17 En el pasado #2
—Vamos. —Tiendo la mano hacia él—. Soy una granjera, ¿recuerdas? No será la primera vez que duermo al aire libre.
Después de ayudar a Cole a salir del camino, se sienta en un tronco y me dice cómo construir un refugio. Ya sé hacerlo, pero creo que dejar que él dicte cómo levantarlo le dará la sensación de que lo tiene todo bajo control. Y no me importa ceder en esto, teniendo en cuenta que todavía no me mira.
Busco hojas secas, ramas de pino y cualquier cosa que pueda encontrar para construir un refugio seguro en el que pasar la noche.
El día ha sido cálido, pero estamos en mayo en Canadá y va a hacer frío esta noche, algo que Cole debe de saber, porque me ha hecho cubrir gran parte del espacio y dejar solo una pequeña abertura para que entremos.
Retrocedo con las manos en las caderas, me aparto un mechón de la cara y admiro mi obra maestra.
El sol se está poniendo y empieza a refrescar. Me recorre un escalofrío ante la perspectiva del frío que va a hacer esta noche.
—Bueno, pues esto es lo mejor que he podido hacer —digo, mirando a Cole con curiosidad.
Todavía está sumido en sus pensamientos, y la versión más alegre de él no aparece por ninguna parte. Está claro que no quería que yo —ni nadie— supiera lo de su pierna. Como si me importara. Eso es porque estás más interesada en lo que tiene entre las piernas.
—¿Por qué te ruborizas?
Cabrón .
Me paso las manos por las mejillas.
—No me ruborizo.
Me atrapa en una mirada que asumo que significa que no se ha creído una palabra.
—Vale, pues voy a chez Violet. Ya sabes dónde encontrarme cuando estés listo.
Estoy volviéndome hacia el refugio cuando él arremete contra mí.
—¿Qué? ¿Es que no vas a ofrecerme ayuda para llegar hasta ahí?
Me freno en seco y me doy la vuelta para mirarlo: está sentado con rigidez, intentando parecer fuerte y orgulloso, pero sus palabras han sido inseguras y mezquinas.
Podría tomarme esa actitud como algo personal, pero lo conozco lo suficiente como para saber que ese tono no significa nada viniendo de él.
De hecho, suelo pensar que quiere decir que está enfadado consigo mismo.
Y en este momento no necesita mi compasión: ya se está revolcando bastante en la suya.
—¿Necesitas ayuda? —Pongo los brazos en jarras y ladeo la cabeza de forma inquisitiva—. Porque me sorprende, teniendo en cuenta que eres uno de los hombres más fuertes que conozco y que te has estado moviendo durante años sin la ayuda de nadie. ¿O no?
Parpadea, y su rostro permanece impasible, aunque creo que está sorprendido. Tengo hermanos, y sé cuándo un niño necesita que lo mimen, y este no es el caso.
—Ven volando cuando estés listo —digo, y me voy.
¿El Señor Yo Duermo Fuera, tan grande y fuerte, necesita mi ayuda? Resoplo. Me meto en el cobertizo oscuro y las hojas crujen debajo de mí cuando me siento.
Unos minutos después, oigo cómo Cole se acerca.
Se arrodilla frente a la entrada y se desliza a mi lado.
El lugar, que parecía amplio antes de que llegara, ahora es claustrofóbico con ese enorme cuerpo ocupando espacio.
Ocupando demasiado espacio. Se me acelera el corazón ante su proximidad, al darme cuenta de que no tengo cómo apartarme, cómo esconderme de él, y de que me despierta sentimientos confusos.
—¿En serio me has dicho «Ven volando»?
La luz es tenue en el refugio, pero puedo ver la sombra de una sonrisa en sus bien formados labios.
—Yo… — Eso ha sonado un poco mal, ¿no? —. Sí. —Bien podía reconocerlo—. Me ha parecido mejor que «Ven gateando».
La carcajada que suelta es tan fuerte que me sobresalto, como si hubiera surgido de la nada y nos hubiera sorprendido a ambos con su potencia.
Me río con incertidumbre y lo miro, escéptica, como si no supiera si puedo reírme de esto.
Pero Cole no parece tener tantos reparos.
Le tiemblan los hombros y se ha doblado sobre sí mismo, con las manos sobre lo que sé que son unos abdominales duros como piedras.
Se ríe con tantas ganas que se yergue enjugándose una lágrima de los ojos.
—Joder, Violet —dice, jadeante—. Nunca había creído que los chistes de amputados pudieran tener tanta gracia.
—¡Lo siento! —Me tapo la boca con las manos.
—No lo sientas. —Niega con la cabeza, sonriente. Es raro. Nunca me había sonreído así, con auténtica diversión. Tal vez con cierta satisfacción, o con cautela, pero no así. Y es desconcertante. Es… Está para comérselo, con ese cabello oscuro y los ojos brillantes.
—¿Estás bien? —aventuro, porque, la verdad, estoy un poco perturbada.
Se recuesta sobre los codos y mira hacia el techo del refugio.
—¿Si estoy bien? Esa es una pregunta capciosa… —Su voz se va apagando; contemplo el movimiento de su pecho, cómo se mueve su garganta cuando traga, el modo en que se contrae su mejilla… y siento un cosquilleo en mi centro.
Me encienden hasta el más diminuto de sus gestos: ¿ese movimiento en la mejilla que hace aparecer un hoyuelo? Ay, es delicioso. Todo en él es delicioso. Oscuro y frío por fuera, suave y cariñoso por dentro. Demasiado experimentado para una mujer como yo, pero tan tentador…
Me paso la lengua por los labios mientras lo devoro con la mirada. No puedo apartar la vista de él, y no me importa si me pilla.
—Me siento aliviado —dice por fin.
—¿Aliviado?
—Sí. —Levanta el muñón y lo deja caer a modo de explicación—. Que lo sepa alguien me ha quitado un peso de encima. Mantenerlo en secreto es agotador.
En serio, ¿no me digas?
—¿Cómo fue?
Suelta un profundo suspiro y se cruza de brazos, como hace siempre cuando no quiere parecer vulnerable.
—Fue casi al final de mi tercer reenganche.
Estaba tan cerca… Y ni siquiera es una buena historia.
Estábamos fuera del perímetro, no bajo fuego enemigo ni nada por el estilo.
Pasamos por un campo de minas y Junior, que estaba conmigo, no salió de esa.
Mi pierna se llevó la peor parte de la metralla: se me incrustaron hasta clavos, aunque no me di cuenta de lo mal que estaba.
Cogí a Junior y lo llevé a un lugar seguro. Murió en mis brazos.
Trago saliva. Es peor de lo que esperaba.
—Pero ¿por qué mantenerlo en secreto? A nadie le importaría.
—Mmm… Trixie también me lo ha preguntado. Es por Hilary. A ella le importó.
—Perdona, ¿cómo dices?
—No era fácil convivir conmigo cuando regresé.
Tenía un montón de mierda que superar, incluso dejando a un lado la amputación.
Y encontrar la prótesis perfecta es un proceso largo: la forma del muñón y todo lo demás influye en la comodidad y en el modo en que se ajusta, y eso sin hablar del cambio en el equilibrio o de los dolores fantasma.
Ya nos habíamos distanciado y yo me comportaba como un puto cascarrabias.
Y, al parecer, tampoco estaba llevando bien el aspecto físico de mi recuperación.
Un escalofrío desciende por mi columna, como cuando mi hermano dejaba caer esa nieve esponjosa y seca de Alberta por espalda de mi camiseta. Quizá no debería preguntar, pero él ya sabe que soy una fisgona.
—¿Eso qué quiere decir?
—Tú y tus preguntas —resopla, y me mira de reojo como para confirmar que no voy a dejar el tema—.
Vale, bueno… Cuando por fin conseguí que mi cuerpo y mi mente se coordinaran lo suficiente como para follar con ella, ya no era lo mismo de antes.
Le gustaba que fuera exigente y dominante, pero ya no podía comportarme así, sobre todo porque no tenía el corazón en ello.
El caso es que un día perdí el equilibrio y me caí.
—Sacude la cabeza, perdido en sus recuerdos—.
En el puto suelo. Solo quería quedarme ahí, y decidí que ya había tenido suficiente.
Y ella se dedicó a avergonzarme. Más que eso: me destrozó.
No la reconocía. Supongo que se sentía… frustrada, y me escupió a la cara algo sobre que era un medio hombre.
Y así terminó nuestro compromiso: yo ya no era el partido perfecto, completo y con un fondo fiduciario al que se había aferrado una década antes. Así que se acabó. Fin.
Me imagino a Cole, con lo orgulloso y dominante que es, destrozado, tirado en el suelo. Y luego imagino a esa mujer que había prometido amarlo haciéndolo sentirse cualquier cosa menos amado. Y me enfurezco. Me enfurezco mucho.
—Hilary debe morir, está claro. —Me tapo la boca con la mano de golpe.
No pretendía decirlo en voz alta, pero estoy furiosa.
Y me siento protectora, como si estuviera dispuesta a subirme a su regazo y a usar mi cuerpo como escudo para impedir que nadie vuelva a hablarle de esa manera. A hacerle daño de ese modo.
Cole suelta una risa triste, pero no me mira.
—Así que esa es la historia que le has contado a Trixie… Pero ¿cuál es la auténtica razón por la que no se lo has dicho a nadie?
—Te has dado cuenta, ¿verdad?
No puedo apartar la vista de él, y tengo tantas ganas de tocarlo que reprimirme es una tortura. Me arden las manos por agarrarle el antebrazo y sentir el latido de sus venas bajo las yemas de mis dedos.
—Supongo que no quiero que nadie se compadezca de mí. No quiero que me traten como a un inválido, como si fuera débil. No quiero esas frases, esas miradas… Creo que por eso me ha gustado tu broma sobre lo de gatear.
Me muevo en su dirección para que me mire o, al menos, para que sepa que lo estoy mirando.
—No eres débil, Cole. Te he dicho que eres uno de los hombres más fuertes que conozco, e iba en serio. Me da igual tu pierna. Y si le importa a alguien, que se joda, porque será gilipollas.
Me recorre el rostro con la mirada como si no pudiera decidir dónde centrarse, y, no por primera vez, desearía saber qué está pasando por su preciosa cabeza.
Ojalá pudiera diseccionarla y ver qué esconde.
Cole es como un libro cerrado, y aunque hoy ha hablado más que nunca, soy codiciosa: quiero más.