Ganar al límite (Gold Rush Ranch nº 2) 11 En el pasado #3
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11 En el pasado #3

De vez en cuando quedo con mi madre para tomar un café, pero siempre me parece que lo hace para tranquilizar su conciencia culpable y no para pasar el rato conmigo.

Aunque quedo con ella de todos modos. A Vaughn no paraba de concertarle citas con las mujeres perfectas del club de campo y a mí me tocaba pasar un rato incómodo tomando café con ella.

Desde mi punto de vista, me llevé la mejor parte.

Cuando mi padre murió, ella perdió el norte y se ahogó en el fondo de una copa de martini durante algún tiempo, o al menos eso me contaron.

Está claro que no se ha perdonado a sí misma, y yo no estaba ahí para apoyarla.

Tan pronto como pude, llevé a mi novia al altar porque me parecía que era lo correcto, y después me alisté en el Ejército para escapar de toda esa situación de mierda.

Durante doce años me mantuve a salvo e ileso, hasta el último mes de mi último servicio.

Y pasé de vivir anestesiado a la nada. Encefalograma plano. Pero esta noche me he sentido como si mi corazón hubiera vuelto a latir, como no fuera una causa perdida.

—Gracias —murmura Violet—. Ha sido divertido.

—Sí que lo ha sido.

Esboza una sonrisa tímida y su mirada se pierde en la distancia. Me pregunto a quién más le dedica esas sonrisas cuando yo no estoy y, de pronto, siento unos celos irracionales que me obligan a soltar lo que estoy pensando.

—Bonitas flores las que te han traído hoy…

Lamento esas palabras en cuanto escapan de mis labios. Que alguien le regale flores no es asunto mío. Y no tengo ningún derecho a ponerme celoso. Pero mentiría si dijera que pensar en eso no me ha estado incordiando toda la noche.

Frunce los labios como si intentara impedir que su sonrisa se amplíe.

—Sí, Hank es un amor.

—¿Hank? —Vale, ahora sí que he quedado como un pirado. Un viejo amigo de la familia le lleva flores y yo me porto como un imbécil posesivo.

—Mmm —responde sin más. Pero puedo escuchar la diversión en su voz. Como si hubiera interpretado mi comentario a la perfección.

Me aferro al volante y nos envuelve un silencio incómodo.

En ese diminuto y lúgubre pub la conversación ha fluido sin problemas, rodeados por el murmullo de los clientes habituales en la hora feliz y de la música que manaba de unos altavoces baratos.

Pero ahora, en la camioneta, se palpa la tensión de las palabras no pronunciadas.

Este escenario es demasiado íntimo. Demasiado oscuro. Demasiado.

Asiento y me mantengo en silencio mientras viajamos por las oscuras carreteras secundarias de regreso al rancho. Cuando aparco junto a la casa, miro a Violet con intención y ella pone los ojos en blanco, pero no intenta bajar de la camioneta sin mi ayuda.

Cierro la puerta de golpe y me recibe desde el corral el relincho de la yegua marrón, que ahora mismo parece una rata mojada. Una rata mojada y feliz, con las orejas hacia delante.

Lo ignoro y rodeo a toda prisa la parte delantera de la camioneta para abrir la puerta del copiloto y sacar a Violet antes de empaparme por completo.

La lluvia repiquetea sobre mis hombros cuando la miro en la oscuridad de la cabina.

Las gotas aguijonean mi piel y ella me mira de reojo, dubitativa, como si no quisiera enfrentarse a mí.

Sus ojos azules se oscurecen bajo esa luz tan escasa hasta volverse de un tono índigo, y el brillo de su cabello parece más dorado. Se pasa la lengua por la comisura de sus labios bien formados y yo sigo el movimiento con avidez.

Nos quedamos en el limbo: ella en el calor seco de la camioneta, y yo fuera, bajo la lluvia, embebiéndome de su imagen, sediento, como si fuera agua fresca tras atravesar un desierto.

Todo mi cuerpo late al ritmo de mi corazón cuando ella se gira despacio hacia mí, con una mano en el tirador y otra en el borde del asiento, y levanta la férula con cuidado.

Paso una mano sobre la pierna lesionada y deslizo la palma bajo su rodilla para acercarla, y ella se estremece como si tuviera frío. Vuelvo a enfocar la mirada en su cara.

—¿Tienes…?

—Gracias —me interrumpe—. Gracias por esta noche. Sé que no te gusto, pero me lo he pasado muy bien contigo.

Inspiro hondo y mi pecho se llena de autodesprecio. Mis rodillas chocan con la camioneta y ella envuelve los esbeltos muslos alrededor de mi cintura. Hundo los dedos en sus corvas.

—¿Por qué crees que no me gustas?

Violet se concentra en el caballo para esquivar mi mirada.

—Yo… Yo… —tartamudea. El aire escapa con brusquedad de sus pulmones, a través de esa boca en forma de corazón que no deja de distraerme—.

¿Porque te hice ghosting ? ¿Porque me he metido en tu casa y en tu vida?

No soy tonta, sé que estoy invadiendo tu intimidad y que eso no te gusta.

Sé que yo no te gusto. Soy una molestia.

Y, ¿sabes?, ahí está la cuestión. No debería importarme. Pero me importa.

No sé si reír o llorar ante lo absurdo de la situación. ¿Cree que no me gusta? Si supiera lo que se me pasa por la cabeza cuando me acerco a ella…