Ganar al límite (Gold Rush Ranch nº 2) 18 En el pasado #2
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18 En el pasado #2

—Asegúrate de ir cantando o algo cuando bajes. Haz ruido y mantén los ojos bien abiertos hacia el bosque. Por aquí hay osos.

—Por Dios, Cole, ¿quién te has creído que soy? ¿Una chica de ciudad?

Sale meneando el culo y unos minutos después puedo oírla desafinando un tema country horrible que dice algo sobre montar a un vaquero.

Vuelvo al mismo tronco en el que me senté anoche. Es un buen tronco y está en la posición perfecta para ver el camino. La maleza detrás de mí es tan espesa que nadie podría acercarse sigilosamente. Estoy muy relajado, sentado aquí, en medio de la nada, sin llevar la prótesis.

Intento no preocuparme por Violet, pero no soy capaz. Sé que puede descender la montaña sin ningún problema, pero no puedo evitar que mi mente vuelva a ella una y otra vez, como lleva haciéndolo dos años.

Aunque estoy despistado, está claro que Violet no tiene entrenamiento militar, así que la oigo llegar a un kilómetro de distancia. Cómo alguien tan pequeño puede hacer tanto ruido al andar es algo que se me escapa por completo.

—¡La tengo!

Violet sacude la prótesis sobre su cabeza como si fuera una bandera, pero sus ademanes son bruscos y su rostro parece alterado. Sí, la he pinchado con lo de los ronquidos y anoche la besé, pero mostraba un lenguaje corporal muy distinto cuando se ha marchado.

—¿Qué pasa? —pregunto cuando se aproxima a mí.

Reprime un estremecimiento cuando me echa un rápido vistazo antes de bajar la mirada de nuevo.

—Nada. —Se arrodilla, se quita la mochila y abre la cremallera.

—¿Cómo está la yegua marrón? ¿Le has dado de comer? Debía de estar muerta de hambre.

—Por el amor de Dios, Cole, tiene nombre. Puedes dejar de fingir que no te gusta. —Me tiende una chaqueta negra de lana con ademanes nerviosos—. Y claro que le he dado de comer. Es imposible olvidarlo cuando suelta ese relincho estridente cada vez que nos ve.

No puedo reprimir una sonrisa. Sí, el relincho es un poco molesto, pero todas las mañanas espero su saludo, el suave roce de sus belfos en la palma de mi mano cuando le doy una zanahoria y el modo en que pasa su carita polvorienta sobre mi camisa de vestir, como si se riera de mí.

No estoy acostumbrado a que alguien se alegre tanto de verme.

—Bueno, vale. Pues gracias por la chaqueta.

—He pensado que tendrías frío. —Violet lleva una chaqueta acolchada del Gold Rush Ranch y parece… incómoda. Nada que ver con cómo actuaba esta mañana, o anoche, cuando se sentó a horcajadas en mi regazo y se acurrucó contra mí. ¿Qué demonios ha pasado?

—Gracias. —Le dedico una mirada especulativa—. ¿Estás segura de que todo va bien?

—¡Sí! —dice, un poco alegre de más, alargando la ese.

No me creo ni una palabra, pero detesto que los demás se entrometan en mi vida, así que cierro la boca.

Me concentro en ajustarme la prótesis de repuesto. No es tan cómoda como la que suelo llevar ni está tan adaptada a mí, así que probablemente me rozará el muñón. No está hecha para caminar.

Miro hacia abajo y me duele la pierna que ni siquiera está ahí. Esos dolores fantasma no son tan malos como antes, pero a veces es como si no asumiera que mi pierna ya no está ahí, y puedo sentir el mismo dolor que cuando saltó por los aires; el dolor de la rehabilitación; el dolor de la pérdida.

Rara vez me molesta ya, pero ponerme una prótesis que sé que va a ser incómoda me lo recuerda.

Sacudo la cabeza y me la pongo de todos modos. No tiene sentido quejarse. Tengo que bajar la montaña como sea. Me subo el calcetín y me ato el zapato antes de mirar a Violet, que me observa con el ceño fruncido.

—¿Tienes alguna pregunta? —bromeo.

Suspira y se encoge de hombros.

—No. Es que no puedo creerlo. No me di ni cuenta. Jamás lo habría dicho: el modo en que caminas, cómo haces ejercicio, la forma… —Mueve la mano arriba y abajo como si quisiera abarcar todo mi cuerpo—. Es que mírate…

Reprimo una sonrisa. Quizá no sepa mucho sobre Violet, pero soy muy consciente de que le gusta mi cuerpo.

La pillo mirándome todo el tiempo, incluso cuando intenta ser discreta, y el alivio me recorre el cuerpo como una ráfaga de aire acondicionado en un día caluroso porque aún me mira así, a pesar de que sabe lo que escondo bajo los pantalones.

Bueno, una de las cosas que escondo bajo los pantalones.

Me siento fatal por haber pensado que iba a mirarme de otro modo, pero es que según mi experiencia iba a ser así.

No he tenido ocasión de verlo de otra manera porque estaba demasiado ocupado ocultándoselo a todo el mundo.

—De acuerdo, vámonos de esta montaña.

Me pongo en pie y dejo caer el peso sobre la prótesis para ver cómo va. Es una mierda, pero tendrá que valer.

Violet da media vuelta y echa a andar por el sendero. La sigo, convencido de que mis pasos no son tan firmes con esta prótesis y que cualquiera podría darse cuenta en este momento, pero cuando Violet reduce la velocidad para igualar mi ritmo, no dice nada.

Y ese silencio está bien.

Solo vuelve a hablarme cuando nos detenemos en el rancho.

—Gracias. ¿Nos vemos esta noche en las pistas?

Frunzo el ceño.

—¿Esta noche?

—Sí, esta noche tengo que correr. Por eso debo irme.

¿Por eso estaba tan apagada? ¿Porque estaba concentrada en la carrera de esta noche?

—¿Eso es seguro?

Ha dormido mal y ha tenido que subir y bajar la montaña para echarle un cable a mi culo lisiado. Correr a una velocidad vertiginosa sobre un animal de media tonelada sin estar perfectamente alerta me parece bastante peligroso.

Enarca una de sus bien formadas cejas y se cruza de brazos, y por un momento, con esa pose y esa expresión, me da la impresión de que estoy ante una versión de mí pequeña, rubia y élfica.

—Los amigos cuidan unos de otros, Violet —gruño.

Sé que no quiere que nadie le diga lo que tiene que hacer, pero esto es importante.

Ella se limita a soltar un bufido.

—Sí. Amigos.

Abre la puerta de la camioneta, la cierra de golpe y se despide con un gesto por encima del hombro mientras sube las escaleras a su apartamento.