Ganar al límite (Gold Rush Ranch nº 2) 17 En el pasado #3
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17 En el pasado #3

Me sorprende el gruñido frustrado que nace de su pecho y la mano que sale disparada para agarrarme de la nuca y tirar de mí hacia él. Su otra mano va a mi mandíbula y me ahueca el rostro con reverencia, mirando mis labios. Como si lo fascinaran, como si fuera una tortura contemplarlos.

No muevo un músculo. No quiero quebrar el frágil momento que lo ata a mí, que ha hecho que comparta conmigo verdades susurradas en la oscuridad. Quiero que me devore, que se quede con un pedazo de mí y lo conserve.

Quiero que me desee tanto como yo a él.

Su olor se entremezcla con el de las ramas de los pinos que nos rodean y me inunda; su pecho se mueve, agitado, y su aliento me calienta las mejillas.

—Hazlo —murmuro, tentándolo—. Por favor —ruego.

Y no me lo niega.

—A la mierda —gruñe con voz ronca, y sus labios descienden sobre los míos con rapidez. Tan fuertes e implacables como él.

Deslizo las manos sobre su pecho y revolotean nerviosas sobre su cuello mientras me besa hasta hacerme perder el sentido. Ni siquiera sé qué hacer con ellas. Tiemblan cuando las paso por su pelo, y mi cuerpo se convierte en arcilla bajo sus manos.

Todo en Cole es masculino y poderoso. Me hace sentir pequeña e inexperta, y cachonda perdida. Le rodeo la cintura con una pierna para estar más cerca de él, y gime en mi boca cuando me acomodo sobre su regazo y siento su longitud de hierro crecer bajo mi trasero.

Su lengua encuentra la comisura de mi boca cuando me saborea, y sus labios se mueven con decisión, ordenándome que los separe para él.

Muevo las caderas a modo de respuesta, convencida de que ya he echado a perder las bragas solo por el roce de su mano callosa en mi cuello.

La forma en que me sujeta, cómo me consume, es abrumadora.

Me desea. Puedo sentir la prueba contra mi dolorido centro.

Me muevo hacia abajo, cabalgándolo con descaro.

Adoro la sensación de sus manos sobre mi cuerpo mientras juguetea con mi boca como un experto.

Sus dedos se deslizan bajo mi camiseta y trazan el recorrido de mi columna, dejando un reguero de piel en llamas a su paso.

Nos besamos: una maraña de lenguas, manos y gemidos. Nos exploramos sin prisa. Y suspiro, abrumada por lo bien que me siento al estar con él, por lo poco que me importa todo lo demás cuando estoy sobre su regazo y él me reclama de este modo.

Contoneo las caderas y en mi mente aparece la imagen de nosotros haciendo esto mismo, pero sin ropa.

—Joder, Violet. Voy a reventar los pantalones si sigues montándome así.

Su voz suena temblorosa y me aparto un poco para encontrar esa mirada salvaje, dominada por la lujuria.

—Lo siento.

—No hay nada que sentir. Deja de disculparte. —Su mirada se pierde en la distancia y vacila; sus dedos, de pronto, revolotean con incertidumbre sobre mi cuerpo—. Esto es… Es…

Quiero detenerlo. No quiero que diga lo que está a punto de decir porque tengo miedo de que se detenga. No creo que mi cuerpo pudiera soportarlo, y mucho menos mi corazón.

—No. Solo… ¿Puedes no echar a perder este momento? Déjalo para mañana. Déjame conservar un recuerdo de lo ardiente que fue.

No quiero que diga que esto es una mala idea, que no deberíamos hacerlo. Ya se alejó una vez después de poner los labios sobre mi cuerpo, y no creo que pueda soportarlo de nuevo. ¿Cuántas veces tiene que rechazarme este hombre para que aprenda la lección?

Esta vez voy a adelantarme. Lo beso una vez más, con fuerza, y me aparto porque sé que no es el momento ni el lugar para presionarlo.

—Está bien. Vamos a dormir.

Me mira en silencio y una profunda arruga aparece en su frente cuando me bajo de su regazo y miro hacia el suelo, intentando no pensar en cuántos bichos debe de haber ahí.

Niego con la cabeza: me crie en una granja.

Los bichos no me asustan. Me dejo caer en el suelo y siento la tierra y las agujas de pino en mi piel desnuda; me llega el sonido de la respiración trabajosa de Cole desde algún lugar a mis pies.

Después de un rato, se tumba a mi lado. No nos estamos tocando, pero casi. Puedo sentir su calor en la espalda y oler ese aroma a canela y clavo que siempre lo envuelve; pero ya casi no puedo oírlo.

Su respiración se ha vuelto suave y tranquila, y soy hiperconsciente de él, de lo cerca que está. Podría acurrucarme en ese cuerpo enorme y cálido y encajar a la perfección.

Me pierdo en mis pensamientos, recordando todos los mensajes que intercambiamos, todas las noches que me quedé hasta tarde hablando con él.

Cómo le daba los buenos días en cuanto cogía el teléfono al día siguiente.

Los chistes tontos que compartimos. ¿Cómo fuimos tan compatibles durante tanto tiempo para llegar a esta confusión?

Sé que no es precisamente un libro abierto ni la persona más comunicativa del mundo, pero que no diga ni una palabra me está volviendo loca.

Pierdo el norte cuando se trata de Cole Harding.

¿Será que en la vida real no estoy a la altura de sus expectativas?

Su pene me ha dicho otra cosa, pero a lo mejor tendría esa reacción con cualquier otra mujer.

Si no ha tenido contacto físico en años, es más que factible.

¿Se siente tan inseguro por culpa de la pierna que intenta mantener las distancias incluso ahora?

Me recorre un escalofrío al pensar en la sensación de las palmas encallecidas de sus manos arañándome la espalda desnuda. En cómo me gustaría que esa mano me estrechara con fuerza y…

—¿Tienes frío?

Me doy cuenta de que me estoy abrazando y tengo las rodillas bien juntas y, sí, tengo frío.

—Un poco —reconozco en voz baja.

Sin previo aviso, su brazo se echa sobre mí y me acerca a su cuerpo, arropándome con él. Aún puedo sentir su erección contra mi trasero, pero me obligo a ignorarla, aliviada al sentir cómo me envuelve su calor.

Me estrecha contra él, con la barbilla sobre mi cabeza, el brazo rodeándome las costillas en un gesto posesivo y las piernas entre las mías. Encajamos a la perfección.

—¿Cole?

Deja escapar un sonoro suspiro.

—¿Sí, Violet?

—¿Crees que el bigfoot existe?

No responde. Me acerca más hacia él y me abraza con más fuerza.

La sensación de su cuerpo envolviéndome me alivia, me arrulla hasta que caigo en un sueño ligero, aunque todavía soy íntimamente consciente de su cuerpo.

Los lugares en los que nos tocamos parecen posibilidades abiertas, y no puedo dejar de pensar en ello.

Y creo que esa idea no me va a dejar dormir.

Por eso, no me pierdo su suave susurro varios minutos después.

—Lo que iba a decir es que es perfecto.