23 Violet
Cuando veo a Cole saliendo de los establos, no puedo reprimir una sonrisa. Al acercarme, miro hacia otro lado: es tan hermoso que duele, como una nube de tormenta oscura y amenazante, y un auténtico mojabragas. Pero lo conozco, y sé que en el fondo es como un cachorro de…
Pierdo el hilo de mis pensamientos cuando me agarra de la muñeca y me lleva a rastras hacia los establos.
—¿Qué ocurre?
Me lleva por la fila de cobertizos oscuros y luego me mete en un establo vacío.
Cuando me vuelvo para mirarlo, es todo ojos acerados y líneas duras.
Da un paso adelante y yo retrocedo, no porque tenga miedo, sino más bien porque no confío en mi capacidad para no derretirme bajo esa mirada.
No puedo creer que hubiera estado a punto de llamarlo «cachorro».
Los pezones me rozan contra el sujetador y aprieto los muslos cuando choco con la pared.
Levanto una mano para frenarlo.
—Cole, ¿qué pasa?
—¿Qué pasa? —murmura—. Lo que pasa es que no puedo dejar de pensar en ti, en esas tetas perfectas, ese coñito prieto y esos labios.
Suelto un gemido y me sonrojo. Quizá anoche se mostrara vulnerable, pero este es el Cole que recuerdo: rudo, obsceno y la leche de sexy. El hombre que podría llevarme al límite, que es exactamente donde quiero estar.
Intento decir algo, pero solo boqueo como pez fuera del agua, como si estuviera fuera de mi elemento.
—¿Hoy llevas bragas? —Su intensa mirada me recorre dejando un rastro de calor a su paso.
Me cubre un rojo vivo de la cabeza a los pies, y miro a nuestro alrededor. El cubículo está más bajo que el callejón, y no hay mantas, solo una alfombra de goma. Me guía hasta la esquina de la pared frontal; no puede vernos nadie a menos que entre en el box.
Echo los hombros hacia atrás y lo miro a los ojos, negándome a ser la Violet tímida. Me deshice de ella hace mucho tiempo. O, al menos, creo que lo hice.
—Sí.
—Date la vuelta.
—¿Qué? —Se me salen los ojos de las órbitas.
—He dicho que te des la vuelta.
La sangre corre enloquecida por mis venas; suelto un suspiro tembloroso y me vuelvo hacia la pared de madera del establo.
—Me vuelves loco, ¿lo sabías? —Se acerca y siento su calor a lo largo de la espalda, su aliento en mi nuca.
—Bien —respondo con sinceridad—, te lo mereces.
Sisea y por fin pone las manos sobre mí, justo en la curva de mi cintura. Me agarra el vestido y lo levanta; el dobladillo me cosquillea en la parte posterior de mis muslos desnudos.
—Debería darte unos azotes por hablarme así. —Gimo y contoneo el trasero para rozarlo contra el duro bulto en sus pantalones—. Eso te gustaría, ¿verdad?
—Sí —suspiro.
Hace un instante estaba en mi elemento: he galopado hacia la línea de meta, he esperado los resultados de una carrera que he ganado y he ido a pesarme.
Y al instante siguiente estoy echada hacia delante, restregándome contra el hombre en el que no puedo dejar de pensar, y que va a azotarme por bocazas.
Su palma aterriza con rapidez y seguridad sobre mi trasero, y no puedo reprimir el gemido de necesidad que escapa de mis labios.
La sensación punzante se convierte en calor, y me encanta.
Hoy está siendo un buen día.
La palma de su mano se apoya entre mis hombros, y me separa los pies con los suyos con perfecta autoridad y completo control sobre sí mismo… y sobre mí.
Un escalofrío me recorre la columna y me someto a la caricia de sus manos, lo que le permite echarme hacia delante.
¿Está bien que yo sea ferozmente independiente salvo cuando esas manos están sobre mí?
Porque en este momento lo único que quiero es hacer lo que me dice y dejarme llevar, no esforzarme tanto durante unos minutos. Es adictivo. Liberador.
Mi respiración se convierte en jadeos entrecortados cuando me coloca la falda sobre la parte baja de la espalda y mete los dedos bajo mis bragas de encaje para deslizarlas hacia abajo y dejarlas a la mitad de mis muslos. Pasa las manos por mi trasero y me da un apretón apreciativo.
—Estás para comerte con ese tono rosa en el trasero, Violet. —Su voz es serena, pero me retumba en los huesos, como si su cuerpo le hablara directamente al mío—. Pero dejaré eso para cuando te lleve a casa, de vuelta a mi cama, donde perteneces.
—Joder… ¡Sí! —Eso es todo lo que acierto a decir antes de perder por completo el control cuando desliza un par de dedos entre mis piernas. Cuando estoy desnuda me siento demasiado flaca y poco femenina, pero cuando Cole me toca soy una mujer muy diferente.
Gime y me estremezco cuando mete un dedo dentro de mí.
—Ya estás mojada. Pervertida. Esto te gusta, ¿eh?
—Eso es lo que tú me provocas —digo con voz ronca, mirándolo por encima del hombro.
Sus ojos se clavan en los míos, oscuros y frenéticos.
—Dime qué quieres.
No tengo ni que pensarlo.
—Más. Siempre más.
Una mano sale disparada para aferrarse con brusquedad a mi barbilla, y sus labios se estampan contra los míos mientras se pelea con su cinturón y su cremallera. Mete la lengua en mi boca sin vacilar: no pide, toma.
Y yo doy.
Siento la cabeza de su polla deslizarse por mi abertura y gimo sobre su boca. Me inunda la avidez, está tardando demasiado, va demasiado lento y lo quiero ya.
Arqueo la espalda y me muevo hacia él, sintiendo cómo se desliza en mi interior, duro y rápido, como el beso: implacable y feroz, eso somos. Dos cuerpos unidos, dos personas que corren una hacia otra sin tener el sentido común de detenerse antes de chocar.
Separamos los labios, me vuelvo hacia la pared y dejo caer la cabeza cuando se estrella contra mí. Una de sus manos se aferra a mi cadera y la otra se desliza sobre mi espalda. Sus dedos callosos ascienden hasta la base del cráneo y se aferra con suavidad a mi cuello para mantenerme en el sitio.
Como si pudiera moverme.
Me gustaría decirle que no hay otro lugar donde desee estar, pero tengo el cerebro hecho papilla y el cuerpo en llamas, y no consigo encontrar la voz.
Desliza la mano sobre mi estómago, me acerca a él y me empuja hacia la pared, con sus dedos acariciando en círculos el lugar perfecto, llevándome más y más alto mientras yo me balanceo en sus brazos, al borde del precipicio. Tendría que pararme a pensarlo, pero estoy más allá de eso.
Salto por el borde y él me sigue. Lo siento estremecerse y quedarse quieto, cubriendo mi cuerpo con el suyo. Suspiro cuando se relaja sobre mí; sus labios ocupan el lugar de su mano sobre mi nuca y deja caer un reguero de besos por mi columna. Escucho su respiración jadeante junto a mi oído.
—Esto ha sido… —Ni siquiera encuentro las palabras. ¿Inapropiado? ¿Poco profesional? ¿Supersexy?
—Sí —responde, tan jadeante como yo. Se agacha para subirme las bragas y me baja el vestido sobre las piernas desnudas. Sus manos son cálidas y reverentes mientras me arregla, y cuando me da la vuelta hacia él, me besa con dulzura y anhelo.
Cole es un hombre de dicotomías: caliente y frío, rudo y suave, seguro e indeciso.
Es polifacético, y en estas semanas que he pasado con él me he dado cuenta de que me gustan todos esos matices.
¿Los adoro? Quizá, pero eso suena como las divagaciones de una chica enamorada que se ha colado por un hombre maduro y rico al que lleva años deseando.
Y no quiero ser esa chica, así que no me permito pensar así.
En cambio, le devuelvo el beso poniendo en él todos mis sentimientos: toda el ansia, todo el cariño, toda la aceptación. Quiero que los sienta, que sepa que estoy aquí por él, que lo quiero tal como es.
Cuando sonríe contra mis labios me pregunto si lo he logrado.
—¿Puedo ir a tu casa esta noche cuando termine aquí? —inquiero en voz baja.
Me ofrece una de esas sonrisas suaves tan poco habituales que hacen que se me caigan las bragas, encierra mi cabeza entre sus manos, y me da una de sus típicas respuestas de una sola palabra.
—Sí.
Dejo escapar una risita cuando me envuelve entre sus brazos de acero y me besa con suavidad en la coronilla.
Cole Harding es mucho más romántico de lo que parece.
—Abre la puerta.
Cole me devuelve la mirada con los enormes bíceps cruzados sobre el pecho y las piernas separadas. Esto es lo que me viene a la cabeza cuando Billie lo llama «G. I. Joe»: pantalones verde militar y una camiseta negra que parece a punto de reventar por culpa de sus músculos.
Durante las dos últimas semanas, cuando no estábamos trabajando o en público, hemos estado desnudos. Juntos. Me gusta pensar que estamos recuperando el tiempo perdido.
—¿Estás segura?
Sé que quiere negarse, que se preocupa por mí cuando monto a caballo, y sé que la muerte de su padre todavía lo persigue.
No ha tenido que decírmelo de forma explícita para que me haya dado cuenta.
Pero no puedes vivir atemorizado por las tragedias inesperadas, y la única forma en que puedo demostrárselo es hacer que pase tiempo conmigo y con «el único caballo que le gusta».
Quiero que entienda la diversión y la alegría que montar a caballo puede darle a su vida.
Estoy sentada a lomos de Pipsqueak y él se comporta como si fuera mi guardaespaldas, literalmente.
No quiere que la lleve a campo abierto a pesar de que me he pasado las dos últimas semanas ayudándola a acostumbrarse a las pistas.
Ahora camina, trota y galopa con la silla.
Todavía cuesta un poco dirigirla, pero todo se andará.
Además, la dirección no importa mucho en campo abierto.
—Muy segura. —Le dedico la más seria de mis miradas tratando de infundirle confianza, aunque estoy segura de que solo parezco una niña a punto de hacer una travesura.
Y la verdad es que no estoy segura. No se puede estar seguro de nada en esta vida.
No puedes saber si morirás al tener a tu cuarto hijo o montando a caballo o al pisar una mina.
No hay garantías. Si alguien me hubiera dicho hace dos años que iba a ser la jockey del caballo de carreras más popular del mundo, no lo habría creído posible.
Pero aquí estoy. Viviendo la vida a tope, tal como me prometí que haría. Ni mi padre ni mis hermanos han podido detenerme, y tampoco va a conseguirlo Cole. Quiero que estemos juntos a largo plazo, y necesito su apoyo.
No parece muy convencido, pero mantiene la puerta abierta para que pueda llevar a Pippy al camino de entrada.
Las colinas cerca del rancho se muestran en toda su exuberancia en esta época del año.
Me encanta correr en las pistas, pero galopar en campo abierto me lleva a mis orígenes, me devuelve a los alrededores de Alberta, donde crecí pastoreando con los ponis por las montañas.
La Columbia Británica es hermosa, pero a veces echo de menos las praderas, menos domesticadas, más agrestes: tierra llana e inacabable.
Paso junto a él y las orejas de Pippy se sacuden. Levanta el cuello y mira a su alrededor. Es dulce y apacible, pero incluso ella puede sentir el cambio en el ambiente. Y esa es la gran pregunta con respecto a esta potranca: ¿es demasiado tranquila para correr?
—Buena suerte —dice Cole a regañadientes, tensándose al vernos marchar.
Miro por encima del hombro, le guiño un ojo y le lanzo un beso, intentando no fijarme en su rostro ceniciento. Parece enfermo, y si lo miro demasiado, me bajaré de un salto y correré a abrazarlo. Así que me vuelvo hacia el campo frente a mí. Es la hora de descubrir qué esconde esta potrilla.
Cuando llego hasta la hierba, le doy un suave toque en las costillas, instándola a trotar. Mira a uno y otro lado y, cuando se da cuenta de que hemos salido de su refugio, deja escapar un relincho emocionado.
Me recorre un escalofrío. Qué sonido tan espantoso en una yegua tan bonita.
Bajamos una pendiente suave y después lo único que hay ante nosotras es el campo de heno recién cortado formando un gran montículo al final, el mismo en el que Billie trabajó con DD.
En caso de que no pueda detenerla, mi plan es usar esos montones para reducir la velocidad, como si fueran uno de esos carriles de frenada para camiones.
Muevo las riendas para cortarlas y ajusto los pies en los estribos para estar lo más firme posible sobre la silla antes de dejar que Pippy galope por primera vez. Cuando cambio de postura, tensa el lomo y las ancas, como si supiera lo que está por llegar.
Deslizo una pierna tras la cincha y le doy un pequeño empujón, y ella se pone al trote, aún un poco insegura, como si no supiera lo que espero de ella.
No me sorprende lo más mínimo. Es como si no quisiera poner ni un solo casco fuera de su sitio.
Me alzo en la silla, me echo sobre su lomo y aflojo los codos, dejando que mis manos floten sobre su cuello.
Mueve las orejas hacia atrás, dubitativa, así que le doy un apretón con las piernas y chasco la lengua.
Ella se pone al galope al momento, y sonrío.
Pippy es un caballo de carreras.