22 Cole
Por segundo día consecutivo, me despierto con Violet acurrucada contra mi pecho. Está pegada a mi cuerpo como si no pudiera acercarse lo suficiente a mí, y sus pequeñas manos se aferran a mi camiseta blanca para mantenerme a su lado.
Sonrío. Me gusta esta imagen. Me gusta que quiera tenerme cerca. Me gusta despertarme a su lado, con su olor en mis sábanas. Ni siquiera me molestan sus suaves ronquidos. Me parece encantador que alguien tan pequeño y delicado pueda hacer ese ruido.
El sol se filtra a través de la ventana del dormitorio y hace brillar su pálido cabello. Parece un ángel. Tiene entreabiertos esos sensuales labios como pétalos de rosa y no puedo evitar recordar cómo deslizó mi polla entre ellos, cómo se arrodilló ante mí mirándome a los ojos.
Me pongo duro al instante. Joder . Jamás podré olvidarlo. Quizá fuera ella la que estaba de rodillas, pero era yo el que rogaba. Tengo ganas de pellizcarme para ver si estoy despierto: una mujer como Violet me desea, y no puedo entenderlo.
Su comentario acerca de que yo podía tener a quien quisiera me hace negar con la cabeza.
Soy un hombre de treinta y seis años sin nada que ofrecer además de una empresa heredada y un trastorno de estrés postraumático a causa de un padre muerto y una pierna amputada.
Sin hogar, sin amigos, sin hijos. Siempre he querido tener hijos.
Pero aquí estoy, sin ninguna de esas cosas en mi horizonte.
Y Violet, con todo eso a su disposición, quiere… ¿Me quiere a mí? No puedo entenderlo. Ni siquiera he intentado ser quien no soy: me he comportado de forma hosca, inalcanzable, y las ocasiones en las que he cedido a sus encantos he terminado rechazándola como si no valiera nada.
Y me doy cuenta de que puede valer un mundo.
Es la luz al final del túnel, el sol que mi oscura existencia necesita con desesperación. No puedo dejar de acariciarle la sien con los labios: está preciosa ahora mismo, rodeada por mis brazos.
—Hola —murmura, acariciándome el pecho.
—Lo siento. No era mi intención despertarte.
—Me alegro de que lo hayas hecho. Es una forma estupenda de empezar el día.
El corazón me golpea las costillas. ¿Lo dice en serio?
Le doy un beso en el pelo y acuno la parte posterior de su cabeza, sorprendido incluso de que me deje tocarla. Es preciosa, joder…
—¿Qué hora es? —Ni siquiera saca la cabeza del refugio que forman mis brazos.
Miro hacia la mesilla de noche.
—Las ocho.
—Tengo que irme —gime.
—¿Por qué?
—Tengo que ir a la ciudad. Hoy tengo que montar a algunos de los caballos más jóvenes. Y luego iré con DD a las pistas. ¿Vas a venir a verme?
Su voz suena esperanzada y trago saliva bruscamente.
Normalmente, no me vuelven loco las carreras, pero ¿ahora?
¿Después de esto? ¿Tener que ver a Violet a lomos de un caballo, corriendo a velocidad de vértigo en el mismo lugar en el que vi morir a mi padre?
No sé si seré capaz, me parece espantoso.
Creo que tengo que llamar a Trixie y soltarle mis mierdas.
—Claro —digo en tono neutro, pasando una mano por su esbelta espalda, que asciende y desciende con su respiración. Es algo reconfortante en este momento, en el que intento no obsesionarme con la idea de que ella puede acabar herida. O algo peor.
Desliza una mano sobre mis costillas y me estrecha contra ella.
—Estaré bien.
—Lo sé —murmuro.
La mentira me sabe amarga. No sé si estará bien. No soy adivino. Son palabras vacías, pero las pronuncio porque sé que es lo que ella quiere escuchar.
El tráfico de la ciudad es insoportable.
Supongo que después de más de un mes viviendo en Ruby Creek me he acostumbrado a llegar a todas partes en cuestión de minutos y sin encontrarme con nadie, y eso es algo que valoro.
Prefiero estar aislado antes que el ruido, el caos y esa sensación de vivir en un hormiguero que da el centro de Vancouver.
Todos se mueven como hormiguitas obreras descerebradas apresurándose a llegar al trabajo para poder pagar la subida del alquiler o, Dios no lo permita, de la hipoteca.
El mercado de la vivienda en esta ciudad es terrorífico.
Podría permitirme comprar una casa si quisiera, pero no lo hago por principios. Una casita en ruinas en un terreno diminuto no debería costar más de un millón de dólares. He visto cómo vive la gente en otros lugares del mundo, y me rechina el exceso de esta ciudad. Es un desperdicio.
Quizá por ello ha llegado a gustarme la vida en el campo y los vecinos de los pueblos pequeños, que viven bien dentro de sus posibilidades.
Son gente trabajadora que no intenta aparentar lo que no es.
Es otro mundo: un mundo más pequeño, más tranquilo y más auténtico, en el que la gente trabaja para disfrutar de lo que tienen en lugar de trabajar para comprar algo con lo que impresionar a sus amigos.
Tienen una mentalidad muy diferente, una con la que podría comulgar más de lo que imaginaba en un principio.
Como el tráfico en esta puta tarde de domingo no avanza, decido que también podría coger el toro por los cuernos y llamar a Trixie, algo que he estado evitando, porque, la verdad, no sé cómo va a reaccionar ante todo lo que ha ocurrido.
¿Habré salido por fin del pozo? ¿Esto ha ido demasiado rápido? Sí ha sido rápido, y ni siquiera hemos hablado de lo que hay entre nosotros. Violet me ha besado dulce y profundamente esta mañana cuando ha salido de mi casa, y luego ha cogido su coche y se ha ido.
Sus únicas palabras han sido «Hasta luego», y he perdido tanto la práctica en cuestión de mujeres que no sé lo que ha querido decir.
Anoche, en esa bañera, le conté más cosas de las que jamás le he contado a nadie, excepto a Trixie, y ella no escapó corriendo. ¿Dónde nos deja eso? Me siento como un adolescente. ¿Podría dejarle una notita como hacía en aquel entonces?
«¿Quieres ser mi novia? Marca sí o no».
Resoplo. Pulso en la pantalla del teléfono y escucho el tono de llamada a través del sistema de bluetooth .
La voz de Trixie atruena en la cabina de mi camioneta; me estremezco y bajo el volumen.
—Cole, es domingo.
—Me he acostado con alguien. —Eso debería hacerle cambiar de actitud.
Los altavoces permanecen silenciosos unos segundos.
—¿Con alguien de verdad o por internet?
¿Por qué todo el mundo sigue diciendo esas cosas?
—Con alguien de verdad.
Ella deja escapar un largo silbido.
—¿Y cómo ha estado?
—Joder, Trixie, ¿los terapeutas les preguntan eso a sus pacientes?
—¡Ja! No veo por qué no. Si vas a llamarme un domingo como si fuera tu amiga, entonces puedo hacer las mismas preguntas que una.
Dejo escapar un gemido. Trixie es cualquier cosa menos una terapeuta típica y, por supuesto, eso es lo que me gusta de ella en realidad. Y por triste que parezca, también es lo más cercano que tengo a una auténtica amiga. Y eso que le pago…
—Ha sido… abrumador.
—Pero ¿abrumador en el buen sentido?
—Sí —respondo, seco, sintiéndome incómodo a pesar de que he sido yo quien la ha llamado.
—Bueno, ¿y dónde has conocido a esa persona?
—Es Violet.
Casi puedo sentir la sonrisa de Trixie a través del teléfono.
Se ha pasado el último año diciéndome que tenía que plantarle cara a la situación y hablar con Violet, decirle algo, cualquier cosa, en lugar de fingir que no existía.
Que, incluso, aunque eso no nos llevara a ningún lado, iba a sentirme mejor después de sacármelo de encima.
Pero seguí posponiéndolo, diciéndome que ya lo haría en algún momento.
Todo lo que tenía que hacer era conducir hasta el rancho y hablar con ella, pero no, en lugar de eso me escondí en el palco del propietario y la miré con mala cara en todas las carreras en las que corrió.
No me había perdido muchas desde que había descubierto quién era.
Solo en la que Cassel la derribó, porque estaba ocupado con la mudanza, y ayer, que estaba demasiado dolorido y cansado por la aventura en la montaña.
Me sentí mal por no haber estado ahí, como si hubiéramos mantenido una relación en secreto de la ella que no sabía nada.
Porque era así: le escribía a través del chat, la miraba desde el palco y le pedía noticias a Vaughn, que siempre me miraba con suspicacia cuando me las daba. Eres patético de cojones, Harding.
—Me alegro por ti, Cole —dice Trixie, como si no pensara que lo he jodido todo.
—¿Eso es todo? ¿No vas a dejarme ninguna perla de sabiduría? ¿Ningún consejo? ¿No vas a reñirme?
—Mmm…, ¿qué quieres que te diga?
—No sé, algo. Lo que sea. Que es demasiado joven.
A lo mejor soy un pervertido.
—¿Es mayor de edad? ¿Fue consentido?
«Quiero sentirte dentro de mí», dijo, y Trixie sabe que Violet tiene veintitantos. Solo intenta demostrar algo.
—Sí.
—En ese caso, no veo dónde está el problema —dice sin más.
—Ella es muy vivaz. Y tiene un gran futuro por delante.
—¿Y tú no?
Suelto un gemido. Siempre me hace lo mismo: llevarme a su terreno.
—No me siento como si fuera así.
—Bueno, ¿y le has preguntado a ella? ¿Crees que una mujer a la que me has descrito como inteligente y que tiene un gran futuro se liaría con un peso muerto? ¿Qué diría eso de ella?
Le doy vueltas a su lógica y entiendo lo que quiere decir: si Violet es como la he descrito, entonces, debe de haber encontrado algo en mí que yo no alcanzo a ver.
Ella interpreta mi silencio como una respuesta.
—Supongo que ella ya sabe lo de tu pierna.
—Sí. —Me paso las manos por la cara al recordar cómo sentí que mi mundo se venía abajo en esa montaña.
Cómo quise que me tragara la tierra de ese sendero para evitar que ella lo supiera—.
Salimos de excursión y la prótesis falló.
Lo supo de primera mano —espeto. Detesto lo inútil que me hizo sentir la situación.
—¿Y cómo reaccionó?
Pienso en las bromas que hizo sobre volar y gatear, y suspiro.
—No pareció importarle lo más mínimo.
—Llevo dos años diciéndote que a nadie más que a ti le importa lo de tu pierna.