Ganar al límite (Gold Rush Ranch nº 2) 22 Cole #2
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22 Cole #2

Me echo a reír al recordar las otras ocasiones en que me ha dicho algo así: «No eres una figurita de porcelana, deja de actuar como tal».

—Supongo que necesitaba pruebas. Y el universo se lo ha currado.

—Sí, tiene una forma divertida de hacer las cosas.

El tráfico se mueve con lentitud hacia Bell Point mientras reflexiono sobre la manera en que el universo ha entretejido a Violet en mi mundo. Lo imprescindible que se ha vuelto.

—Seguro que sí —medito—. Es solo que no quiero frenarla.

—Pero ¿quieres estar con ella? —Trixie suena demasiado optimista. Casi odio confesarme.

—Sí —respondo, porque es cierto. Me he negado a admitirlo, pero es cierto. Quiero que Violet sea mucho más que una amiga, real o por internet. Y, desde luego, quiero que esto sea algo más que una sola noche.

—Entonces, no la frenes. Apóyala. Sé su mayor admirador.

Toda la esperanza que había brotado en mi corazón muerto se marchita.

¿Cómo voy a poder apoyarla si no soy capaz de aceptar que compita en las pistas?

¿Y por qué coño el universo la ha puesto en mi camino cuando no puedo soportar la idea de darle un beso de despedida cuando sale a hacer lo mismo que mató a mi padre?

—Y, Cole —agrega—, habla con ella.

Hablar con ella. Genial.

Estoy en el palco del propietario junto a mi hermano, mirando hacia la pista que está a nuestros pies. Es casi la hora de la carrera, y creo que voy a vomitar. Me cruzo de brazos e intento controlar el pánico que asciende desde mi vientre.

—Tienes pinta de ir a matar a alguien. —Vaughn bebe un sorbo de whisky y me dedica una mirada juguetona. Siempre está de broma. ¿Cómo será mostrarse tan despreocupado? Ojalá lo supiera.

Respondo con un gruñido. No me importa tener pinta de ir a matar a alguien.

Eso significa que mi cara de póquer sigue intacta, porque desde luego no quiero que parezca que estoy a punto de desmayarme.

O peor, que soy un tonto enamorado. Y lo que es más: no quiero hablar de mi pasado con Violet ahora que él lo sabe.

De hecho, me sorprende mucho que todavía no haya bromeado al respecto.

—Caballeros —escucho a mis espaldas, y me doy la vuelta para encontrarme cara a cara con un hombre al que nunca había visto. Pelo rubio oscuro, nariz torcida, traje caro… Parece un completo imbécil.

—Dalca —dice Vaughn. Su tono frío no se parece en nada al que ha usado para burlarse de mí hace un momento—. ¿Qué puedo hacer por ti?

Ah, así que este es Stefan Dalca, el hombre que intentó estafar a mi hermano pequeño. El jefe de Patrick Cassel, el gilipollas que hizo caer a Violet. Quiero matarlos a los dos.

—Solo quería disculparme por el comportamiento de Patrick Cassel. Lo he despedido.

Vale, ahora quiero matarlo un poco menos. Quizá solo mutilarlo, o romperle otra vez la nariz.

—A quien le debes una disculpa es a la señorita Eaton.

Él vuelve sus ojos de halcón hacia mí: son inteligentes, observadores y repletos de confianza en sí mismo. No me fío un pelo de este tío.

—La buscaré. —Sus labios dibujan una sonrisa astuta que me encantaría borrarle, pero me limito a asentir. Mis días de perder los estribos ya han quedado atrás. Tengo mejores cosas que hacer—. Buena suerte hoy.

Extiende la mano como si fuera a estrechársela.

La miro y luego alzo la vista hasta su rostro. No pienso darle la mano a este tipo: lo único que va a recibir de mí es una expresión desinteresada. Vaughn hace lo mismo.

—De acuerdo, dos huesos duros de roer —sonríe, y se marcha pavoneándose. Entiendo por qué Billie lo detesta. Es extraordinaria juzgando a la gente.

—Genial. Me encanta cuando te muestras así de glacial. Da un miedo de cojones. —Le pega un nuevo trago a su bebida con una gran sonrisa boba en su rostro—. Violet es mucho más valiente que yo.

Y ahí está.

Me vuelvo hacia Vaughn, que parece un niño en la mañana de Navidad esperando a ver mi reacción a su comentario.

—Y Billie es mucho más paciente que yo.

Vaughn suelta una carcajada tan fuerte que le tiemblan los hombros y la gente nos mira.

—Joder, y demos gracias por ello —dice, y mira hacia la pista a su espalda—. ¡Ahí van!

Señala a Violet, que está sentada sobre un caballo oscuro y reluciente, vestida con el equipo negro y dorado, con el pelo color champán recogido en trenzas a su espalda. Me da náuseas verla ahí fuera, pero las controlo. No quiero comportarme así y no quiero que mi hermano pequeño lo vea.

DD hace cabriolas al lado del jinete que los guía por la pista, y me alegro de que haya alguien para escoltarlos de manera segura.

Algunos caballos están brincando con nerviosismo, pero no el pequeño semental.

Avanza lentamente, seguro de sí mismo, como si fuera consciente de su elegancia.

Violet también parece serena: inmóvil y silenciosa, acaricia arriba y abajo con una mano el cuello musculoso del caballo.

No debería estar nervioso por esta carrera. No es gran cosa, solo una clasificatoria, pero lo estoy: tengo el pecho encogido y el corazón amenaza con salírseme por la boca.

Me cruzo de brazos cuando entran en los cubiles.

Le he escuchado decir a Violet que DD se pone nervioso en ese lugar, y también soy consciente de que los jinetes pueden lesionarse ahí si las cosas salen mal.

Aprieto los puños con fuerza bajo mis bíceps: tal vez el dolor me permita concentrarme en algo que no sea la ansiedad.

Suena la campana, las puertas se abren de golpe y los caballos salen en un caos de cascos ruidosos y tierra levantada.

Violet y DD se quedan atrás, como era de esperar. Ese es su juego, su estrategia.

Rechino los dientes cuando hunde los pies en los estribos, en sincronía con el caballo que se estira bajo ella, moviéndose al compás.

Es un semental quisquilloso, pero Violet lo deja hacer: acepta sus peculiaridades y las usa a su favor para convertirlas en características ganadoras en lugar de obligarlo a ser el tipo de caballo que no es.

En el primer tramo se mantienen rezagados, pero no demasiado atrás, y tras la primera vuelta cambian de táctica: Violet se agacha, sube más las manos en el cuello del caballo y galopan por el medio de la pista abriéndose camino hasta el pelotón de cabeza.

Justo donde sucedió. El resbalón, la caída, los cascos. Y una forma inmóvil en la tierra mientras el grupo seguía alejándose hacia la línea de meta; un hombre en tierra de nadie.

Han pasado años y esa imagen sigue grabada a fuego en mi mete. Nadie dio la vuelta. En el ejército no dejamos a nadie atrás, ni siquiera a los cadáveres.

Un caballo gris se pone delante de Violet y contengo el aliento.

Vaughn se da cuenta, pero no dice nada, solo me mira por el rabillo del ojo.

Violet reduce la velocidad, jugando a lo seguro mientras espera su oportunidad.

Y cuando ve el camino libre, guía a DD hasta la pista exterior; eso significa que se verán obligados a cubrir más terreno, pero si alguien puede hacer que funcione, es ese equipo, eso lo tengo claro.

Los murmullos resuenan en el palco cuando ella se agacha y acerca más los brazos a DD, que devora la distancia a su paso. No es un caballo grande ni tiene las patas demasiado largas según los estándares de los caballos de carreras, pero esa pequeña bala no permite que nadie lo frene.

Es un auténtico espectáculo.

A medida que se acercan a la línea de meta con todo el carril despejado, el gélido terror que me dominaba se convierte en algo más cálido: excitación. Está a punto de conseguirlo de nuevo, y eso me llena de orgullo.

El trabajo duro, el sudor y la feroz determinación están dando sus frutos. Una pequeña pueblerina con una voluntad inquebrantable y una actitud positiva infalible está haciendo realidad sus sueños. Y la admiro muchísimo por ello.

Vuelan a través de la línea de meta, junto a otro caballo que va a la par.

Está tan reñido que no puedo decir quién ha ganado.

Pero me da igual, lo único que quiero es ver a Violet.

En este momento me doy cuenta de lo mucho que la necesito, de cuánto la deseo.

Quiero sentirla y saber que está bien. No había tenido tanta ansiedad desde que me dieron el alta, cuando ni siquiera podía escuchar el portazo de un coche sin dar un brinco.

Te has caído con todo el equipo, tío.

—Creo que ha ganado al límite. Va a decidirse el ganador con la foto finish —murmura Vaughn; niega con la cabeza, haciendo sonar las llaves que lleva en el bolsillo.

Al parecer, no soy el único que está al borde de un ataque de nervios, pero él va a quedarse aquí porque Billie no quiere que esté en su espacio cuando trabaja, y eso es algo que respeto.

De pronto, me doy cuenta de que no sé qué prefiere Violet.

¿Quiere que esté abajo? ¿Hay alguna posibilidad de que vayamos a ser algo más?

No estoy seguro de poder gestionarlo. ¿Qué tal ahora?

¿O después de la carrera? ¿Y si espero hasta esta noche, cuando volvamos al rancho?

¿O a mañana? ¿La sigo como un cachorrito triste?

Eres la hostia de patético, Cole .

Dejo escapar un gemido; aborrezco lo inseguro que me siento con todo esto. Odio no tener el control, porque es en esos momentos cuando ocurren los accidentes: las misiones salen mal, la gente se hace daño. Los corazones se rompen.

—Tengo que irme —le digo a Vaughn, y me giro antes de que pueda verme la cara, porque a pesar de lo bueno que soy ocultando mis emociones, creo que ahora mismo debo de llevarlas escritas en la cara. No me importan los resultados de la foto finish, solo necesito a Violet.

Me abro paso a través de la multitud que abarrota el palco, me dirijo a la salida, bajo las escaleras, salgo por la puerta y me adentro en el bochornoso calor. En lugar de girar hacia las pistas, voy en dirección a los establos.

Voy a encontrarme con Violet porque es lo que me hace sentir bien y, si lo pienso dos veces, dejaré que la incertidumbre me convenza de no hacerlo. Dios sabe que ella se ha expuesto ante mí muchas veces para llegar a conocerme, y como un imbécil obcecado, he cogido mucho más de lo que he dado.

¿Qué es lo peor que puede pasar? ¿Que me diga que no es buen momento porque está ocupada? Me he enfrentado a peores desastres por una recompensa menor.

Entro en los establos y voy hacia la fila de boxes con el cartel del Gold Rush Ranch. Mira, la veterinaria, está ahí revisando lo que parece una gran caja de herramientas.

—¿Dónde está Violet?

Se vuelve muy despacio, como si tuviera todo el tiempo del mundo.

—¿Perdón?

—He dicho…

—No —me interrumpe—. Sé lo que has dicho, pero te has olvidado de la buena educación.

Tenso la mandíbula. ¿Por qué todas las mujeres en el Gold Rush Ranch son unas impertinentes?

¿Vaughn lo ha convertido en un requisito para el puesto?

Ni siquiera Violet tiene los modales apacibles de antes, lo que es bueno.

Billie y Mira le han hecho mucho bien. Pero, joder, es agotador que me llamen la atención todo el tiempo.

Es como si viviera rodeado de jóvenes Trixies.

Suelto un suspiro dramático y lo intento de nuevo.

—Disculpa, ¿has visto a Violet?

—Sabía que no eras tan malo como dice Billie —canturrea la mujer del cabello negro. Maldita Billie —. Supongo que ha ido a pesaje. Sal por ahí y probablemente te encuentres con ella. —Señala el extremo opuesto de un camino oscuro.

—Gracias —me despido, y voy en esa dirección.

Ella me guiña un ojo, como si supiera que lo mío no tiene arreglo. Pero cuando doy la vuelta a la esquina solo puedo pensar en Violet de rodillas, sobre mi regazo, en mi cama…

Es como si hubiera derribado todos mis muros de contención y ahora no pudiera evitar desbordarme, rezumar por todas partes.

Cuando salgo a la calle iluminada por el sol, veo a Violet caminando hacia mí con un sencillo vestido azul que combina a la perfección con sus ojos.

Lleva el pelo recogido en un moño, y cuando me ve su sonrisa es deslumbrante.

—¡Hola! —grita; mueve los brazos y da un saltito—. ¡Estoy tan contenta de que estés aquí…! ¡Hemos ganado!

Y en ese momento me convierto en un cavernícola.