24 Cole #2
—Por supuesto —digo; le aparto el cabello mojado de la cara, le acuno la cabeza justo debajo de la oreja y le doy un beso en la mejilla. Me encanta lo delicada que me parece cuando la tengo entre mis manos. Es preciosa.
Nos arreglamos a toda prisa, en silencio, corriendo otra vez después de haber tenido que ducharnos de nuevo, y cuando cierro la puerta a nuestras espaldas, ella se vuelve hacia mí, me echa los brazos al cuello y me planta un enorme beso.
Estoy un poco sorprendido, pero reacciono pegándola a mi cuerpo.
Una de mis manos rodea su cintura y la otra se aferra a ese culo vestido con pantalones ceñidos.
Es la despedida matutina con la que siempre he soñado.
Y entonces escuchamos cómo alguien se aclara ruidosamente la garganta. Es Billie.
—¿Sería raro si dijera que eso ha sido muy sexy?
Violet se ríe y le tiemblan los hombros cuando esconde la cabeza bajo mi brazo.
—Lo siento —susurra.
¿Qué?
—¿Sabías que estaba ahí?
Asiente, con la frente apoyada en mi cuerpo, todavía riéndose.
Y yo la acompaño en sus risas, que siempre son contagiosas; me alivia que no se sienta horrorizada porque nos hayan pillado besándonos, y no puedo evitar mostrar diversión.
—¿Crees que se irá si la ignoramos?
Su risa se convierte en un fuerte resoplido.
—No. Fijo que no.
—¡Lo he oído! —grita Billie—. Muy bonito. Y yo que he venido a traerte el estado de cuentas del rancho… —Agita una carpeta sobre su cabeza y la deja en el camino de grava—. Pero no pienso acercarme más a esa casa. Solo Dios sabe lo que habréis hecho ahí.
—Billie… —advierto, aunque sé que no me hará ni caso. Esa mujer carece de filtros.
Violet se ríe de una forma muy impropia de una dama, estrechándome con más fuerza, como si pudiera esconderse en mi interior si se acercara lo suficiente.
—Lo dejo ahí. —Billie señala hacia abajo, levanta las manos por encima de la cabeza y se aleja muy despacio, como si fuera una situación con rehenes—. Pero, vale, me alegro de que ahora la gente vaya a dejar de llamar a mi casa «la choza del amor». ¡Nos vemos en el rancho, estrella del porno!
Ella sonríe y me guiña un ojo mientras Violet se derrite en mis brazos.
Billie parece muy satisfecha consigo misma y, para mi sorpresa, en absoluto molesta.
No sé por qué, había pensado que se pusiera protectora o se comportara de forma extraña conmigo o algo así.
Esperaba que me echara la bronca por estar con alguien tan joven y normal.
Esperaba que, más que cualquier otro, Billie se diera cuenta de que no me merezco a la mujer que tengo entre mis brazos.
Pero solo parece divertida.
Cuando por fin sale por el camino de entrada, Violet suelta un jadeo.
—Lo… Lo siento. —Me mira con las lágrimas de la risa corriendo por su rostro. El mundo al revés: ¿por qué nadie está enfadado?—. No he debido hacerlo.
—A ver si lo he entendido. —Me echo hacia atrás para mirarla con el ceño fruncido—. ¿Me has besado a propósito porque sabías que Billie estaba ahí?
Se pasa las manos por la cara, intentando recuperar el aliento.
—Sí, lo siento… Quería que la gente supiera que estamos juntos, pero no sabía cómo mencionarlo, o preguntarte o decirlo sin más.
He visto su camioneta por el rabillo del ojo y me ha parecido la solución más sencilla.
Porque estamos juntos, ¿verdad? —Al decir «Juntos» me mira con timidez bajo las espesas pestañas.
Parpadeo y escudriño su rostro en busca de alguna señal que me indique que está bromeando.
Porque en qué mundo una mujer como esta querría estar con alguien como yo.
Niego con la cabeza y doy gracias al cielo por mi buena suerte.
La beso con ganas, la estrecho contra mí y le demuestro lo mucho que quiero estar con ella.
—Claro que estamos juntos.
Cuando aparco junto a la casa de campo, cierro los ojos y me dejo caer contra el asiento. El trabajo ha sido una mierda, y era difícil, teniendo en cuenta el buen humor con el que llegué después de la sesión de sexo matutino con Violet y de que me reclamara frente a su amiga.
Creo que no estoy llegando a ningún lado con la nueva adquisición, así que estaré atrapado en Ruby Creek más tiempo del previsto, intentando organizarlo todo y dejarlo en perfecto funcionamiento antes de encontrar a alguien que se haga cargo de la empresa.
Se suponía que no me iba a gustar Ruby Creek, que iba a detestarlo, pero no lo detesto ni un poco.
No quiero marcharme porque sé que Violet quiere quedarse, y eso me ataca los nervios. He pasado todo el día pensando en cómo podemos vernos cuando vuelva a la ciudad. Ella podría quedarse conmigo los días que tiene carrera en Bell Point Park, y quizá yo podría venir al rancho los fines de semana.
Pero no me gusta esa opción: quiero a Violet en mi cama todas las noches, donde pueda verla. Quiero estrecharla entre mis brazos y mantenerla a salvo, y no que pase una hora y media viajando por carretera, haciendo un trabajo peligroso y viviendo sola.
No, no me gusta ni un poco. Y me gusta aún menos pensar que, subconscientemente, puedo estar haciendo que la nueva empresa parezca peor de lo que es solo para poder quedarme aquí. Soy un puto caso perdido.
Cuando salgo de la camioneta espero escuchar el relincho de Pippy, algo que normalmente me hace sonreír, aunque hoy eso de sonreír parece fuera de mi alcance.
Los músculos no me funcionan como es debido: se me contrae la mejilla, pero nada más.
La sonrisa se queda a medias, y hasta esta yegua se merece algo mejor.
Pero, de todos modos, el relincho no llega.
Miro el corral y siento una tristeza profunda y todo lo que deseo es echarme una siesta.
A veces, estos estados de ánimo me inundan un par de días; todo se me hace cuesta arriba y me siento débil y deprimido.
No he hablado lo suficiente con Trixie para mi propio bien: otra cosa más que debería lamentar.
He estado tan enganchado a Violet las últimas semanas que no he tenido tiempo de autocompadecerme, pero ahora no está aquí y no veo su coche, lo que significa que debe de estar con Pippy en el rancho.
En cualquier otro momento me quedaría a esperarla, pero hoy necesito verla.
Puedo enfrentarme a las burlas de Billie, a la sonrisa de Vaughn y a la expresión burlona de Hank si eso supone ver a Violet.
Subo de nuevo a la camioneta y enfilo la carretera hacia el rancho.
Cuando llego al aparcamiento, es fácil saber quién está ahí solo con ver los coches, y, como me temía, están todos.
Hay una razón por la que Vaughn se hizo cargo de ser la cara visible de Gold Rush Resources.
En parte por lo guapo que es, pero también porque yo detesto esa mierda.
Cuando hay demasiada gente y soy el centro de atención me siento como si fuera un actor en una obra: falso y con un foco enorme y brillante sobre mí que destaca todos mis defectos mientras todos me miran, boquiabiertos y horrorizados.
Estoy convencido de que deben de ver a un hombre que ha matado y ha visto morir gente, y que ha heredado la dirección de una empresa multinacional sin tener ninguna experiencia.
Paso por delante de las oficinas porque no quiero encontrarme con Vaughn, y me dirijo por el camino abovedado hacia los establos. Estas instalaciones son excesivas. Rancho, bufo.
Un joven con una carretilla llena de serrín sucio me saluda amigablemente con la cabeza.
—¿Sabes dónde está Violet? —pregunto.
—Supongo que estará en la pista. No hace mucho que he la he visto ir hacia allí con Billie.
—Gracias —mascullo.
No quiero ir a la pista, pero sí quiero ver a Violet.
De vuelta al aire libre, bajo el opresivo manto de oscuras nubes, voy por el camino pavimentado hasta el óvalo de tierra, pasando la yema del pulgar sobre los dientes de las llaves, apretándolas contra la piel suave hasta que me dejan marca.
Cuando el camino desciende tras la arboleda que le da intimidad, veo a Violet sobre Pippy y a Billie a lomos de su semental negro.
Están charlando amigablemente, trotando hacia las puertas que hay en el otro extremo de la pista.
Vaughn y Hank están en la cabina de observación cubierta, y me dirijo hacia ahí.
Bajo los escalones hasta la plataforma y Hank se vuelve para saludarme con el cronómetro en la mano.
—¡Cole! Me alegro de verte, hijo. ¿Cómo estás?
—Bien. —Intento esbozar una sonrisa, pero sé que el resultado es patético.
Hank se merece algo mejor. Ha sido un pilar en esta comunidad desde hace años.
Mi abuelo, Dermont, lo contrató y lo puso al cargo de los caballos.
No lo conozco tan bien como Vaughn, pero siempre muestra esa aura de calidez paternal que me resulta embarazosa, como la que tanto echo de menos de mi propio padre.
—Hola.
Vaughn me mira como siempre: un poco incómodo, como si estuviera intentando discernir cuál es mi estado de ánimo, y me odio a mí mismo por hacer que mi hermano pequeño se sienta así, como si tuviera que andar pisando huevos a mi alrededor.
Creo que he echado a perder todo el buen ambiente que había cuando he entrado. Señalo hacia la pista.
—¿Qué ocurre?
—Van a probar a la potranca contra otro caballo, a ver cómo lleva la competencia.
—¿Y la mejor opción es un semental? —Mi voz suena acerada, y Vaughn enarca una ceja en mi dirección, aunque en esta ocasión se reserva las burlas sobre mi «tono militar».
—DD es un semental tranquilo y con mucha experiencia, y con Billie montándolo, es la mejor opción, fijo. Si necesita que se aparte, puede hacerlo. Es así de apacible.
Intento ignorar los nervios que me atenazan el estómago. Debería volver a casa y ahorrarme el estrés que me supone estar aquí, pero siempre he sido un masoquista, así que me quedo y me obligo a enfrentarme a esta situación, porque no quiero comportarme como un auténtico cobarde.