14 En el pasado #2
Violet se tensa y vuelve todo su cuerpo hacia mí, muy despacio. No dice nada, así que lo tomo como una invitación a seguir hablando.
—Salíamos juntos cuando estábamos en secundaria. Nuestras familias frecuentaban los mismos círculos. Fue… fácil. Era lógico. Y luego mi padre murió y ya nada tuvo lógica.
Me arriesgo a mirar a Violet, que permanece inmóvil, como si yo fuera un animal salvaje que pudiera asustarse si hace el mínimo movimiento o dice cualquier cosa.
Y esa actitud funciona, porque sigo hablando casi sin darme cuenta.
—Le propuse matrimonio y ella aceptó. Todo el mundo era feliz.
Y luego me alisté y ya nadie era feliz, pero me daba igual.
Necesitaba vivir en otro lugar durante un tiempo, así que me fui.
Nos escribíamos y nos veíamos cuando volvía de permiso, pero…
, bueno, digamos que la distancia no hizo que los sentimientos se hicieran más fuertes.
Así que me reenganché en el ejército. Y luego volví a reengancharme.
Y seguí postergando la boda. Siempre me he preguntado si inconscientemente sabía que era una mala idea, que ella estaba más enamorada de la idea que tenía de mí que de mi auténtico yo.
Me interrumpo, pensativo: otra vieja herida que todavía duele. Aprieto la palma de la mano contra la hendidura de mi muslo: hace tiempo que descubrí que eso ayuda a mitigar la sensación de ardor.
—En cualquier caso, cuando volví para quedarme, ya no era el flamante marido perfecto que ella esperaba, así que se acabó.
—¿Fue porque volviste con trastorno de estrés postraumático? —Una profunda ira quiebra la voz de Violet.
—¿Y quién no? —bufo—. Pero no, ya lidiaba con él antes de alistarme. Supongo que es lo que consigues cuando ves morir a tu padre de adolescente. O eso dice mi terapeuta. Así que supongo que estoy el doble de jodido de lo normal.
Frunce los labios como si estuviera buscando las palabras precisas, pero se conforma con acercarse más a mí y apoyar los brazos junto a los míos.
Su antebrazo es diminuto al lado del mío. Me da un codazo con suavidad.
—Todos estamos un poco jodidos a nuestro modo —dice, sin una pizca de lástima en su tono. —Asiento. Tiene razón—. Quiero decir, está claro que estás mucho más jodido que yo, pero…
Enarco una ceja en su dirección y la pequeña sonrisa que baila en su rostro hace que la imite con una de mi propia cosecha.
—Está bien, Chica de Púrpura.
—¿Alguna vez vas a dejar de restregármelo? —gime dramáticamente, y deja caer la cabeza hacia delante.
—Probablemente no —rio entre dientes.
—¿Sabes que me he pasado el último año aterrorizada por si se lo contabas a alguien o me dejabas en evidencia de alguna manera? Incluso llegué a pensar que podías hacer que me despidieran.
—¿Qué te hizo pensar eso? —Cualquier rastro de humor que pudiera haber albergado se esfuma de mi mente. Me incorporo—. Soy yo el que debería estar avergonzado.
Ella esquiva mi mirada.
—Parecías muy enfadado cuando te acercaste a mí ese día, en el derby. —Se pasa la lengua por el labio inferior—. Eras…, no sé, ¿el jefe de mi jefe? Y no sabía qué iba a suponer eso. Aún no lo sé.
Me recorre una oleada de irritación, pero no hacia ella, sino hacia mí mismo.
—Violet, mírame. —Ella me mira bajo la franja oscura de sus pestañas—. No, levanta la cabeza y mírame.
Obedece al instante; el depravado que hay en mí se excita y mis recuerdos me transportan a esa noche en la que hizo todo lo que le pedí, incluso cuando eso la hacía sonrojarse. Siento un tirón en la polla y me reprendo para mis adentros.
Estás muy jodido, colega.
Ella levanta la cabeza y echa los hombros hacia atrás con fingida bravuconería, pero soy muy consciente de que se siente vulnerable: lo lleva escrito en la cara.
—Lamento haberte hecho sentirte así, pero tienes que saber que nunca, jamás, se lo diré a nadie. Esto quedará entre nosotros. Bueno, y al parecer, también entre Billie y Vaughn. —Ella se estremece visiblemente—. No estoy enfadado contigo. Estoy enfadado conmigo mismo.
—¿Por qué? —pregunta; su rostro muestra pura confusión.
—Ni siquiera sé cómo responder a esa pregunta. Es como si hubiera estado furioso durante mucho tiempo y por nada en particular. Definitivamente, por tu culpa no.
¿Me hizo daño cuando desapareció de nuestros chats?
Más de lo que habría imaginado, pero ¿podía culparla por ello?
No. Desearme era como elegir un frasco de veneno para calmar la sed: una forma lenta y dolorosa de sumergirse en la oscuridad.
Soy mercancía dañada, y por eso me gusta mantener las relaciones a una distancia segura y bien compartimentadas. Algo que Violet sufrió durante un año.
Me paso una mano por el pelo y miro hacia otro lado, sin saber qué más decir.
Lo único que sé es que estoy cansado de mentir, de ocultar la verdad o de mostrarme como alguien que no soy.
Estoy harto de lastimar a mis seres queridos o a aquellos que intentan acercarse tanto como se lo permito, a los que no se escabullen cuando les gruño y les refunfuño.
Da un paso para acercarse y ladea la cabeza para captar mi atención, como si buscara una conexión que preferiría fingir que no tenemos porque todo es menos intenso de ese modo.
—¿Por qué estás enfadado contigo mismo?
Su tono es suave, y su mano se desliza hasta alcanzar la mía.
Sus delicados dedos me rodean la muñeca, como si estuviera tomándome el pulso que ahora late bajo las yemas de sus dedos, que se acelera cada vez que se acerca o me toca.
Es la única mujer que me ha tocado de ese modo desde…
desde hace demasiado puto tiempo. La única a la que le he permitido acercarse lo suficiente como para intentarlo.
Y tal vez sea eso: que ella, de algún modo, ha abierto brechas en mi armadura lo bastante grandes como para deslizarse en mi interior y alumbrar todos mis rincones oscuros.
O puede que solo sea el puto whisky escocés.
El caso es que decido aquí y ahora que merece la verdad, incluso si decirla en voz alta me hace sentir náuseas.
—Porque ahuyenté a la única amiga de verdad que he tenido en… —Resoplo—. Bueno, quizá a la única que he tenido.
Su pulgar dibuja círculos tranquilizadores en el dorso de mi mano. Se muestra serena, como el mar lamiendo la orilla con suavidad, con un ritmo uniforme y perpetuo, y no puedo evitar querer adentrarme en esas aguas poco profundas y dejarme mecer por ellas.
Violet me calma; aunque sea, probablemente, la mujer más inconsciente del mundo.
—¿Quién era? —Me mira con los ojos muy abiertos y conmocionados, escaneando mi rostro en busca de más información.
Me río. Esa pregunta me sirve para decirlo en voz alta.
—Eras tú, Violet.
—¿Yo? —Deja de mover el pulgar y sus pulmones se vacían con un grito estrangulado.
—Oye, lo siento. —Alzo la mano para apartar un mechón de cabello dorado pálido que ha caído sobre su mejilla.
—¿Lo sientes?
—¿Estás intentando restregármelo? —protesto.
—¡No! —Se lleva la mano al pecho, en estado de shock —. Tú… ¿me considerabas una amiga?
Sus ojos relucen en la oscuridad de la noche.
Bajo la luz de la luna todo parece más azul oscuro que negro, profundo y brillante, como el río que corre débilmente tras el rancho.
El resplandor de esa luna resalta sus rasgos de la forma más seductora posible.
Debería decirle que es mucho más que eso.
Que era lo que me daba una razón para levantarme por las mañanas. Mi faro. Mi rayo de sol.
Paso el pulgar por su pómulo, contemplando cómo la luz juega con la aspereza de mi mano y la sedosidad de su piel. Con ese contraste entre los dos: oscuro y claro, áspero y suave, grande y pequeño.
Las cosas que me gustaría hacerle… Niego con la cabeza, regañándome en silencio por recorrer ese camino.
Es joven, impulsiva, brillante, con toda la vida por delante.
Yo soy todo lo contrario.
Me agacho hacia ella, acunándole la barbilla con la mano, y deposito un beso suave junto a su boca.
—Aún te considero así.
Inspira hondo cuando me quedo ahí; quiero tragarme ese sonido y saborear sus labios. Reclamarlos. Quiero que nunca vuelva a besar a otro hombre. Pero eso no es lógico. No es realista.
Conozco bien la realidad de la vida, y la realidad con Violet es que, por mucho que la desee, no sé si podré abrirme lo suficiente como para correr ese riesgo.
Y menos teniendo en cuenta lo que hace para ganarse la vida.
He trabajado demasiado en mi salud mental como para someterme a esa agonía: enamorarme ya sería bastante malo; enamorarme de una jockey es imposible.
Me incorporo en la cama, jadeante, con las mantas enredadas alrededor de mis piernas como si hubiera estado pataleando. O tal vez corriendo. Para huir de mi pasado, probablemente.
El sudor empapa la espalda de mi camiseta, y puedo sentir la tensión en los pulmones y el ardor en mi pierna.
Me dejo caer sobre la cama y me paso las manos por la cara, rascándome la barba incipiente.
Así sé que todo esto es real, dónde estoy, que estoy a salvo.
Llevaba mucho tiempo sin tener una pesadilla como esta, que me lleva de vuelta al extranjero.
Hubo días malos y días espantosos, pero hubo uno por encima de todos.
Recuerdo cómo el sol se ensañaba con mi uniforme oscuro, cómo sudaba bajo el peso de mi equipo; cómo jadeaba en busca de aliento, pero solo conseguía meter en los pulmones aire ardiente y granos de arena que me rebozaban la lengua, me raspaban la garganta y me taponaban las fosas nasales.
Era una mierda, pero no tanto como sacar a rastras el cuerpo de tu amigo del foco de las explosiones. No tanto como comprobar su pulso y gritarle que se despierte.
Eso fue mucho peor. Eso es lo que ha hecho que ahora mismo me tiemblen las manos.
Es la culpa del superviviente: ¿por qué él y no yo? ¿Por qué el y no yo? Si me hubieran dado un centavo por cada vez que me he hecho esa pregunta, habría podido acabar con el hambre en el mundo.
Unos golpecitos suaves en la puerta me arrancan de las garras del recuerdo.
—¿Cole? —pregunta Violet, con voz baja e insegura. ¿Qué está haciendo aquí? —. ¿Estás bien?
—Sí. —Se me quiebra la voz y me aclaro la garganta porque no quiero sonar tan mal como me siento—. ¿Por qué?
—¿Puedo entrar?
El corazón me late con fuerza en el pecho como si quisiera silenciar a mi mente. «Las reglas». «Está oscuro. Y silencioso». «Se está acercando demasiado». Y gana mi corazón.
—Sí, claro.
Me tapo con las sábanas y me echo encima el edredón para usarlo como una protección adicional.
Miro su forma cuando abre la puerta, una tenue silueta del cuerpo que me ha consumido durante los dos últimos años.
—Te he oído gritar —susurra.
Suspiro y cedo un poco, aunque odio compartir esa parte de mí. Esa parte hecha añicos. Por eso me gusta estar solo: no necesito darle explicaciones a nadie sobre mis mierdas cuando estoy solo.
—Lo siento. No quería despertarte.
—No pasa nada —susurra, adentrándose en la habitación con pasitos pequeños—. ¿Estás bien?
Una risa triste escapa de mis labios.
—Probablemente no —digo, porque es la verdad. Unos días son buenos; otros… no. Ahora mismo tengo más días buenos que malos. Solitarios, sí, pero lo bastante buenos. Ahora, ¿estoy bien? Lo dudo.
Ella no insiste. No llega el bombardeo de preguntas e indagaciones.
—¿Quieres que me quede contigo? —dice sin más.
Y antes de que mi cerebro pueda procesar la pregunta, mi corazón se apodera de mis cuerdas vocales y me obliga a pronunciar un seco «Sí».
No duda un segundo: se acerca hacia mí y gatea sobre el colchón para acomodarse sobre las sábanas a poca distancia.
Siento su proximidad como el tirón de un sedal, como si se hubiera quedado enredada y no pudiera librarme de ella.
Podría luchar, debatirme, pero está enganchada a mí y ni siquiera estoy seguro de querer soltarla nunca más.
No estoy seguro de querer esconderme más de ella.
No estoy seguro de nada.
Solo sé que cuando me estrecha la mano le devuelvo el apretón. Y que cuando me despierto por la mañana, después de una de las mejores noches de sueño de mi vida, lamento que ya se haya ido.