Ganar al límite (Gold Rush Ranch nº 2) 16 En el pasado #2
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16 En el pasado #2

Niego con la cabeza. Definitivamente, deben de echarle algo raro al agua.

Hermoso. Casi pongo los ojos en blanco, pero, en cambio, cuando la puerta se abre se me salen de las órbitas al ver a Violet con unos diminutos pantalones cortos de algodón por debajo de la cintura y una camiseta de canalé blanca sin mangas… y sin sujetador.

—¿Has cambiado de opinión…? —Se frena cuando se da cuenta de quién está ahí soy yo y no la persona que esperaba—. Ay. Hola. Creía que era Billie.

—Hola —digo, como si aparecer en su puerta fuera de lo más normal, aunque no puedo apartar la mirada de su cuerpo, justo donde sus pezones se han endurecido bajo la camiseta.

Como esa mañana en el suelo del salón, cuando ver cómo resaltaban bajo el sujetador deportivo me llevó al límite; por si no había luchado bastante para mantener la erección a raya cuando hacíamos ejercicio, cada vez que la tocaba para corregir su postura o para ayudarla un poco…

He trabajado con otras mujeres cuando estaba en el ejército, y siempre ha sido solo eso: hacer ejercicio, echarle una mano a una compañera soldado.

Pero Violet no es una compañera soldado. Ya no sé ni lo que es, solo sé que ha echado raíces en mi vida y en mi mente.

Ella debe de notar mi mirada, porque baja la vista, suelta un gritito y se esconde detrás de la puerta.

—¿Qué quieres, Cole? —dice, con los ojos entrecerrados.

—Te has ido.

—Sí. Ya tengo bien la pierna, así que…

Suelto lo que de verdad me molesta.

—No me has dicho nada.

Ladea la cabeza, agarrada a la puerta como si sostuviera un escudo.

—No sabía que me hiciera falta tu permiso.

—Y no te hace falta, es solo… —Gimo y me paso una mano por el pelo, buscando las palabras oportunas. ¿Es solo qué? Que quiero que vuelva—. Estaba preocupado. No sabía a dónde habías ido o dónde estabas. —Me cruzo de brazos y la miro—. Estaba preocupado. Y has dejado ahí a la yegua.

Su rostro se suaviza y sus me escudriñan, enmarcados por las ondas de un rubio pálido que se derraman sobre sus hombros. La luz dorada del sol del atardecer ha teñido sus iris de un tono más turquesa; son como uno de esos anillos que cambian de color con el estado de ánimo.

—Vale. —Asiente—. Tienes razón. Lo siento, no te he dicho nada, y los amigos no se comportan así.

¿Amigos? Después de haberle lamido el pecho, de haber estado a punto de perder el control por completo y de haber estado cerca de follar con ella en el suelo del salón, ¿dice que somos «amigos»?

—¿Quieres ir de excursión mañana?

—¿De excursión?

—Sí, quiero tachar cosas de mi lista. Es hora de volver a coger la vida por los cuernos. Lo primero es la Montaña del bigfoot. A Billie le da demasiado miedo como para venir conmigo.

Enarco una ceja. Me cuesta imaginar a Billie asustada.

—Cree que el bigfoot existe de verdad, ya sabes, por todos esos «avistamientos» —aclara Violet, dibujando unas comillas en el aire con los dedos.

Reprimo una sonrisa al pensar que por fin tengo algo con lo que incordiar a Billie.

—Iré contigo. Conozco bien la montaña.

—Ah, ¿sí? —Su voz suena animada ante la perspectiva.

—Sí. Sé de un buen sendero y de un mirador. Solía hacer esa ruta cuando estaba poniéndome en forma para el ejército. No creo que nos lleve más de un par de horas.

—¡Vale! —dice alegremente. Parece tan feliz que casi le devuelvo la sonrisa antes de marcharme.

—Te recogeré cuando salga del trabajo.

Me despido con un gesto por encima del hombro, dividido entre las ganas de quedarme con ella y las de salir corriendo. Yo también me siento feliz, y eso me confunde.

Tal vez, después de todo, no la he espantado.

—Llegas tarde.

—Pfff. —Violet me hace un gesto de saludo cuando sube a la camioneta después de haberme hecho esperar un cuarto de hora. Ni siquiera había terminado de arreglarse cuando he llegado a su casa—. Solo han sido unos minutos.

Me imagino diciéndole eso a un superior durante el entrenamiento militar y me dan escalofríos.

—Si no llegas temprano, llegas tarde.

Y llegar tarde en el ejército puede costar vidas. Pero Violet no vive con el peso de esos recuerdos.

Se pone el cinturón de seguridad y da una palmada en sus muslos desnudos, emocionada, e ignorando por completo mi regañina.

—¡Vamos!

Por supuesto, tenía que volver a ponerse esos putos pantalones cortos y ajustados; esos que no dejan nada a la imaginación, que abrazan cada curva, incluido ese culo prieto y redondo en el que me muero por dejar las huellas de las palmas de mis manos.

Aunque seguramente no le gustaría; estoy convencido de que Hilary solo fingía que le gustaba, aunque fingía muy bien.

Hasta que dejó de hacerlo, y me echó la verdad a la cara como un arma arrojadiza.

Y eso me dejó una herida que jamás sanará.

Una herida que veo todas las mañanas cuando me miro en el espejo y todas las noches cuando me voy a la cama.

—¡Estoy superemocionada! —Da un bote en el asiento. Lleva el mismo top deportivo de la otra vez. Esta mujer es un recuerdo con patas—. ¿No vas demasiado tapado?

Tenso los brazos en el volante cuando enfilamos hacia la montaña. ¿Qué? Aparto la mirada del parabrisas justo a tiempo para ver que se está poniendo roja como un tomate.

—¡Que no digo que te quites la ropa! ¡Es que hace calor! ¡Y vas con esos pantalones! —se esfuerza por corregir lo que implicaba su frase, y no puedo evitar reírme ante su torpeza.

—Puf. —Deja caer la cabeza hacia atrás y se cubre los ojos con el antebrazo—. ¡Siempre que te ríes es de mí!

Me río con más ganas porque es cierto.

—Sí, pero contigo me río más de lo que me he reído en años.

Baja el brazo y mueve la cabeza en mi dirección.

Y me mira. Me mira como si pudiera ver a través de mis muros.

Todas las barreras de protección que he levantado a mi alrededor se derrumban cuando estoy cerca de Violet, y empiezo a pensar que eso no es tan malo.

Tal vez no se sentiría decepcionada si supiera que no estoy entero.

—Ese debe de ser el mejor cumplido que me han hecho jamás —dice con sinceridad.

Gruño, sin saber qué responder. Me ha conmocionado tanto que me ha dejado sin palabras, y seguimos así el resto del camino, en un silencio cómodo.

Tras aparcar, cuando pasamos junto al cartel de madera que dice: «Al mirador», seguimos en silencio.

Levanto un brazo para ponerla delante de mí en el estrecho camino, y me arrepiento al instante, porque así tengo una vista privilegiada de su trasero con esos pantalones cortos y ajustados, con el pliegue bajo sus nalgas burlándose de mí a cada paso.

He recorrido este camino mil veces, pero nunca con el desafío añadido de una erección brutal.

—Esto es precioso —dice, sin aliento por el esfuerzo de ir cuesta arriba.

—Lo es —respondo, sin aliento por el esfuerzo de no mirar su trasero.

Aunque me he dado cuenta de que hasta sus tobillos me excitan.

Toda ella me vuelve loco: la forma en que se flexionan los músculos de las pantorrillas con cada zancada; el modo en que se balancea su coleta mientras camina…

He pasado demasiado tiempo pensando en Violet, preguntándome quién era en realidad, qué hacía, si había leído mis mensajes, si había encontrado a alguien con quien chatear o incluso un novio en la vida real.

Pero esta obsesión con su cuerpo es nueva para mí.

—¿Falta mucho?

Mira por encima del hombro y algunos cabellos sueltos se pegan a su sien húmeda. Tiene las mejillas sonrosadas, pero no por la vergüenza, sino por la vida misma, por el subidón de una experiencia nueva, de un nuevo lugar. Violet está muy viva, y, joder, le sienta de maravilla.

Y me hace querer vivir a mí también, dejar de ser un ermitaño, correr riesgos, hacer amigos, incluso dejar un bote de vitaminas fuera de su sitio alguna vez porque… ¿a quién le importa si no todo está siempre en perfecto orden?

La vida es caos, algo que conozco bien. Y no sé cuándo decidí que la solución era dejar de vivir.

Estamos cerca de la cima y apenas puedo reprimir las ganas de ver la cara que pone cuando se encuentre con el mirador sobre el lago.

Pero escucho un fuerte chasquido. Y caigo.