Ganar al límite (Gold Rush Ranch nº 2) 18 En el pasado
67%

18 En el pasado

Cole

«Todos tenemos que tomar nuestras propias decisiones». Ese puto mensaje no deja de perseguirme. Ha sido una imbecilidad decirle eso a una mujer que me importa. Una mujer que se arriesgó conmigo para… ¿qué? ¿Para que me hiciera una paja?

Niego con la cabeza.

«Todos tenemos que tomar nuestras propias decisiones».

No sé, a lo mejor debería seguir mi propio consejo.

No me ha devuelto el mensaje, pero sé que lo ha visto.

Eso fue anoche, y esta mañana todavía no ha respondido.

No creo que sea una buena señal. Mierda.

He echado a perder lo único bueno que había en mi vida, lo único que esperaba con ansias en mis días monótonos y solitarios.

Porque ella tenía razón en lo que me dijo meses atrás: estoy solo.

En realidad, creo que la palabra «soledad» no alcanza a definirlo.

Estoy entumecido por propia elección, y hablar con la Chica de Púrpura era lo único que me despertaba, lo único que me hacía sentir algo.

Ni siquiera me he atrevido a confesarle lo de la pierna, a exponerme.

Estaba demasiado obsesionado intentando mantenerlo en secreto.

Ni siquiera sé por qué lo hago, aunque no me atrevo a actuar de otro modo.

Tal vez, si lo hubiera sabido, habría aceptado que no quisiera activar la cámara.

Tal vez, si hubiera sabido que dirijo una empresa internacional y no puedo permitir que me conozcan como el tipo que se masturba en internet, todo habría sido distinto.

Tal vez lo habría entendido.

A lo mejor dejar que alguien conozca mi secreto sería una buena forma de empezar. Alguien a quien no pueda verle en la cara el asco y la pena cuando se lo diga.

Este juego del escondite con mi pierna es jodido, y lo sé.

Nunca he tenido la intención de permitir que llegara tan lejos.

Empezó porque quería procesarlo por mi cuenta, pero después, cuando volví de Irak, resultó que tenía demasiado que procesar.

Al parecer, ver cómo tus amigos saltan en pedazos por los aires te deja hecho mierda.

Y ya no es solo tener que lidiar con la pérdida de una extremidad cuando te has pasado la vida definiéndote por tus capacidades físicas, es que cuanto más tiempo pasaba sin decírselo a nadie, más me hundía.

Cuanto más pensaba en Hilary y en sus crueles palabras, más se convertía en algo que no deseaba compartir con nadie, por mucho que confiara en ellos.

Ocultarlo se volvió parte de mí, tan natural como respirar. Cuando pienso en ello, ni siquiera sé por qué lo hago, pero no puedo parar. Estoy atrapado en mi propia red.

Cojo el teléfono y le envío un mensaje, decidido a arreglar las cosas.

Buscadordeoro85: ¿Cómo estás?

Qué guay, Cole. Tienes el don de la palabra, tío.

Después de unas cuantas horas, todavía no ha respondido al mensaje.

Ni siquiera lo ha visto. Me digo a mí mismo que debe de estar atareada: su trabajo le ocupa muchas horas y ni siquiera tiene asegurado librar los fines de semana.

Pero a medida que pasa el día sin recibir respuesta, me preocupo.

En todo un año, no hemos pasado un día sin al menos saludar o comentar que estábamos ocupados.

No porque nos debiéramos ninguna explicación, sino porque nos gustábamos lo suficiente como para hacerlo.

Buscadordeoro85: ¿Todo bien?

Todavía nada. Paso la noche abriendo y cerrando la aplicación, desinstalándola y volviendo a instalarla, esperando que sea un fallo técnico. La tecnología no deja de dar por saco. Debe de ser eso.

Pero cuando me despierto a la mañana siguiente con el teléfono en la mano y todavía sin noticias de la Chica de Púrpura, el temor me oprime el pecho.

La he cagado, y no sé cómo arreglarlo. O le ha pasado algo horrible, y ese es un pensamiento al que no puedo enfrentarme.

Prefiero sentirme como el idiota que soy antes que imaginar que ha tenido un accidente o algo peor.

Ni siquiera puedo pensarlo.

Solo quiero solucionar las cosas.

Buscadordeoro85: Oye, creo que debes de estar enfadada conmigo. Lo siento, no pretendía hacerte daño. Esa no era mi intención. Yo solo… Es complicado. Es una larga historia. Una que me gustaría contarte si vuelves.

Mi sufrimiento aumenta con cada día que transcurre sin una respuesta.

Seguir mandándole mensajes me hace sentir patético, pero no puedo parar.

Hablar con la Chica de Púrpura se ha convertido en parte de mí mismo, en un hilo que me ata al hombre que quiero ser; un hilo que estoy decidido a no romper.

Voy a seguir adelante incluso si ella no está aquí para participar.

Buscadordeoro85: Creo que voy a seguir escribiéndote aunque nunca vayas a contestar de nuevo. Lo necesito.

Después de todo, se me da genial no enfrentarme a la realidad.

En la actualidad

He tenido a Violet entre mis brazos toda la noche. No hay que ser un genio para saber que si dice «Estoy bien» significa que no lo está en absoluto, pero he seguido abrazándola de todos modos.

Apenas he dormido. Estoy agotado, pero también histérico. Lo jodí todo al besar a Violet anoche. Estaba siendo perfecto, hasta que se asustó y se apartó, y me pidió que no lo echara todo a perder. Como si supiera que siempre lo echo todo a perder.

Luego la abracé y sentí su cálido cuerpo contra el mío, como abrazar un osito de peluche. Aunque jamás he querido follar con un osito de peluche.

Yo también me estaba congelando, pero me daba igual siempre y cuando ella entrara en calor. Se quedó dormida al instante, en silencio, arrullada en el mundo de los sueños; unos pequeños y suaves suspiros escaparon de sus labios y se acurrucó más contra mi pecho.

Y yo me sentía en el paraíso abrazando a alguien que lo sabe todo sobre mí y no me mira con asco. No había estado tan relajado en años. En el medio de un bosque, dentro de un diminuto refugio de mierda, me he sentido más relajado que nunca. Y todo porque Violet estaba entre mis brazos.

Estoy jodido, porque no solo quiero arrancarle la ropa y follar con ella de todas las formas posibles, sino que también quiero prepararle el desayuno después, asegurarme de que tome las vitaminas y de que haga ejercicio. Quiero cuidar su cuerpo cuando termine de profanarlo.

Y lo que es peor: quiero hablar con ella.

Quiero soltarlo todo amparado en la oscuridad y el silencio.

Mi madre, mi padre, el tiempo que pasé en el extranjero.

Todas esas historias que bullen bajo la superficie y amenazan con desbordarse.

Cuando se rompió el pasador de la pierna, también lo hizo el dique que contenía todos mis secretos.

Todo salió a borbotones, como el agua de una presa, y ahora tengo que pelear para mantenerlo bajo control.

Trixie va a estar asquerosamente complacida.

Miro a Violet, que ronca con suavidad acurrucada contra mi pecho, con una pierna sobre la mía.

La cálida luz de la mañana se filtra a través del techo del refugio e ilumina sus mejillas y su cabello.

Las largas pestañas proyectan sombras, y sus labios son de un rosa pálido, del mismo color que sus pezones.

Jamás voy a olvidar esas tetas perfectas.

Parece frágil y diminuta, pero si algo he aprendido este último mes sobre Violet es que es muy fuerte. Fuerte de cojones.

Sé que se independizó con la oposición de su familia, que se marchó a vivir sola decidida a ser su única dueña.

No me di cuenta de cuánto éxito ha tenido, de cómo se ha hecho a sí misma.

La confianza que tiene en sí misma no es escandalosa ni descarada: es sutil, natural.

Le sienta tan bien que dirías que es innata.

Jamás se comporta de forma ruda o grosera, solo con firmeza.

Cuando nuestros chats ya no le funcionaron, se acabó.

Pasé un año desesperado, confiando en que iba a volver a iniciar sesión y a leer mis mensajes.

Joder, todavía tengo ese chat abierto en mi ordenador y lo reviso todos los días.

Si volviera a entrar en él, sabría que no había terminado con ella, sabría todo lo que no fui capaz de decirle en voz alta.

Admiro eso de ella. Lo envidio. Cuando la vida no fue como yo quería, me convertí en un ermitaño, pero ¿Violet? Ella siguió adelante con una sonrisa. Siempre radiante.

Sus pestañas se mueven antes de que abra los ojos y mire alrededor del refugio. Clava los ojos en mi pecho y puedo sentir cómo giran los engranajes de su mente. Cuando levanta la barbilla para mirarme a la cara, respinga. Está claro que no pensaba que yo estuviera despierto.

—¿Cuánto llevas despierto?

—Un rato —miento—. Es difícil dormir con tus ronquidos.

Se sonroja y se aparta de mí. Quiero acercarla de nuevo, pero no lo hago. No estoy seguro de cómo debo actuar esta mañana.

—¡Yo no ronco! —Parece horrorizada.

—Sí que lo haces. —Se pasa la mano por la cara como si así pudiera borrar el rubor de sus mejillas—. En realidad, ha sido más como… como ronroneos. Como un gatito.

—Ay, Dios.

—Oye, a mí me falta una pierna y tú roncas como un gatito. Todo bien.

Aparta las manos de la cara con tanta rapidez que ni siquiera puedo reaccionar cuando su dedo meñique se clava en mi pecho.

—¡Perder una pierna no es algo de lo que avergonzarse!

Ha pasado de abochornada a molesta en menos de un segundo.

Levanto las manos en señal de rendición y me aparto.

—Es verdad. Lo único vergonzoso ahora mismo es tu aliento.

Aprieta los labios y me mira con los ojos muy abiertos. Se sienta lentamente, protegiéndose la boca con una mano.

—Cole Harding, eres un imbécil —me suelta, y mira hacia abajo—. Dime dónde está la prótesis e iré a buscarla. Me muero de hambre.

—En el cajón inferior izquierdo de la cómoda de mi habitación.

Asiente y se pone en marcha, y bajo la mano para colocarme el pene. La idea de ella en mi dormitorio no me ayuda a controlar mi erección matutina, como tampoco ayuda la vista de su trasero con esos pantalones cortos cuando sale a gatas fuera del refugio.