Ganar al límite (Gold Rush Ranch nº 2) 13 En el pasado
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13 En el pasado

Violet

Estoy tumbada en la cama, charlando con él, como siempre. Acabo de decirle al Hombre Gamba que crecí en un rancho de los de toda la vida de Dios, y parece horrorizado.

Chica_de_Púrpura: Vaqueros, cuerdas y rodeo, nene.

Chica_de_Púrpura: Soy más la clase de mujer de espuelas y chaparreras.

Buscadordeoro85: Dios… Deberías tener cuidado con lo que dices.

Reprimo una sonrisa. Si él puede decir cosas sugerentes, no veo por qué yo no voy a hacer lo mismo.

Chica_de_Púrpura: ¿Por qué?

Buscadordeoro85: Porque tengo una imaginación muy vívida.

Me muerdo el labio y medito mi próximo movimiento. Está de buen humor, e incluso diría que coquetea conmigo, y eso me acelera un poco el corazón.

Dejo escapar una risita y miro al techo. Qué triste, Violet. Tengo esa sensación de vértigo que solo aparece cuando estás pillándote por alguien. Y estoy así por un desconocido en internet… Soy demasiado mayor para esto. Y tengo más sentido común.

Chica_de_Púrpura: Háblame de eso.

Ay, Dios. No debería haberlo dicho. Me pongo de rodillas y miro la pantalla del teléfono como si estuviera esperando recibir buenas noticias cuando, en realidad, lo único que veo son tres puntos parpadeando en la pantalla mientras él escribe.

Me pregunto si estará tumbado en la cama haciendo lo mismo que yo.

Buscadordeoro85: Enciende la cámara y te lo cuento en detalle.

Madre mía. Mi dedo se cierne sobre el pequeño icono de la cámara de vídeo. ¿Cómo será dejar de lado la precaución y hacerle caso?

¿Podría gestionarlo? Ni idea.

Chica_de_Púrpura: Ni de broma, Hombre Gamba.

La respuesta parece firme, pero en realidad me siento tentada, confundida. Cachonda. En lugar de ceder, cojo mi juguete favorito de la mesilla de noche y finjo que he aceptado.

En la actualidad

Contemplo el amplio palco del propietario en el Bell Point Park.

Yo era una granjera de Alberta que se convirtió en moza de cuadra que después se convirtió en jockey, y este no es el tipo de ambiente en el que suelo moverme.

Por lo general, estoy en los establos, cubierta de estiércol de caballo y sudor.

Y, para ser sincera, creo que lo prefiero.

Me he puesto mi mejor vestido y aun así me siento fuera de lugar. Llevo unas bailarinas, la férula y un bonito vestido de flores que es perfecto para un día caluroso, pero no para cómo sopla el aire acondicionado en esta sala.

—Toma. —Cole se acerca a mi lado, junto a los grandes ventanales, y me tiende una bebida que lleva una sombrillita. No me pierdo el modo en que reprime una sonrisa.

¿Ahora bromeamos? Cole Harding me confunde: es frío y nervioso; cálido y práctico; amable y bromista. ¿Cuántas versiones hay de él? ¿Y por qué me gustan todas?

—Salud —digo con una sonrisa; cojo la copa y brindo con su vaso de agua.

No tengo ni idea de en qué punto estamos.

Me he pasado toda la tarde entrenando al sol con Pipsqueak, haciendo que levante las patas, arrojándole cepillos sobre la espalda para que se acostumbre a ver algo por el rabillo del ojo y así no se sobresalte cuando por fin pase la pierna sobre ella para montarla.

Creo que ya ha llegado el momento de ir a buscar los arreos y probar la silla y la brida, porque esa yegua es imperturbable: para ella todo es como un juego, y nada la sobresalta.

Ni siquiera se molestó cuando Cole se pasó el día montando y martillando su flamante refugio.

De hecho, se acercó varias veces a él para ver cómo iba el trabajo y para darle un pequeño mordisco en el codo. Y yo fingí no darme cuenta de cómo él deslizaba su ancha mano con suavidad sobre la testuz.

Y una mierda no le gustan los caballos.

No conozco a nadie que juzgue mejor el carácter que un caballo, y Pipsqueak ni se acercaría a él si presintiera algo negativo. Creo que le gusta más que yo, por mucho que deteste admitirlo.

O quizá es que él la necesita más que yo.

Ese pensamiento me encoge el corazón.

—¿Sueles ver la carrera desde aquí arriba? —pregunto para entablar conversación y así llenar el incómodo silencio.

Le echo un vistazo furtivo: su nuez sube y baja en su garganta cuando abre la boca para responder, sin mirarme siquiera.

—No.

Y entonces una mano con una manicura perfecta se desliza sobre el hombro de la chaqueta de su traje, y a su espalda suena la voz suave y femenina de una mujer que se ha acercado demasiado a él como para ser una simple conocida.

Es pequeña, como yo, pero ahí termina el parecido. Está cubierta de joyas caras y sus bien pintados labios rojos hacen juego con su elegante peinado.

—Cole, cuánto tiempo sin verte.

Cole se interpone entre las dos con ademán protector para apartarme de la conversación.

—Hilary…

He aprendido mucho de cómo se comporta el Cole feliz y relajado en las últimas semanas, así que puedo adivinar por el modo en que reacciona —los hombros hacia atrás, el cuello tenso, la barbilla alzada en un gesto orgulloso— que cualquier rastro de humor ha desaparecido al instante en presencia de esta mujer.

Y eso no es todo: tiene los nudillos blancos alrededor del vaso y la otra mano apretada en un puño a su costado.

Quizá sus señales no sean tan evidentes como mi cara en llamas o mis ojos fuera de las órbitas, pero sé que Cole necesita que lo rescaten.

Está luchando con todas sus fuerzas y, de pronto, me siento muy protectora.

Dejo la copa en la mesa que hay junto a nosotros y rodeo su ancho cuerpo; deslizo la mano por su puño y entrelazo los dedos con los suyos en tensión. Hilary parece irritada, pero la mano de Cole se relaja y puedo oír el suspiro de alivio que escapa de sus labios.

—Hola, soy Violet.

Me tiende la mano cortésmente, con una sonrisa falsa plasmada en el rostro.

—Violet. No había oído hablar de ti. Es un nombre precioso. Yo soy Hilary.

Reprimo un resoplido. He pasado el tiempo suficiente con las antiguas novias de mis hermanos como para saber que un gesto es falso cuando lo veo y para reconocer el veneno cuando lo escucho en una voz.

Hilary no me ha engañado con esa muestra de educación.

Y por cómo Cole tensa los dedos alrededor de los míos, está claro que tampoco lo ha engañado a él.

Respondo a su risita falsa y burlona con una de mi propia cosecha.

—Qué gracia, porque yo sí he oído hablar mucho de ti.

No es verdad, pero la conjetura funciona.

Su rostro se vacía de expresión y mira hacia Cole como si buscara una señal para quedarse, pero no encuentra ninguna.

—Bueno, ha sido agradable verte de nuevo después de tanto tiempo.

Apoya la mano en el bíceps de Cole y quiero arrancársela.

Unos celos candentes trepan como náuseas por mi garganta y me inunda el autodesprecio al instante.

No tengo absolutamente ningún derecho sobre este hombre, pero aquí estoy, marcando territorio cuando alguien le toca el brazo con una familiaridad que envidio.

Patético .

Él asiente con gesto hosco y ella se da media vuelta y atraviesa la sala. Ambos miramos, tomados de la mano, cómo se va; se me revuelve el estómago con una profunda sensación de temor.

—Necesito aire fresco —grazno; miro hacia la puerta y salgo corriendo. O lo más cerca que puedo estar de correr con esta maldita férula. Estoy más que preparada para librarme de ella y volver a mi vida, a mi trabajo; a mi paz mental. Esta pausa está alterándome el cerebro.

Suspiro de alivio cuando aparecen ante mi vista las escaleras que salen de este edificio dejado de la mano de Dios. Necesito perderme ahí abajo, con el polvo, los ruidos y los apostadores que están bebiendo cerveza. Mi sitio no está en ese palco.

Doy la vuelta a la esquina y veo otras escaleras, pero no alcanzo a divisar la salida a lo lejos.

—Me alegro de encontrarte por aquí. —Patrick Cassel alarga las palabras con una sonrisa estúpida y engreída en el rostro.

Me quedo helada, pero levanto la barbilla y sigo caminando; la mejor forma de tratar a un niño que intenta llamar la atención es ignorarlo.

—Qué lástima lo de la escayola…

—Mmm —digo, manteniendo la vista fija en la puerta, en los pálidos rayos de sol que se derraman en el rellano, como un faro que me muestra por dónde puedo escapar tanto de Cole como de Patrick.

El brazo de Patrick sale disparado frente a mí y se agarra a la barandilla para bloquearme el paso.

—¿A qué viene tanta prisa?

—Aparta el brazo, Patrick.

Miro ese rostro bien cuidado, esos labios demasiado finos que se vuelven aún más desagradables por el gesto sarcástico.

—La mayoría de las chicas nuevas harían cualquier cosa por llamar mi atención. Y por progresar también…

Me guiña un ojo y se me pone la carne de gallina.

Soy muy consciente de toda la mierda que hay entre bambalinas: el sexo, las drogas.

El drama. Y eso es, en parte, por lo que prefiero esconderme en Ruby Creek Ranch.

No quiero estar todos los días en las pistas echándoles el lazo a los entrenadores. Me gusta mi burbuja.

—Aparta. El. Brazo.

—Podemos divertirnos un poco. Y así te dejaría más sitio la próxima vez que te adelante en una carrera.

Se me hace un nudo en la garganta. Una cosa es sospechar que me interceptó a propósito y otra muy distinta, escuchar la confirmación de sus labios.

Una voz amenazadora detrás de mí frena el curso de mis pensamientos.

—Nadie quiere follar contigo, Patrick. Ahora aparta el brazo antes de que te lo arranque.

Miro por encima del hombro y veo a Cole de pie en lo alto de las escaleras como un tenebroso ángel vengador.

Lo he visto de mal humor antes, pero ahora parece, sin más, letal.

Todos estos años han dibujado ese cuerpo firme que ahora se cierne sobre nosotros.

Está relajado, demasiado relajado, como si esa fuera su actitud natural.

Y Patrick, como el idiota que es, no se ha dado cuenta del peligro.

Se ríe.

—El hermano mayor de los Harding. Encantado de verte, amigo.

Ni siquiera me molesto en mirar hacia Patrick, sobre todo porque no puedo apartar la vista de Cole: da la impresión de querer arrancarle los miembros uno a uno, y esa perspectiva me resulta alarmantemente excitante.

Sé que se conocen por los negocios familiares; Cole hizo que montara a DD en su carrera de debut, y salió mal.

También sé que Cole no considera a Patrick un amigo.

—No somos amigos —rezonga Cole—. Eres un baboso hijo de puta al que me encantaría enseñarle una lección. Si te dolió el episodio con el látigo, no sabes lo que te espera. Lo que puedo hacerte.

Patrick, al que sin duda le falla el instinto de supervivencia, le hace un gesto de burla.

—Lo dudo mucho. No estarás preocupado de verdad por esta niñata del rancho, ¿verdad? Solo intentaba enseñarle cómo van las cosas por aquí. Hay atajos para abrirse camino, y Violet tiene que aprenderlos.

—Tócala y te mato. —El tono de Cole es gélido.

Patrick se limita a sonreír ante la amenaza.

Da un paso en mi dirección y me pone la mano en el hombro, como si yo fuera demasiado estúpida para entender lo que implica, como si fuera de lo más normal hablar de mí como si yo no estuviera delante.

Como si tocar a una mujer sin su permiso estuviera bien.

Por el rabillo del ojo veo que Cole se pone en marcha, pero no antes de que me atraviese una oleada de ira incontrolable.

Me he perdido la temporada de carreras gracias a este saco de mierda, y no puedo dominarme.

Lo hago a Patrick exactamente lo mismo que les hacía a los idiotas de mis hermanos cuando me incordiaban: le doy un rodillazo entre las piernas.

Y luego doy un paso atrás para ver cómo se dobla de dolor.

—Se lo merecía —dice Cole detrás de mí, sorprendido.

Posa la mano en mi hombro, pero me encojo bajo su contacto. Ahora mismo no quiero que nadie me toque. Estoy enfadada y asustada: acabo de librarme por los pelos de lo que podría haber sido una experiencia aterradora.

—¿Estás bien?

Me llevo una mano temblorosa al pecho: el corazón me palpita acelerado contra las costillas mientras lucho por recuperar el aliento.

—Deja que te ayude —dice con voz suave.

Pero no quiero que se acerque. No quiero que nadie me proteja, y menos él, porque eso me hace sentir algo que no debería. Y también quiero alejarme lo más rápido posible de Patrick.

—Estoy bien.

Rodeo a Patrick, que no deja de gemir, y voy hacia el rellano, desesperada por llegar a la puerta y marcharme de ahí como sea.

Lo peor es que, en el fondo, quiero que Cole me siga.