6 En el pasado #2
Miro primero la nevera y después el armario que hay encima. ¿Ha puesto a propósito los analgésicos en un lugar al que no llego?
—No llego —digo entre dientes, sin mirarlo.
Me estoy viniendo abajo y los nervios se entremezclan con el temor.
Y vamos a pasar un mes entero así… O más.
Ahora que me han dado la oportunidad, lo único que quiero es competir en las carreras, probarme a mí misma, ganar, no tomarme un mes de vacaciones para vivir bajo el mismo techo que Cole Harding.
—Lo sé —dice, sin el más mínimo rastro de humor en su tono.
Idiota.
Me vuelvo hacia él y abro los ojos de par en par, mordiéndome los labios hasta hacerme daño. Detesto hacer el payaso de esta manera.
—Cógelos. Ya.
Está apoyado contra el marco de la puerta, con aire despreocupado, pero mirándome con frialdad, aunque ahora sus ojos están enfocados en mis labios.
No tiene pinta de ir a ayudarme, y eso es todavía más irritante.
Los hombres tienen la mala costumbre de hacerme sentir impotente, y es la peor sensación del mundo.
No sé si es porque soy pequeña, o callada, pero me cabrea.
Mi padre y mis hermanos me trataban así continuamente, sin darse ni cuenta de que poner a la hermanita pequeña en un pedestal era una auténtica mierda patriarcal; aunque sus intenciones eran buenas, no me estaban haciendo ningún favor, y, en última instancia, eso fue lo que me decidió a independizarme.
Pero Cole… Él solo lo hace porque es un imbécil que pretende ganar algún absurdo juego de poder, y lo aborrezco con todo mi ser. Y no voy a consentirlo.
—No sé cómo Vaughn ha salido tan caballeroso y tú has salido… así —digo, abarcándolo por entero con un gesto desdeñoso. Le brillan los ojos y un músculo le palpita en la mandíbula—. Ya los cojo yo.
Cojeo hasta la mesa; voy a coger una silla, a llevarla hasta los armarios y a ponerme de pie sobre ella para alcanzar la medicina.
Pero me detiene antes de que llegue.
—Para, Violet.
Me vuelvo para ver cómo atraviesa la casa con pasos firmes, rodea la isla y se detiene a mi lado. Debe de medir más de metro ochenta y cinco. Así cualquiera llega al armario…
Coge el pequeño frasco naranja de las pastillas, que está rodeado de lo que parece ser un montón de vitaminas y suplementos alimenticios; estiro el cuello para intentar averiguar qué son esos botes leyendo las etiquetas.
—¿Por qué no te tomas un par de píldoras de la felicidad, ya que estás? —suelto.
Se vuelve hacia mí lentamente. Muy lentamente. Y deja el bote de analgésicos sobre la encimera de madera. Espero que lo deje con un golpe, pero sus movimientos son controlados y silenciosos, lo que resulta un poco desconcertante, la verdad.
Aunque haber pasado un año charlando con él a través del chat no significa que conozca sus gestos, al contrario: sé muy poco sobre él.
Nunca fue muy comunicativo y, después de cerrar para siempre la sesión de chat, me di cuenta de que solo había estado jugando con una cría solitaria que necesitaba a alguien con quien hablar.
Y con quien tener un orgasmo. Por una vez.
—Si vas a vivir aquí, a lo mejor debería comprar unas cuantas.
Espera… ¿Está bromeando? La verdad, no tengo ni idea.
Estudio su rostro buscando algún rastro de humor, pero no encuentro ninguno.
Lo que sí veo es una fina cicatriz blanca que le atraviesa la espesa ceja derecha y le llega hasta la línea del pelo.
Nunca la había visto antes porque nunca había tenido la oportunidad de admirarlo de cerca.
Y sí, lo estoy admirando porque es alucinante: el típico hombre diseñado al milímetro para que disfruten las mujeres.
Es fuerte y duro, masculino hasta la médula, y tiene toda la pinta de poder manejar a una mujer a su antojo.
Ese pensamiento hace que se me dispare el pulso.
—Lo siento. Ya sé que… Nosotros… —Me cuesta encontrar las palabras y me sonrojo.
Miro hacia otro lado, a través de la ventana delantera, hacia las verdes colinas, e inspiro hondo.
No puedo vivir así todo un mes. Sin más, no puedo—.
Comprendo que no quieras vivir conmigo. Encontraré otro sitio donde quedarme.
Se da la vuelta y coge un vaso.
—Siéntate.
Me encantaría decirle que se vaya al cuerno, pero eso de sentarse suena de maravilla y decido que esta no es la batalla que quiero luchar. O, al menos, no quiero hacerlo hoy, que lo único que deseo es un vaso de agua y que cese un poco el dolor.
Me muevo con cuidado alrededor de la isla; se supone que debería usar muletas, pero no tengo ni idea de cómo voy a hacerlo con lo que me duelen las costillas y los hombros. Me subo por fin al sencillo taburete de madera y veo cómo abre el grifo y llena el vaso.
Intento no mirarle el culo, pero fracaso miserablemente.
No tiene pinta de usar pantalones de chándal, pero es lo que lleva puesto y le sientan muy bien.
Son estrechos en los tobillos y se ciñen a la cintura.
Cuando se vuelve hacia mí, frunzo los labios y me echo el pelo sobre el hombro para peinármelo con los dedos.
—Toma.
Levanta el vaso, y juro que lo olisquea antes de deslizarlo sobre la isla en mi dirección. Su mano es tan enorme que el vaso desaparece en su interior como si fuera la tacita de un niño.
Cuando lo suelta, lo cojo con cuidado para no rozarle los dedos y luego miro el frasco de las pastillas. Las instrucciones dicen que pueden tomarse dos pastillas cada seis horas.
—Creo que empezaré con una —mascullo.
—Buena idea.
Parpadeo y busco su mirada. Capullo . Ahora quiero tomarme dos solo para no darle la satisfacción de hacer lo que dice.
Giro la tapa con brusquedad y la tiro sobre la isla.
—¿Quién te ha pedido tu opinión?
Dejo caer una pastilla en la palma de la mano y me la echo a la boca.
—Nadie. Ya sé que solo te interesan mis bíceps —dice Cole, inexpresivo, y me quedo helada.
El sabor amargo de la pastilla que se disuelve en mi lengua me inunda la boca cuando le devuelvo la mirada.
Me recorre una oleada de vergüenza y me obligo a tragar un sorbo de agua.
—Lo siento —murmuro, y miro a todas partes salvo en su dirección.
—¿Qué sientes?
Se apoya sobre la encimera y me fulmina con la mirada. Es desconcertante.
Y no pienso permitir que se dé cuenta, así que me yergo en mi asiento y pongo las manos sobre la isla de madera.
—Lo de anoche. No estaba en mi mejor momento. Es solo que… no me gusta que me digan lo que tengo que hacer.
Una sonrisa adorna su rostro y su mirada pasa de un frío desinterés a algo más; me recorre con la vista de la cabeza a los pies, dejando un rastro de calor a su paso.
—No es eso lo que recordaba.
Me aferro al vaso de agua fría.
No entres al trapo. Eres una adulta. Déjalo estar.
—Lo que tú digas. —Le echo una mirada y me pongo de pie, intentando no hacer ninguna mueca y mantener la voz lo más tranquila posible—. Me perderás de vista antes de que te des cuenta.
Y luego me doy media vuelta y cojeo de regreso a la seguridad de la habitación de invitados. Prefiero deprimirme en privado.