19 En el pasado #2
Pequeña traidora…
—Hola, mi niña. —Salgo del coche con una bolsa repleta de caramelos de menta y voy hacia ella—.
Hemos ganado. He hecho que todos muerdan el polvo.
Ha sido la leche. —Ella relincha y pasea los belfos por mi bolsillo al percibir el olor a menta.
Saco un caramelo y se lo doy. Se le forma una espuma blanca en los belfos al masticarlo—.
Me iba a ir a la cama, pero no podía dormir, y he pensado en venir a celebrarlo contigo.
Miro hacia la casa, que está a oscuras, y niego con la cabeza.
Maravilloso, Violet. Finge que no estás aquí para espiar a Cole. Finge que pensar en él y preguntarte dónde está no es lo que te ha mantenido despierta.
Todavía no sé qué voy a hacer con lo que he leído en su portátil, y mucho menos qué decirle. Una parte de mí está enamorada de él y la otra solo quiere que entre en razón de una vez. Está demasiado destrozado y repleto de falsa bravuconería.
Todo el mundo piensa que es frío y sereno, que no tiene sentimientos, y creo que en algún momento yo también llegué a creer lo mismo.
Pero ahora todo lo que veo es su tristeza, cómo se encierra en sí mismo, lo solo que está.
Antes tenía miedo de que me hiciera daño, pero ahora tengo miedo de ser yo quien se lo haga. Amarlo es una gran responsabilidad.
—¿Violet?
El sonido profundo y ronco de su voz somnolienta me provoca un escalofrío que trepa por mi columna.
Me giro lentamente para ver su oscura silueta en el porche delantero de la casa azul.
—Hola. —Recorro con la mirada ese tronco perfecto con forma de triángulo y sus fuertes muslos—. ¿Has visto mi carrera?
—No, lo siento. No he podido ir.
La decepción me recorre el pecho. Me habría gustado que estuviera ahí.
—¿Te he despertado?
—Sí, pero ya era hora.
¿Qué? Me acerco al porche y me doy cuenta de que solo lleva unos calzoncillos ajustados y una camiseta.
—¿Has dormido todo el día?
Se pasa una mano por el pelo.
—Sí, estaba bastante cansado.
Me acerco y me agarro a la barandilla del porche.
—Y yo que creía que bromeabas cuando dijiste que mis ronquidos te habían mantenido despierto…
Suelta una risa profunda y suave como la miel que quiero que me pase por todo el cuerpo para luego lamerla.
—No habría sido seguro que durmiéramos los dos. Vigilaba.
—¡Podríamos habernos turnado! —Detesto sentirme impotente, y no me gusta ni un pelo que no se haya molestado en incluirme en la toma de decisiones—. No necesito que me mimes. Soy perfectamente capaz de cuidar de mí misma.
Sus ojos grises me inmovilizan, belicosos.
—Sí, no dejas de decirlo, pero, Violet, permitir que te ayude no te hace débil. Solo quiere decir que me importas. Sé que no me necesitas, pero quiero estar ahí para ti. Déjame cuidarte del único modo que puedo.
—¿Es ahora cuando me dices que eso es lo que hacen los amigos?
Veo el movimiento de su garganta cuando traga con esos ojos perspicaces clavados en mí.
—No.
Una palabra. No dice nada más, pero no hace falta. Es una confesión.
Me humedezco el labio inferior con la lengua; su cuerpo se cierne sobre mí, a tan solo unos pasos de distancia. Juraría que el aire entre nosotros sube de temperatura con cada segundo que pasa, como si pudiera sentir su calor desde esta distancia.
—Vi los mensajes —espeto—. En tu portátil.
Parpadea un par de veces, aunque su expresión es ilegible, no muestra emoción alguna, pero cuando se aleja de mí y vuelve cojeando a la casa, me inundan emociones suficientes para los dos. Ya está alejándose. Otra vez.
Y me hierve la sangre. Me siento abandonada, frustrada y agotada. Y entro como un tornado en la casa a la que llamé hogar durante un mes, pisándole los talones cuando va hacia el salón.
—¡Podrías hablar conmigo! —grito, más alto y más fuerte de lo que he gritado en toda mi vida.
Me arden las mejillas y al principio me siento un poco mal.
Esto no es propio de mí, pero estoy harta de que no mantengamos esa conversación.
Me gusta tomarme las cosas con calma, pero esto es excesivo. Cole es demasiado poco comunicativo.
Se da la vuelta, con la mandíbula tensa y las venas de los brazos latiendo con fuerza, bajo la lámpara de pie que arroja una luz tenue en el rincón. Sus manos se convierten en puños y luego se abren.
—¡¿Qué quieres que te diga?! —me devuelve el grito—. Nunca me abro ante nadie. ¿Crees que para mí todo empezó y terminó con una foto? ¿Crees que fue fácil perderte? ¿No saber si estabas bien? ¿Echarte tanto de menos que sentía un dolor físico? ¡Me destrozaste!
Sus palabras se me clavan en el corazón y se me encoge el pecho, hueco y palpitante, con el peso de su confesión. Me rodeo el cuello con los dedos para detener las náuseas.
Me ha echado de menos. Lo destrocé.
—Tú me destrozaste primero —susurro, pero esa admisión resuena en la silenciosa estancia como un grito.
Su sonrisa rezuma dolor cuando mira hacia el techo.
—No estás destrozada. Eres perfecta. Y yo soy una colcha hecha de retales.
Pasé años recogiendo mis jirones, todos los momentos claves de mi vida, toda la angustia, y poco a poco volví a unirlos, pero no soy buen costurero, Violet.
—Sus ojos angustiados encuentran los míos y solo quiero abrazarlo, pero sus palabras me dejan clavada en el sitio—: Y ahora los bordes se están deshilachando; me estoy rompiendo por las putas costuras, y tú eres la que tiene el hilo que puede deshacerlo todo —gime, y se pasa una mano por el cabello ya despeinado—.
¿Es que no lo ves? —Niega con la cabeza, con los ojos muy abiertos y suplicantes—.
Tienes el poder de desmadejarme por completo, y aborrezco sentirme así.
El pulso me late con fuerza en el cuello cuando lo miro fijamente, y trago saliva, ahogada por el peso de la responsabilidad.
—Prometo no desmadejarte, Cole. Tampoco ha sido fácil para mí. Me hiciste daño. Me siento muy vulnerable y tengo que saber qué es lo que hay entre nosotros de una vez por todas.
—No soy bueno con las palabras, pero puedo demostrártelo. —La voz retumba en su pecho, aunque el tono es diferente, y sus ojos me clavan al suelo.
Agarra la espalda de su camiseta y se la quita por la cabeza; engancha los pulgares en la cintura de los bóxers sin apartar de mí ni por un instante esos ojos grises del color del humo.
—¿Qué haces? —jadeo, inmóvil y sin aliento, incapaz de alejar la mirada de su cuerpo bajo la tenue luz.
—Noche de juegos. ¿Necesitas saber qué es lo que hay entre nosotros? Todo.
Me quedo sin respiración cuando se baja los bóxers. De mis labios escapa un suspiro y lo contemplo como una perfecta voyeur, atónita. ¿Esto está pasando de verdad? Mi mente se queda en blanco cuando lo veo desvestirse delante de mí; es como si estuviera viviendo una experiencia extracorpórea.
Se quita los bóxers y veo cómo su pene se hincha bajo mi mirada, grueso, largo, venoso y cada vez más duro.
—Mirar fijamente es de mala educación, Violet.
Alzo la vista hasta su cara y me muerdo el labio; me late todo el cuerpo y noto la humedad entre mis piernas.
—Lo siento.
Una sonrisa depredadora se abre paso en su rostro.
—No hay por qué.
Y tiene razón. Jamás he sentido menos algo en toda mi vida.
—Dime qué quieres que haga ahora.
—¿Qué?
Siento los latidos de mi corazón por todo el cuerpo y me arden los dedos por las ganas de tocarlo.
—Has leído los mensajes —dice con voz ronca—. Te dije que iba a corresponder. Dime.
Todas las cosas que quiero decirle se me atascan en la garganta. No sé si voy a poder hacerlo. Este hombre, este adonis está frente a mí y su erección dura como una roca apunta en mi dirección.
Soy consciente de que desnudarse ante mí de ese modo, mostrarse así de vulnerable, es el acto definitivo de confianza.
Me humedezco los labios y doy un paso hacia él.
—La mano.
Envuelve los dedos alrededor de la gruesa base de su eje.
—¿La mano qué?
Me cuesta muchísimo llevar la mirada hasta su rostro.
—Pon la mano en tu polla.
Mi audacia me arranca un escalofrío. He fantaseado un montón con Cole en los dos últimos años, pero se me hace raro poner esas fantasías en voz alta.
Doy otro paso para verlo más de cerca. Está muy bien dotado, y ese tamaño encaja a la perfección con el resto de su cuerpo: fuerte, grande y tentador.
—Acaríciate. Quiero ver cómo te acaricias la polla —susurro con voz ronca.
Su mano se desliza sobre la piel sedosa; mira hacia abajo y un mechón de cabello oscuro cae sobre su frente. Está despeinado y completamente a mi merced. Delicioso. Mi corazón y mi centro laten al unísono.
Cuando alza la mirada, encuentra la mía, y sé que estoy perdida. Sus mejillas se muestran sonrosadas; sus ojos, salvajes; su cuerpo, tenso. Y todo lo que deseo es tocarlo y hacer que se sienta bien.
—Cole… —Su nombre escapa de mis labios como una oración.
Me quito la chaqueta y la dejo caer al suelo alrededor de mis pies junto con todas mis inhibiciones.