Ganar al límite (Gold Rush Ranch nº 2) 12 En el pasado
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12 En el pasado

Violet

Chica_de_Púrpura: ¿Gatos o perros?

Pero esta noche me he ventilado una botella de vino yo solita y quiero hablar con alguien. El caos se ha apoderado del rancho y acaban de contratar a una nueva entrenadora que es increíble. He intentado ser guay, pero estoy segura de que le he parecido callada y rara.

Pero estoy emocionada porque así mis días van a ser mucho menos solitarios.

El teléfono suena y lo miro.

Buscadordeoro85: Conejitos.

Me arden las mejillas. De vez en cuando dice algo que suena sexual, algo que me hace apretar los muslos y desear que fuéramos algo más que avatares. Me pregunto cómo suena su voz, cómo son sus gestos, si tiene acento o de qué color son sus ojos. Y si también hace esto con otras mujeres.

Esa idea me hace sentir una incómoda punzada en el pecho.

Paso un montón de tiempo imaginándome la apariencia de Buscadordeoro85, intentando descifrar el puzle que es con las pocas piezas que me ofrece. Pero sobre todo me imagino sus músculos.

Todos los hombres con los que he estado eran larguiruchos y juveniles, pero, teniendo en cuenta la foto que me mandó, ese no es su caso. He tenido novios agradables. He disfrutado de agradables sesiones de sexo.

Pero estoy harta de lo agradable. Lo que quiero de verdad es alguien que me trate con rudeza; quiero tachar de mi lista lo de sentirme consumida por la lujuria.

Chica_de_Púrpura: Vaya. Nunca lo habría adivinado. ¿Y cuántos conejitos tienes?

Buscadordeoro85: Uno. Soy hombre de un solo conejito.

Chica_de_Púrpura: ¿En serio? ¿Y cómo se llama?

Buscadordeoro85: No estoy seguro. Pero le queda genial el púrpura.

Chica_de_Púrpura: Vale, perdona, vamos a dejar las insinuaciones. ¿Intentas decirme que soy la única mujer con la que chateas así?

Buscadordeoro85: Sí.

Chica_de_Púrpura: ¿Por qué?

Buscadordeoro85: Porque hablar contigo ocupa todo mi tiempo libre.

Leo esa frase una y otra vez. Si fuera otra persona, me sonaría dulce, pero viniendo de él…, bueno, no puedo evitar sonreír y ahogar la risa con un trago de vino. Le gusto a Buscadordeoro85.

En la actualidad

Se echa más hacia mí; los goterones de lluvia caen por su masculino rostro y desliza sus ojos grises rodeados de espesas pestañas hasta mi boca.

Parece enfadado, como si todo su cuerpo estuviera en tensión.

Es como un depredador al acecho, listo para atacar.

Pero jamás le he tenido miedo , y no voy a empezar ahora.

Sigo divagando para llenar el silencio.

—No te preocupes. Ya lo he hablado también con Billie. No tengo por qué gustarle a todo el mundo, no pasa nada.

Me muevo para que pueda alzarme en brazos como ya lo ha hecho antes, como él quiere. Pero me levanta más la pierna y me lleva hacia él, y no me resisto: somos como dos polos opuestos de un imán que no pueden evitar atraerse.

Apenas puedo rodearle la cintura con los muslos. Cuando estoy a punto de perder el equilibrio —o de desmayarme, no estoy segura—, suelto el tirador y la palma de mi mano aterriza en el medio de su pecho firme.

Alza una mano, me agarra la barbilla y la acaricia con el pulgar. La mirada de esos ojos grises me mantiene congelada en mi sitio. Está tan cerca que puedo sentir su aliento rozándome el cuello. Su colonia me envuelve como un manto reconfortante: especias, canela y calidez.

—No eres una molestia —dice en voz ronca, baja, como un gruñido—. Y si hay alguien a quien no le gustes, es idiota. ¿Entendido?

Asiento, asfixiada por su cercanía, por sus palabras, por su presencia abrumadora y el modo en que me agarra el muslo.

Me aferro a la tela de su camiseta para que no se aleje. Quiero sentirlo más cerca. Incluso después de lo que pasó.

Alzo la cara hacia él y veo cómo las sombras juegan con sus rasgos.

La luz de los faros resalta todos los ángulos y las líneas de su rostro; tensa la mandíbula y sigue ahí, congelado, sin moverse, sin apartar los ojos de mí.

Pero algo ha cambiado en esa mirada. No sé qué ha sido, pero algo es diferente, quizás un reflejo del deseo que muestran mis propios ojos.

Porque sería idiota si no reconociera que deseo a Cole Harding.

Llevo años deseándolo, incluso antes de saber cómo era su apariencia, cuando solo era un avatar sin rostro que le ofrecía su compañía a una mujer solitaria.

El amigo que necesitaba para encontrar mi lugar en el mundo.

La mano que me dio el empujón que me hacía falta para valerme por mí misma.

—Vale… —Parpadeo una sola vez porque no quiero dejar de contemplarlo, y me alegro de haber abierto los ojos a tiempo para ver cómo su mirada pétrea se derrite como lava cuando aparta el pulgar de mi barbilla y lo pasa por mi labio inferior con un gesto posesivo.

El sonido que retumba en su pecho es como una corriente eléctrica que recorre mi cuerpo: se me pone la piel de gallina y soy consciente de cada milímetro de mi piel.

Envalentonada por su caricia, levanto mi propia mano y la paso por la cicatriz que recorre su frente.

Dibujo el contorno desigual y él inspira hondo al sentir cómo paseo los dedos por esa línea, deleitándome con la sensación de su piel bajo los dedos, de sus manos sobre mi cuerpo.

Le rodeo la cintura con una pierna y nuestros cuerpos se alinean de forma casi perfecta.

La lluvia repiquetea a nuestro alrededor y nos hemos congelado en el tiempo dentro de nuestra pequeña burbuja de curiosidad.

Porque justo eso es lo que veo en su rostro ahora mismo.

Me crezco, lo agarro de la camiseta y tiro de él hacia mí; quiero sentir su dureza contra mis finos pantalones. Suspiro, y él gime y pasa el pulgar otra vez por mi labio.

Dios, cómo me gusta.

Levanto la pierna buena y también le rodeo la cintura con ella.

Quiero sentirlo más cerca; nuestros alientos se entremezclan silenciosos en el aire frío y húmedo.

Sus ojos me devoran y la confusión se apodera de su rostro.

Ni siquiera quiero pensar en la expresión del mío cuando me levanta más la pierna y se empuja contra el vértice de mis muslos.

Parpadeo como si estuviera borracha. Pura lujuria.

Deslizo la otra pierna por la parte posterior de la suya, y me restriego contra él, que se balancea entre mis muslos. Pero al cabo de un instante se queda congelado y da un brusco paso atrás, con el brazo extendido, jadeante; el vapor de su aliento flota en el aire nocturno.

Quiero abalanzarme de nuevo hacia él, rogarle que siga. Pero sé que Cole no es la clase de hombre que se doblega. Es complicado y sigue sus propias reglas, unas que no quebranta jamás.

—Lo siento. —Su voz se quiebra cuando se aparta con suavidad y deja caer las manos temblorosas a sus costados.

¿Lo siento?

Las llamas que habíamos encendido se apagan y me quedo paralizada. Ya he vivido esto antes. Es tan típico de él… Tan típico de mí dejarme llevar por lo que me provoca, ver algo donde no lo hay…

Mis mejillas se tiñen de un rojo brillante y ni siquiera puedo mirarlo.

Agradezco en silencio la oscuridad de la noche y me vuelvo hacia el corral de Pipsqueak.

Y la potra relincha como si supiera que debe interrumpir este momento.

Es un sonido prolongado, fuerte y estridente, como una alarma que nos hace saltar a ambos.

—¿Puedo llevarme tu camioneta?

Cole niega la cabeza como intentando despejarse y seguir el ritmo de la conversación.

—¿Para qué?

—Tengo que ir corriendo al establo y coger una manta para la lluvia. Se está empapando sin ella. Y ni siquiera tiene dónde refugiarse.

Retrocede rápidamente, aumentando la distancia entre nosotros, y mira a la pequeña potra.

—Los caballos han sobrevivido siglos sin impermeables.

Me siento frustrada y avergonzada por lo que acaba de pasar entre nosotros y tengo que alejarme de él cuanto antes.

—¿Puedes echarme una puta mano en lugar de decirme lo que tengo que hacer?

Es su turno de mirarme con los ojos como platos. La palabra con pe siempre funciona. Cuando no dices muchos tacos, soltar uno solo impacta.

Me tiende las llaves, mortificado y bastante sorprendido. Bien . Las cojo y me alejo hacia el otro lado de la camioneta; Cole se queda inmóvil detrás de mí.

—Conduce con cuidado, por favor. —Su voz suena ronca y su tono, suplicante.

Resoplo y voy hasta la puerta del conductor.

Las piernas me funcionan, pero la cabeza me da vueltas.

Me siento como esa noche en la casa de Billie: solo quiero largarme.

Y mi nuevo caballo necesita una manta. Arranco la camioneta y salgo por el camino de entrada; apenas le echo un vistazo a Cole cuando paso por donde está aún, como una estatua bajo la lluvia.

Parece confuso, pero no me importa lo más mínimo: necesito mi puto espacio.

—Bang. Bang. Bang.

Abro los ojos y miro el reloj. Son las diez de la mañana y fuera hace sol.

No suelo dormir tanto, pero ayer pasé bastante tiempo escondida en el rancho para intentar controlarme, y después regresé a casa y pasé el rato con Pipsqueak, que ahora está al tanto de algunos de mis más profundos y oscuros secretos, como que todavía tengo a Cole grabado a fuego en la piel.

En cuanto encontré una manta para la lluvia lo bastante pequeña, conduje de regreso a casa, con el pie izquierdo como lo tengo. Aunque me las apañé bastante bien en ese recorrido corto y lento, no es algo que me apetezca convertir en un hábito.

Me quedé sentada encima de la cerca con Pippy al lado, bajo la lluvia, hasta que me calé hasta los huesos y me cogió el frío.

La potra apoyó la cabeza en mi regazo como el perro que obviamente cree que es y dejó que le trenzara las crines.

Fue la mejor compañía que podía desear mientras lidiaba con lo que fuera que pasó entre Cole y yo anoche, bajo la lluvia.