Ganar al límite (Gold Rush Ranch nº 2) 5 En el pasado #2
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5 En el pasado #2

Ella echa la cabeza hacia atrás y suelta una carcajada, como si poner a voz en grito nuestra historia fuera lo más divertido del mundo.

Un clásico de la comedia, vamos . Rechino los dientes con la mandíbula en tensión.

Solo puedo pensar en alejarla de los oídos indiscretos, así que me agacho y la agarro por la cintura, muy consciente de cómo mis manos la rodean casi por completo cuando la llevo hacia mí.

Cuando paso el brazo bajo sus rodillas, se estremece.

—¿Estás bien? —digo en voz lo bastante baja como para que solo ella pueda oírme. Debería haber tenido más cuidado.

—Me duele un poco. —Clava en mí sus ojos vidriosos, enormes, desenfocados y preciosos. Se me encoge en corazón al mirarla, al contemplar a esa chica a la que no he sido capaz de olvidar.

Me da igual lo que diga Billie: soy yo quien va a matar a Patrick Cassel. Me muevo muy despacio, menos nervioso y más preocupado, y paso el otro brazo bajo la estrecha espalda de Violet. Parece tan pequeña y frágil en mis brazos… Han sido tantas las veces que creía que la conocía, y no era así…

Apoya la cabeza en mi hombro como si estuviera borracha.

—¡No tan fuerte! —Me da un puñetazo en el bíceps con su manita diminuta—. ¡Mira qué brazos!

Parpadeo lentamente y me esfuerzo por mantener la calma mientras cargo con su cuerpo inerte hasta el porche delantero.

Alguien tan pequeño no debería pesar tanto.

Me inundan los recuerdos de cuando tuve que cargar con otros cuerpos inertes, los de mis camaradas, bajo el manto de la oscuridad; recuerdo su peso, el calor asfixiante.

Lucho contra la oleada de miedo que me recorre la columna vertebral.

Inhalo profundamente el aire denso y húmedo para volver al presente.

—¿Qué demonios le han recetado?

Billie saca un pequeño frasco naranja del bolsillo trasero y me lo tiende.

—No sé, pero a lo mejor deberían haberle dado la dosis para niños.

Me limito a dejar escapar un gruñido. Ya lo miraré más tarde.

—Yo me encargo —rezongo; los aparto de un empujón y entro en el viejo caserón sujetando a Violet con firmeza contra mi pecho.

—¡Qué romántico! —Violet se ríe y yo pongo los ojos en blanco.

En el pasado, Violet era una de las pocas personas con las que me gustaba charlar, pero esa mujer no está aquí ahora mismo, y la que hay en su lugar está drogada hasta las cejas.

—Violet, ¿estás bien? —Billie parece preocupada, pero le cierro la puerta en las narices de una patada para que deje el tema.

—¡¿Ves lo grosero que es?! —grita Violet a través de la puerta cerrada—. Con todas las veces que te has quejado de lo capullo que es y…

Es el turno de Billie para callarla.

—Mañana por la mañana te traeré tus cosas, Vi —responde Billie—. Si me necesitas, llámame.

Un músculo se tensa en mi mejilla. Cierra la boca, «hermana».

—¡No te preocupes por mí, B! Ya te lo he dicho: lo conozco.

Me invade una profunda sensación de temor al ver cómo mi intimidad se desvanece.

Una parte de mi vida que siempre estuvo destinada a mantenerse en las sombras va a dormir en el piso de abajo y a cotillear con la prometida de mi hermano.

Que haya estado suspirando durante los dos últimos años por ella, por una chica a la que, en realidad, nunca llegué a conocer, no tiene nada que ver en esto.

No va a salir nada bueno de esta proximidad forzada.

Llevo a Violet al dormitorio de invitados, lamentándome por mi mala suerte, sintiendo cómo mi bien organizado universo se me escapa entre los dedos como arena. Y solo llevo veinticuatro horas en Ruby Creek.

Este lugar hizo caer a mi padre y ahora también me hará caer a mí.

La habitación está a oscuras, pero la cama de invitados ya está hecha, como si hubiera estado esperándola. Como si el universo se estuviera burlando de mí.

Me agacho y dejo a Violet sobre la cama con suavidad, intentando no hacerle daño. Es aún más hermosa de lo que recordaba, suave, femenina, y me serena sin siquiera pretenderlo. Conocer a Violet fue como encontrar una cura que ni siquiera sabía que necesitaba.

—¿Por qué me miras? —pregunta en voz baja, tumbada en la cama. Su voz ya no es tan histérica.

—No te estoy mirando —protesto a la defensiva, sin ningunas ganas de hablar.

Cojo una almohada del cabecero y la coloco debajo de su rodilla para que esté más cómoda.

Cuando me echo hacia delante para abrir las sábanas, miro furtivamente su rostro.

Es algo que llevo evitando desde que la vi en la pista, pero ahora parece que no puedo apartar la mirada de ella.

Es como si su mera imagen me hubiera provocado un cortocircuito en el cerebro y abriera la puerta a que yo la contemplara boquiabierto, como si fuera un neandertal aturdido.

Espero que esos enormes ojos azules me devuelvan la mirada, pero las largas pestañas proyectan sombras sobre sus altos pómulos, su boca en forma de corazón está entreabierta y el aire escapa de sus labios en una respiración tranquila y superficial.

Está fuera de combate.

Lo que quiere decir que ahora sí puedo mirarla con atención, así que recorro cada línea, cada ángulo, cada inspiración. Mi vista se adapta con rapidez a la luz tenue que se filtra desde la sala de estar, y sé que no va a pillarme.

¿Su respiración es demasiado ligera? ¿Demasiado lenta?

Me acerco a ella para escuchar, un poco inquieto por el efecto que le han hecho los analgésicos. Otra cosa más por la que preocuparme. Justo lo que me hacía falta.

Salgo de la habitación sacudiendo la cabeza.

¿Cómo me he metido en esto? Debería encontrar a alguien para que se encargue de la nueva empresa y regresar a la ciudad.

A la mierda con todo. Soy un hombre de treinta y seis años que casi no puede cuidar de sí mismo, y lo último que necesito es tener que cuidar de esta mujer.

Me hace tanta falta como un disparo en la cabeza.

Voy a la cocina, abro el grifo de un manotazo y el agua sale disparada.

Me estiro para coger un vaso del armario que hay sobre el fregadero.

El agua de aquí huele fatal, pero Vaughn me ha asegurado que es potable.

Dijo algo sobre los productos químicos que le añaden a la de la ciudad, pero, aun así, lo primero que voy a hacer mañana es comprar agua embotellada.

Cuando voy a volver a la habitación, veo que el teléfono se enciende sobre la isla, y las llamadas perdidas de Vaughn y Billie llenan la pantalla.

Han debido de llamar mientras hacía ejercicio, antes de que todo se fuera a la mierda.

Miro tanto el teléfono durante el día por cuestiones de trabajo que prefiero dejarlo en silencio por las noches para que nadie me moleste.

Hasta ahora.

Al parecer, si en Ruby Creek alguien no contesta al teléfono, te presentas en su puerta.

Cojo el móvil y reviso las notificaciones. La más reciente es un mensaje de Vaughn.

Vaughn: Billie está muy preocupada por Violet. Vamos a buscar otra solución. Ten paciencia por esta noche y cuida bien de ella.

Pongo los ojos en blanco. Cualquiera diría que Violet está en su lecho de muerte, o algo así. ¿Tanta preocupación es normal entre adultos?

Cole: Dile a Billie que Violet es una adulta perfectamente capaz de valerse por sí misma. Estoy seguro de que podrá cuidarse solita cuando se le pase el colocón.

No voy a dignificar con una respuesta esa insinuación suya de que la cuide. ¿Es que cree que no soy capaz? No tengo ni idea de cuándo Vaughn se ha vuelto tan calzonazos.

Dejo caer el teléfono sobre la isla e intento esas inspiraciones profundas en las que tanto me insiste Trixie. Regreso a la habitación de invitados con el vaso de agua para Violet.

Lo dejo en la mesita de noche y mi mirada vuelve a recorrer su cuerpo dormido. Me embebo de ella, debatiendo para mis adentros cómo debería sentirme con respecto a toda esta situación.

Una parte de mí quiere tumbarse a su lado, abrazarla, acariciarle el pelo y contemplarla toda la noche, aliviar la tensión en mis entrañas y asegurarme de que está bien.

Pero la otra parte sabe que a ella no le haría ninguna gracia, que estaría pasándome de la raya, y más teniendo en cuenta cómo acabaron las cosas entre nosotros.

Así que salgo de la habitación, dejo la puerta entreabierta y me siento en el suelo, recostado contra la pared de enfrente.

Un rato nada más, me digo a mí mismo, sacudiendo la cabeza. Y me acomodo para vigilarla.

En el fondo, sé que me estoy engañando, que no voy a poder subir las escaleras y dejarla sola esta noche. Pero llevo años mintiéndome a mí mismo y a todos los que me rodean.

¿Por qué voy a parar de hacerlo ahora?