Ganar al límite (Gold Rush Ranch nº 2) 12 En el pasado #2
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12 En el pasado #2

Estaba convencida de que no le gustaba y de que la atracción que siento por él era unilateral, pero el bulto duro como una roca en sus pantalones contaba una historia muy distinta.

Soy incapaz de encajar al hombre frío y distante que conozco con el que me mostró anoche.

No tiene ningún sentido; las carcajadas, el modo en que las sonrisas se dibujaban con renuencia en la comisura de sus labios; cómo sus manos estrecharon mi cuerpo; cómo me derretí en sus brazos.

—Bang. Bang. Bang.

Al final, soy consciente del sonido. ¿Es la puerta?

Me levanto de la cama y me pongo la férula en la pierna.

Creo que ya no la necesito: el dolor ha desaparecido, así como la hinchazón, y solo quedan los restos amarillentos de los moratones.

Descuelgo la bata de la puerta y paso por la sala de estar hacia la entrada, con la esperanza de no encontrarme a Cole por el camino.

Cuando abro un poco —porque no voy vestida como para abrir del todo—, me encuentro con Billie, de pie en el porche delantero y con las manos cubriendo sus ojos como si llevara anteojeras.

—¿Qué haces?

—Abre la puerta, estrella del porno.

—Puf —resoplo, y echo la cabeza hacia atrás—. Solo fue una foto. ¡Una vez!

Empuja la puerta y entra, frenética, y casi tropieza en el proceso.

—Joder, déjame entrar. ¡Y cierra la puerta!

—¿Qué pasa? —pregunto, confusa.

—Estoy intentando no mirar a mi futuro cuñado. Tendrías que poner un letrero de neón en el camino de entrada si va a pasearse por ahí sin camisa. O usar señales de humo.

—Espera, ¿qué? —Es mi turno de tropezar al pasar junto a ella cuando vuelvo a la puerta.

Mierda. No estaba bromeando. Trago saliva y se me seca la boca.

Cole está junto al corral de Pipsqueak, descargando madera y montando caballetes, gloriosamente desnudo de cintura para arriba.

Su cuerpo brilla bajo la luz del sol. Hoy no llueve, pero el día es cálido, húmedo y bochornoso, y al parecer Cole es el típico cachas que luce los músculos al sol.

Y aunque todavía estoy muy confundida por lo de anoche, no pienso quejarme.

—¿Y por qué no se pone unos pantalones cortos y termina de alegrarme el día? Tengo entendido que un vaso de agua va de maravilla para refrescarse…

Miro por encima del hombro y veo a Billie apoyada contra la puerta.

—Pensaba que no querías mirar.

—Estoy comprometida con el amor de mi vida, no muerta.

Me río. Eso ha sido muy propio de Billie. Dejamos atrás la deliciosa obra de arte que trabaja en el jardín delantero y volvemos al interior de la casa.

—¿Qué crees que está haciendo? —pregunta, mirando por la ventana delantera.

Pongo los ojos en blanco y me dirijo a la cocina.

—Eres una pervertida.

—Lo sé. —Se acerca a la isla moviendo las cejas y se pone a hacer café como si esta también fuera su casa—. Ve a vestirte mientras preparo el café. No sé qué clase de comuna nudista de adictos al sexo por internet os habéis montado aquí, pero no quiero tener nada que ver con eso.

Me miro.

—Llevo una bata.

—¿Y debajo? —pregunta; pone en marcha el molinillo de café, y eso me interrumpe de forma muy efectiva.

Vale, ahí le ha dado. Doy media vuelta y me dirijo a mi dormitorio.

Me pongo unos pantalones cortos y una camiseta tan vieja y desgastada que casi es transparente.

El atuendo perfecto para un domingo perezoso, porque todo lo que tengo pensado hacer hoy es mimar a Pipsqueak y practicar algunos ejercicios sencillos con ella.

Para cuando me he cepillado los dientes y me he recogido el pelo en un moño, Billie ya tiene una taza de café lista para mí en la encimera.

—Bueno. —Me siento en un taburete y rodeo con las manos la vieja taza de arcilla—. ¿Para qué has venido? Aparte de para dar golpes en mi puerta y, por supuesto, para no mirar en absoluto al hermano de tu prometido.

Antes de que pueda responder, la puerta principal se abre de nuevo.

—¿Podemos tomar el café en el porche delantero?

Mira, nuestra veterinaria y el otro miembro de nuestro club de mujeres, entra como si fuera la dueña del lugar.

—Solo hemos venido para hacerle una visita a nuestra estrell…

—Billie —advierto, abriendo los ojos de par en par ante el apodo que ha estado a punto de soltar.

Tampoco es que me importe contárselo a Mira.

De hecho, habría sido una opción mejor en la que depositar mi confianza.

Es tranquila, serena y casi imposible de descifrar.

Me llevó bastante tiempo darme cuenta de lo agradable que era.

Con Mira es difícil saberlo, porque jamás muestra sus cartas.

Así que, sí, debería habérselo contado a ella.

—Ay, Vi, deberías ver las fotos que le estoy mandando a Vaughn.

Cierro los ojos y dejo escapar un suspiro dramático.

—¡Billie!

Mira, con su cabello negro brillante y sus despiertos ojos almendrados, y con una sonrisa en los labios, enarca una ceja y se sirve una taza de café antes de cambiar radicalmente de tema.

—¿Qué tal Pipsqueak, Vi?

Suspiro. Estoy convencida de que me salen corazoncitos de los ojos.

—Es genial. La mejor. Y justo lo que necesitaba. —Miro a Billie y añado—: Gracias.

Posa la mano en mi hombro y me da un apretón firme.

—Ni lo menciones.

Billie siempre da la impresión de ser una bromista despreocupada, pero hay que ser muy tonto para no ver lo enorme que es su corazón. Sabía muy bien lo que hacía cuando me trajo a la potra.

—Vendré a verla un par de veces cuando la pongas en marcha. Asegúrate de que está bien, sin dolor ni problemas respiratorios.

Asiento y le doy un sorbo al café. Mira vuelve junto a la ventana delantera.

—Ven a las carreras esta noche. Tienes que salir y relacionarte con humanos, no solo con el cyborg con el que vives.

—No es tan malo —espeto, un poco más a la defensiva de lo que pretendía.

Billie retrocede un paso y las comisuras de sus labios se elevan un poco.

—Vale —murmura—. Eso está bien, porque vas a tener que dar una vueltecita con él hoy. Mira y yo nos vamos a la primera carrera cuando salgamos de aquí.

Miro hacia mi taza de café, intentando ocultar el rubor que se extiende por mis mejillas. Odio la facilidad con la que me sonrojo, es demasiado evidente. No puedo ni mentir porque me pongo colorada como una adolescente en un abrir y cerrar de ojos.

Mira ladea la cabeza sin apartar la vista de la ventana.

—Creo que está construyendo un refugio para tu caballo.

—¡¿Qué?! Ni de broma —exclamo.

Y no quiero mirar, porque, si tiene razón, Cole Harding me dejará más confundida de lo que ya estoy.

Billie corretea junto a Mira para mirar por la ventana también. Parecen dos viejas cotillas contemplando al tío cachas de la piscina.

—Sí. Está en el corral. Vi, ven a ver.

Se me bloquean todas las articulaciones y soy incapaz de encontrarle sentido a todo esto.

Cole odia a los caballos. No haría eso por Pipsqueak.

Si ni siquiera fue capaz de entender por qué anoche quería buscarle una manta…

¿Por qué iba a ir a por madera y a pasar su tiempo libre construyéndole un refugio?

—Ay, nos ha pillado.

—¿Cómo lo sabes? —pregunta Mira; pero ninguna de las dos se aparta. No tienen vergüenza.

—¿Que cómo lo sé? —Billie señala la ventana—. Porque nos está frunciendo el ceño.

—Ah, vale. Es que no lo estaba mirando a la cara. —Mira lo saluda con la mano, como si todo esto fuera perfectamente normal.

—Chicas —protesto—. Es hora de irse. ¡Fuera!

Voy hasta la puerta principal y la abro.

Ellas no discuten: Billie se ríe y Mira me guiña un ojo con complicidad.

Cabronas.

Me tienen calada.

—¿Te veo esta noche? —pregunta Billie, dándome un abrazo de oso.

—Sí, sí, allí estaré —contesto.

Salen en fila, como niñas pequeñas pilladas en falta.

Billie mantiene la cabeza agachada cuando va hacia su camioneta, pero Mira le da un repaso minucioso a Cole con la mirada y se vuelve para sonreírme por encima del hombro y mostrarme los pulgares hacia arriba.

Pongo los ojos en blanco… y me sonrojo.

Cuando se van, por fin le echo un vistazo a Cole desde el porche delantero.

Mi corazón se salta un latido cuando lo veo agacharse entre los postes con un taladro en la mano.

Es como estar viendo una película porno de obreros de la construcción.

Y que Pipsqueak lo siga tan feliz es solo la guinda del pastel.

Cuando se detiene para revisar el taladro, la pequeña potra pasa el cuello por su costado y lo olfatea.

Él le rasca distraídamente bajo la quijada y yo casi implosiono. ¿Hay algo mejor que un tío bueno con un caballo? Cole camina hacia los tablones y la potra lo sigue, mirándolo como si pudiera aprender a construir un refugio si se concentra lo suficiente.

—¿Qué haces, chica? —murmura; se agacha y no puedo reprimir el sonido estrangulado que sale de mi garganta.

Que no ha debido de ser muy disimulado porque Pipsqueak lo escucha y alza la cabeza en mi dirección con un relincho ensordecedor. Pequeña traidora. Ese saludo tan característico me ha dejado en evidencia. Cole se levanta y me mira por encima de su hombro musculoso con esos ojazos grises.

—¡Hola! —exclamo, un poco demasiado alto.

No tengo ni idea de cómo debería comportarme.

Mis relaciones han sido bastante raras a lo largo de los años, y más desde que dejé a mi autoritario padre y a mis hermanos, pero nada parecido a lo que quiera que sea esto.

Lo que quiera que fuera lo de anoche. Una simple mirada de ese hombre podría hacerme estallar en llamas.

—¿Qué hay? —dice, cauteloso.

Mi primer impulso es salir corriendo y esconderme dentro de la casa, pero no es así como actúa mi nuevo yo; no es así como un adulto gestionaría esta situación.

Finge hasta que lo consigas.

Me obligo a caminar hacia él y me obligo aún más a evitar que mi mirada deambule por su cuerpo. A ver, ¿en serio? El tío es puro músculo, así que es difícil no mirarlo. Supongo que eso es lo que se consigue cuando te ejercitas varias veces al día.

Cuando llego a la valla, me acodo sobre ella.

—¿Qué haces?

Con una mano en la cadera, levanta el taladro hacia mí como si acabara de hacerle la pregunta más obvia del mundo.

—Estoy construyendo un refugio.

Frunzo el ceño cuando le escucho confirmar lo que Billie ha supuesto.

—Pensé que odiabas a los caballos.

—No odio a los caballos.

Pippy resopla y pestañea hacia él. Otra que ha caído rendida a los encantos de Cole.

—Bueno, dijiste que no te gustaban los caballos.

—Sí. —Me da la espalda con un gruñido y se agacha para alinear dos tablas—. Pero me gustas tú.

Y luego sigue trabajando en silencio mientras que yo me quedo ahí, mirándolo estupefacta.