Ganar al límite (Gold Rush Ranch nº 2) 15 En el pasado
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15 En el pasado

Violet

Subo los escalones de mi apartamento sobre el granero, sonriendo.

Ha sido una semana agotadora. DD ha tenido un cólico después de una mala carrera y Billie y Vaughn están comportándose de un modo muy raro cuando están juntos.

Me siento como una niña cuyos padres están divorciándose y tengo que andar de puntillas alrededor de ellos, así que es un alivio estar por fin en mi refugio para pasar la noche.

Chica_de_Púrpura: Estoy llegando a casa.

Buscadordeoro85: Trabajas demasiado. Tu jefe debe de ser un capullo.

Entro por la puerta soltando una risilla.

Chica_de_Púrpura: Mis jefes son geniales. Pero ahora mismo estoy derrotada.

Me quito la ropa sudorosa y cubierta de polvo. La gente cree que las carreras de caballos son muy glamurosas porque piensan en sombreros enormes y mint juleps, pero no en vaqueros cubiertos de serrín ni en suciedad debajo de las uñas.

Buscadordeoro85: ¿Quieres que te ayude a relajarte?

Voy desnuda hacia la ducha, negando con la cabeza.

Chica_de_Púrpura: No, gracias. Ahora mismo me está esperando una ducha caliente. Vuelvo enseguida.

La respuesta aparece tan rápido que no tengo ni tiempo de dejar el teléfono.

Buscadordeoro85: ¿Intentas decirme que ahora mismo estás desnuda?

Mis labios dibujan una sonrisa. Pobre Hombre Gamba con su mente unidireccional…

Chica_de_Púrpura: Sí.

Buscadordeoro85: Mierda. Déjame verte.

Ignoro ese último mensaje y me meto en la ducha; mi mente vuelve a él y a su oferta, algo que cada vez ocurre más a menudo; algo que se está volviendo más y más tentador por culpa de la total abstinencia sexual que practico en el rancho.

Me recorro el cuerpo con las manos resbaladizas por el jabón y me permito imaginar que son las del hombre con el que he hablado todos los días durante casi un año.

La primera persona a la que saludo por la mañana y la última de la que me despido antes de acostarme.

Eso tiene que significar algo, y quizá no lo conozca en persona, pero confío en él.

Una vocecita dentro de mi cabeza grita «¡Ingenua!

», pero cuando una de mis manos se desliza sobre mi pecho y otra desciende para perderse entre mis piernas, me envalentono.

Y cuando salgo de la ducha cojo el teléfono y me saco una foto antes de que pueda cambiar de opinión.

En la actualidad

Voy a matar a Cole Harding.

—¡Una más! —ladra, como si estuviéramos en el ejército.

Definitivamente, voy a matarlo en cuanto dejen de temblarme los brazos. Y en cuanto deje de soñar despierta con sus labios cerca de los míos, con el roce de su barba contra mi mejilla, con su cuerpo perfecto al cernirse sobre mí esa noche, hace una semana.

Ha pasado una semana desde que Cole Harding me dijo que me consideraba su amiga y me besó en la mejilla, y me dejó hecha un manojo de nervios.

Una semana desde que me metí en su cama y lo agarré de la mano como si tuviera todo el derecho del mundo.

Cada roce, cada mirada, cada palabra amable se reproducen a cámara lenta en mi mente una y otra vez.

No tiene ninguna gracia lo lejos que ha llegado todo esto.

Antes las cosas eran incómodas porque había una conversación pendiente entre nosotros, y ahora son incómodas porque no puedo dejar de pensar en acostarme con él, y no ayuda que esté siendo conmigo amable, agradable y…

normal. Sigue siendo un tío callado, pero al menos no se queja tanto e incluso me ha preparado la cena casi todas las noches de esta semana, como si quisiera cuidarme.

Dijo que estaba harto de verme comer macarrones con queso, que soy una atleta y que tengo que cuidarme.

Y por eso estoy aquí, en el salón, sobre una colchoneta de yoga, haciendo ejercicio con él.

Montar a caballo es fácil, pero esto no.

Esto es una tortura. De hecho, es una doble tortura, porque está claro que me agota físicamente, pero estar tan cerca de él también me agota emocionalmente.

Tengo los nervios de punta, y cada vez que me pone la mano encima para corregir mi postura, se me pone la carne de gallina, se me acelera la respiración y mis estúpidas mejillas se pintan de rosa.

Es como si todo mi cuerpo estuviera a punto de desfallecer por culpa de ese soldado huraño que ahora mismo me está tocando las caderas con la punta de los dedos.

—Mantén la espalda recta o te harás daño.

Hago una última flexión y me dejo caer al suelo como una ballena varada que se ha dejado morir. Y entre volver a moverme o la muerte, elijo la muerte. ¿Después de una semana entera entrenando con Cole Harding, el Supersoldado? Elijo. La. Muerte.

Su risa profunda resuena encima de mí.

—Vamos, no es para tanto.

—Ha sido un placer conocerte —jadeo desde el suelo.

Vuelve a reírse; posa la mano sobre mi espalda y la masajea arriba y abajo hasta coger el tirante de mi top.

—¿Te duele?

—Si no me muevo, no.

—Qué dramática eres —protesta.

Su mano se pone en marcha de nuevo y los dedos masajean mis músculos doloridos.

—Ay, Dios, sí… —murmuro.

Reposo la barbilla en los antebrazos y cierro los ojos. Tener sus manos sobre mi cuerpo siempre es genial, pero ¿esto? Esto es el paraíso.

Deja escapar un gruñido, pero no deja de masajearme. Sus dedos parecen saber exactamente dónde tienen que detenerse y en qué punto insistir.

—¿Dónde te duele? —Su voz ronca hace que me recorra un escalofrío.

—Por todas partes.

—Violet…

Me agarra del codo y hace que me dé la vuelta para quedar tumbada boca arriba, lo que me obliga a mirarlo cuando se arrodilla junto a mí.

El modo en que la camiseta se ciñe a sus hombros y sus bíceps debería ser ilegal; la nuez sube y baja en su garganta cuando traga; su mirada está clavada en mí como si fuera a devorarme.

¿Me estoy imaginando esa mirada? ¿Esa respiración jadeante?

—¿Dónde te duele? —repite.

Paralizada por la visión de él arrodillado junto a mí, destilando puro poder masculino, me lamo los labios y siento un tirón en mi centro.

Qué no daría por ver a Cole Harding moviéndose sobre mí con esa mirada en su rostro.

—El cuello y los hombros —respondo; intento sonar tranquila, pero fracaso miserablemente.

Se cierne sobre mí y su gran anchura proyecta sombras sobre mi cuerpo. Desliza las manos por mis clavículas y me masajea los hombros, clavándome los dedos con tanta fuerza que duele, aunque ese dolor se convierte en una quemazón que no tarda en volverse un calor abrasador.

Cierro los ojos porque no puedo mirarlo más.

No puedo seguir viendo esa expresión en su rostro.

Pero aún puedo olerlo: ese ligero aroma a clavo que se entremezcla con mi sudor y mi desodorante con olor a talco.

Su aliento es una caricia fresca en mi esternón, y de pronto siento los pantalones de yoga y la camiseta sin mangas demasiado ceñidos, como si intentaran estrangularme, robarme todo el aire.

Trato de no concentrarme en la caricia de sus manos sobre mi piel desnuda, en el aleteo de sus dedos, en lo abrumadora que es la cercanía de su cuerpo, pero no lo consigo. Ni siquiera funciona cerrar los ojos, porque lo siento en todas partes, asfixiándome, agobiándome, como si me ahogara en él.

No puedo respirar si está cerca.

—¡Vale, es suficiente! —Me incorporo sobre los codos, respirando con dificultad—. No puedo seguir con esto.

Miro mi cuerpo y veo cómo los pezones se marcan a través de la tela del top deportivo sin relleno.

Él sigue la dirección de mi mirada y sus ojos grises se oscurecen cuando aterrizan en mis pechos y luego vuelven hacia mis labios, haciendo que me los humedezca en un gesto nervioso.

Las palabras se me atoran en la garganta cuando miro al hombre con el que he fantaseado durante dos años y que ahora mismo me contempla como si él hubiera tenido la misma fantasía.

—Violet.

—¿Sí? —Mi voz suena débil y entrecortada.

Cole se agacha más, inspirando profundamente, y su boca se aproxima a mi cuerpo.

—Dime que no quieres que te toque.

Mi corazón se salta un latido. Se detiene. Lo miro a esos ojos llenos de incertidumbre y anhelo. Parece torturado. Herido.

Busco una señal en su rostro que me indique qué debo responder. Una pista, una idea, algo…, pero su entrenamiento militar hace que no encuentre nada, así que opto por la verdad.

—Miento fatal.

Un jadeo estrangulado escapa de sus labios y su cabeza desciende sobre mi cuerpo. Me recorre el esternón con la punta de la lengua y siento esa caricia directamente entre mis piernas. Veo borroso y me da vueltas la cabeza, y caigo de espaldas sobre la colchoneta.

¿Esto está pasando de verdad?

Cole me devora con destreza, como si estuviera muerto de hambre. Sus labios se deslizan por mi clavícula, sus dientes me arañan la piel, que después acaricia con la lengua.

—Dime que pare. —Su voz se desliza por mi cuerpo, dejándome la carne de gallina a su paso.

Suelto un gemido y enredo los dedos en su espeso cabello para evitar que se aleje. Quiero que siga, que no se detenga nunca.

—Cole…

Paso una mano temblorosa por su cuello, lo agarro del hombro de la camiseta y tiro de él.

Mueve la mano hacia arriba para ahuecar en ella mi nuca, y su pulgar me oprime el cuello con suavidad, sosteniéndome como si fuera su prerrogativa hacerlo.

Su cuerpo se cierne sobre el mío, su boca se mueve hacia la mano que me agarra del cuello y me da un mordisquito en la oreja.

Levanto la espalda del suelo y me arqueo hacia él; mis pezones rozan su duro pecho.

Daría cualquier cosa para que todo su cuerpo estuviera sobre el mío y poder sentir su longitud.

—Dímelo —me susurra al oído.

—No te pares —es mi suplicante respuesta.

Desliza los dientes por la línea de mi mandíbula y sus labios se aproximan a los míos. No puedo apartar la vista de ellos: quiero verlo todo y grabármelo en la memoria.

—¿Qué me estás haciendo?

Puedo sentir su aliento con olor a menta en mis labios. Quiero saborearlo.