ojos vidriosos y el cabello, más largo en la parte superior, despeinado sobre su frente.

Su rostro se ve más arrugado que de costumbre y muestra nuestra diferencia de edad, lo distintas que han sido nuestras vidas.

Sí, me he enfrentado a algunos retos, pero Cole…

es como si lo hubieran abandonado en las montañas a los diecisiete años y se hubiera visto obligado a sobrevivir solo.

Me siento culpable por no haberme dado cuenta de por lo que ha pasado. He estado tan obcecada en quererlo, en demostrárselo, que no he visto lo perdido que está.

¿Todo este tiempo ha estado fingiendo que estaba bien por mí?

Pienso en lo nervioso que se ponía cuando montaba a Pippy en campo abierto, o que nunca ve ninguna carrera a pie de pista, o en que dice que no le gustan los caballos, excepto Pippy, que parece haberlo conquistado por completo, y lo entiendo todo.

Bajo la cabeza y le doy un beso en la rodilla.

—Siento haberte asustado, no era mi intención. ¿Llevas mucho tiempo preocupado por esto?

—Sí —dice, mirando al suelo de nuevo, sin tocarme la espalda. No demuestra ni el más mínimo rastro de tranquilidad.

—Vale. —Le acaricio las pantorrillas arriba y abajo, en una súplica silenciosa para que me mire—. Podemos trabajar en eso, encontrar un equilibrio que nos haga felices a los dos. No quiero que te preocupes así por mí.

—Esto tiene que acabarse.

—¿Qué tiene que acabarse?

—Que hagas que me preocupe por ti.

Me río con tristeza: es un sentimiento agridulce.

—Dime cómo y lo intentaré.

Siento su hondo suspiro en las yemas de los dedos cuando, por fin, levanta la cabeza y me mira. Es un suspiro de derrota, como el brillo de sus ojos.

—No puedo seguir con esto.

Me echo hacia atrás para alejarme de él, como si me hubiera abofeteado.

—¿Con qué?

—Con esto. —Su voz es la de la versión fría e insensible de él con la que me encontré hace un par de meses. Es su mecanismo de defensa—. Tú y yo. Nosotros. No puedo seguir.

El pulso me late en la garganta e intento seguir el ritmo de la conversación. Me parece una reacción exagerada a una simple caída de un caballo. No ha sido la primera vez y, sin duda, no será la última.

—¿Por qué?

—La equitación, los caballos, las carreras…

Es más de lo que puedo gestionar. Cada día, cada fin de semana…

Mi padre murió en esa puta pista. Me atrae y me repele a la vez.

Te mereces a alguien que pueda estar ahí para ti.

Te mereces a alguien que sea tu mayor admirador, y yo no puedo ser esa persona.

Al principio me siento devastada, pero, de repente, me enfurezco.

—¿Me estás diciendo que, si encuentro un nuevo trabajo, estaríamos bien? —Aparta la mirada y tensa la mandíbula, como si lo avergonzara reconocer que he dado en el clavo.

Quito las manos de sus piernas y las apoyo en la alfombra, inspirando hondo.

Me concentro en los hilos del tejido, en la forma en que se mezclan los azules oscuros, los cremas y los blancos, como si nos representaran a él y a mí: luz y oscuridad.

Y es como si hubiera arrancado mi hilo y lo hubiera tirado.

—Es decir, que seguiste adelante e incluso me perseguiste, a sabiendas de que el trabajo con el que siempre he soñado y en el que por fin me estoy haciendo un nombre iba a ser un factor clave.

—Suelta un gemido y se pasa las manos por el cabello, mesándolo con rabia—.

¿Y ahora tienes el descaro de pedirme que renuncie por ti?

Me mira al instante y sus ojos echan chispas.

—Jamás te pediría que renunciaras por mí.

Me pongo de pie, negando con la cabeza.

—Pedírmelo, dejarlo implícito… ¿Cuál es la diferencia?

—Violet…

—No. —Extiendo las manos para frenarlo—.

No. No. No quiero oírlo. Siempre has tenido claros tus límites y ahora necesito trazar los míos.

Me he pasado un año entero pensando que podría ser la excepción a tu regla, que tal vez, solo tal vez, iba a ser yo quien te hiciera cambiar de opinión.

Y ha sido una estupidez, ¿verdad? —Me río con lágrimas en los ojos; sé que estoy perdiendo el control y voy rápidamente hacia la puerta—.

Nunca voy a conseguir que cambies, y ya me has demostrado dos veces que no crees que valga la pena cambiar por mí. Si me engañas dos veces, culpa mía.

—Violet, por favor, tienes que entender que no tiene nada que ver con…

Me doy la vuelta para mirarlo, con las lágrimas deslizándose por mis mejillas.

—Lo entiendo. No soy yo, eres tú. Pero es que no lo eres.

Eres mucho mejor de lo que piensas. Cuando te miro veo fortaleza y amor…

, pero no puedo hacer que lo aceptes, eso es cosa tuya.

No creo ni por un segundo que no quieras que estemos juntos, pero estás estancado, Cole, y no puedes ver más allá de ese momento terrible de tu vida.

Y estás permitiendo que defina toda tu existencia.

—Me calzo las botas; odio alejarme de él cuando está claro que me necesita más que nunca—.

Cuando estés listo para hacer que otros momentos sean igual de importantes, házmelo saber.

No estoy renunciando a ti, pero no voy a esperar para siempre, Cole. Soluciona tus mierdas.

Mantengo la mirada fija en la puerta cuando lo digo, en mi ruta de escape, porque si me vuelvo hacia él ahora mismo, sé que volveré con él.

Que lo abrazaré y lo besaré.

Que lo perdonaré.

Y eso no es lo que nos hace falta a ninguno de los dos ahora mismo.

No he dormido, pero tampoco he llorado. Solo me he pasado la noche tumbada en la cama y pensando en Cole, en sus cicatrices, en sus inseguridades, en sus traumas. Y en mí y en los míos también, en lo enfadada que estoy con él y en cómo me ha partido el corazón.

No quiero que rompamos, pero tiene que ser él quien dé el primer paso. Y si no puede soportar la profesión que he elegido, será porque no estamos destinados a estar juntos. De cualquier forma, no voy a ceder para hacer feliz a otro hombre autoritario en mi vida, y eso no es negociable.

—Esa no es la nueva Violet —murmuro.

Estoy en la sala de descanso mirando el café que me encantaría meterme en vena. Debería hablar con Mira para ver si es posible.

—Hola, nueva Violet —dice Mira al entrar, como si la hubiera invocado, y coge una taza.

Está claro que no sabe lo que ha pasado ayer.

—Qué graciosa —digo, inexpresiva.

—¿Cómo era la vieja Violet? —Revuelve el café con una sonrisa en sus labios carnosos.

—Sumisa. E ingenua —me lamento.

—Tal vez no eres otra Violet. Quizá solo estás madurando. La gente cambia: nuevas metas, nuevas experiencias. Todo eso son los cimientos de una persona, y cambian constantemente.

—¿Eres doctora en Filosofía o en Medicina Veterinaria? —Ella se echa a reír y le da un sorbo al café—. Estás de muy buen humor. ¿Qué te pasa?

—Siempre estoy de buen humor —dice, sonriente, y su mirada felina asoma por encima del borde de la taza.

—Normalmente no hablas tanto.

—Porque aprendo más escuchando.

—Me das un poco de miedo.

Echa la cabeza hacia atrás y suelta una carcajada.

—Estoy de buen humor porque vengo de una reunión con Vaughn y con tu novio. Van a construir una clínica en el rancho para que yo pueda trabajar bien. No hay buenas instalaciones en la zona y, al parecer, han decidido expandirse por su cuenta.

Esbozo una auténtica sonrisa. No podría alegrarme más por ella.

—¡Eso es increíble! Felicidades. Pero él no es mi novio.

Resopla y apura el café.

—Tiene tan mala pinta como tú. —Se acerca para mirarme bien—. Peor, la verdad. El pobre hombre lo está llevando fatal. ¿Qué le has hecho?

—¿Qué le he hecho? ¿Por qué todos os ponéis de su parte?

—Nadie se pone de su parte, Violet. Pero tú eres fuerte.

Y sí, ese tío llena las camisetas como si se las hubieran pintado encima, y seguro que podría usarme para hacer pesas, pero está sufriendo.

Eso estaba claro, incluso antes de que os pelearais.

Me gano la vida diagnosticando a animales que no pueden hablar y esto es básicamente lo mismo, confía en mí.

Suelto una risilla y luego la miro fijamente.

—¿Crees que soy fuerte?

—Sí. Y tu luz interior es tan brillante que podrías iluminar el camino de un hombre como él.