Ganar al límite (Gold Rush Ranch nº 2) 11 En el pasado #2
39%

11 En el pasado #2

Pero no le doy las gracias. Me limito a negar con la cabeza.

—Toma un trago —dice con los ojos brillantes.

—La cerveza engorda.

Violet suelta un fuerte resoplido muy impropio de una dama. No tenía ni idea de que alguien tan pequeño y delicado pudiera hacer un ruido tan vulgar. El rubor asciende hasta su rostro, se tapa la boca con las palmas de las manos y estalla en risas.

La miro intentando fingir indiferencia, pero la verdad es que su risa es contagiosa. Y es tan hermosa que duele mirarla.

—Creo que tus abdominales sobrevivirán para luchar otro día.

Cuando se da cuenta de lo que ha dicho, se lleva las manos a la boca otra vez y se le ponen los ojos como platos. Parece mortificada.

Y no puedo evitarlo. Me río. Una auténtica carcajada que se me escapa como si fuera un animal salvaje que ha estado demasiado tiempo enjaulado; como un caballo de carreras al salir disparado por la puerta.

Su rostro pasa de la vergüenza al puro júbilo, y su mirada me calienta por dentro como una chispa que prende sobre la hierba seca y se convierte en llamas que abrasan la tierra árida. Un incendio forestal rápido y fuera de control. Y eso es peligroso.

La camarera regresa por fin. Cualquiera diría que el local estaba lleno y ella ha tenido que ir a buscar el agua al mismísimo Ruby Creek. Le tiende la cerveza negra cargada de espuma a Violet, que enarca una ceja en mi dirección.

—Yo… —Puaj. ¿En serio voy a meterme en esto?—. Ponme otra a mí.

Mañana haré el doble de ejercicio.

Casi no siento la mano de la camarera en mi hombro. El contacto físico no solicitado es algo que suele molestarme, pero en este momento, mirando a la mujer que está frente a mí, apenas me doy cuenta.

—Ahora mismo, cariño —le escucho decir vagamente.

Violet frunce los labios con tanta fuerza que deben de dolerle.

Aunque no parece que sienta dolor, lo que parece es que va a estallar en carcajadas de un momento a otro.

Tiene el mismo aspecto que el día en que ganó el Denman Derby: feliz.

Y por una vez no quiero echarlo a perder; no quiero revolcarme en mi propia mierda.

Solo quiero disfrutar. Pero no demasiado.

—¿Qué? El agua de este pueblo es tóxica. ¿Es que no la has olido? —digo; Violet se muerde el labio inferior y sacude la cabeza—. Y solo voy a tomar una —insisto. Ella asiente—. ¡¿Qué?!

—Una mujer podría tirarte las bragas a la cara y ni aun así lo pillarías, ¿verdad?

Me echo hacia atrás. ¿Por qué iba una mujer a querer tirarme las bragas a la cara?

Ella se lleva la cerveza a los labios, sonriendo con complicidad sobre su cima de espuma cremosa.

—La camarera. Le gustas. ¿No te has dado cuenta?

Miro por encima de la cabeza de Violet y, sí, la chica no me quita ojo mientras el camarero deja la Guinness es su bandeja. No me he dado cuenta porque llevo dos años obsesionado con la misma mujer.

Enderezo los hombros y me siento más recto, incómodo.

—No creo —digo. Las miradas, incluso las apreciativas, me agobian. Me aterroriza pensar que alguien puede mirarme con atención y descubrir todo lo que escondo.

«No eres la mitad de hombre que eras cuando te fuiste», me dijo Hilary esa noche, y esa frase se me quedó grabada y fue la causante de que decidiera ocultarme.

Y no doy crédito cuando la chica me deja la cerveza, me guiña un ojo y me da un golpecito en la mano antes de marcharse.

—A las mujeres nunca les gusto —protesto, clavando la vista en la alfombra.

Violet se recuesta en la silla con el ceño fruncido.

—A ella sí.

—Qué va. Soy demasiado viejo.

—No lo eres —resopla.

Levanto la mirada por fin y me encojo de hombros.

—Soy al menos diez años mayor que ella.

—Eres diez años mayor que yo.

—¿Y? —Doy un sorbo a la malteada cerveza negra y suspiro. Está la leche de buena. Ni me acuerdo de la última vez que disfruté de una cerveza sin preocuparme por cuidar mi cuerpo.

—Conmigo no te importó…

Me quedo congelado y dejo la pinta sobre la mesa. No tengo demasiada experiencia con los sentimientos de las mujeres, pero sé reconocer un campo de minas cuando lo tengo delante.

—Eso fue…

Ella me interrumpe con un gesto de la mano.

—No importa. ¿Cómo va el trabajo?

Trabajo. Puedo hablar de trabajo.

—Es una mierda. Hemos comprado una empresa llena de putos idiotas.

—Siempre positivo, ¿eh? —se burla—. Y, por cierto, dices aún más tacos que Billie.

Apoya el pie sano sobre la silla, con la rodilla doblada. La mayoría de la gente no se muestra tan relajada en mi presencia.

Dejo escapar un gemido, me rasco la barba y doy un largo trago a la cerveza.

—En el ejército se dicen un montón de tacos, Violet.

Por eso Vaughn es la cara radiante y feliz de la empresa familiar.

—Giro el vaso entre mis manos—. Y sobre la nueva empresa…

Está patas arriba. Las cuentas son un desastre; la seguridad es terrorífica de cojones; nadie sabe lo que hace…

Está claro por qué nos la vendieron a precio de saldo.

Ella se encoge de hombros.

—Estoy segura de que lo arreglarás.

Un músculo se crispa en mi mejilla.

—¿Cómo puedes estar tan segura?

—No sé. No me pareces de los que se rinden.

Mi mente se acelera intentando descifrar lo que ha querido decir con esa frase.

¿Hasta dónde sabe? Quizá vio los últimos mensajes que le dejé, los que intenté borrar pero la dichosa aplicación no me lo permitió; los que envié cuando me di cuenta de que no iba a volver, que yo la había jodido a lo grande.

Quise enfadarme con Chica de Púrpura por hacerme ghosting, pero la verdad es que no podía culparla.

Yo también me habría abandonado.

Me aclaro la garganta. No tengo ninguna intención de bajar por esa madriguera de conejo durante lo que de otro modo habría sido una charla de lo más agradable.

Y tampoco quiero pensar en el ramo que había sobre la encimera de la cocina, que le habrá llevado cualquier imbécil que ha querido portarse bien con ella, no como yo, que lo único que he hecho ha sido actuar como un gruñón insoportable.

La verdad es que no tengo ni idea de cómo tratar a Violet, de cómo gestionar las emociones que me despierta; no sé cómo evitar ponerme duro ni que mi lado posesivo salga a relucir.

Así que vuelvo al tema del trabajo: el mejor —aparte de hablar del tiempo— para bajar una erección.

—¿Y qué hay de ti? ¿Qué planes tiene nuestra jockey favorita?

A modo de respuesta, Violet mira a su alrededor, y me pregunto si quizá no me ha escuchado. Creo que la música country no está tan alta.

—No lo sé. —Se lame el labio inferior y por fin me mira.

Todo su cuerpo se estremece con el suspiro que sale de sus labios—.

Estoy bastante enfadada, ¿sabes? La temporada pasada fue un sueño hecho realidad; como si me hubiera dado de bruces con la oportunidad de mi vida. Billie. DD. Hank. Todo fue… perfecto.

Asiento. Recuerdo un momento en que mi vida era igual: la familia perfecta, la novia perfecta —según todos los demás—, mi futuro grabado en piedra y pavimentado en oro. Y luego mi padre murió y todo se fue a la mierda. Me rendí.

—Pero sigo pensando que tengo que ponerme a prueba.

—Se señala la pierna—. Está claro que a los demás jockeys no les gusto.

Me hice con esas victorias, pero no me las gané.

Y quiero ganármelas. No quiero que me conduzcan hacia la cima del éxito en palmitas.

Toda mi vida me han tratado así, y ahora lo que quiero es pelear y salir reforzada de la lucha.

Quiero demostrar que puedo superar esto y seguir siendo la mejor.

Por mí, porque necesito saber que puedo hacerlo.

Hasta este momento mi éxito ha sido… —su rostro se contrae y sus ojos se pierden en la distancia mientras busca la palabra— incompleto.

Y ahora voy a quedarme atrás, voy a perder la forma física y horas en el ruedo.

Se le hunden los hombros y mira la cerveza como si quisiera ahogarse en ella.

—Puedo ayudarte a hacer ejercicio.

Levanta la cabeza de golpe.

—¿En serio?

—Claro. —Es una oferta que no debería haber hecho, pero no puedo soportar que se deprima así por un gilipollas como Patrick Cassel—. Hay un montón de cosas que puedes hacer sin necesidad de usar la pierna.

Parpadea en mi dirección, incrédula, como si pensara que soy una especie de visión. La verdad es que yo tampoco termino de creérmelo.

—Vale —suspira.

—Patrick va a pagar por lo que ha hecho.

Violet pone los ojos en blanco.

—Eso es lo que dice Billie. Ahora mismo lo están investigando, pero ¿qué más da? Él sigue cabalgando y yo estoy aquí, haciendo… —sacude una mano encima de la mesa— esto.

Mis labios dibujan una sonrisa, que cada vez me sale de forma más natural. Doy un par de golpecitos en la mesa con los dedos, me reclino con la pinta en la mano y me encojo de hombros.

—Esto no está tan mal.

Cuando salimos del pub, ha oscurecido y llueve a cántaros.

—Espera aquí —le digo a Violet; me encojo y corro hacia la camioneta.

No hace falta que nos empapemos los dos. Entro de un salto, giro la llave y escucho el rugido del motor. Conduzco hacia la puerta principal para recoger a Violet, que parece confundida.

Se incorpora con torpeza y se limpia una gota de lluvia de la punta de la nariz.

—No tenías por qué hacerlo.

Me encojo de hombros cuando nos alejamos del pub .

—Lo sé.

Pero estoy de buen humor y quería hacerlo.

Me ha sorprendido lo bien que lo he pasado esta noche.

Incluso he comido alitas de pollo en ese establecimiento más que cuestionable.

A lo mejor me sientan fatal, pero debo admitir que sabían bastante bien.

Ya hacía mucho que no salía a tomar una copa.

Casi nadie me llama para quedar, pero también es verdad que no acepto ninguna invitación.