Ganar al límite (Gold Rush Ranch nº 2) 8 En el pasado #2
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8 En el pasado #2

Cierro los ojos e intento convencerme de que puedo retroceder cinco minutos en el tiempo, cuando mi dignidad todavía estaba intacta.

Billie me da unas palmaditas en la rodilla.

—No te preocupes, estrella del porno, tu secreto está a salvo conmigo.

De mis labios escapa un sonido estrangulado. Y aún me niego a mirarla.

—Vamos, Vi —ríe—. ¿Quieres que te cuente algunas historias sexuales para que estemos empatadas? Porque Vaughn puede…

—No, por favor. —Levanto una mano para frenarla.

—Vale, entonces deja de portarte como una cría y cuéntame el resto. Publicaste esa foto. ¿Qué pasó luego?

Oigo cómo alguien abre la ducha en el piso superior y supongo que durante unos minutos estoy a salvo de quedar en evidencia.

—Se puso en contacto conmigo.

Decido que, aunque no le debo nada a Cole, no voy a traicionar su confianza contándole a Billie los detalles de ese primer mensaje.

Esa oferta de pago nunca me pareció deshonrosa.

Solo fue lo que consideraba un intercambio justo por un producto.

Algo bastante aséptico, a decir verdad, como si con ello se sintiera más a gusto con lo que me estaba pidiendo.

Y cuanto más lo conocía, más cuenta me daba de que había sido justo eso, además de una manera de mantener las distancias que tanto le gustan. Algo que yo había echado a perder.

—Y terminamos hablando. —Ella mueve las cejas—. Como amigos. —Deja caer los hombros, decepcionada—. Durante un año.

—¿Qué dices? ¿Un año? —Asiento—. ¿Y de qué demonios hablabais?

Me paso la mano por el pelo. ¿De qué hablamos?

Pues sobre todo hablé yo, preguntando, monologando, pero él siempre respondía, y cuando me daba la impresión de que se aburría o de que ya estaba cansado de estar conmigo, me iba.

Y al día siguiente aparecía un mensaje suyo, como si ya hubiera alcanzado el umbral en el que podía volver a comunicarse.

A veces veíamos una película juntos y escribíamos sobre ella.

Nos hacíamos compañía en el más puro sentido de la palabra.

—De todo y de nada —digo, porque es la verdad—. Hablábamos sobre libros, televisión, actualidad, sobre nuestras familias… Pero solo en general: jamás compartíamos detalles ni nada que pudiera delatar nuestras identidades. Siempre nos mantuvimos en el más estricto anonimato.

—Entonces, vosotros nunca… —Levanta la mano y la balancea con un movimiento que no deja lugar a dudas.

Me muerdo el labio y contemplo la noche oscura y lluviosa a través de la ventana.

—Una vez.

—Una vez —repite Billie; agarra la copa de vino con las dos manos, se sienta con las piernas cruzadas y asiente, como si le estuviera contando la historia más fascinante del mundo.

Me armo de valor para terminar con esta parte cuanto antes.

—Sí, una vez. Fue algo unilateral y llevó al final de nuestro… De lo que fuera lo que teníamos.

Estoy tan acalorada que creo que podría freírse un huevo en mis mejillas.

—¿Qué quieres decir con «unilateral»?

Los nervios me atenazan las entrañas. Esta parte todavía me incomoda, por mucho que haya intentado superarla. La vergüenza es difícil de superar.

—Quiero decir que una noche las cosas se descontrolaron.

Acabé desnuda ante la cámara porque pensé que confiaba lo suficiente en él después de un año chateando.

Tuve el mejor orgasmo de mi vida y después Cole se negó a ser correspondido.

Se dejó el pantalón negro puesto todo el tiempo y dijo que jamás participaría en eso.

Con todo lo que me había dicho, pensé… —Niego con la cabeza y suelto una risita triste—.

Pensé que era diferente. Y no. Así que eliminé la aplicación y no volví a hablar con él hasta el Denman Derby del año pasado, cuando descubrió quién era yo.

—¡Ay, joder! —se oye desde el piso de arriba.

—¡Vaughn Harding! —grita Billie hacia el dormitorio del desván, y yo busco dónde cavar un hoyo para enterrarme dentro—. ¿Nos estabas espiando?

—¡No! —responde con tono firme—. Solo me he dado un golpe en el dedo del pie.

—¡Espero que te haya dolido!

Dejo escapar un gemido y me paso la mano por la cara.

—Vale, ha llegado la hora de irme.

Dejo la copa de vino sobre la mesa de centro y tomo impulso para levantarme: ya me he acostumbrado a caminar con la férula, y tengo que salir de aquí cuanto antes.

—Vi —dice Billie con una risita entrecortada—. No te preocupes, no va a decir nada.

Sé que tiene razón: Vaughn es un buen tipo, un tío noble. Pero eso no significa que me haga gracia que esté al tanto de mi vida sexual. De la vida sexual de su hermano.

Santo Dios…

Cole. Debería hablarle de este problemilla insignificante, por si acaso. Ya puedo ver su expresión, el modo en que tensará la mandíbula y se cruzará de brazos.

Cojeo hasta la puerta con Billie detrás de mí.

—Deja que te lleve a casa.

He venido aquí después de pasar toda la tarde en el establo, así que no tengo otra forma de regresar.

—No, has bebido. Iré andando.

Me cuelgo el bolso del hombro y meto el pie bueno en la bota de lluvia mientras Billie mantiene abierta la puerta.

—Pues deja que te lleve Vaughn.

—¡Ja! —ladro—. Creo que paso. Necesito un par de días antes de poder mirarlo a la cara de nuevo, gracias.

—¿Seguro? —Se muerde el labio inferior, nerviosa—. Está lloviendo mucho.

Meto la mano en el bolso y saco un pequeño paraguas.

—Voy preparada. Y no está tan lejos.

Billie no parece convencida, pero tampoco me detiene, y se lo agradezco.

No me gusta que me mimen o que me traten como si fuera de porcelana solo porque tengo una pierna rota.

Mis hermanos no habrían tardado en subirse otra vez a un toro con una pequeña fractura como esta, y aquí estoy yo, lloriqueando como una princesita en apuros.

Salgo a la noche oscura y húmeda y suspiro. Las gotas de lluvia golpetean en mi paraguas con un sonido metálico. El olor a tierra húmeda impregna el ambiente; es un olor agradable, como a brotes nuevos.

Es la noche perfecta para dar un paseo, despejar la mente y refrescar las mejillas.

Venir andando ha sido una mala idea. La fuerte lluvia de abril ha acabado con todo el encanto de la noche.

Me duele la pierna, tengo frío y este paragüitas de mierda tiene goteras. Si no hubiera sido tan cobarde, habría dejado que me llevara Vaughn. Lo que para él habría sido un trayecto de cinco minutos para mí es una caminata de unos veinte. Quizá más, dada mi cojera. Y no estoy ni a mitad de camino.

—Hijo de puta —murmuro; la estúpida férula ni siquiera es impermeable, así que se me está empapando el calcetín.

Y tengo frío. Rara vez digo tacos, pero de vez en cuando la ocasión lo merece.

Y esta es una de esas ocasiones. Esta noche es una de esas ocasiones.

Bueno, en realidad, toda la semana lo ha sido.

Siento la quemazón de las lágrimas bajo los párpados y me hormiguea el puente de la nariz.

No soy una llorona y la cosa no es para tanto, pero en este momento todo se me hace demasiado cuesta arriba, todo es más de lo que puedo soportar.

Mi carrera, mi pierna, mi vida personal…

A veces, ser un adulto independiente es agotador.

Me detengo y miro hacia arriba, hacia el cielo, intentando inspirar hondo, pero me puede la frustración y termino gritando a la nada.

—¡A la mierda mi puta vida!

Y en una coordinación perfecta, unos faros aparecen en la carretera y me iluminan como si fuera una actriz de Broadway, como si el universo estuviera esperando para presenciar mi caída o para que el coche me salpique cuando pase.

Pero cuando la camioneta se acerca y reduce la velocidad, no tardo en reconocerla.

La ventanilla se baja y un fuerte antebrazo sale de ella para indicarme que me mueva.

—¡Entra! —grita Cole.

En otras circunstancias me negaría, pero ahora mismo solo me siento aliviada y me importa un pimiento quién está a punto de rescatarme siempre y cuando lo haga.

Se estira sobre los asientos para abrir la puerta antes de que llegue. Es un gesto sencillo, pero podría abrazarlo por ello. Cierro el paraguas y me subo a la enorme camioneta, maldiciendo lo alta que es, pero adorándola porque está seca y calentita.

No digo nada mientras cierro la puerta y me abrocho el cinturón. Sé que Cole me está mirando y puedo sentir cómo emana de él pura ira en oleadas, como cuando te sientas demasiado cerca de un calefactor. Pero no me importa. Me dejo caer contra el respaldo y suspiro. Estoy exhausta.

—¿Intentas fastidiarte más la pierna? —Su voz es seca y pone de manifiesto su pasado militar. Suena autoritaria, y me gusta. Ha sido más una demanda que una pregunta, y me recuerda la noche en la que fuimos demasiado lejos.

—Gracias por recogerme —respondo sin más, y al instante me siento un poco tonta.

Supongo que se debe al vino, al frío y a la montaña rusa emocional por la que he pasado. Y también supongo que Billie está detrás de este rescate, algo por lo que ya la haré pagar.

Gruñe y sigue conduciendo. Noto cómo se mueve a mi lado y lo miro de reojo para ver qué hace.

Una mano enorme se acerca a mi lado del salpicadero y veo cómo flexiona el antebrazo musculoso al pulsar el botón del climatizador del asiento.

¿Le preocupa que tenga frío? Sigo el movimiento de los dedos con la mirada cuando gira el mando al máximo, admirando las venas que adornan el dorso de su mano.

Todo en Cole es masculino hasta la médula, y mi cuerpo reacciona sin poder evitarlo a pesar de que mi mente me pide a gritos que lo ignore.

Su cuerpo, sus facciones, su voz… Dios, esa voz.

Profunda y ronca. Causaría conmoción como teleoperador de sexo telefónico si tal cosa todavía existiera.

Y si alguna vez se molestara en pronunciar más de cuatro palabras seguidas.

Cuando chateábamos ya era difícil arrancarle las palabras, pero ¿en la vida real? Necesitas un sacacorchos. Es prácticamente imposible hacerlo hablar.

Y por eso ni me molesto en intentar mantener una charla intrascendente. Paso.

Cierro los ojos y disfruto del calor que emana de las rejillas de calefacción. Si no piensa dirigirme la palabra, no voy a tomarme la molestia de comentarle lo que ha salido a la luz en casa de Billie y Vaughn. ¿Quieres mi confianza? Gánatela.

Cuando por fin reduce la velocidad de la camioneta y se detiene, abro un ojo y lo miro. Me está observando. No demuestra ninguna emoción, pero me observa de todos modos.

—Quieta ahí —ordena con su voz de mandón.

Estoy demasiado cansada para discutir y veo con los ojos entrecerrados cómo baja de la camioneta. Quizá esté mosqueada, pero no lo bastante como para no ver cómo los vaqueros envuelven su trasero y sus muslos. Es un tío enorme con un montón de músculos. Podría aplastarme si quisiera.

Rodea la parte delantera de la camioneta y abre la puerta del copiloto.

—Vas a dejar que te ayude a salir —anuncia, y un escalofrío me recorre la espalda.

Me giro en su dirección sin levantar la cabeza del reposacabezas y arqueo una ceja a modo de respuesta. Aunque no ha hecho ninguna pregunta.

Se cruza de brazos y me mira. Parece el segurata de una discoteca a punto de negarme la entrada.

Suelto una risita nerviosa ante esa imagen, pero Cole no me imita.

Sigue mirándome, con los labios formando una fina línea, y esa mirada me calienta la piel y amenaza con prenderme en llamas como una cerilla.

Puf… Tengo que dejar de beber vino. Y tampoco me vendría mal un orgasmo.

—Está bien —susurro en voz muy baja y temblorosa.

Me duele un montón la pierna. No tanto como el fin de semana pasado, pero caminar este rato no ha sido buena idea. Así que me muevo las piernas y las dejo colgando del asiento. Parezco una cría pequeña intentando salir de ahí.

—¿Por qué tu camioneta tiene que ser tan grande?

Me ignora y da un paso.

—¿Por qué tienes que hacer tantas preguntas?

—¿Este tamaño intenta compensar algo?

Ha sido culpa del vino. Las mejillas me arden por culpa de mi audacia y veo cómo tensa la mandíbula.

Espero que me deje caer al suelo, pero gruñe y me alza en brazos. Uno está bajo mis rodillas y el otro justo bajo la tira de mi sujetador.

—Oh —suspiro—. Vale.

Recorre la distancia que nos separa de la casa con grandes zancadas, como si estuviera impaciente por soltarme. Siento sus bíceps contra el lateral de mi pecho, y bajo la luz dorada del porche puedo admirar sus brazos fuertes y duros.

No me extraña que ya haya hablado de ellos.

En lugar de dejarme caer sobre el porche, se agacha un poco y saca la mano de debajo de mis rodillas para girar el pomo de la puerta.

Sé que no peso mucho, pero es que ni se inmuta.

Abre la puerta de una patada y me lleva dentro.

Miro su rostro, las líneas cortantes de su pómulos, la frente despejada, la barba incipiente en su mandíbula.

—¿De qué es la cicatriz que tienes en la ceja?

Me mira como si fuera una niña irritante.

—De cuando estuve en el extranjero —responde.

Sé que eso quiere decir que se la hizo cuando estaba en el Ejército. Y algo más debe de haber si esa es toda la explicación que piensa darme. Me siento fatal por haber preguntado. No es asunto mío, y me siento como si acabara de traspasar un límite.

—Te queda bien. Me gusta —digo para suavizar un poco las cosas.

Pero por la forma en que me mira, por cómo esos ojos grises se clavan en mí, creo que ha sido una tontería intentarlo siquiera. Su pecho cincelado sube y baja de forma mucho más evidente y su aliento cálido me acaricia el cuello; no aparta la vista de mí.

Y, de pronto, me deja con suavidad en el sofá y se marcha a toda prisa, como si fuera a contagiarle algo.