21 Violet
Estoy teniendo una experiencia extracorpórea y muy alejada de mi zona de confort. Cole Harding es lo más sexy que he visto. Ya lo pensé el primer día que se acercó a mí en el círculo de ganadores —mayor, rico, bien parecido—, pero ver su cabello negro y despeinado entre mis piernas es otro nivel.
Es primitivo. Una tortura deliciosa.
El modo en que me rodea las piernas con los brazos, el roce de su barba contra la cara interna de mis muslos. Esa puñetera lengua…
Me siento diminuta y expuesta abierta de este modo ante él, pero no como la última vez. Esta vez está aquí, y la forma oscura y posesiva en que me mira me atenaza las entrañas.
Dejo escapar un sonido que resuena como nunca antes.
Un sonido que en otro momento me habría hecho sonrojar, pero ahora mismo estoy más allá de sonrojarme: todo mi cuerpo está en llamas; soy como un enorme rubor.
Muevo las caderas hacia su cara y él me devora con más ganas, me lleva más alto.
Lengua, dientes, labios: todo en su justa medida. Este hombre es un maestro.
—Cole… —Enredo los dedos en su cabello oscuro y doy un suave tirón.
Se detiene solo el tiempo necesario para dejar unos cuantos besos dulces a lo largo del interior de mi muslo.
—No te pares.
Su risa me recorre la piel como una corriente eléctrica, profunda e íntima. Siempre que comparte una risa conmigo lo siento como algo importante. Él no va dejando escapar risitas como si no significaran nada: para él, son verdaderas muestras de afecto, y me embebo de ellas.
Cuando desliza dos dedos dentro de mí y los dobla en el lugar perfecto, me desmorono.
—¡Cole!
Me tiemblan las piernas que están rodeando su cabeza; los dedos que están hundidos en su cabello laten al ritmo de mi corazón. Me atraviesa una oleada de calor puro y estallo en un orgasmo que me hace arquear la espalda hasta el límite.
Y veo las estrellas.
Pero cuando termina no me siento agotada: estoy hambrienta. Quiero más. Quiero ver a Cole llegar así de alto, quiero verlo deshacerse por mí.
Lo quiero en mi interior.
Clavo los dedos en sus hombros bien tonificados para aferrarme a ellos, pero están húmedos y se me resbalan.
—Ven aquí. Te necesito.
Me mira desde su lugar entre mis piernas, con los labios muy brillantes y los ojos muy abiertos y negros como el carbón.
—Violet, no importa, podemos ir despacio.
Me suelta y desliza las manos por mis muslos, mirando hacia mi coño de nuevo.
Lo agarro de la muñeca y lo acerco a mí; me agacho y capturo sus labios. Gime cuando mis manos le recorren los hombros. Jamás voy a saciarme de esos hombros: anchos, grandes, redondeados.
—Estoy harta de ir despacio. Ya te he deseado bastante tiempo —susurro contra su mejilla.
Deja escapar un gruñido sordo, me agarra y se sienta en el sofá, intercambiando nuestras posiciones: ahora estoy a horcajadas sobre él, como esa noche en el refugio del bosque, salvo que ahora no hay nada entre nosotros y siento su longitud pulsando entre mis piernas.
Muevo las caderas para deslizarme sobre él y sentirlo piel con piel.
Mira hacia sus manos, que me estrechan la cintura, y luego su vista se pasea por mi cuerpo.
—Quítate la camiseta. —Su voz es puro calor y ya no hay en ella ni rastro de incertidumbre.
Obedezco al instante sin sentir la más mínima timidez por estar desnuda ante Cole. Ya me he mostrado así antes, aunque en ese momento sabía mucho menos sobre él, sobre la clase de hombre que es. Y es un buen hombre. Sensible, dañado y muy muy bueno.
En el pasado tampoco pude ver cómo me está mirando ahora mismo: con asombro, con lujuria sin disimulos, con avidez.
—No tengo condones. —Aparta la vista al decirlo.
Me levanto sobre las rodillas, sobre su regazo, y siento la cabeza de su polla contra mi muslo.
—No importa, estoy tomando la píldora. Y quiero sentirte dentro de mí.
—Joder, Violet… —Las yemas de sus dedos se estrechan contra mi cintura cuando me levanta para alinearnos—. Voy a ver cómo entra cada centímetro —murmura, y me hace descender sobre él.
Siento cómo me abro, la abrumadora sensación de plenitud mientras me deslizo a lo largo de su polla y sus dedos se clavan en mí con fuerza. Jadeo ante la sensación, al saber que está de verdad dentro de mí.
—Así, nena. Cada centímetro —dice, descarado.
Su voz es ronca y tengo los nervios a flor de piel. Quiero que me desmonte y vuelva a montarme. Miramos hacia abajo, hacia donde se unen nuestros cuerpos sin nada entre nosotros. Solo los dos.
Juntos por fin.
Me agarra la barbilla y me besa con rudeza, con tanta pasión que me deja sin aliento. Me saboreo en sus labios y contoneo las caderas para acompañar el ritmo que marca.
Su lengua se mueve al compás de mi pelvis. Su mano libre me recorre el cuerpo dejando un rastro de calor abrasador. Siento cada centímetro de él, cada rugosidad, mientras mueve las caderas para encontrarse conmigo, empujando su longitud en mi interior con abandono.
Chocamos. Nos derretimos. Sanamos.
No necesito poesía o una disculpa grandiosa porque él no es así. Solo necesito esto. Es amándome así, abriéndose así ante mí para demostrarme lo que siente. La frase «Los hechos valen más que las palabras» nunca ha tenido tanto sentido.
Cole Harding no estaría follando así conmigo si no le importara. Me siento como una reina en su regazo; aparta su boca de la mía y la desliza por mi cuello y mis clavículas.
—Eres tan hermosa, joder… —susurra, y captura un pezón en su boca pecaminosa—.
Y preciosa. —Alivia el ardor con la lengua, y levanta la mirada hacia mí, conmocionado.
Es como si estuviera adorándome en un altar en esta sala en penumbra.
Sus manos ascienden temblorosas hasta mis rodillas—. Tan preciosa para mí…
No puedo evitar llevar las manos hasta su rostro ni que mis dedos le recorran la cicatriz de la frente. Sé que jamás querré dejarlo ir después de esto.
—No me dejes marchar esta vez.
Traga saliva y sus ojos arden, como deben de estar ardiendo los míos. Asiente.
—No lo haré.
—Vale. Pues ahora haz que me corra de nuevo.
Se mueve con fuerza y rapidez en mi interior. Me agarra de las caderas e invade mi cuerpo, dominante. Mis muslos chocan con los suyos cuando me levanta y su longitud entra en mí una y otra vez.
El sudor humedece su pecho y tiene las mejillas sonrosadas.
—Déjame ver cómo te acaricias el clítoris, Violet. Córrete en mi polla.
Extiendo la mano hasta su hombro y me echo hacia atrás. Sus palabras son suficientes para llevarme al límite y solo necesito un par de caricias de mis dedos para llegar al clímax otra vez. El calor se acumula en mis riñones y estallo en un orgasmo.
—¡Cole! —grito; siento el ardor entre mis piernas y se me acalambran los empeines.
Me derrumbo sobre su pecho húmedo y agitado, a su merced, y él empuja un par de veces más, rozando mis puntos más sensibles.
Y tras un poderoso embate, se queda congelado.
Me estrecha entre sus brazos y se aferra a mí como si su vida dependiera de ello, y se derrama en mi interior.
Pecho con pecho.
Corazón con corazón.
Nunca un baño caliente me había sentado mejor; en parte porque me duele todo el cuerpo por culpa del mejor sexo de mi vida y en parte porque estoy sentada frente al hombre más deliciosamente sexy que he conocido.
Los brazos de Cole reposan sobre sus muslos y sus manos rodean mis pantorrillas; tiene la cabeza echada hacia atrás y los ojos cerrados.
Tengo un montón de preguntas, pero no puedo dejar de admirar su cuerpo.
Es una obra de arte, un testimonio de las largas horas dedicadas a la curación, a la adaptación y a la supervivencia.
Es la prueba viviente de su fuerza y su resistencia.
Una puñetera delicia.
Recorro con la mirada la pierna que termina justo debajo de la rodilla, con esa cicatriz de un rojo furioso al final del muñón y la piel fruncida para cerrar ese miembro que no pudieron salvar. Pero, sobre todo, me quedo mirando su enorme polla. De hecho, me cuesta apartar la mirada de ella.
Sí, me estoy volviendo loca y ni siquiera me importa. Parece un muñeco Ken bien dotado y de alguna manera, como por arte de magia, ha estado dentro de mí. De una rata de rancho peleona de un pueblito de vaqueros. De la pequeña y flacucha Violet Eaton.
—¿Estás seguro de que no has practicado sexo desde hace años? —dejo escapar, porque no puedo creer que este hombre maduro, atractivo, rico y exitoso esté interesado en mí o que la haya mantenido dentro de los pantalones tantos años.
No levanta la vista, pero veo cómo contrae la mejilla y siento cómo su pulgar me acaricia la pantorrilla.
—Sabía que tenías preguntas. Casi he podido escuchar cómo giraban los engranajes de tu cerebro.
—A ver, es que… Venga… Mírate. ¿De verdad intentas decirme que no te has acostado con nadie desde…? —Ag. Ni siquiera puedo decir su nombre. Estoy celosa, y es patético—. ¿Desde quien leches fuera ella?
Los hombros le tiemblan con una risa silenciosa, pero no abre los ojos.
—Al principio tuve algunos encuentros ocasionales con extrañas, en los que no tenía que quitarme la ropa de todo, solo hacer que se incli…
—Vale. Ya lo capto.
Se ríe de nuevo, abre un ojo para mirarme y me pilla mordiéndome el labio con nerviosismo. Sabe que estoy celosa, pero no me lo echa en cara.
—Lo único que aprendí de eso es que no me gusta el sexo ocasional —dice sin más.
—Sí, pero ¿años? Podrías haber tenido a quien hubieses querido.
Deja escapar un gruñido de desacuerdo.
—Tal vez no quiera estar con cualquiera. Creo que me gusta tener una relación. Probablemente por eso me di tanta prisa por comprometerme. Pero ella no me quería: quería la idea que tenía de mí. El estatus. —Suspira y se incorpora—. Tú…
El corazón me da un vuelco en el pecho.
—¿Yo qué?
—Tú permaneciste a mi lado cuando no sabías nada de mí, como si de verdad disfrutaras con mi compañía, y nadie disfruta de ella.
Ya no. Eras como una polilla atraída por una llama, que sabe que en un momento u otro va a quemarse.
Eras hermosa e inocente, y fuerte. Me daba pánico dejar que te acercaras, abrirme a ti.
Pero nunca tensaste la cuerda. Me hiciste necesitarte sin estridencias.
—Se rasca la barba—. Y luego te fuiste, y me dije a mí mismo que tenía razón, que todos acaban por abandonarme.
Hasta que el universo decidió tomarme el pelo y te trajo de nuevo a mi vida.
Dejo escapar una risa entrecortada y parpadeo con rapidez, dándole vueltas a sus palabras.
—Supongo que fue así.
—Te limitaste a ser tú misma. No tardaste ni un segundo en volver a por más y me obligaste a salir de mi caparazón.
Fuiste implacable, absorbente. Habías visto la oscuridad en mi interior y te importaba una mierda.
No te asusta, no me miras como si esto fuera una tragedia.
Me miras como si estuviéramos predestinados.
Me arde la garganta y se me empañan los ojos. Lo miro con una sonrisa llorosa porque no estoy segura de poder hablar. Y lo que no digo es que justo eso es lo que me asusta: estamos predestinados.