24 Cole
Violet se estremece entre mis brazos, se restriega contra mí y mi polla se pone en posición de firmes al instante. Pero cierro los ojos con fuerza porque quiero quedarme justo así y saborearlo un rato más.
Ya llevamos varias semanas durmiendo juntos.
No hemos pasado ni una sola noche separados, y tampoco es que haya querido.
Cuando Violet está conmigo, sé que está a salvo y, por mucho que odie admitirlo, yo también me siento a salvo con ella, con alguien que conoce todos mis secretos y aun así me quiere, con alguien que se limitó a mirarme como diciendo «Vale, ¿y a quién le importa? ».
Mi pierna, el trastorno de estrés postraumático, la ansiedad que me provocan los caballos… Se limita a aceptarlo, como si fuera asunto mío lidiar con esas mierdas, que ella parece encantada de pasar por alto solo Dios sabe por qué. No me lo explico, o quizá es que no quiero encontrarle explicación.
Últimamente he pasado mucho tiempo dándole vueltas en la cabeza a la palabra de cuatro letras.
Me he preguntado a menudo si me estaba enamorando de esa mujer hermosa, dulce y divertida con la que hablé durante un año, como si tuviera algo que ofrecerle, como si ella disfrutara de mi compañía.
Pero ahora, después de haber pasado casi todas las noches con ella, dentro de ella, es una idea que no puedo sacudirme de encima.
Estoy enamorado de Violet Eaton.
El problema es que admitir que estoy enamorado de Violet significa que mi existencia cuidadosamente planificada está a punto de venirse abajo.
He pasado tantos años sintiéndome indigno de ser amado, negándome a la mera posibilidad del amor, que me resulta extraño pensar que por fin lo he encontrado. Con Violet, nada menos.
Mis caderas se mueven contra su trasero por propia voluntad. Parece que nunca tengo bastante. Cuando ella está cerca, me siento otra vez como un adolescente: insaciable.
—Buenos días. —Su voz es cálida y adormilada cuando se mueve hacia mí, siempre tan ansiosa como yo.
Porque ella sí tiene veintitantos .
Esa diferencia de edad siempre me hace sentir raro, pero es algo que Violet no comparte en absoluto.
Me mira como si pudiera bajar la luna para ella; una mirada que me hace sentir incómodo, pero que también me encoge el corazón.
He pasado tanto tiempo escondiéndome que tener a alguien que me admire tan abiertamente como lo hace Violet resulta desconcertante.
—Buenos días, preciosa —murmuro, paseando los dientes por su cuello de forma sugerente.
Una lenta sonrisa se abre paso en sus labios. Brilla con la luz dorada de la mañana. Parece un ángel, mi ángel.
—Lo serán si vas a hacer café.
Sí. Ahora tengo café. No entiendo por qué tiene tanta confianza en él, pero la hace feliz, y yo estoy totalmente a favor de que sea feliz.
Me incorporo y deslizo el muñón en la prótesis nueva, encantado de haber recuperado el modo perfecto en que se ajusta, y sintiéndome muy afortunado por poder permitirme una prótesis de última generación.
Me gusta que Violet no salte de la cama para hacerse su propio café por culpa de mi pierna.
No me mima porque sabe que soy perfectamente capaz de valerme por mí mismo.
Le sonrío por encima del hombro y ella se estira como un gato al sol, encantada consigo misma.
Bajo las escaleras de la cocina canturreando, más ligero de lo que me he sentido en años. Pulso el botón de la cafetera y me calzo unas sandalias en la puerta principal para darle de comer a Pippy, la otra mujer de mi vida.
La risa me retumba en el pecho cuando abro la puerta: me está esperando en la esquina más cercana de la valla, con las orejas demasiado largas apuntando hacia mí y las fosas nasales temblando por el estridente saludo tan típico de ella.
Jamás lo habría adivinado, pero esta pequeña potranca me hace sonreír todos los días, algo que no me había pasado en años. Saco un poco de heno de la paca y lo lanzo por encima de la cerca, pero ella lo ignora por completo hasta que la rasco detrás de las orejas.
—Estás más preocupada por los mimos que por la comida, ¿eh?
Vuelve la cabeza en mi dirección y admiro cómo se ha desarrollado.
A los dos años, sus ancas todavía son un poco más altas que su cruz, pero su cuerpo es musculoso y la cubre un pelaje de un bronce brillante.
Entre el régimen de alimentación y el aceite que usa Violet, no parece la misma potranca andrajosa que apareció en mi casa hace unos meses.
—Supongo que los dos hemos cambiado mucho, ¿eh, chica guapa?
Ella resopla y agita las pestañas que rodean esos ojos como dos profundos pozos negros. Hasta juraría que me ha mirado con complicidad. Como si dijera: «Sí, pedazo de idiota. Los dos necesitábamos empezar de nuevo».
Niego con la cabeza y vuelvo a entrar para dejarla comer, pero, sobre todo, porque me muero por regresar junto a Violet. Subo las escaleras y voy hasta el dormitorio principal.
—Ya estoy aq… —digo para anunciarme, pero me freno en seco cuando veo a Violet arrodillada a los pies de la cama, con el cabello dorado sobre sus pechos, como ese día en el videochat.
Excepto que hoy me está dedicando esa mirada tan propia de ella, capaz de romperme el corazón, tímida pero anhelante.
—Intentémoslo de nuevo, Hombre Gamba. —Sus dedos se aferran a la colcha que tiene debajo—. Pero esta vez no nos dejemos en la estacada.
Se me seca la boca al instante.
—Violet, no tenemos por qué hacerlo.
—No. —Se humedece los labios—. Necesito que lo hagas. Quiero que reescribas la historia y no me dejes esta vez.
—No podría dejarte aunque quisiera. Joder, soy tan afor…
—No. Solo dime qué tengo que hacer.
Me tenso de pies a cabeza. Esto es muy sexy y ella es demasiado buena para mí. No me la merezco, joder, pero voy a pasar hasta el último día de mi vida intentándolo. Ese pensamiento me da fuerzas, y empiezo como lo hice hace un año.
—Túmbate sobre la almohada y abre las piernas.
Y, al igual que la otra vez, se sonroja y ese rubor le cubre todo el cuerpo.
—Estás preciosa así de rosada —digo; camino hasta que las rodillas chocan con el pie de latón de la cama. Cuando abre las piernas, gimo—. Vas a matarme.
—Bien —dice con una pequeña sonrisa. Una demostración de su fortaleza.
Quizá sea amable y hable con suavidad, pero Violet no es débil. No puede serlo para soportar a un hombre como yo.
Se recuesta sobre la almohada y admiro su cuerpo extendido ante mí como un bufé que planeo saborear por entero. Mi mirada se detiene en la brillante unión entre sus piernas.
—¿Estás mojada? —Puedo verlo por mí mismo, pero quiero oírselo decir.
Su pecho se mueve cuando jadea.
—Sí —sisea, mirando hacia su cuerpo.
—Claro que lo estás. —La prótesis resuena contra la cama, y mi polla se tensa. No sé si estoy torturándola a ella o a mí mismo—. Esto te encanta, ¿verdad?
Ella solo asiente, con los ojos empañados muy abiertos, como estanques de agua profunda, como el río que puedo escuchar corriendo detrás de la casa.
—¿Por qué no me enseñas cómo te tocas?
Una de sus manos va al instante hacia su coño y la otra se enreda en las sábanas como si su vida dependiera de ello.
Me quedo paralizado cuando sus dedos recorren los pliegues, los ojos se le cierran y echa la cabeza hacia atrás con un gemido.
La mayoría de los hombres estarían absortos en lo que ocurre entre sus piernas, pero yo miro la forma en que deja expuesto ese cuello elegante y cómo se mueve cuando traga.
—Mete dos dedos, nena.
Suelta un gemido, pero obedece, y no me pierdo el modo en que le tiemblan los muslos cuando lo hace, cómo se curvan los dedos de sus pies. Bombea un par de veces soltando unos putos ruiditos deliciosos.
—Ahora muéstrame lo mojada que estás.
Abre los ojos y se le descuelga la mandíbula. Todavía se sorprende con estas cosas. Ay, cariño…
—Ahora chúpalos —ordeno cuando levanta los dedos para mostrarme la humedad.
—Dios… —murmura, y aparta la mirada con una sonrisita en los labios, como si le encantara esto, pero no acabara de creerse que vaya a hacerlo. Sonrío también, hasta que se mete los dedos en la boca y gime.
Joooder.
Se ríe, y la polla me da un doloroso brinco dentro de los bóxers .
—Esta vez no tienes tu juguete…
—Lo estoy mirando ahora mismo —dice sin aliento.
Está húmeda, jadeante y sonrojada. Vivo por esta versión de Violet Eaton, y no puedo esperar ni un minuto más para hundirme en su interior.
Voy hasta el borde de la cama y gateo hacia ella; me bajo los bóxers y me deslizo entre sus piernas abiertas antes de que pueda pronunciar palabra.
—No recuerdo esta parte de la última vez —ríe, y ese sonido es música para mis oídos.
Jamás me cansaré de compensarla.
Después de nuestra maratón de sexo matutino, estoy más que preparado para volver a la cama y dormir. No había practicado tanto sexo desde…, bueno, desde nunca, probablemente. Por desgracia, los dos tenemos un empleo remunerado y debemos llegar a nuestros respectivos trabajos.
—¿Te veo esta noche? —pregunta; se pone unos pantalones de montar ceñidos que llevan a mi cabeza a dar vueltas por sitios por los que ya debería de estar cansada de ir.
Nos hemos pasado estas semanas viéndonos a escondidas: trabajamos, follamos y después hablamos hasta que nos quedamos dormidos uno en los brazos del otro. Ha quedado con Billie y Mira alguna vez, pero nunca me ha invitado a ir, aunque sé que Vaughn suele unirse a ellas.
A veces me pregunto si quiere más, pero, en realidad, a quien debería preguntarle es a ella.
Debería seguir el consejo de Trixie y mantener una conversación con ella sobre mi ansiedad por la muerte de mi padre, sobre lo profunda que es; sobre los caballos y que ella los monte para ganarse la vida.
Pero soy tan patéticamente inseguro que no me he atrevido.
Al menos soy coherente.