7 En el pasado #2
Casi pongo los ojos en blanco. Siempre pregunta demasiado.
Deja escapar un gruñido y se acerca a la camioneta, evaluando cómo va a subir.
Y no pienso ofrecerle mi ayuda si no la pide.
Me lo ha dejado muy claro, y, si algo aprendí de ella el año que pasamos chateando, es que es muy terca.
No le di casi nada y ella siguió insistiendo, volviendo a por más hasta que al final cedí un poco. No fui capaz de desanimarla.
Así que voy sobre aviso. Cuando ella se sube a la camioneta de forma más bien poco elegante, acabo mirando su trasero redondo con el « Vancouver » impreso en él. Me pican los dedos por las ganas de echarle una mano. Me incomoda ver lo que le cuesta.
Cuando por fin consigue sentarse, cierro la puerta, rodeo la camioneta, me acomodo en el asiento del conductor y enciendo el motor, a ver si acabamos con esto de una vez.
Cuando enfilo el camino de entrada, me doy cuenta de cómo se aferra al puto tirador, como si ni siquiera confiara en mí lo suficiente como para llevarla por un camino de grava.
Me molesta que piense así de mí, cuando estoy convencido de que en algún momento nos llevábamos bastante bien.
Al llegar a la carretera principal me animo a mirarla de nuevo, pero ella gira la cabeza para contemplar los campos verdes que pasan a toda velocidad al otro lado de la ventanilla cuando acelero.
Su melena tiene un cierto tono plateado: es como una cascada que se derrama por su espalda, iluminada por el sol.
Está manchado de barro por la caída, pero no creo que sea buena idea mencionarlo cuando ya nos movemos por terreno pantanoso.
Además, me gusta. Violet acaba de salir con ropa comprada en el hospital, sin maquillaje y con el pelo manchado de barro porque quería un café. No se ha pasado horas arreglándose para mostrarse en público y, aun así, está preciosa. Es femenina, elegante, casi élfica.
Recuerdo haber pensado lo mismo de su cabello cuando me envió una foto con mierda de pájaro en la cabeza. «¡Hoy voy a tener suerte!», había dicho.
El recuerdo hace que se me crispe un músculo en la mejilla.
En ese momento me hizo reír, y luego me provocó una punzada en el pecho.
No soy capaz de recordar la última vez que sonreí de ese modo.
Tenía mierda de pájaro en el pelo, literalmente, y lo único que hacía era reírse y comentar la buena suerte que iba a darle.
Yo solo puedo soñar con esa actitud de ver el vaso medio lleno, y no tengo por qué tirarle ese vaso. Esa habría sido una jugada estúpida. Y no quiero ser estúpido: quiero ser mejor.
—No tienes por qué mudarte —rompo el silencio de forma abrupta y mantengo la vista fija en el parabrisas, como si hubiera algo interesantísimo ahí fuera, en medio del campo. Alerta de spoiler: no lo hay.
Siento su mirada clavada en mí, atravesándome como la aguja de una pistola de tatuaje, a pesar de que estoy haciendo todo lo posible para no volverme hacia ella. Es una sensación punzante y aguda, seguida de un calor que fluye bajo la superficie.
—No quieres que me quede.
Dejo escapar un sonoro suspiro y me aferro al volante de cuero. Lo que no quiero es todo lo que me despierta. No quiero tener que mirarla todos los días y desear tocarla, o que ella me toque, porque es una auténtica tortura querer algo que no vas a permitirte tener.
—Eso no es verdad.
Ladea la cabeza y me mira.
—Es una situación extraña e incómoda. Y estás enfadado. Lo entiendo.
No hace falta que responda. Los dos sabemos que está en lo cierto, y que «extraño e incómodo» ni siquiera se aproximan a definirlo.
La mujer a la que le pedí de forma anónima en internet que me enviara desnudos se convirtió en mi amiga por correspondencia, aunque nunca pretendí tal cosa; después me hizo ghosting y ahora trabaja para mi hermano en el rancho familiar.
Raro de cojones, eso es lo que es.
¿Estoy enfadado? Sí, conmigo mismo.
—Me mantendré apartada de tu camino. Es que, salvo volver a casa, no tengo ningún otro sitio a dónde ir. Te prometo que ni siquiera sabrás que estoy ahí.
Me permito dudarlo mucho, pero, en el fondo, tampoco quiero que se vaya. Es un alivio no estar solo todo el tiempo.
—Bueno.
—Bueno —suspira ella, y se relaja en el asiento de cuero, con una pequeña sonrisa en sus labios bien formados.
Pero el silencio no dura demasiado. Nuestra frágil tregua le ha allanado el camino a su lado inquisitivo.
—¿Por qué «Buscadordeoro85»?
Trato de actuar con indiferencia porque no creo estar preparado aún para hablar de eso, de lo que ocurrió entre nosotros. Es muy…, bueno, todavía me duele recordarlo, así que me hago el tonto, rezando para que lo deje pasar.
—¿Eh? —mascullo, distraído, cuando giramos hacia la calle principal de Ruby Creek.
Se llama, literalmente, calle principal, Main Street, pero es una callecita triste de un lugar que parece estar congelado en el tiempo.
Hay un bar, una cafetería, una tienda de suministros/licores/material de ferretería, un banco y un puñado de tiendas más que se apiñan a cada lado de la calle.
Lejos de aquí se puede encontrar de todo, pero esto es Ruby Creek.
No ha cambiado nada desde que yo era un crío, y es raro.
—Tu nick . —Por el rabillo del ojo compruebo que sigue mirándome—. ¿Por qué lo elegiste?
¿Por qué el límite de velocidad es tan bajo? Quiero acabar de una vez con esto.
—Porque dirijo una empresa minera y nos dedicamos a buscar oro. Y porque nací en 1985.
—Ah. —Se da unos golpecitos con el dedo en los labios; un mechón suelto de cabello platino descansa sobre su mejilla sonrosada.
—¿A qué viene ese «Ah»?
—No sé, es como si necesitaras dinero, o algo así. Ya sabes, como la canción de Kanye. Es gracioso.
Intento con todas mis fuerzas no sonreír, y obligo a mi boca a formar una línea recta. Por alguna extraña razón, ese nombre me hizo gracia cuando creé la cuenta. Ahora solo me recuerda a ella.
—¿Y qué hay de ti? ¿Por qué elegiste ese nombre? —pregunto, sin querer pronunciar el nombre en cuestión en voz alta.
Se sonroja y mira hacia las tiendas por las que vamos pasando.
—El púrpura siempre ha sido mi color.
Solo resisto mirarla un instante antes de que toda la sangre se precipite entre mis piernas, pero cuando devuelvo la vista a la carretera, ese rubor se queda clavado en mi mente. Recuerdo cómo se sonrojó por mí hace tiempo y pienso que le habría encajado mejor «Chica de Rosa».
Dios mío. Tengo que salir de esta camioneta.
Encontrar aparcamiento es fácil, así que estaciono en ángulo frente al Country Grind, la cafetería local. Violet abre la puerta y sale antes de que pueda llegar junto a ella. Gime, y jadea cuando sus pies tocan el suelo. Me estremezco.
Terca de cojones.
Me acerco y le sostengo la puerta en lugar de levantarla y cargar con ella.
Pasa cojeando a mi lado con una ceja enarcada.
—Te pones muy mono cuando eres caballeroso.
¿Mono? Jamás me habían llamado semejante cosa. Distante; gruñón; espeluznante, incluso. Niego con la cabeza y la sigo al interior.
—¡Hola, Macy! —dice Violet.
—¡Cariño! —responde la curvilínea pelirroja que está tras el mostrador—. ¿Qué te ha pasado?
—Ah, esto… —Violet se muerde el labio inferior y me mira—. Una pequeña rotura. No es grave. Dentro de nada estaré de vuelta en el ruedo.
—Ay, cielo… —suspira la mujer de mediana edad—. Voy a traerte una galleta y un café. Eso te ayudará. ¿Y tú qué quieres, corazón?
Esos apodos cariñosos son de lo más molesto. Por suerte, Violet acude en mi rescate. O tal vez intenta rescatar a Macy de mí. ¿Quién sabe?
—Pasa de él. No cree en el café.
Macy se lleva la mano al pecho fingiendo estar horrorizada y en shock . Me mira de arriba abajo con una expresión tan apreciativa que me hace sentir incómodo. Se pone una mano junto a la boca y se agacha hacia Violet con un gesto cómplice.
—Con un tío como este podría pasar por alto ese defecto.
Violet suelta una risita y, de inmediato, sus mejillas de porcelana vuelven a sonrojarse; me mira con nerviosismo, a todas luces tan incómoda como yo, aunque me limito a aparentar que estoy aburrido, como si me preguntara si ya han acabado.
Detesto que la gente me mire demasiado, por eso Vaughn es la cara visible de la empresa minera familiar.
—Ya veo: eres tan duro de pelar como las almendras de mis tartas. —Macy se ríe y se aleja para preparar el pedido de Violet.
Me cruzo de brazos y estudio la decoración rústica del local. Una mujer mayor que está sentada leyendo el periódico me sonríe.
—Buenos días. —El contorno de sus ojos se llena de arruguitas cuando me saluda.
Sigo con mi escrutinio, y estoy a punto de admitir a regañadientes que el lugar tiene un cierto encanto cuando siento un pinchazo en las costillas. Bajo la vista y encuentro a Violet mirándome fijamente.
—Acaba de darte los buenos días —me regaña con un susurro.
Me agacho hacia ella.
—Lo sé.
—Pero la has ignorado…
—No la conozco.
No me gusta la cháchara intrascendente. Ni los desconocidos.
Ni que la gente de estos pueblos pequeños no se ocupe de sus propios asuntos.
Si no doy pie a que se comporten así, mi estancia en este lugar va a ser menos irritante.
Me he comportado de forma inaccesible antes, y no es muy difícil conseguirlo si ofendes al número suficiente de personas.
La mandíbula de Violet se descuelga como si acabara de decir algo impactante.
—Eres más educado que eso, Cole Harding. Llevas toda la mañana sosteniéndome las puertas.
—¿Me estás echando la bronca?
Se cruza de brazos y enarca una ceja, desafiante. Esos brazos esbeltos quedan justo bajo sus pechos, y para no fijarme en cómo el gesto los levanta me concentro en el barro que tiene en el pelo.
Su cuerpo todavía me obsesiona.
—¿Tengo que hacerlo?
Ella asiente.
Maldigo para mis adentros, pero por fuera muestro una sonrisa que debe de ser igualita a la de un perro enseñando los dientes y me vuelvo hacia la mujer del periódico.
—Buenos días —digo, pronunciando con claridad, antes de volverme de nuevo hacia Violet, que me mira con un brillo divertido en los ojos.
Frunce los labios como si estuviera conteniendo una carcajada y, por fin, me dedica una sonrisa enorme y cegadora. Una auténtica sonrisa.
—No ha sido tan difícil, ¿verdad?
Solo puedo pensar que no consigo recordar la última vez que alguien me miró así.