14 En el pasado
Cole
Me estoy encariñando demasiado con la Chica de Púrpura, y no lo entiendo. Solo es una amiga por internet, pero me muero por sus mensajes.
Algunas noches chateamos hasta que me quedo dormido con el teléfono en las manos. Me despierto aferrado al móvil como si fuera un puto salvavidas. Tal vez lo sea. Tal vez lo sea ella.
Y quizá por eso reviso nuestro chat a primera hora de la mañana con la esperanza de que me haya escrito. Incluso un emoji de ella es suficiente para empezar bien el día.
Si masturbarme con chicas en internet me hacía sentir patético, ¿en qué me convierte encariñarme de una? Ahora solo conservo esa foto suya, y ya debería de estar cansado de masturbarme con ella.
Pero no lo estoy.
Además, me imagino cómo sería conocerla en la vida real. Cómo sería abrazarla, susurrarle mis más profundos y oscuros secretos al oído. Cómo sería sentir sus brazos a mi alrededor mientras me deslizo dentro de ella.
Esto ha ido más allá de querer follar con ella —como quiera que se llame por internet—.
He llegado lo bastante lejos como para preguntarme si está saliendo con alguien en la vida real.
Patético de cojones. Y claro que tiene a alguien.
Es dulce y hermosa; ¿quién en su sano juicio no querría salir con ella?
Pero eso no impide que le envíe un mensaje para preguntarle:
Buscadordeoro85: ¿Hay algún hombre afortunado en tu vida ahora mismo?
Tarda mucho en responder. Es mediodía, así que estará trabajando, como se supone que debería estar haciendo yo, pero, en cambio, aquí estoy: obsesionado con una mujer a la que he conocido por internet.
Me siento tan inquieto que me desahogo con mis subordinados como si fuera un completo imbécil, un niñato incapaz de controlar sus emociones.
Cuando unas horas más tarde por fin suena el teléfono, suspiro hondamente. Me dejo caer en la silla de cuero de la oficina, saco el móvil del bolsillo del traje y me reclino en el asiento.
Chica_de_Púrpura: Solo uno.
Frunzo el ceño y tenso los antebrazos. Lo sabía.
Buscadordeoro85: ¿Sabe algo de mí?
Chica_de_Púrpura: No lo sé. ¿Lo sabe?
Me echo hacia atrás y me devano los sesos intentando descifrar lo que acaba de insinuar. Y se me hincha el pecho por una mujer a la que no conozco y que nunca voy a conocer.
¿Estaba hablando de mí?
En la actualidad
No tengo ni la menor idea a de adónde ha ido Violet.
Lo único que sé es que he recibido un mensaje en el que decía que regresaba al rancho, pero no ha llegado todavía.
Y aquí estoy, sentado en el escalón del porche, bebiendo otra copa de whisky escocés y con la yegua marrón mirándome como si le debiera algo: comida, atención… ¿Quién sabe? Es desconcertante.
Es increíble que deje que un puto caballo me haga sentir mal.
Como si no me sintiera ya bastante mal sin necesidad de eso.
He querido seguir a Violet cuando se ha largado a toda prisa, hasta que he visto que se dirigía a las pistas, no a los establos. Entonces me he acojonado.
Las pistas me provocan sentimientos encontrados: ahí están mis mejores y mis peores recuerdos. Por un lado, crecí ahí; mi padre era un jockey conocido y exitoso en Bell Point Park, y pasamos mucho tiempo juntos en ese lugar. Por otro, lo vi morir en esa pista.
Trixie sugirió que asistiera a las carreras desde el palco a modo de terapia de exposición.
Es la solución perfecta: desde ahí veo la pista a lo lejos, pero no escucho el sonido de los cascos, el ruido de los altavoces ni ninguno de los demás factores desencadenantes que me transportan a ese día.
No importa lo que pasó en la guerra: ese día representó un punto de inflexión.
Sé que Violet no quiere que nadie la proteja, pero, maldita sea, quería hacerlo. Quería hacer papilla a Patrick y luego llevar a Violet lo más lejos posible de él. Esa mano de Patrick en su hombro me ha hecho ver todo rojo.
Niego con la cabeza.
Casi he perdido el control. Casi me he convertido en el soldado que no he sido en los seis últimos años.
Precisamente por eso, Violet es una debilidad que no puedo permitirme.
He trabajado muy duro para evitar mis arrebatos y mis días malos, esos en los que ni siquiera puedo reunir las fuerzas necesarias para sonreír.
En contra de lo que me dictaba el instinto, e incluso aunque sé que no soy más que un desastre en todo lo que tiene que ver con Violet, quería ayudarla, quería ir detrás de ella y allanarle el camino. Lo que habría sido una idea terrible.
Colosalmente estúpida.
Y justo lo que ella no desea.
Quiero llamar a Trixie, pero es demasiado tarde. Escondo la cabeza entre las manos.
Buen trabajo, Harding, me digo.
La yegua relincha desde el otro lado del camino de entrada y mueve la cabeza hacia mí con un lento parpadeo de sus espesas pestañas. No puedo evitar reírme. Es incansable y no va a rendirse. Dejo el vaso en el porche y voy a hacia la valla donde me está esperando la yegua.
Es imposible que no te guste. Alza las orejas cuando me acerco y levanta un poco más la cabeza, emocionada. Apostaría a que, si tuviera el tipo adecuado de cola, estaría meneándola.
—Hola, chica —susurro; paso la mano por su cuello y siento su cálido aliento acariciándome el vientre.
Es el primer caballo que toco desde que murió mi padre. No me apetece reconocerlo, pero la verdad es que me siento bien. Es casi terapéutico. Cuando su pelaje me cosquillea en los dedos, me pregunto si eso era lo que sentía mi padre cuando estaba vivo.
El relincho emocionado que me dedica cada vez que llego a casa me hace sonreír, y la forma en que me siguió cuando trabajaba aquí me hizo sentir…, no sé, digno de atención.
Como si pudiera ser merecedor de afecto.
Voy a la entrada del corral, donde hay una pila de pacas cuadradas de heno debajo de una lona azul, y ella me sigue. Levanto una esquina de la lona, saco un puñado de la parte superior e inhalo el olor a hierba y polvo mientras voy hacia el comedero.
Me he llenado de heno el traje, pero no me importa.
Las cosas materiales llevan años sin importarme una mierda.
Supongo que por eso vivo en un pequeño y anticuado apartamento en un edificio de cuatro pisos situado en el West End, en Vancouver.
Es un lugar tranquilo para descansar por la noche y revisar mi agenda.
Mis días de seguir el estilo de vida de clase alta que prefiere mi madre se esfumaron al mismo tiempo que mi compromiso con Hilary.
Estoy apoyado en la valla, escuchando el alegre masticar del caballo y perdido en los recuerdos cuando unas luces se apagan en el camino de entrada. Reconozco la camioneta de Billie, pero está demasiado oscuro como para ver el interior.
Violet baja de un salto y aterriza a la pata coja. Está claro que ya no quiere que la ayude después de que nos enrolláramos anoche.
Me estremezco ante el recuerdo: al parecer he pasado de los treinta y seis años a los dieciséis. Lo siguiente que haré será pedirle que me deje meter solo la puntita.
Lo que sería una idea terrible, porque, como le dije, me gusta, aunque no debería.
Me gusta como algo más que una amiga, a pesar de que eso es todo lo que podemos ser.
Llevo años sin tocar a una mujer, y ni hablar de que una me toque a mí.
No he dejado que nadie se acerque lo suficiente, pero ahora me parece insoportable, después de dos semanas viviendo bajo el mismo techo que Violet. Así de patético soy.
—Hola —dice con timidez, acercándose a mí—. ¿Qué haces aquí?
—Estoy dándole de comer al caballo.
Ladea la cabeza de forma casi imperceptible.
—Le he dado de comer antes de que nos fuéramos.
Los grandes globos negros que la yegua tiene por ojos se vuelven hacia mí como si supiera que soy un imbécil por darle más comida. Luego vuelve a masticar y a rebuscar en el heno. Parece feliz, así que qué más da.
Me limito a dejar escapar un gruñido y mantengo la vista clavada en la pequeña yegua, esperando que Violet se vaya. Pero ella se acerca a la valla, a un poste de distancia, y se acoda en ella. Puedo sentir su mirada inquisitiva sobre mi cuerpo, como unas manos que lo recorrieran con suavidad.
No quiero volverme a mirarla. No quiero ver ese cabello de un rubio pálido brillando a la luz de la luna ni esos grandes ojos clavados en mí, repletos de preguntas sin respuesta.
No quiero pensar en las manos de Patrick sobre ella, en cómo la ha acorralado, en las cosas que le ha dicho.
Se merecía la forma en que le retorcí el brazo y la amenaza que le susurré al oído antes de marcharme. Se merecía algo mucho peor que eso.
¿Y Violet? Se merece a un hombre mejor que yo. Más sincero que yo. Más disponible que yo.
Pero cuanto más tiempo paso a su lado, menos me importa y más la deseo.
—¿Estás seguro de que no te gustan los caballos? —dice con tono divertido. Resoplo sin apartar la vista de la potra marrón—. ¿Ni siquiera un poquito?
Levanta el pulgar y el índice, un poco separados. Me tiemblan los labios y la tensión desaparece de mis hombros.
—Vale, si tuviera que gustarme un caballo, sería este.
—¡Ja! Lo sabía.
Niego con la cabeza. Ya parece lo bastante complacida consigo misma, y no debería darle más munición, así que me aclaro la garganta y cambio de tema.
—¿Estás bien? No sabía adónde habías ido.
La sonrisa victoriosa desaparece de su rostro, y es su turno para esquivar mi mirada.
—Solo necesitaba distanciarme un poco. —Suelta una risa sardónica—. No sé si te has dado cuenta, pero el palco no es mi sitio.
—¿Qué? ¿Por qué no? —pregunto, verdaderamente confuso.
Pone los ojos en blanco, sin apartar la vista de la yegua.
—Me has visto. Soy otra clase de persona, Cole. No soy Hilary, y tampoco quiero serlo.
—Joder, demos gracias por ello —murmuro, bajando la vista hasta mis brazos, que descansan sobre la valla. Nos quedamos quietos en silencio, con todo lo que queda por decir flotando entre nosotros—. Estuve comprometido con Hilary. Cuando era más joven.