Ganar al límite (Gold Rush Ranch nº 2) 20 Cole
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20 Cole

Se me encoge el pecho cuando la chaqueta cae al suelo. El pequeño pijama de flores deja muy poco a la imaginación y solo quiero arrancárselo y dejarla desnuda junto a mí.

Me siento terriblemente vulnerable y fuera de mi elemento. Ella lo sabe todo de mí, sabe el desastre que soy, y no ha huido.

Se acerca. Cada paso nervioso que da se clava en mi corazón. No me mira como si fuera patético, me mira como si nunca pudiera saciarse de mí. Soy incapaz de recordar la última vez que una mujer me miró así, y está despertando algo en mi interior que no había sentido desde hace mucho tiempo.

Sigo moviendo la mano, acariciándome mientras ella se acerca lentamente, como si pudiera asustarme. Y eso que no sabe lo que puede suceder si se acerca lo suficiente como para que pueda tocarla.

Estoy harto de evitar lo que hay entre nosotros.

—Violet, si no quieres que pierda la cabeza por completo, detente ahí mismo.

—¿Y qué pasa si quiero que la pierdas? —dice en voz baja, con las mejillas sonrosadas.

Me cuesta respirar cuando habla así; es tan sexy sin necesidad de esforzarse, tan inocente…

—No sabes dónde te metes.

—¿No? —dice, ladeando la cabeza—. No sé por qué, como soy pequeña y callada, todo el mundo piensa que soy una mojigata.

—Se muerde el labio y me mira de arriba abajo, como si yo fuera su plato favorito—.

¿Te sorprendería saber que llevo dos años imaginando cómo sería follar contigo? Eres mi fantasía favorita, Cole.

—Violet…

No consigo disuadirla y da otro paso.

—Con las manos, con un juguete, con otros ho…

—Violet —rezongo—. No quiero oírlo.

—¿Estás celoso?

Asiento porque es así: imaginarla con otro hombre que no sea yo me hace verlo todo rojo. Doy un fuerte tirón a mi polla.

Está muy cerca, y una sonrisita de complacencia se dibuja en sus labios.

—Bien.

—Pequeña descarada… Todo vale si vas a burlarte de mí de esa manera.

Engancho la mano libre en la cintura elástica de sus diminutos pantalones cortos para acercarla a mí.

Echa la cabeza hacia atrás y me mira con los ojos muy abiertos y llenos de sorpresa; mi polla dura se clava en su vientre.

—Bien —repite.

Se me acelera el corazón. Ni siquiera sé por dónde empezar. Lo quiero todo, cada centímetro de su cuerpo. Quiero borrar a besos todos los malos recuerdos, hacerlos desaparecer y darle otros nuevos y deliciosos. Quiero ver cómo se corre una y otra vez.

Mis dedos encuentran los finos tirantes de su camiseta y los deslizan por sus hombros, primero uno y después el otro. La respiración de Violet se vuelve trabajosa y entrecortada cuando me agacho y le doy un beso en la mejilla.

Dejo un reguero de besos a lo largo de la línea de su mandíbula hasta el lóbulo de su oreja; lo mordisqueo y luego lo chupo para aliviar la quemazón.

—Ponte de rodillas —susurró.

Vuelve la cabeza y me besa en los labios con fuerza. Sus delicadas manos se pierden entre mi pelo y su lengua se desliza entre mis labios. Sabe a pasta de dientes y a bálsamo labial de cereza. Es deliciosa, y apenas puedo esperar a probar lo que hay entre sus muslos.

Se aparta y sus manos recorren mi pecho y mi abdomen mientras se pone de rodillas ante mí.

Joder . Esa visión de ella mirándome con esos grandes ojos azules es todo lo que he soñado.

Mi polla se endurece aún más sin que pueda evitarlo.

Me agacho y le bajo la camiseta para dejar sus tetas al aire.

Me encanta su aspecto desarreglado y expuesto en el medio del salón.

—Eres preciosa, joder —murmuro.

Mira mi polla palpitante, separa los labios y se echa hacia delante para lamer la gota de líquido preseminal. Y luego me lame como si fuera una puta piruleta, como si fuera lo mejor que ha probado en su vida, y casi me corro al instante.

Pone una mano en mi muslo y ahueca la otra en la parte posterior de mi rodilla, justo por encima de la prótesis; se mete mi polla en la boca sin apartar la mirada de mi cara ni un solo segundo.

No sé qué he hecho para merecer esto. Ni siquiera estoy seguro de merecerlo. Pero la imagen de Violet de rodillas ante mí se ha grabado en mi memoria para siempre.

Me rodea con la lengua y se le ahuecan las mejillas cuando chupa.

—Dios, Violet…

Le recojo el cabello platino con una mano para que no me impida verla, y con la otra le sujeto la mandíbula y mi pulgar le acaricia la mejilla. Balancea la cabeza ansiosamente, deslizándose sobre mi longitud, tomándome tan profundamente que su nariz choca contra mi vientre. Pero. Qué. Cojones.

—Esto se te da de coña.

Ella me lame de nuevo y deposita un casto beso en la punta de la polla. Esta podría ser la mejor mamada de mi vida, pero hay más cosas que quiero hacer.

Le tiro del pelo con suavidad.

—Levántate. Siéntate ahí. —Le señalo el sillón con la cabeza y la agarro del codo para guiarla hasta ahí.

Se sienta con rapidez y me mira como si estuviera metida en un lío, con las manos entre las rodillas y las tetas apretadas entre los brazos.

—¿Ahora vas a ponerte tímida conmigo? —Doy un paso y hago una mueca por el dolor en el muñón. Aunque no me importa en absoluto.

—No —susurra—. Me quitaré los pantalones si te quitas la prótesis. Te está haciendo daño. —Gimo. Ese es un nivel de intimidad para el que no sé si estoy preparado. Y entonces añade—: No llevo bragas.

Y me agacho al instante para quitarme el calcetín y deshacerme de la prótesis.

Me siento expuesto, así desnudo, frente a la mujer más hermosa que he visto. Joven, vivaz, completa.

—Estás para comerte —suelta, y se lame los labios.

Me doy cuenta de que ni siquiera me mira el muñón. Sus ojos se deslizan por mi cuerpo con avidez, como si no fuera capaz de decidir qué parte le gusta más, cargados de lujuria y deseo. Y, de pronto, me importa una mierda la pierna. Si Hilary era el veneno, Violet es el antídoto.

Me arrodillo ante ella, con las manos sobre los apoyabrazos del sillón.

Se echa hacia atrás y se baja los pantalones.

Cuando se quedan atascados en sus muslos, le echo una mano, saboreando la sensación al deslizarlos sobre su piel, el modo en que se flexionan sus pantorrillas cuando se los quito por los pies.

Pongo las manos sobre sus rodillas y le separo las piernas.

Joder, esto es muchísimo mejor en la vida real.

Paso las palmas de las manos por el interior de sus muslos, y le doy un apretón antes de llevar una mano hasta la unión entre sus piernas.

—Ay, Dios —resopla; su mirada vuela hasta mis manos, con los ojos azules oscurecidos por el deseo.

—¿Es esto con lo que has estado fantaseando, Violet? —pregunto, manteniéndola abierta para mí.

—Esto… Esto va mucho más allá.

No puedo evitar reírme.

—Si ni siquiera te he tocado aún…

Sus caderas se contonean y tengo ganas de darme puñetazos en el pecho: está condenadamente ansiosa. Por mí.

Paso el pulgar sobre su entrada, ella gime y lo hago de nuevo con más firmeza, separando sus labios.

—Violet, estás empapada para mí.

—Siempre —susurra, y esa confesión me arranca un gemido.

¿Por qué he tardado tanto en llegar a esto?

Deslizo el pulgar en su interior y suspira, con los ojos cerrados. Parece sentirse tan bien que hundo dos dedos en su calor húmedo y siento cómo se estira a mi alrededor.

Miro cómo se endurecen esos perfectos pezones rosados, cómo se le pone la carne de gallina en los brazos.

—Me pregunto cómo sabe ese coño tan bonito.

Abre los ojos de golpe justo a tiempo para ver cómo me meto esos dos dedos en la boca.

—Joder… —murmura, mirándome embelesada mientras la saboreo.

Y luego la acerco a mí y me sumerjo en su interior.