Ganar al límite (Gold Rush Ranch nº 2) 6 En el pasado
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6 En el pasado

Violet

¡La leche! Tengo un montón de mensajes. Navego por ellos, sonrojándome a medida que avanzo, y me alegro de haberme prometido a mí misma que no iba a responderle a nadie. Solo estoy aquí para mirar.

«Hola, cariño», «Oye, cariño», «Me gustaría chupar…», «No te pongas nerviosa…». Quién iba a decir que había tantos pervertidos en este mundo. Ni siquiera puedo leerlos todos. Son demasiados.

Este foro tiene decenas de miles de suscriptores, y no alcanzo a comprender cómo cuarenta y siete de ellos han conseguido encontrarme y han decidido mandarme un mensaje.

Me retuerzo las manos al imaginar lo que estos hombres han estado haciendo mientras miraban mi foto.

Esta ha sido una mala idea; una muy mala idea.

La notificación de mi cuadragésimo octavo mensaje aparece en la esquina superior derecha de la pantalla, y hago clic en ella por pura curiosidad morbosa.

Buscadordeoro85: Quiero hacerte una propuesta.

Me muerdo el labio. Este mensaje no se parece a los demás. ¿Qué va a pasar por contestar solo a uno? No puede ser tan malo, ¿no?

Además, soy demasiado curiosa como para ignorar una sugerencia directa como esa. ¿Cuál será esa propuesta? Flexiono los dedos y los pongo sobre el teclado, deseando responder. Al fin y al cabo, si dice algo terrible, no estoy obligada a contestarle. Mierda. Allá voy.

Chica_de_Púrpura: Ah, ¿sí?

Los tres puntos parpadean en la pantalla, lo que significa que está escribiendo. Muevo la rodilla arriba y abajo y me doy un golpe contra el fondo de madera de la mesa, que es demasiado pequeña. ¿Está escribiendo un testamento o qué…?

Buscadordeoro85: Busco a alguien a quien pagarle para que me envíe fotos exclusivas (como la que has publicado) o con quien conectar por videollamada.

Te pagaré dos mil dólares americanos cada quince días por hablar dos o tres veces por semana unos veinte o treinta minutos y te daré unas instrucciones que deberás seguir, siempre dentro de lo razonable, por supuesto.

Eso sí: me mantendré en el más estricto anonimato.

Tómate tu tiempo para pensarlo, no hay prisa. Tu foto es preciosa.

Me echo hacia atrás. Pero qué coño… Qué proposición tan rara y aséptica.

Aunque cuatro mil dólares más al mes suenan de maravilla, no voy a hacerlo, de ninguna manera.

No es que me crea por encima de esto, es que no quiero echar a perder mi objetivo de vivir libre del control de los demás.

No quiero seguir las instrucciones de nadie.

Aunque sigo intentando hacer la conversión a dólares canadienses mentalmente.

Chica_de_Púrpura: ¿Por qué?

Me ruborizo. Debería decir que no directamente, pero estoy intrigada y tengo un montón de preguntas.

Buscadordeoro85: ¿Por qué qué?

Chica_de_Púrpura: No sé. ¿Por qué yo? ¿Por qué quieres hacer esto? ¿Cuál es el objetivo?

Buscadordeoro85: ¿Siempre haces tantas preguntas?

Vale, parece que he puesto el dedo en la llaga. A mí tampoco me gustaría que me interrogaran sobre mis preferencias sexuales.

Chica_de_Púrpura: Creo que sí. Y no es que vaya a hacerlo: solo siento curiosidad.

Buscadordeoro85: ¿Por qué has publicado la foto si tan nerviosa te pone?

Pienso en dejarlo ahí. No le debo ninguna explicación a este tío, pero es fácil ser atrevida y directa con alguien a quien no he visto en mi vida.

Chica_de_Púrpura: Porque quería sentirme nerviosa, hacer algo fuera de mi zona de confort. He estado viviendo en una burbuja y me ha parecido una buena forma de estallarla.

Buscadordeoro85: En mi caso, hago esto porque les tengo mucho cariño a mi burbuja y a mi intimidad.

Trabajo demasiado y no tengo tiempo para salir.

Además, me gusta que todo se haga de una determinada manera, y esto me lo garantiza.

Hasta ahora me ha funcionado. Te he elegido a ti porque me ha gustado la foto.

Pareces natural y auténtica, y eso es lo que me va.

Me ruborizo con el cumplido. Es un completo desconocido, pero sus palabras me llegan de un modo que me hace sentir lánguida y pegajosa.

Hace demasiado tiempo que no te acuestas con nadie, Vi.

Chica_de_Púrpura: Bueno, pues gracias por haber pensado en mí.

Buscadordeoro85: ¿Vas a considerar mi propuesta?

Chica_de_Púrpura: Probablemente no.

No vuelve a responder después de eso.

En la actualidad

Intento abrir los ojos, pero me pesan tanto los párpados que no sé si merece la pena. Me esfuerzo un poco más, pero no hay forma: pesan demasiado. Me rindo, suspiro y me doy la vuelta.

Siento un latigazo de dolor que me recorre desde los dedos de los pies hasta la punta de las orejas. Soy como una gran bola de dolor. Ahora sí que se me abren los ojos, y dejo escapar un jadeo.

Ay, mierda.

Opto por quedarme justo donde estoy, tumbada boca arriba.

Vuelvo a cerrar los ojos y me concentro en respirar por la nariz. Si no me muevo, no me duele. Sería la solución perfecta de no ser porque así me asaltan los recuerdos: Patrick Cassel. El barro. DD. Ay, Dios, DD.

El torrente de imágenes no se detiene: la caída, mi pierna, el hospital, el trayecto de regreso a… Abro los ojos de golpe y miro a mi alrededor.

—No me jodas.

Cole Harding.

Dejo escapar un gemido, me tapo la cara con las sábanas y me asaltan un montón de escenas confusas; muero un poco por dentro cuando llego a una en la que le hablo sin tapujos de sus bíceps.

¿Cómo voy a enfrentarme a él después de eso?

Nos iba genial fingiendo que el otro no existía.

Era el plan perfecto, una estrategia que llevaba funcionando más de un año, y yo tenía la esperanza de que siguiéramos así aunque él se mudara aquí.

Ese era mi plan. Me gusta tener un plan.

Pero ahora se ha ido a la mierda porque estoy durmiendo en su casa y he tenido que decirle adiós a la temporada.

Esto es una pesadilla.

Sacudo la cabeza, agobiada por mis desgracias, y chasco la lengua para ver si así consigo que la saliva acabe con esa sensación seca y algodonosa.

Necesito beber y lavarme los dientes. Miro hacia la mesilla de noche y veo un vaso de agua.

Me hace tanta falta que decido que merece la pena intentarlo: a pesar de que me siento como si todo mi cuerpo fuera un enorme moratón, me muevo y me incorporo para apoyarme en el cabecero.

El dolor, palpitante, me deja sin aliento; me rodea por entero.

Pero mis esfuerzos se ven recompensados en cuanto me llevo el vaso a los labios y pruebo la primera gota de agua. Sin riesgo no hay ganancia. Pero, en serio, ¿dónde están los analgésicos?

Quiero quedarme aquí escondida. No quiero ver a Cole, con su estúpido —y precioso— ceño fruncido y esos grandes bíceps que me provocan sensaciones extrañas en la boca del estómago. No es justo: estoy hecha polvo, pero debo enfrentarme al hombre al que he estado evitando durante un año.

La vida es dura, pero el dolor que me recorre todo el cuerpo es aún peor.

Las ganas de tomar un analgésico superan con creces el deseo de quedarme todo el día en el dormitorio para evitar a Cole, así que saco las piernas de la cama, jadeando por el esfuerzo, y me dirijo a la sala, cojeando por culpa de la férula y estremeciéndome con cada paso.

Cojeo hasta la isla de la cocina esperando encontrarme el bote de pastillas en alguna parte.

Todo es tan aséptico que parece que no viva nadie en este lugar: no hay siquiera una cartera y unas llaves tiradas o un vaso de agua olvidado en la encimera.

Pienso que a lo mejor se ha ido y mi corazón da un brinco de alegría ante esa perspectiva.

Eso sería perfecto; así podría tener un berrinche en toda regla por no poder montar en un mes por culpa…

—¿Qué haces levantada?

La fría voz de Cole cae sobre mí como un jarro de agua fría. Es impactante y desagradable, y me deja sin aliento. Así que me quedo congelada, sin ninguna intención de darme la vuelta y mirarlo porque sé lo que voy a ver… y aborrezco lo mucho que me gusta.

Concéntrate en su falta de personalidad y todo irá bien. No seas cría.

Me giro con rigidez, despacio, manteniendo una mano sobre la isla en busca de apoyo.

Necesito algo a lo que aferrarme si voy a mirarlo a esos ojos inteligentes del color del granito: un mosaico de grises y plateados.

Su mirada me recorre de arriba abajo como si estuviera tomando medidas para meterme en una caja y enviarme lejos.

—Necesito los analgésicos.

Resopla y se cruza de brazos. Está en la entrada, con la puerta principal abierta y el sol brillando a su espalda. Los rayos que envuelven su colosal cuerpo hacen que su silueta resplandezca. Me recuerda a un eclipse solar: sé que no debo mirarlo directamente porque es peligroso.

Parpadeo y aparto la vista para recuperar el control; intento concentrarme en el dolor de la pierna, que en su presencia se ha reducido a un latido sordo porque mi cuerpo se está enfocando en los demás sentimientos que me provoca: vergüenza, tristeza, añoranza.

Detesto que todavía tenga ese poder sobre mí, así que me concentro en el dolor; quiero volver a experimentarlo y usarlo como escudo.

Quiero sentirme mejor, pero no por mirar a Cole Harding.

Esta es la prueba viviente de que este tío es una droga a la que me cuesta resistirme. Pero ya he conseguido desengancharme una vez y ahora soy más fuerte. Tengo una vida diferente en la que él no tiene cabida. Sería demasiado complicado.

Incluso más que antes.

Me yergo y alzo la barbilla.

—¿Dónde están, Cole?

—En el armario que hay encima de la nevera.

Me doy media vuelta para alejarme de él cojeando.

Me encantaría llevar otra cosa que no fueran unos pantalones de chándal enormes con la palabra « Vancouver » en el trasero y una camiseta demasiado grande con una orca dibujada en el pecho.

Me llevaron en ambulancia al hospital, y tenía la ropa empapada de barro, así que este precioso atuendo es el que Billie compró en la tienda de regalos.

Al menos está limpio.