Ganar al límite (Gold Rush Ranch nº 2) 16 En el pasado
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16 En el pasado

Cole

Parpadeo ante la pantalla de mi teléfono como si así pudiera cambiar lo que veo.

Un ojo rodeado de largas pestañas mirando directamente hacia la cámara, como me miraría si estuviera de rodillas a mis pies. El cabello rubio mojado y pegado a sus pequeñas tetas, redondas y perfectas. El valle entre sus pechos salpicado de gotas de agua.

Me imagino una de esas gotas deslizándose por su cuerpo hacia su vientre, hasta llegar al montículo entre sus piernas. Me imagino cómo queda atrapado en ese vello pálido antes de alcanzar su clítoris.

Mierda. ¿Qué se supone que debo hacer? Esa mujer me ha mantenido durante un año en la friend zone y ahora me envía el desnudo más sexy que he visto en mi vida: recién salida de la ducha, mojada y lista para mí.

Se ha sacado esa foto para mí, sin mediar ningún pago.

Solo porque ha querido. Y, de algún modo, eso lo hace todo distinto.

Buscadordeoro85: ¿Eso es una invitación?

Chica_de_Púrpura: Sí.

Joder. Se me pone la polla dura y el pulso retumba en mis oídos. Miro a mi alrededor como si alguien fuera a saltar de su escondite para gritarme que estoy en un programa de cámara oculta, o algo así. Todo esto es la hostia de increíble.

Pero ella no me ha enviado esa foto para que yo me comportara como una tímida florecilla. Es hora de jugar.

Buscadordeoro85: De acuerdo. Pues apoya el teléfono en algún sitio, cambia a vídeo y arrodíllate sobre la cama.

La conversación se detiene un minuto y me ajusto los pantalones, preguntándome si ha cambiado de opinión.

Tal vez va a echarse atrás. Y está bien, será lo que ella quiera, pero, joder, espero que desee hacerlo, porque, desde luego, yo sí.

Quiero verla de verdad, en lugar de imaginarla mientras estoy tumbado con la polla en la mano.

Su rostro llena la pantalla y siento como si me exprimieran todo el aire de los pulmones y me dejaran sobre el suelo, jadeante. Es increíble. Fascinante. Etérea: los ojos enormes, las mejillas redondeadas y la barbilla afilada.

—Hola, Hombre Gamba.

Una pequeña sonrisa se dibuja en sus labios y las mejillas se pintan con un precioso tono rosa. Me encanta. Es auténtica. Es valiente.

Es guapísima, joder… La clase de belleza que hace que te des la vuelta para mirarla; la clase de belleza que te pasarías horas estudiando. No sé pintar, pero de pronto me muero de ganas de plasmar su rostro.

Su boca es un capullo de rosa, inolvidable. Es como una muñeca de porcelana.

Sí, y vas a destrozarla.

Aparto esos pensamientos intrusivos. No, no voy a hacerlo. Puedo comportarme como un caballero. Ya me gustaba mucho antes de saber que iba a conseguir que el corazón dejara de latir en mi pecho. Primero hemos sido amigos.

Está bien…

Conecto el micrófono, pero no acepto la solicitud de la aplicación para acceder a la cámara.

Eso no va a pasar. No solo porque yo sea demasiado conocido, sino también porque detesto la idea de abrirme de nuevo, de que me ridiculicen y me hagan de menos.

Nunca volveré a pasar por eso: me hizo tocar fondo y ya llevo demasiado peso a mis espaldas como para volver a hundirme.

—Joder, eres preciosa —digo, y aborrezco lo grave y emotiva que suena mi voz.

Ella aparta la mirada y murmura un suave «Gracias». Tiene las piernas muy juntas y los brazos cruzados sobre su torso a modo de escudo.

—¿Te sientes incómoda?

Pone los ojos en blanco y suelta una risita nerviosa antes de volverse hacia la cámara y atraparme en esa mirada cristalina como el agua del Trópico.

—Claro que sí. Nunca había hecho algo así.

¿Soy un idiota por querer darme puñetazos en el pecho por eso? Probablemente. Pero me da igual. No ha hecho esto antes con nadie, pero va a hacerlo conmigo. Mi triste y lamentable autoestima se aferra a esa idea con todas sus fuerzas.

—¿Qué puedo hacer para que te sientas mejor?

Se le pone la piel de gallina en los antebrazos y se acaricia los bíceps como si eso la serenara.

—Enciende la cámara.

Frunce los labios y su expresión me dice que ya sabe que voy a negarme a esa petición.

Me sacude una abrumadora sensación de vergüenza por no poder decir que sí, porque es lo único que quiere. Pero no puedo. Mi voz se quiebra cuando lo admito.

—No puedo.

Después de un momento asiente, deja caer los brazos y su cuerpo queda desnudo ante mí.

—Bueno. Ya lo hablaremos. Me prometiste el mejor orgasmo de mi vida.

Mi polla se tensa de nuevo cuando veo cómo su boca dibuja la primera o de la palabra «Orgasmo». Me la saco de los pantalones, la agarro con fuerza y me masturbo, fingiendo que es su mano suave en lugar de la mía.

—¿Tienes algún juguete que te guste?

La lengua se desliza entre sus labios y su voz suena entrecortada al responder.

—Sí.

—Bien. Cógelo, pero no lo uses todavía. Primero quiero ver cómo te follas con los dedos.

Me recorro la férrea longitud con la mano. Estoy seguro de que puede oír cómo lo hago mientras la miro, pero me da igual.

—Dios… —murmura; se acerca a la mesilla de noche intentando no mostrar demasiado. Como si eso fuera a pasar…

—Ahora recuéstate sobre la almohada y abre las piernas.

Se ruboriza con un profundo tono carmesí, pero separa las piernas muy despacio.

Joder. Se me escapa un gruñido y bombeo mi pene con más fuerza; los testículos se me tensan ante esa visión.

Jamás había visto a nadie tan perfecto para mí: esos dientes clavados en el labio, el precioso color rosado en sus mejillas y entre sus piernas…

Lo único que falta es mi semen entre sus piernas.

Ojalá estuviera ahí para poder tocarla, para mantener sus piernas bien abiertas y pasar mis dedos por su húmeda calidez, para sentir cómo su coño se contrae y se ciñe a mi alrededor. La mera idea me hace jadear e intento no estallar. Tengo que ir más despacio.

—Ponte a cuatro patas y déjame ver ese culo prieto. —La contemplo, embelesado. Se la ve tan ansiosa por complacer…—. Bien. Ahora mírame por encima del hombro. Joder, eres increíble —digo, y hablo en serio.

Esos grandes ojos azules, los labios entreabiertos, el cabello que acaricia su mejilla y ese trasero redondo y perfecto son casi más de lo que puedo soportar.

Tengo un montón de planes, de posturas en las que ponerla; voy a darle tanto placer como pueda sin exponerme. Esta noche, voy a ver cada milímetro del firme cuerpecito de la Chica de Púrpura.

Y no me doy cuenta de que nunca podré superarlo.

En la actualidad

Violet no está. Tampoco su coche ni sus cosas.

Lo sé porque por lo general todo está patas arriba y ahora, misteriosamente, no es así.

Incluso he asomado la cabeza a su habitación y está como el día en que me mudé.

Lo único que queda de ella es Pipsqueak, que aún relincha lo bastante fuerte como para reventarme los tímpanos cuando me ve.

No poder encontrarla me preocupa. He pasado todo el día en el trabajo maldiciéndome por haberme comportado anoche como un gilipollas prepotente. Pero no pude evitarlo: pensar que podía caerse y lastimarse me ponía los nervios de punta. Sé lo que puede pasar porque lo viví en persona.

Pero esto es peor. Al principio que Violet viviera bajo mi techo me molestaba, más por mantener mi intimidad que por algo de lo que ella tuviera la culpa.

Pero a lo largo de este mes me he ido acostumbrando a tenerla cerca.

Desde el olor del café que prepara todas las mañanas hasta el suave murmullo de su voz cuando llama a casa cada pocas noches, pasando por el desorden que deja allí por donde va.

Creo que, en realidad, ha empezado a gustarme, he empezado a desearlo y a buscarlo.

Pero he sido tan imbécil que ha hecho las maletas y se ha marchado sin decir ni palabra.

Otra vez. Tampoco me debe ninguna explicación y ya tiene la pierna curada, así que ¿por qué iba a quedarse?

Soy una pésima compañía, lo sé. Cuando la gente me conoce, rara vez se queda a mi lado, y Violet no va a ser la excepción.

No he hecho nada para ganarme su cariño, más bien todo lo contrario: me he portado como un imbécil y le he hecho daño más de una vez sin poder evitarlo.

Ese día, en el suelo, me rogó que la tocara, mirándome con sus ojos azules, dulces y seductores; entreabrió esos labios que suplicaban que los besara.

Y yo di media vuelta y me largué como el puto cobarde en que me he convertido.

Yo la deseaba y ella me deseaba a mí, pero, de alguna manera, no fui capaz de asumirlo.

¿Marchar a través de territorio enemigo? Ningún problema. ¿Enfrentarte a la mujer en la que no has podido dejar de pensar durante dos años? De ninguna puta manera.

Soy un cobarde.

Los dedos me arden por coger el teléfono, llamar a Trixie y preguntarle qué debo hacer.

Pero sé lo que va a decirme: que deje de portarme como un niñato y que hable con ella.

Vale, quizá no con esas palabras, pero más o menos.

Trixie ya no está dispuesta a dejar pasar mi autodesprecio.

Lo sé porque ha empezado a presionarme, a interrumpir mi flujo de consciencia con esas molestas preguntas retóricas que me obligan a reflexionar sobre mí mismo.

Odio esas preguntas. Odio lo hecho mierda que me he quedado después de que Violet se fuera. Y odio haber cogido las llaves para salir y enfrentarme a ella.

Al llegar a los establos, aparco junto a esa trampa mortal que ella llama «coche» —otra cosa más por la que preocuparme con respecto a Violet Eaton—, y salgo de la camioneta. Subo las escaleras hasta su apartamento y llamo con fuerza. Quizá hasta con agresividad.

—¡Ya voy! —dice al otro lado de la puerta.

Miro hacia el horizonte: el ocaso ilumina con su dorado resplandor el rancho, con las vallas blancas y la línea ondulada que dibujan las colinas. Es hermoso.