Ganar al límite (Gold Rush Ranch nº 2) 17 En el pasado
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17 En el pasado

Violet

Cole no bromeaba cuando dijo que me provocaría el mejor orgasmo de mi vida.

Solo me he sentido tan fuera de mi cuerpo cuando estoy a lomos de un caballo, con el viento azotándome la cara con tanta fuerza que casi me duele; cuando todo lo que puedo oír es ese sonido sibilante y el golpeteo de los cascos que resuena por todo mi cuerpo.

Salvo que esta vez era mi corazón lo que golpeaba contra mi pecho y mi sangre la que corría hacia un lugar delicioso. Respondí a todas sus directrices, y sus palabras y su atención me hicieron sentir viva.

¿Puedes enamorarte de alguien a quien no conoces? ¿A quien ni siquiera has visto? Me he pasado el día dándoles vueltas a esas preguntas, porque esta mañana no era más que una maraña de sentimientos entremezclados.

Nos quedamos dormidos charlando. Charlando de verdad. Y su voz… Esa voz… Es tan profunda y dominante… No sé cómo alguien podría negarle nada cuando habla así.

No me perdí el sonido de su respiración jadeante, el roce de la palma de su mano contra la piel sedosa de su pene, el gemido torturado que escapó de sus labios cuando intentaba contenerse con todas sus fuerzas.

Podía escuchar cómo se daba placer a sí mismo, pero no podía verlo. Y eso me ponía muy cachonda.

Ni siquiera estábamos en el mismo lugar; ni siquiera podía verlo. Y, sin embargo, la de anoche fue la experiencia sexual más sexy e inolvidable de mi vida.

Y deseo mucho más. Lo deseo.

Subo corriendo las escaleras hasta mi apartamento, convencida de que puedo conseguir que se una a mí en un chat de vídeo. Quiero hacer algo más que escuchar cómo se da placer: quiero verlo.

Chica_de_Púrpura: ¡Tenemos algo que celebrar!

Buscadordeoro85: Ah, ¿sí?

Chica_de_Púrpura: ¡Me han concedido un ascenso enorme en el trabajo! Enorme, enorme…, enorme de la leche .

Billie me ha llevado aparte y me ha anunciado que iba a ser la nueva jockey del mejor caballo de carreras que he visto en mi vida.

Aún no puedo creerlo. Cuando me lo ha dicho, he pensado que bromeaba.

De moza a jockey es un paso de gigante. Algo inaudito.

Vamos a salir esta noche a celebrarlo, pero he pensado que antes podría juguetear un rato con Buscadordeoro85.

Buscadordeoro85: ¡Felicidades! Yo también tengo aquí algo enorme para ti. ;)

Sonrío.

Seguro que sí. Parecía un hombre muy grande en esa foto que me envió.

Chica_de_Púrpura: Algo propio de los hombres gamba.

Buscadordeoro85: Eres cruel conmigo.

No puedo reprimir una sonrisa. Hoy está muy juguetón. Quizá hemos dado un paso adelante…

Chica_de_Púrpura: Lo que quiero es ser muy muy buena contigo.

Buscadordeoro85: Ah, ¿sí?

Chica_de_Púrpura: Hagamos otra videollamada.

Buscadordeoro85: Qué avariciosa…

Juraría que puedo oír cómo ríe entre dientes. El sonido que escucho en mi mente hace que me ruborice con el recuerdo de anoche.

Chica_de_Púrpura: Lo soy. Y quiero verte a ti también.

El chat se queda en silencio. Ha pasado de responder al momento a no decir nada. La ansiedad se cuece a fuego lento en mis entrañas.

¿Lo he presionado demasiado?

Chica_de_Púrpura: Por favor…

Buscadordeoro85: Creía que lo habíamos dejado claro.

Vaya, esa no es la respuesta que estaba esperando.

Chica_de_Púrpura: He pensado que podrías…, no sé, cambiar de opinión. Que confiabas en mí lo suficiente como para intentarlo.

Pasan varios minutos otra vez, y me voy a lavar los dientes solo para tener algo que hacer.

Buscadordeoro85: Pues no. Nunca confío en nadie. Eso no va a pasar. Nunca. He sido muy sincero desde el principio de… lo que quiera que sea esto.

No tenemos que estar en el mismo lugar para que yo sienta ese puñetazo en el estómago.

Chica_de_Púrpura: ¿«Lo que quiera que sea esto»? Hemos hablado todos los días durante un año. ¿Cuánto tiempo más necesitas? Yo también te dije que no al principio.

Buscadordeoro85: Todos tenemos que tomar nuestras propias decisiones.

De pronto, me siento avergonzada, profundamente avergonzada. Desde el primer día ha sido inflexible con lo de no mostrarme nada más que esa primera foto. Y, sin embargo, yo me convencí de que podría cambiarlo, de que yo sería la excepción a la regla.

Me doy cuenta de que me he mostrado vulnerable ante un hombre que nunca va a corresponderme, aunque he sido lo bastante ingenua para creer que lo haría.

Esa idea cae encima de mí como una avalancha: he comprometido mis valores, mi moral…

, joder, puede que hasta mi carrera, todo porque estaba cachonda y obsesionada con un tipo al que he conocido por internet.

La bilis me quema la garganta y me amarga la lengua.

Necesito una copa. O dos. O diez.

En la actualidad

Estoy llegando a la cima de la montaña cuando escucho un ruido y un «¡Joder!» cargado de dolor. Me doy la vuelta y veo a Cole de rodillas, con la cabeza gacha y las manos sobre el camino de tierra.

—¿Estás bien? —Me apresuro a regresar junto a él, preocupada por lo que podría haber derribado a un hombre como Cole Harding.

—Sí —dice con tono seco; me aparta la mano que estaba a punto de posar sobre su hombro—. Sigue hasta el mirador. Estaré ahí dentro de un momento.

Miro hacia atrás, montaña arriba, pero recuerdo que Pipsqueak ha ablandado a Cole por el sencillo sistema de ser implacable en su afecto.

He decidido adoptar esa estrategia porque, por lo poco que conozco a Cole Harding, sé que está clamando por un poco de atención, sé que ha levantado un muro a su alrededor, sé que le han hecho daño, y sé que nadie se ha quedado lo suficiente a su lado como para darse cuenta de que merece la pena. Pippy me ha enseñado mucho.

Por eso me he mudado. Sabía que necesitaba su propio espacio y que él tenía que ver que, incluso sin estar obligados a vivir bajo el mismo techo, yo seguiría estando ahí solo porque quiero pasar el tiempo a su lado.

Había planeado invitarlo a esta excursión, y que él viniera a mi puerta solo ha facilitado las cosas.

—No. No voy a dejarte atrás —digo. Porque no voy a hacerlo.

—Violet —sigue sin mirar en mi dirección—, por favor, vete.

Se me acelera el corazón: esto es muy raro.

—¿Te has hecho daño?

—No.

—Vale. Bueno. Pues no voy a irme.

Me mira con tanto dolor en sus helados ojos grises que me dejo caer de rodillas frente a él. Siento cómo los guijarros y la arena se me clavan en las rodillas cuando quedamos cara a cara; veo moverse su nuez y el temblor de su labio inferior cuando espira con fuerza.

—Cole, me estás asustando. ¿Qué pasa?

Frunce los labios y se da la vuelta para sentarse en el medio del camino.

—Es mi pierna.

—De acuerdo. Entonces, te has hecho daño. ¿Dónde? —Me deslizo a su lado para que no pueda seguir dándome la espalda y me siento sobre los talones—. ¿Quieres que le eche un vistazo?

—No, no. —Extiende el brazo hacia mi pecho para impedir que me acerque a sus pies y suspira; un suspiro exhausto que sale de lo más profundo de su ser; un suspiro que se apodera de sus anchos hombros en tensión y los hace caer hacia delante en señal de derrota.

Un suspiro que lo lleva a levantarse la pernera con un gesto brusco, rabioso, para mostrarme la prótesis negra escondida debajo de la ropa. Un calcetín le cubre la rodilla y desaparece en la pierna ortopédica.

Señala bruscamente la prótesis, que parece de alta tecnología.

—Esta es mi pierna.

Asiento, preguntándome cómo he podido pasar esto por alto. Hemos vivido juntos un mes y nunca me había fijado en que tiene una pierna amputada. ¿Qué coño me pasa? ¿Cuánto lleva ocultándolo? Ha tenido que ser dificilísimo.

—Muy bien. ¿Cómo lo solucionamos?

Resopla con desdén.

—No podemos. Debe de ser algo en el pasador de bloqueo. He sentido cómo se soltaba.

No sé qué significa eso, pero supongo que alguien más cercano a él sí.

—Vale, ¿quieres que llame a Vaughn?

—¡No! —exclama—. Él no lo sabe.

Abro mucho los ojos y vuelvo a mirar la prótesis. ¿Su propio hermano no lo sabe?

—Entonces, ¿quién está al tanto?

—Mi madre. Pero aquí no hay cobertura.

Aparta la mirada para esquivar mis ojos y niega con la cabeza. El dolor y la vergüenza que muestra en este momento casi me destrozan.

Pongo la mano sobre su ancha espalda y siento cómo sus músculos se relajan y se tensan bajo mi contacto cuando lo acaricio en pequeños círculos.

—Dime qué necesitas.

Rechina los dientes y tensa la mandíbula, manteniendo la vista al frente para seguir esquivando mi mirada.

—Tienes que volver y traer el recambio que tengo en casa.

Miro a mi alrededor; la luz se desvanece tras la cima de la montaña.

—Habrá oscurecido para cuando regrese.

Suelta un gruñido, dobla la rodilla y hace que la prótesis caiga sobre la tierra con un ruido sordo.

—No importa. Puedes volver mañana a por mí.

—¿Qué? No pienso dejarte aquí toda la noche.

—Me las he apañado muy bien sin tu ayuda hasta ahora. No hace falta que te pongas tan sensiblera. No será la primera vez que duermo al aire libre, y la montaña del bigfoot es mucho más segura que Irak.

Tiene que estar de broma. De ninguna manera voy a bajar sin él. No dormiría sabiendo que lo he dejado solo en la montaña.

—Sé que puedes cuidarte solito, no es eso lo que me preocupa, pero no voy a dejar atrás a alguien que me importa. Iré por la mañana y te traeré la prótesis de repuesto.

—No.

Me dedica una mirada fiera, pero no me asusta.

Muchas de las piezas que me faltaban del rompecabezas que es Cole Harding acaban de encajar en su lugar. Además, ya me había prometido a mí misma que iba a estar ahí para él.

—Peor para ti, porque voy a dormir contigo —digo; me pongo de pie y me sacudo el polvo de las manos mirando hacia la espesura del bosque.

—Violet…

Ya estamos otra vez. Sé que lo estoy cabreando, pero, la verdad, me da igual. Quizá enfadarse sea justo lo que necesita: una de esas explosiones que te consumen, pero que también te despejan la mente. Y creo que eso es lo que le hace falta a Cole Harding: una mente más clara.