7 En el pasado
Cole
Oigo el teléfono, pero hago la última serie de levantamiento de pesas antes de cogerlo.
«Chica_de_Púrpura te ha enviado un mensaje».
¿Acaso ha cambiado de opinión? Lo más probable es que no, y no puedo culparla por ello.
Cada vez que envío un mensaje como ese me siento sucio.
Sé que parezco un pervertido, y lo detesto.
Y también sé que hay un montón de babosos en internet, aunque preferiría pensar que no soy uno de ellos.
Este tipo de acuerdos me funcionan: me garantizan intimidad y me proporcionan la compañía que anhelo.
O algo así.
Deslizo la notificación para abrirla.
Chica_de_Púrpura: ¿A cuántas chicas les has propuesto lo mismo?
Mira que es preguntona…
Buscadordeoro85: A unas cuantas.
Chica_de_Púrpura: Y eso son… ¿tres?
Buscadordeoro85: Más o menos.
En la pantalla parpadean los tres puntos que indican que está escribiendo, y luego aparece su mensaje.
Chica_de_Púrpura: Supongo que no fue tu amena conversación lo que las hizo aceptar.
No puedo evitar una carcajada. No se equivoca conmigo: nadie podría acusarme de ser un gran conversador.
Buscadordeoro85: No, aceptaron porque les ofrecí los mejores orgasmos de su vida mientras las miraba.
Los puntos parpadean y se detienen. Parpadean; se detienen. Pasan unos segundos hasta que vuelven a parpadear.
Chica_de_Púrpura: Ah.
Buscadordeoro85: Sí. Ah. ¿Sigue sin interesarte?
Chica_de_Púrpura: ¿Tener orgasmos por internet? No, no me hace falta. Puedo encargarme muy bien yo solita.
Se me escapa un gemido al pensar en la piel pálida y sedosa que aparecía en la foto, en las bonitas bragas rosas que escondían su coño. Al pensar en sus dedos deslizándose bajo ese triángulo de encaje.
Controlo mis nervios. Es como si esta mujer no tuviera ni idea de lo sexy que es, y eso hace que me guste aún más. Chica de Púrpura es toda una tentación y ni siquiera se da cuenta.
En la actualidad
Me coloco los auriculares con gesto rabioso.
Ya he terminado con la tabla de ejercicios diaria, pero voy a seguir.
Clavo el pulgar en el cuádriceps y lo deslizo hacia abajo para calmar el dolor.
El ejercicio es la única forma que tengo de controlar las emociones que me están asfixiando.
Trixie me diría que les pusiera nombre, pero en las Fuerzas Especiales no me enseñaron precisamente a hablar de mis sentimientos.
Como no tengo un gimnasio cerca, corro; hago flexiones; hago abdominales.
Y si pudiera encontrar unos ladrillos o algo así, haría pesas.
La grava cruje bajo mis pies cuando llego a la carretera secundaria; el aire huele fresco y tan poco familiar como las rocas lodosas del río que atraviesa la propiedad.
La nieve todavía no se ha derretido en la cima de las Cascades, aunque ya estamos en abril.
Intento convencerme de que echo de menos el olor de los tubos de escape y el sonido de los cláxones a todo volumen a los que me enfrento cuando voy al centro, pero creo que me estoy engañando a mí mismo.
No lo sé. Lo que sí sé es que moverse es un regalo, que nos ofrece una libertad que no podemos dar por sentada.
Nuestros cuerpos, sin importar su forma o su tamaño, son como caballos de batalla que hacen cosas increíbles por nosotros.
O cosas sencillas, de las que ni siquiera somos conscientes hasta que ya no podemos hacerlas.
Y por eso también sé que Violet se siente atrapada por culpa de la lesión. Quizá ni siquiera se haya dado cuenta todavía, pero yo sí. Y en lugar de demostrar un poco de inteligencia y comprensión, me he comportado como…, bueno, como yo mismo.
Después de que se haya ido hecha una furia, he ido a buscar un taburete al cobertizo para que pueda alcanzar el armario, aunque soy consciente de que el daño ya está hecho, de que ha pensado que había dejado ahí las pastillas a propósito, así que no es difícil imaginar que ahora mismo estoy en su lista negra.
Muevo los brazos y corro más rápido, devorando los kilómetros, empapado en sudor, como si así pudiera huir de mí mismo.
¿Cómo podría compensar a Violet por lo que le hice?
Sé que no le debo nada, pero la verdad es que es lo más parecido a una amiga que he tenido desde que puedo recordar.
Hilary y yo nunca fuimos amigos en realidad.
Solo éramos esos follamigos que tienen los niños ricos.
Y luego yo me convertí en un soldado que estaba preparándose para el despliegue, y entonces nos prometimos.
Pero cuando regresé para quedarme… nos convertimos en veneno.
Y me cociné a fuego lento en ese veneno durante años.
Resoplo y doy la vuelta a la esquina, hacia otro camino inidentificable.
Buen intento, viejo, pero todavía estás molesto y saturado.
Violet no se merece que yo le eche encima mis mierdas.
No tiene la culpa de nada, y hacerle la vida un poco más fácil después de haber herido sus sentimientos no va a matarme.
Porque sí, sé que le hice daño, aunque esa no fue mi intención.
No podía ofrecerle nada más, no podía darle lo que quería.
No era lo bastante valiente como para desnudarme cara a cara, mucho menos en un chat de vídeo.
Esa noche, cuando me dijo que me encargara de todo, que le dijera lo que tenía que hacer, me puse muy caliente.
Condenadamente caliente. Más que nunca, quizá porque habíamos llegado a conocernos bien, y la confianza que depositó en mí significaba algo; en ese momento sentí por Violet algo en lo que no me atreví a adentrarme.
Pero solo fue eso: un breve instante. Al menos, para mí.
Y lo menos que puedo hacer ahora es no portarme como un capullo con ella, aunque, en realidad, no ha sido a propósito; es que siempre termino comportándome de ese modo, lo quiera o no.
Por lo general, no me rebajo a preocuparme por lo que los demás piensan de mí, pero no me voy a morir por intentar ser útil. Seguro que Trixie estaría de acuerdo.
Respiro con dificultad y, aunque odie admitirlo, debo reconocer que mi cuerpo se ha agotado con el primer entrenamiento.
El sol de media mañana calienta más de lo que esperaba, así que me detengo, entrelazo las manos detrás de la cabeza para estirar un poco los músculos y me doy la vuelta despacio, contemplando la cuneta repleta de árboles.
Las hojas en esta época del año lucen un verde vivo, como si fueran de neón, frescas y nuevas antes de crecer y vestirse con un tono más oscuro.
Suspiro y obligo a mi cuerpo a ponerse en movimiento. El poder de la mente sobre la materia. No importa el cansancio. Así que sigo, forzándome a correr de regreso, aunque preferiría caminar.
Mientras avanzo, la cara de Violet aparece en mi mente.
Cómo se ha comportado al darse cuenta de que no llegaba al armario; el rubor en sus mejillas; el modo en que sus grandes ojos azules relampagueaban.
Los absurdos pantalones de chándal se han ajustado a su cintura y una parte malvada de mí quería reírse porque parecía una diminuta Campanilla de las que va pisando fuerte.
Pero otra parte se ha estremecido porque mi intención no había sido molestarla.
Ni siquiera lo había pensado: me limité a guardar las pastillas en su sitio, con las vitaminas y los suplementos alimenticios porque no me apetecía tener la encimera llena de botes.
Corro más rápido, hasta que me arden los pulmones y los cuádriceps.
Hasta que dejo la mente en blanco.
No necesito más mierda en mi vida.
En cuanto entro por la puerta, veo a Violet sentada en el mismo taburete de antes y frunciéndome el ceño. Mueve los labios, pero la música que llega a través de los auriculares está tan alta que no oigo ni una palabra. Y es estupendo, la verdad. Tengo que apuntarme este truco.
Me quito los auriculares y levanto una mano para detener la diatriba que está soltando. Una gota de sudor resbala entre mis omóplatos.
—¿Qué decías? —pregunto con calma.
Hace un puchero y relaja los hombros con un suspiro. Destila puro nerviosismo.
—No hay café.
—Lo sé —digo; me quito los zapatos y los dejo en la estantería antes de entrar para servirme un vaso de agua—. El café es una muleta que engaña a tu cuerpo para convencerlo de que tienes energía suficiente.
Se agarra a la encimera con tanta fuerza que se le ponen blancos los nudillos.
—Quiero que me engañen. No. Necesito que me engañen. —Se baja del taburete con cautela—. Voy a subir a mi apartamento para buscar café. Y tengo que averiguar dónde puedo quedarme —despotrica—, porque de entre todas las cosas malas que conlleva vivir contigo, que no tengas café es lo peor.
Suspiro, me pongo las manos en las caderas y miro al techo.
—Violet…
—Una muleta… ¿Es algún juego de palabras estúpido sobre mi pierna destrozada? —continúa, y se aleja un poco, cojeando.
—Violet.
De espaldas a mí, intenta meter el pie en una chancleta murmurando algo que se parece sospechosamente a «Mira que es creído, el gilipollas».
Así que opto por lo único que creo que va a llamar su atención.
—Bonitos pantalones de chándal.
Se da la vuelta tan rápido que cualquiera diría que no tiene la pierna rota.
—¿Me estás tomando el pelo?
—Violet —la freno—. Vamos a tomar un café. Tengo que ir a comprar, de todos modos.
Parpadea y me mira, debatiéndose entre la ira y la incredulidad. Cuando baja la barbilla en un breve asentimiento, me acerco, cojo las llaves del gancho y la guio a la puerta principal.
—¿Quieres las muletas?
Llega a las escaleras con torpeza, con la pierna en la que lleva la férula estirada, y se apoya en la barandilla para ayudarse a bajar.
—No —rezonga—. ¿También me vas a echar un sermón por eso?
—No. —Correteo escaleras abajo, voy hacia mi camioneta negra y la dejo atrás—. Eres una adulta y se supone que conoces bien tu cuerpo.
Abro la puerta del copiloto y espero.
Violet me mira con suspicacia y camina hacia mí, claramente dolorida.
—¿Qué estás haciendo? —pregunta con tono acusador.
—Te aguanto la puerta.