Ganar al límite (Gold Rush Ranch nº 2) 9 En el pasado
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9 En el pasado

Cole

Me he despertado con un mensaje de Chica de Púrpura que decía «Buenos días, Hombre Gamba», y me he reído. Por primera vez en mucho tiempo, me he reído. La risa ha sonado extraña en mis labios, y he mirado a mi alrededor como si alguien pudiera verme.

Pero estoy solo. Siempre estoy solo, y parece que esa va a ser mi vida. Creo que era lo que quería al principio, pero ahora ya no estoy tan seguro. Soy lo bastante inteligente como para saber lo que la gente dice de mí: el ermitaño que dirige la empresa familiar y que es un completo idiota.

Esa pose me sale de forma natural, pero creo que estoy harto de ella. Harto de mi propia compañía. Harto de hacer la misma mierda todos los días.

Le contesto. No soy gracioso ni ocurrente y no sé qué decir, así que me limito a soltar lo primero que se me pasa por la cabeza.

Buscadordeoro85: Quítate la ropa.

Chica_de_Púrpura: Tú primero.

Ni de coña. Me pongo nervioso solo de pensarlo. No digo nada, pero un par de horas más tarde vuelvo a mirar el chat y en esta ocasión sí respondo.

Buscadordeoro85: De ninguna manera.

Chica_de_Púrpura: Creo que nos hemos acostumbrado a charlar. Podríamos ser amigos por correspondencia.

Amigos por correspondencia. Eso era lo último que tenía en mente cuando le envié el primer mensaje. ¿Pero cuántos años tiene esta chica?

Buscadordeoro85: No.

Chica_de_Púrpura: Vamos. Me siento sola. Y está claro que tú también. Seamos amigos.

Buscadordeoro85: ¿Por qué piensas que me siento solo?

Chica_de_Púrpura: ¿De verdad tengo que contestar a eso?

Touché, chica de internet. Y no, por favor, no me restriegues lo patético que soy.

—¿Tener una amiga por correspondencia me hace ser más o menos patético? —me pregunto a viva voz, y me rasco el mentón mientras miro la pantalla.

Le preguntaría, pero eso supondría admitir que creo que soy patético, y no pienso ir por ahí. Frena. Reconduce. Eso es lo que tengo que hacer.

Buscadordeoro85: A lo mejor solo soy un fanático del control.

Chica_de_Púrpura: A lo mejor eres las dos cosas.

Resoplo. Touché de nuevo, chica de internet, Tou-ché.

En la actualidad

Me estoy hartando de sacar a Violet de mi camioneta. Es como si no tuviera el más mínimo instinto de supervivencia. Al menos, esta vez no va flácida en mis brazos.

Abro el congelador y saco una de mis bolsas de hielo con movimientos nerviosos.

Ya estaba irritado cuando, después de una larga semana trabajando con el desastre que es la nueva inversión de la empresa, he entrado en casa y he visto su mierda tirada por todas partes: vasos de agua abandonados por toda la casa, los zapatos tirados junto a la puerta principal, los platos apilados en el fregadero y una sudadera sobre el respaldo de una silla.

Se supone que, como yo soy el soltero, debo ser el desordenado, pero en lugar de eso tengo viviendo bajo mi techo a una veinteañera, a una jockey ahora mundialmente famosa que no es capaz de dejar las cosas en su sitio.

Así que me he puesto a fregotear de mal humor los desgastados suelos de madera.

No es precisamente como me habría gustado pasar un viernes por la noche, pero tampoco sé qué más podría hacer en Ruby Creek.

Con la bolsa de hielo en la mano, cojo una botella de agua de la nevera y me acerco a Violet.

—Toma.

Le ofrezco el agua y me arrodillo junto al sofá.

Desabrocho las tiras de velcro de la férula; ella estruja la botella y me mira con curiosidad.

—¿Qué haces?

—Ponerte hielo en la pierna para que puedas volver a montar a caballo algún día.

Me asalta una punzada de ansiedad con solo pensar en ello, pero intento ignorarla. Esta es su historia, no la mía.

—¿Sabías que las botellas de plástico son malas para el medio ambiente?

Ay, Dios. De verdad que no para de preguntar. No respondo, y, quién sabe por qué, lo toma como una señal para seguir hablando.

—No se descomponen y terminan en el mar.

Pongo los ojos en blanco. ¿Es que no ha probado el agua del grifo?

—¿Por qué has intentado llegar a casa caminando con la pierna así? Deberías tenerla en reposo.

Algo ha pasado, lo sé. Sentir cuándo algo iba mal fue mi trabajo durante años.

Violet está despotricando sobre las botellas de plástico y Billie se ha comportado de forma extraña cuando me ha llamado por teléfono: a pesar de las risitas forzadas parecía presa del pánico cuando ha dejado caer que Violet podía necesitar ayuda.

He llegado a escuchar las palabras no pronunciadas, la tensión.

Ella frunce los labios, nerviosa, y sus límpidos ojos azules se abren de par en par. Y parecen más brillantes junto al rosa que florece en sus mejillas.

—¿Por qué te ruborizas?

—¿Quién hace demasiadas preguntas ahora? —responde, fingiendo valentía. La delata el temblor en su voz. Esta mujer es un libro abierto y su cara de póquer, un desastre.

—Violet —la regaño; retiro la férula para comprobar cómo tiene el tobillo bajo el dobladillo de las mallas. Está hinchado. Rechino los dientes.

Deja escapar un sonoro suspiro entrecortado.

—Bueno, solo quería salir de ahí —dice en voz demasiado baja—. He metido la pata.

—¿Por qué?

Aparta la vista. El olor de su crema corporal de vainilla inunda el aire. Le sujeto el talón con delicadeza y le pongo la bolsa de hielo sobre la pierna hinchada. Sisea y vuelve a prestarme atención, que es lo que buscaba.

—Yo solo… —Le tiembla la voz y se pasa los dedos por los mechones dorados. Siempre lo hace cuando está nerviosa—. Solo me sentía…, no sé, decepcionada. Y aburrida. Agobiada por cómo van las cosas ahora mismo. No quería hablar de eso.

Hace una pausa; me siento sobre los talones y me pongo las manos sobre los muslos para escucharla, intentando no tocarla más. Puedo ver en sus ojos el brillo de las lágrimas no derramadas y me doy cuenta de que ya ha estado llorando antes. Y que ahora está a punto de volver a hacerlo.

—Y en lugar de eso, les he hablado de nosotros —dice a toda prisa, y me mira, suplicante—. Lo siento. Lo siento mucho. —No muevo ni un músculo. Me he quedado congelado en el sitio—. Te juro que no les he contado ningún detalle, solo cosas generales.

—¿«Les»?

Se estremece ante mi tono agresivo y al instante me odio a mí mismo por ello.

—En la práctica solo se lo he contado a Billie. No sabía que Vaughn estaba escuchando.

Se me eriza la piel por la vergüenza. Es como la sensación de tener un insecto ascendiendo por la columna y no poder alcanzarlo.

Me duele la pierna, como suele pasar en estas situaciones.

Esto no tenía que suceder. Se suponía que mi vida sexual estaba perfectamente compartimentada en internet, donde nadie podía verme.

Se suponía que Violet iba a mantenerse fuera de la vida real.

Se suponía que nunca iba a presentarse de nuevo como uno de los pilares del rancho familiar.

El pánico me inunda las venas al ver que los muros que he levantado para protegerme se desmoronan. Esa diminuta grieta en una esquina dará lugar a más preguntas. Y cuando caiga el primer ladrillo, los demás lo seguirán, empujados por esas preguntas que no quiero responder.

Estoy jodido. Lo último que me hacía falta era que todos lo supieran, y soy incapaz de gestionarlo. Me levanto sin decir ni una palabra y me voy.

Ya he tenido suficiente mierda para un solo día.

El teléfono permanece en silencio durante varios latidos, y luego resuena una carcajada seca y enloquecida.

—¿Esa mujer está viviendo contigo? —pregunta Trixie entre risas.

Me doy un cabezazo contra las barras de latón del cabecero de la cama. Este lugar es una puta casa de muñecas.

—No te pago para que te rías de mí, Beatrice.

Le pago porque la necesito. Ha sido la primera a la que he llamado cuando me he despertado después de un sueño irregular de mierda.

Un sueño repleto de imágenes en las que mis más oscuros y profundos secretos salían a la luz.

Un sueño en el que aparecía el cuerpo desnudo de Violet frente a mí.

Un sueño que no puedo permitirme y que no me merezco.

—¿Y les contó a tu hermano y a tu futura cuñada cómo os conocisteis? —Quizá no se esté riendo ya, pero la diversión en su voz es evidente.

—Sí —rezongo.

—¿Y ella te lo confesó después?

—Sí.

—Bueno, no podrás decir que no es sincera.

—Creo que habría preferido una cierta falta de sinceridad en este caso.

—Uy, no, no necesitas más mentiras en tu vida.

Miro a través del gran ventanal hacia el vasto campo que lleva al establo.

—Déjame en paz.

Percibo un movimiento en la periferia de mi visión, salto de la cama, doy unos cuantos brincos hasta la ventana y me agarro a la moldura del techo.

¿Por qué diablos hay un caballo en mi jardín?

—Tengo que irme. Te llamaré más tarde. —Cuelgo, no sin antes escuchar a Trixie decir algo sobre que no está a mi entera disposición.

Me visto con la misma camiseta de ayer, bajo las escaleras y salgo por la puerta principal, directamente al corral que ha estado gloriosamente vacío hasta ahora. Miro el flacucho caballo marrón que hay dentro y luego veo el papel enrollado y metido en un anillo de cabestro que cuelga de un gancho.

Lo saco, confundido y molesto.

«Hola, Vi:

Sé que no es así como esperabas que fuera esta temporada.

Y también sé que estos contratiempos son tan frustrantes como lo es Pipsqueak.

¿La recuerdas de hace un par de años? Es una potra prematura que ha tenido muchos altibajos.

Ahora tiene dos años y es una luchadora. Pequeña pero poderosa, como tú.

Sé que no puedes montar a caballo aún, pero eso no significa que no puedas trabajar. Me gustaría descubrir lo que esta potra tiene que ofrecer. ¿Podrías hacerme el favor de trabajar con ella?

Besos.

Billie».

No. De ninguna manera voy a vivir con Violet y con un caballo. Admito que ha sido un gesto muy considerado por parte de Billie y no puedo culparla por ello, pero ¿para mí? Ni de broma. Doy media vuelta y regreso a la casa con la nota en la mano.

La puerta se cierra tras de mí.

—¡Violet, levántate!

Mi voz suena más aguda de lo que pretendía, pero ahora mismo mi vida está fuera de control y estoy entrando en pánico. Tengo que solucionar esto ya.

Oigo un pequeño chillido al otro lado de la puerta, seguido de un golpe, y de inmediato me siento como un imbécil por no haber mantenido la calma. Cuando se abre la puerta, ella ya está vestida y sacándose un auricular de la oreja.

—¿Qué? ¿Qué pasa?

Le muestro la nota como si pudiera explicar por sí sola todo lo que va mal y Violet tiende una delicada mano para cogerla.

Abre los ojos de par en par hasta que reconoce la caligrafía y las emociones se reflejan con claridad en su rostro.

Es tan expresiva que podría contar una historia sin decir ni una palabra.

Las lágrimas empañan sus iris del color del cielo, que ahora, a medida que se oscurecen por la emoción, se acercan más al índigo.

Parpadea con rapidez, como si así pudiera enjugar esas lágrimas de sus largas pestañas.

Una de las comisuras de esa boca suya, con su perfecta forma de corazón, se curva hacia arriba, y, luego, muy despacio, la otra comisura la imita: es una sonrisa muy pequeña, pero la reacción que me provoca no lo es.

Me siento como un niño pequeño que acaba de caerse del columpio y se queda sin respiración; hasta podría jurar que he oído el ruido sordo de mis huesos al chocar con el suelo. Se me ha cortado el aliento y no sé cómo volver a respirar.

Pero Violet ni siquiera me mira y no ve mis esfuerzos.

Cojea hacia la ventana delantera y pone una mano sobre el cristal como una niña en el zoo, como si nunca hubiera visto un caballo.

Contemplo su cuerpo desde atrás: su trasero redondeado, la esbelta cintura, la delicada curva del cuello bajo el moño suelto con el que se ha recogido el pelo…

—¿Dónde está el problema? —pregunta en voz baja, con un profundo suspiro, sin mirarme.

Lleva una camiseta de tirantes y puedo ver cómo sus hombros tensos se relajan muy despacio, como si fuera liberándose de la tensión poco a poco, dejándola ir en un flujo cálido y lento.

Y de pronto, lo sé.

Sé que ya no quiero que se deshaga del caballo.

Después de asistir a la reacción de su cuerpo, ¿cómo podría?

No soy tan cruel; o no a propósito, al menos.

Salta a la vista lo que siente Violet ahora mismo, especialmente para alguien que se ha pasado toda su vida adulta analizando gente y situaciones.

Si supiera de algo que pudiera relajarme tanto como la posibilidad de entrenar a ese caballo marrón ha relajado a Violet, lo haría sin dudarlo.

Y me habría cabreado con cualquiera que se hubiera interpuesto en mi camino.

En cambio, solo puedo cabrearme conmigo mismo por estar atrapado en esta rutina, algo que jamás le desearía a Violet, porque no importa lo que piense: los días que pasé chateando con ella fueron los mejores de mi vida.

Me mira por encima del hombro con los grandes ojos azules cargados de emoción y las mejillas sonrosadas.

Está tan llena de vida que creo que podría extender una mano, hacerme con esa energía, embotellarla y bebérmela.

O tan solo conservarla, saber que es mía, que puedo consumirla cuando quiera.

Esa vivacidad no se paga con dinero: es algo que se lleva en los huesos, en el alma.

Violet irradia una luz tan dorada y brillante como la del sol.

¿Qué no daría un hombre como yo por algo así?

—No hay ningún problema —respondo—. Pero a mí no me líes. Ese trabajo es cosa tuya.

Violet ladea la cabeza de forma casi imperceptible.

—¿Quién sabe, Cole? Podrías cambiar de opinión.

Me cruzo de brazos y me yergo para dejarle claro que hablo en serio. Aunque tengo la sensación de que Violet no se deja intimidar por mí ni la mitad de lo que creía. Es más dura de lo que parece. Mucho más resistente.

—No me gustan los caballos —digo, mirándola con seriedad; e intento alejar de mi mente el recuerdo de cuando mi padre encontró la muerte bajo sus cascos.

Se echa un poco hacia atrás, como si acabara de abofetearla, y esboza una leve sonrisa.

—Ya lo veremos.

Me mira como si yo fuera el proyecto y no el caballo flaco del potrero, y de pronto parece mucho más astuta de lo que debería ser una mujer de su edad.

Estoy vestido para correr, así que eso es lo que hago.

Doy media vuelta y corro.