15 En el pasado #2
Es absurdo que lo pregunte cuando no ha habido un solo momento en los dos últimos años en que no haya pensado en él; en que no me picaran los dedos por iniciar sesión en el chat, por preguntarle cualquier cosa o por rogarle que me llevara a otro orgasmo de esos que te vuelan la cabeza.
He echado mucho de menos a Cole, y soñaba con esto, con sus labios sobre mí, con sus manos vagando por mi cuerpo, convirtiéndolo en arcilla bajo su contacto.
—Tenemos que parar.
Abro los ojos de golpe cuando su boca se aparta de la mía para intentar entender esas palabras sin sentido. Estamos a milímetros de distancia. Tan cerca y tan lejos…
Se detiene y se sienta sobre los talones, jadeando. Se pasa por la cara las manos temblorosas por el esfuerzo de contenerse.
—Vale —resoplo—. ¿Por qué?
—Porque no hago estas cosas.
Por mi respiración, cualquiera diría que acabo de correr una maratón.
—¿No haces qué?
—Contacto físico. Relaciones. Cosas así.
Frunzo el ceño.
—¿Nunca? ¿Ni una vez?
—No desde hace mucho tiempo. Años. —Se pone de pie y la enormidad de su confesión me golpea como una bola de demolición.
¿Años?
—No desde…
No hace falta que termine la frase. Quiere decir desde Hilary. Los celos se me atascan en la garganta; unos celos tristes y patéticos; una emoción absurda y sin sentido.
—Lo siento —añade, y se da media vuelta para ir hacia la cocina con el cuerpo en tensión.
Me quedo sobre la colchoneta, intentando recobrarme y descifrar qué demonios acaba de pasar. No parecía lo bastante obsesionado con Hilary como para suspirar por ella hasta ese punto. De hecho, me pareció que no le gustaba ni un poquito. Pero…
¿Años?
¿Qué diablos se me está escapando?
Por fin me han quitado la férula. Las radiografías han mostrado que ya estaba recuperada, y lo primero que he hecho después de recibir el alta ha sido ir a casa de Billie para montar a DD.
Quería galopar, sentir el viento en las mejillas y la camisa ondeando a mi espalda mientras me agachaba sobre el lomo de un caballo; escuchar el sonido de sus cascos y de sus fuertes patas debajo de mí como un tamborileo que tengo clavado en la mente porque es el ritmo que me ha guiado desde que era una niña.
Me he portado muy bien y he seguido las normas: me he mantenido alejada de los caballos, aunque no era eso lo que quería. Dios sabe que la mayoría de los jinetes no lo habrían hecho. Y si Billie y Cole no hubieran estado detrás de mí, probablemente yo tampoco habría obedecido.
Así que he salido a dar un paseo por la pista de entrenamiento y ahora no puedo dejar de sonreír.
Y tampoco quiero dejar de montar: me subiría a todos los caballos del establo y me pasaría la noche cabalgando si pudiera.
¿A quién le importa que Cole Harding me haya lamido el pecho cuando hay tantos caballos para montar?
¿A quién le importa el roce de su barba o el sonido entrecortado de su respiración?
¿A quién le importa que mis manos vagaran por mi cuerpo en la ducha mientras lo recordaba?
A mí no.
Ahora sí que tengo una buena razón para evitarlo. Por fin puedo regresar a mi apartamento. ¡Puedo montar de nuevo! Mi primera carrera es dentro de un par de días, y voy a poder encarrilar mi trayectoria y dejar de obsesionarme por un hombre demasiado complicado para tratar con él.
No es mi proyecto. Pipsqueak sí. Y estoy decidida a seguir trabajando con ella.
Conduzco hasta la casa de campo en mi viejo Volkswagen Golf, libre del peso sobre mis hombros por primera vez en semanas.
Como si supiera exactamente hacia dónde dirigirme, porque eso es lo que significan para mí los caballos: un propósito.
Nunca hay una línea de meta definitiva, nunca hay nada inmejorable, siempre hay algo más.
Después de cada hito que alcanzo, solo quiero seguir progresando hasta el siguiente: el próximo caballo, la próxima victoria. Todo eso me consume.
Cuando salgo del coche, la dulce Pippy me saluda con un relincho. Saco mi silla de montar favorita del asiento trasero y voy hasta la valla, donde la dejo un instante para descansar.
—Hola, mi niña —murmuro.
Ella trota hacia mí, y su delicada cabecita se balancea con cada paso cargado de entusiasmo.
En cuanto está lo bastante cerca, le rodeo la cabeza con las manos y le doy un beso sobre los ollares. Sus belfos se acercan a mi cuello, y en la mayoría de los caballos eso podría significar un rápido mordisco, pero con ella no. Con ella es más un tierno beso.
—Eres un poco rara, ¿lo sabías?
Le paso la mano por el cuello y le rasco bajo las crines. Estira el cuello y mueve la cabeza: está claro que disfruta de la caricia.
—Es justo ahí, ¿eh?
Me hace gracia lo expresiva que es, y, cuando retrocedo para mirarla, no puedo evitar darme cuenta de lo mucho que ha cambiado en apenas unas semanas.
Ha mudado el pelaje y, como sospechaba, está adquiriendo ese brillo broncíneo típico de su color.
Le he peinado las crines en una línea recta hasta el cuello y lleva puestas sus primeras herraduras.
El herrero la dejó fascinada y se mostró imperturbable ante el humo y los ruidos.
No tengo claro si no es muy lista o es que puede con todo. Quizá nunca vaya a ser tan competitiva como se espera de un caballo de carreras ni vaya a tener esa seguridad y fortaleza, pero solo el tiempo lo dirá.
Quizá es más inteligente de lo que creo; quizá es un genio del mal.
Al fin y al cabo, se ha ganado a Cole. No sé a qué se dedicaba en Operaciones especiales y quizá piense que lo lleva bien, pero lo he estado observando y creo que ha perdido la práctica: no se me ha escapado que todas las mañanas le deja un poco de heno antes de ponerse a hacer una especie de ejercicio de patio carcelario con neumáticos y ladrillos.
Sé que lleva una bolsa de zanahorias en la camioneta y que le da una todos los días después del trabajo, así que no es de extrañar que la yegua corra a la puerta cuando él llega.
Incluso he llegado a espiarlo a altas horas de la noche y he visto cómo se apoya en la valla y le acaricia las crines, sosteniendo para ella un cubo lleno del alimento rico en Omega 3 que le he estado dando.
En resumen: el hombre que juró y perjuró que no le gustaban los caballos, y que dijo que no quería tener nada que ver con Pippy, la alimenta tres veces al día.
Y no puedo evitar encontrarlo entrañable por mucho que me esfuerce.
Dios, hace que se me encoja el corazón y que mi centro palpite.
Esa pequeña potra baya lo ha ablandado, y mentiría si dijera que no estoy celosa.
Desde el entrenamiento, las cosas han sido bastante incómodas: educadas, pero tensas, lindando con la tristeza. Ha cambiado el modo en que me mira, en que me habla…
Niego con la cabeza. Nunca se me ha ido la olla por un hombre. ¿Por un caballo? Sí, claro, pero ¿por un hombre? No, y no voy a empezar ahora. Y menos con uno tan difícil de llevar.
Cojo la silla y miro a Pippy.
—¿Qué me dices, Pippy? ¿Estás lista para tu primera carrera?
Juraría que ella asiente a modo de respuesta, y pongo los ojos en blanco mientras le coloco los arreos. Es el caballo más fácil de manejar que he tenido, incluso contando los caballos jóvenes con los que trabajé en Chesnut Springs, en el rancho de mi familia, cuando era niña.
Le ciño la cincha y ella se queda tan feliz en su sitio. Y ni siquiera está atada; muchos caballos se irían, pero ella no.
He pasado los últimos días recostándome sobre su lomo, con el estómago sobre la silla de montar para poder bajar con facilidad si las cosas se tuercen, pero ella ni se ha inmutado.
Creo que incluso se le cierran los ojos cuando me quedo ahí un poco más de tiempo del habitual solo para ver cómo responde.
Pues, al parecer, su respuesta es quedarse dormida.
Y ahora estoy colocándole el bocado, otra cosa que tampoco la perturba en absoluto, lista para montar a una yegua de apenas dos años por primera vez, con la pierna recién curada y sin nadie que me ayude.
En el fondo de mi mente sé que no es la mejor idea que he tenido, pero me siento bien, dispuesta a disfrutar de mi momento de libertad.
El sol se está poniendo, los pájaros cantan y la fresca brisa que viene del río es refrescante tras un día caluroso.
Y me doy cuenta de que soy feliz. Más feliz de lo que he sido en mucho tiempo.
Estoy a la distancia perfecta de mi padre y de mis hermanos, a los que adoro, pero que me estaban asfixiando; tengo el trabajo con el que siempre he soñado; tengo a mis amigos, independencia y un cuerpo funcional, algo que no volveré a dar por sentado jamás: solo el hecho de poder caminar descalza es un regalo, una bendición.
Encajo la bota en el estribo que cuelga del costado de Pippy, y empujo hacia abajo dos veces para asegurarme de que está lista.
Y después muy muy despacio me echo sobre ella y paso la pierna sobre su lomo para sentarme en la silla de cuero.
Sus orejas se mueven hacia un lado, como las de un burrito, y se tensa un poco cuando me acomodo.
Pero la tensión solo dura un breve instante: gira la cabeza y mordisquea las puntas de mis botas de cuero, mostrando su personalidad dócil y sumisa, como si ya estuviera acostumbrada a que la monten.
Incluso cuando se escucha el crujido de la grava en el camino de entrada, no se sobresalta ni se asusta. Mueve la cabeza en dirección al sonido y mira con calma cómo la camioneta negra de Cole se detiene frente a la casa.
Sale del coche; va vestido con traje y lleva los dos botones superiores de la camisa desabrochados: está tan atractivo que no puedo evitar admirarlo. Ojalá pudiera diseccionarlo y descifrarlo.
En serio, tengo que volver a mi casa.
Pipsqueak suelta un relincho fuerte y estridente, y luego va hacia una esquina del corral como si no le importara lo más mínimo que yo esté montada sobre su lomo. Está encantada de ver al enorme cascarrabias que se acerca a nosotras.
—Hola, preciosa —murmura al llegar a la valla, y pasa una enorme mano por su testuz.
Sé que está hablando con Pipsqueak, pero eso no impide que me dé un vuelco el estómago.
Es como el típico padre que nunca quiso tener al perro que después se convirtió en su mejor amigo.
Como si Pipsqueak supiera que no la quería y se hubiera esforzado para ganarse su cariño y demostrarle que estaba equivocado; para romper la muralla que ha levantado a su alrededor.
Y ha funcionado.
Cole me mira con los ojos brillantes y el asombro pintado en su rostro.
—Esto es nuevo. —Me recorre el cuerpo con la mirada, y se detiene un momento en mi pierna derecha, que señala con la barbilla a modo de pregunta.
—Me la han quitado hoy.
—Y ya estás montada a caballo. —Es una afirmación, no una pregunta, y su voz suena fría.
—Sí. «Ya no hay fractura» significa que ya no hay fractura.
—¿Es la primera vez que la montas?
—Sí.
Sus hombros se tensan.
—¿Sola?
—Sí —digo, y no me gusta nada a dónde se dirige esta conversación.
—¿Es lo mejor que se te ha ocurrido?
Tenía que hacerlo, claro. Tenía que decirme lo que hacer después de haber tenido cuidado y haber sido paciente durante todo un mes. ¿Acaso se supone que tengo que seguir actuando como si estuviera lesionada cuando ya no lo estoy?
—Sí, lo es. Y no necesito tu aprobación para montarme en un caballo que está a mi cargo.
Una de las orejas de Pip se mueve en mi dirección como si percibiera la tensión en mi voz, y luego da un paso hacia Cole, pasa la cabeza por encima de la valla y lo empuja.
—Violet…
Me recorre una oleada de agitación cuando escucho cómo pronuncia mi nombre como si fuera una cría. Violet . Como si esa simple palabra que suelta con el ceño fruncido quisiera decir algo por sí sola.
—No, no. Nada de «Violet». No necesito tu permiso. Este fin de semana tengo una carrera, y voy a participar. Tengo un padre y tres hermanos sobreprotectores, y no me hace ninguna falta otro. Y lo sabes. Así que, o te subes al carro, o te apartas de mi camino.
Cole sacude la cabeza y se da media vuelta, tenso, para alejarse. Odio que no diga nada. Odio no poder provocarle ninguna reacción cuando él no hace más que provocármelas a mí.