11 En el pasado
Cole
Niego con la cabeza: hasta aquí ha llegado mi lamentable intento de iniciar una conversación. Llevamos hablando varios meses, y soy consciente de que ella ha cargado con el peso de la charla. La verdad, no tengo ni idea de por qué sigue aquí.
No le doy casi nada, pero ella lo intenta una y otra vez. La mayoría de la gente tiene amigos porque disfrutan de su compañía, pero yo tengo esta amiga porque soy consciente de que se merece algo mejor, y eso me recuerda lo patético que soy. Soy un puto masoquista y ni siquiera puedo parar.
Cuanto más alegre y dulce es ella, más me siento como una mierda. Pero no puedo apartarme. Vivo en la oscuridad y ella es el rayo de luz que me ilumina. Soy un puto codicioso.
Chica_de_Púrpura: No. Me mudé para alejarme de ellos.
No quiero entrometerme, pero eso ha sonado fatal, así que me decanto por la ambigüedad.
Buscadordeoro85: Uf.
Chica_de_Púrpura: Ja, ja. Eso ha sonado mal.
A ver, adoro a mi padre y a mis hermanos, y ellos a mí, solo que…
un poco demasiado. Son demasiado protectores.
¿Y en un pueblo pequeño? Ni te cuento. No podía dar un paso en falso o siquiera llegar tarde.
Y conseguir una cita era horrible: se entrometían continuamente, incluso cuando ya tenía edad suficiente como para valerme solita.
Así que tuve que marcharme. Nuevo comienzo.
Nueva yo. Mostrarme desnuda en internet fue un gran paso para mí, por estúpido que suene.
Si llegaran a enterarse, pondrían el grito en el cielo .
Pero aun así lo hice. Una vez. Fue suficiente.
Buscadordeoro85: Demostraste que podías hacerlo.
Chica_de_Púrpura: Algo así.
Buscadordeoro85: ¿Y qué hay de tu madre?
Se toma unos minutos para responder, aunque sé que ha visto el mensaje.
Chica_de_Púrpura: Murió al tenerme.
Es por eso que no suelo intentar mantene r una conversación.
¿Qué coño se supone que debo responder a eso?
Mis pulgares se detienen sobre la pantalla del teléfono y se me acelera el corazón, que late con fuerza contra mis costillas.
Sé muy bien lo que se siente al morir uno de tus padres, pero me conformo con lo más patético que se me ocurre.
Buscadordeoro85: Lo siento.
Chica_de_Púrpura: No, no lo sientas. La gente se siente incómoda cuando lo digo, pero la verdad es que no puedo echar de menos lo que nunca he tenido. Tuve una buena infancia y me sentí muy querida. Y sigue siendo así.
Es tan comunicativa y sincera que de pronto siento la necesidad de hablarle de mi padre, de ese día.
De cómo todo fue cuesta abajo desde que ocurrió.
Sería genial poder sacarme eso del pecho, soltar todo lo que se ha enquistado, lo que se me ha quedado clavado, como cuando quieres tragar una pastilla y se te queda atascada en la garganta.
Pero no voy a hacerlo.
Nadie quiere oír hablar de esas mierdas, y yo no quiero asustarla.
En la actualidad
Este lugar es aterrador. Y mira que he visto cosas aterradoras, pero el Neighbor’s Pub está muy cerca de encabezar la lista.
¿Quién pone alfombras en un pub ? Miro mis pies cuando entramos en el oscuro local porque juraría que puedo sentir cómo se quedan pegados a la alfombra con cada paso que doy.
Miro por encima de mi hombro para asegurarme de que Violet no se ha quedado pegada del todo al suelo.
En lugar del ceño fruncido que esperaba encontrarme, una pequeña sonrisa adorna sus labios mientras mira a su alrededor.
Con el cabello plateado recogido en lo que parece un nido de pájaros y su pequeño cuerpo envuelto por un jersey de color crema demasiado grande, es demasiado deslumbrante para este basurero.
Aunque, a juzgar por la expresión de su rostro, ella no piensa lo mismo.
—¿Dónde quieres sentarte? —pregunto, mirando las mesas de madera oscura con recelo.
—Sigue adelante. Hay una mesa en la parte de atrás, junto a la chimenea.
Damos unos cuantos pasos y aparece ante nosotros una mesita pequeña y redonda, con dos sillas de madera que no hacen juego y una lámpara de cristal emplomado verde y marrón de muy mal gusto que cuelga sobre ella.
Suelto una carcajada incrédula.
—A Trixie le encantaría este sitio.
—¿Quién es Trixie? —pregunta Violet, deteniéndose junto a mí.
—Mi terapeuta —suelto antes de poder pensar en lo que digo. Joder . ¿Desde cuándo soy tan comunicativo? ¿Qué más se me va a escapar delante de Violet? Me siento cómodo con ella, y eso puede acabar mal.
—Bonito nombre. Me gusta —dice alegremente: se adelanta y coge la silla que mira hacia la puerta principal.
¿Eso es todo? ¿Sin preguntas ni interrogatorios?
Esperaba que me juzgara por ir a terapia, pero se ha limitado a hacer un comentario despreocupado y a sentarse.
Justo en la silla que yo habría elegido.
Ahora mismo tengo bastante controlado el trastorno de estrés postraumático, y lo que no me deja dormir por las noches es la imagen de un bulto sobre la pista y el repiqueteo de los cascos de los caballos.
Me llevó años de arduo trabajo que el tiempo que pasé destinado en zona de guerra no volviera de pronto para atormentarme, pero todavía sigo estudiando el entorno, buscando rutas de escape o evaluando posibles amenazas, y detesto estar de espaldas a la sala, el peligro que eso podría suponer para mí…
o para Violet. Sé que ya no estoy en Irak, pero estas cosas se te quedan grabadas.
El entrenamiento no te abandona jamás. Nunca vuelves a ser solo un civil.
Tomo asiento, tenso. Me siento fatal, pero no quiero revelar más de lo que ya debo de estar mostrando.
—¿Qué tal, cariño? —Me sobresalto cuando alguien deja caer dos cartas plastificadas en la mesa, entre Violet y yo.
La camarera me sonríe y me reclino en la silla, aferrado a los reposabrazos.
—Tomaré un agua.
Violet me dedica una sonrisa distante: una regañina silenciosa por lo que ella debe de considerar un comportamiento inapropiado. No necesito ni quiero que me regañen, y por eso prefiero estar solo. Tengo que dar menos explicaciones y cumplir menos expectativas.
Su mirada se ilumina cuando se dirige a la camarera.
—Yo quiero una Guinness, por favor. —Me mira un instante antes de agregar—: Y gracias por no hacer caso a los malos modales de mi amigo.
—Eso está hecho. —La camarera se marcha a toda prisa y miro por encima del hombro para ver cómo regresa a la barra y pide las bebidas.
—¿Una Guinness? —le pregunto a Violet. Esperaba que pidiera un margarita, o cualquier otra cosa que llevara una sombrillita, pero no una espesa cerveza negra.
—Sí. —En su mirada baila un brillo divertido—. ¿No es lo que esperabas?
Miro por encima del hombro una vez más.
—No —respondo, distraído.
—Crecí en un rancho con un padre soltero y tres hermanos mayores. Cuando tuve edad para beber, el whisky y la cerveza eran las únicas opciones disponibles en casa.
Mis labios dibujan una diminuta sonrisa de medio lado.
—No te pega beber whisky.
Violet sonríe con timidez.
—Te sorprenderías…
Miro una vez más hacia la barra para asegurarme de que la camarera no va a volver a tomarme por sorpresa. El pulso me late tan fuerte en la muñeca que hasta puedo verlo.
—¿Quieres que cambiemos de asientos? —dice Violet, acodándose en la mesa.
Ha preguntado tan bajo que casi no la he oído.
—¿Qué?
Echa hacia atrás la silla y se pone de pie.
—Vamos a cambiar de sitio.
Quiero decirle que no hace falta, pero la verdad es que la perspectiva me tranquiliza.
Violet sigue plantada a mi lado, mirando hacia abajo, y agita la mano como si me estuviera echando de la silla.
Así que no hago preguntas y me permito aceptar cómo me siento en lugar de flagelarme por ello. Trixie estaría orgullosa de mí.
—¿Mejor? —pregunta cuando ambos nos hemos acomodado en nuestro sitio.
Aparto la mirada como si no fuera gran cosa, pero lo es.
Nadie se había dado cuenta de algo así antes, de lo mal que me adapto a la vida civil; de cómo evito pisar la basura que hay tirada en la calle, solo por si acaso; de mi negativa a permitir que otro conduzca.
Solía pensar que no tenía trastorno de estrés postraumático, que solo se trataba de que en el ejército me entrenaron para ser cauteloso en grado sumo, pero Trixie me quitó esa idea de la cabeza.
—Sí. —Evito mirarla porque me siento un poco… ¿vulnerable?
—Mi hermano es veterano, ¿sabes?
—¿En serio? No tenía ni idea.
Ella me guiña un ojo con un aire juguetón que no encaja con su tono de voz.
—Nunca me lo preguntaste.
Ha puesto el dedo en la llaga con ese comentario.
Tiene razón: no le pregunté casi nada sobre su vida personal en todo el año que pasamos chateando.
Al principio porque no me importaba, y después porque sabía que, si preguntaba, me importaría.
Aunque me importaba de todos modos. No dejaba de decirme a mí mismo que la gente no se enamora por internet, que lo que sienten no es real.
Pero mirándola ahora estoy seguro de que lo que siento es muy real. Y es una idea la hostia de aterradora.
—¿Sabes que Billie te llama «G. I. Joe»? —suelta, intentando llenar el silencio.
No puedo evitar reírme. Una carcajada baja y profunda me retumba en el pecho, y es una sensación cálida y desconocida. A Billie le encanta hacer el payaso, y sus desvaríos empiezan a parecerme entrañables.
—Puedo imaginármela perfectamente diciendo algo así.
Violet se ríe con los ojos muy abiertos por la sorpresa.
—¿Qué? —digo.
—Tú… ¡Acabas de reírte! Creo que nunca te había oído reír.
Sacudo la cabeza y me echo un poco hacia delante.
—A veces me río.
Violet se cruza de brazos y se apoya en la mesita.
—¿Y no te duele?
Frunzo los labios, porque no quiero darle la satisfacción de hacerme reír otra vez.
Aunque lo que debería hacer es agradecerle que haya dejado la charla sobre los veteranos, que me haya ofrecido un clavo ardiendo al que agarrarme y no se haya comportado como la Inquisición española indagando en mi pasado.