Ganar al límite (Gold Rush Ranch nº 2) 10 En el pasado #2
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10 En el pasado #2

¿Sensible? No me hagas reír. Si vamos a buscar palabras que empiecen por ese, prefiero «seco», pero me enseñaron que no hablara si no tenía nada bueno que decir. Y eso es lo que hago. No digo nada y me limito a dedicarle a Hank una sonrisita.

Pero, por cómo me mira, sé que no se ha dejado engañar.

Señala hacia la casa con un gesto de la cabeza.

—¿Sabes que su padre creció en esa casa?

Sabía que su padre había muerto en un accidente en las carreras, pero no mucho más.

—No lo sabía, no.

Hank asiente.

—Debe de ser difícil para él estar aquí, aunque no vaya a admitirlo jamás.

Me apena lo de tu pierna, pero me alegro de que así no esté solo.

No puedo evitar preocuparme por todos vosotros, chicos.

—Se ríe de buen humor—. Quizá no haya tenido hijos propios, pero me siento como si vosotros lo fuerais.

Se me encoge el corazón al pensar en los fantasmas que persiguen a Cole, y me pican los ojos al pensar en que podría ser tan sensible como dice Hank. A lo mejor he estado malinterpretándolo todo este tiempo. Parpadeo y cambio de tema para evitar darle vueltas al rompecabezas que es Cole Harding.

—¿Nunca has querido tener hijos?

—Me habría encantado tener hijos. —Sonríe con tristeza—. Pero no pudo ser.

—Menos mal que estamos todos aquí para cubrir el puesto, entonces. —Le guiño un ojo intentando aligerar el ambiente.

Hank me da un rápido apretón en el hombro.

—Soy muy afortunado por teneros. Pero no te molesto más. Solo quería pasar a dejarte las flores y a ver tu carita sonriente. Si me necesitas, llámame. Y cuida del chico, ¿quieres?

Sonrío y pongo los ojos en blanco. El «chico» puede cuidarse solito.

—Gracias por las flores, Hank. —Salgo cojeando por la puerta, lo rodeo con los brazos y lo estrecho contra mí un instante—. No dejes de venir a verme, ¿vale?

—Vale —dice.

Me dedica su característico guiño y una sonrisa, y se sube a la vieja camioneta. Me despido de él con la mano, entro en la casa para poner las flores en un jarrón con agua y las dejo sobre la encimera: son muy bonitas y animan un poco la cocina. Salgo de nuevo para seguir cepillando a Pippy.

Más que oír a Cole cuando vuelve, lo presiento, como si lo anunciara la llegada de un frente de bajas presiones.

Miro en su dirección antes de que pueda darme cuenta de que no es buena idea: lleva la camiseta empapada en sudor y pegada al cuerpo de una forma casi erótica, y las mejillas sonrosadas lo hacen parecer más joven de lo que ahora sé que es.

Hace demasiado calor para correr con pantalones de chándal largos, pero eso no es asunto mío.

No soy su madre. Algo por lo que doy gracias, teniendo en cuenta el resto de los pensamientos que me inundan al verlo.

Me muerdo el labio inferior e intento distraerme.

Nuestras miradas se cruzan un momento y vuelvo a cepillar a Pipsqueak, esta vez con un cepillo de cerdas suaves para limpiar toda la suciedad y la caspa.

Cole no me dirige la palabra, pero no me importa.

Aún debe de estar cabreado conmigo por ser una bocazas, y no lo culpo.

Traicioné la poca confianza que le debía.

Y me siento mal, pero no sé cómo solucionarlo.

Decido atender a lo que sí puedo arreglar y me concentro en la pequeña potranca andrajosa que tengo delante. Voy a limpiarla lo mejor que pueda. Me duele el brazo por lo mucho que me ha costado ponerle el aceite en los cascos, pero cuando termino está… mejor.

Retrocedo y pongo los brazos en jarras para admirar el resultado.

Quizá aún no esté reluciente, pero la he aligerado del pelo muerto del invierno y estoy segura de que brillará como el bronce cuando se alimente mejor.

Los cuatro calcetines ahora son blancos en lugar de grises y los cascos brillan con el aceite que les he aplicado.

Va a ser un largo proceso —al fin y al cabo, acaban de sacarla del banquillo—, pero tengo esperanzas y me siento lo bastante satisfecha.

Y por primera vez en esta semana, no me dejo llevar por la autocompasión.

Estoy sentada en un fardo de heno frente a Pipsqueak cuando escucho que la puerta se cierra detrás de mí.

He pasado todo el día fuera, y eso que el tiempo no acompañaba: el cielo está cuajado de nubes densas y el olor a lluvia impregna tanto el ambiente que siento la piel húmeda.

No me importa: sigue siendo uno de los mejores días de mi vida.

La cabeza de Pipsqueak se vuelve hacia el ruido y me giro para ver a Cole vestido con unos pantalones de chándal limpios y una camiseta. En mi mente aparece de pronto la imagen de hace un rato, cuando estaba todo sudoroso, y me sonrojo de golpe.

¿Tienes pensado dejar de reaccionar así en algún momento?

—¿A dónde vas? —pregunto, para intentar entablar conversación.

No soy tonta: sé que estuvo a punto de decirme que no quería tener un caballo aquí, y no sé qué lo ha hecho cambiar de opinión, pero doy gracias por que haya sido así.

Parece tenso cuando baja las escaleras y, cuando oye mi pregunta, se detiene, se vuelve hacia mí y su boca se contrae en… No estoy segura.

Quizá sea una sonrisa.

—A correr.

—¿Otra vez?

Sé que correr es bueno para la salud, pero hasta cierto punto. Nunca ha sido mi rollo, y dos carreras al día me parecen excesivas.

—Sí. ¿Pasa algo?

Vale, ya estamos otra vez de mal humor. Está claro que necesita las píldoras de la felicidad con las que lo piqué hace días.

—No —vacilo, midiendo las palabras—. Solo pensaba… Bueno, es que estoy de buen humor. ¿Te apetece tomar una copa?

Su cuerpo entero gira en mi dirección y nos señala a ambos con la mano.

—¿Tú y yo? —pregunta, como si fuera la perspectiva más espantosa del mundo.

—¿Tan mala soy? —replico con una carcajada.

Cole se estremece visiblemente. Al parecer, todavía no está preparado para reírse conmigo.

—No sé… —Se pone las manos en las estrechas caderas, suspira y mira a su alrededor como si estuviera buscando una vía de escape.

—Venga, sé que estás mayor, pero te prometo que te traeré de regreso antes de la hora de dormir —lo pincho, porque si alguien necesita que lo pinchen, debe de ser él.

Me recuerda a mi hermano mayor: demasiado serio para su propio bien—.

Antes de la hora de cenar, incluso. Son…

—Saco el teléfono para ver la hora—. Son las cuatro.

Es la hora feliz. —Él se limita a mirarme—.

Y eso significa que tienes que ser feliz.

—Intento reprimir una sonrisa ante mi propio chiste malo, pero fracaso miserablemente.

—Violet.

—¿Sí? —Bato las pestañas en un gesto exagerado de inocencia.

—¿Llamarme viejo y gruñón es tu idea de hacerme feliz?

Vale, es inmune a las bromas, por lo que parece.

—Venga, quiero tomar una copa y ver gente. Estoy cansada de estar encerrada en el rancho, se me está cayendo la casa encima. Si no vienes, me voy yo sola.

—Ah, ¿sí? ¿Y vas a conducir con esa enorme férula en el pie derecho?

—No. —Sonrío con picardía—. Me iré andando.

Cole suelta un gemido y mira al cielo como si esperara que fueran a aparecer los extraterrestres para abducirlo y sacarlo de esta conversación. Está claro que, si quisieran un ejemplar macho magnífico, lo elegirían a él.

—Dame cinco minutos.

—¿Para qué?

—Para ponerme algo más adecuado.

Suelto una carcajada.

—Cole, ¿has estado alguna vez en el Neighbor’s Pub?

—No —dice, frunciendo el ceño.

—Vale, pues no hace falta que te cambies. El ambiente es… informal.

Gruñe y entra en la casa para volver a salir unos segundos más tarde con las llaves en la mano.

El trayecto por las carreteras rurales es tranquilo, no hay tanta tensión como en las últimas semanas.

Casi podría decir que estamos sumidos en un silencio amistoso, al menos por mi parte.

Sí, tenemos una incómoda historia en común, pero estamos intentando superarla.

Además, solo voy a vivir en esa casa un par de semanas más.

En cuanto me quiten la férula, me iré y podremos volver a fingir que el otro no existe.

—Gira aquí. —Señalo hacia donde se encuentra el antiguo pub, con su aire rústico y personal, justo como a mí me gusta.

Estoy tan emocionada que doy botecitos en el asiento cuando veo la ventana pintada de oscuro, el gran letrero con luces intermitentes sobre las pesadas puertas de roble y el patio de estacionamiento iluminado por lámparas de exterior colgadas sobre las mesas de pícnic.

—¿Es este? —pregunta Cole, escéptico, mirando hacia el edificio.

No he salido del rancho desde hace una eternidad, y está claro que él no comparte mi entusiasmo. Y no lo entiendo. ¿Es que no se aburre? Porque eso es justo lo que significa para mí salir a correr dos veces al día: estar aburridísimo.

—¿Tienes miedo? —Agarro el tirador y abro la puerta. Su cabeza gira al momento en dirección a ese sonido.

—No te bajes —rezonga. Sale de un salto y rodea la camioneta con unas pocas zancadas.

Es tan grande y autoritario que me dominan los nervios cuando se acerca. Se comporta con ese típico aire de agente de la ley, como si yo acabara de meterme en un lío. Aprieto los muslos ante la idea de meterme en un lío con Cole. No estaría mal…

Eres patética, Violet.

—¿A qué viene esa cara? —pregunta.

Está de pie frente a mí y sostiene la puerta abierta con la mano en la parte superior. La camiseta se ciñe en torno a las líneas redondeadas de sus bíceps. Como tardo demasiado en responder, la tensión aumenta y sus dedos se aferran a la puerta con más fuerza. Esos bíceps se tensan bajo mi mirada.

Sus ojos se abren de par en par y luego vuelven a entrecerrarse en su rostro tormentoso. Las líneas afiladas de sus pómulos. La mandíbula cuadrada cubierta de una barba que me rozaría…

—Violet.

Doy un respingo.

—Sí. ¡Sí! A nada. Vamos.

Miro hacia la parte trasera de la camioneta con las mejillas ardiendo por el túnel a la dimensión desconocida en el que acabo de meterme. Eso me pasa por dejar que mi cerebro vaya por su cuenta. Qué mala idea.

Ni siquiera pregunta esta vez. Sus enormes manos se deslizan por mis costillas y me rodean la cintura.

Doy gracias a los dioses porque llevo un jersey suelto de punto que oculta la carne de gallina que salpica mis brazos.

Aunque es casi agresivo, la suavidad con la que me toca nunca dejará de sorprenderme.

No creo haberme imaginado el cuidado con el que me sacó de la camioneta la noche que Billie me llevo a su casa, o cómo me abrazó y me preguntó en voz baja si estaba bien.

—Hueles a caballo —gruñe. Me deja con suavidad en el suelo y aparta las manos a toda prisa. Esa reacción al tocarme no encaja con el recuerdo en el que acabo de perderme—. Vamos.

Contemplo cómo los músculos de su ancha espalda se mueven bajo la camiseta ajustada cuando camina con rigidez hacia la puerta principal del pub.

Está claro que necesita una copa.