5 En el pasado
Cole
Miro la pantalla del teléfono y dejo escapar un gemido. ¿De verdad voy a volver a intentarlo? Es penoso. Soy penoso, joder, porque aunque he decidido no abrirle mi corazón a nadie, no puedo evitar desear algo más.
Y esa foto es tan… ¿etérea? No sé, no puedo apartar la mirada, podría pasar horas contemplándola.
Es muy distinta de lo que acecha en mi cabeza; pezones rosa claro sobre una pálida piel impecable.
Me imagino pasando la mano por ese cuerpo, trazando un camino desde el ombligo hasta el esternón, para descansar luego sobre su cuello y tocar esos labios suaves y carnosos, que se separarían cuando los acariciara con el pulgar; imagino el suave suspiro que se escaparía de ellos.
Ha pasado demasiado tiempo, viejo pervertido. Te estás poniendo duro solo con imaginarte tocando los labios de una mujer. Los de su cara, nada menos.
Y eso sin tener en cuenta que una chica como ella no va a interesarse por mí ni por lo poco que tengo para ofrecerle.
Pero, qué coño…, ¿por qué no? ¿Qué tengo que perder? Recorro con la mirada mi solitario apartamento en el West End: la tumba de un hombre adulto que ha dejado escapar entre los dedos todas las oportunidades de los últimos años. De una cáscara vacía.
Ni siquiera he intentado mejorar, superar mis traumas o esforzarme más. Lo quería todo: la valla blanca, los dos niños y medio y una esposa que me besara con lengua todas las mañanas al separarnos…, pero no he hecho una mierda para conseguirlo, y ya es demasiado tarde.
Solo somos yo, yo mismo y mis batidos de proteínas. Y mi espeluznante alter ego en internet, que bien podría usar ahora mismo.
Toco con el pulgar el icono para mandar un mensaje y escribo rápidamente antes de cambiar de opinión.
Buscadordeoro85: Quiero hacerte una propuesta.
Me meto en la ducha para intentar limpiar lo sucio que me siento.
Pero no puedo dejar de pensar en esa piel perfecta deslizándose sobre la mía, de imaginarme pasando la lengua por la cara interna de esos muslos, tomándome mi tiempo para saborearla, para sentir cómo se retuerce bajo mi cuerpo.
Me agarro el pene, pero finjo que son sus labios suaves los que se abren para envolverme.
Ella ahueca las mejillas y su sedoso cabello rubio se mece a un ritmo constante mientras me la chupa, sin apartar la mirada de mí.
Joder, me encanta: esos grandes ojos clavados en mí y mi polla en su boca.
Me pregunto de qué color serán esos ojos cuando me derramo contra las frías baldosas.
Por un momento, deseo no estar tan solo.
Pero no voy a permitir que suceda.
En la actualidad
—Oye, hermano mayor. —Billie aparece de pronto bajo la luz amarillenta del porche, junto a la puerta principal, con las manos en las caderas. Se aparta un mechón de pelo de la cara.
No sé qué está haciendo aquí, pero sí sé que no me gusta.
Son las once de la noche de un sábado. ¿Acaso así es como se divierte la gente en los pueblos pequeños?
¿Invadiendo la intimidad de los demás? Estoy a punto de preguntárselo cuando un par de faros se acercan por el camino de entrada.
Vaughn estaciona junto a la camioneta de Billie, y es entonces cuando me doy cuenta de que ella ha dejado la puerta trasera abierta y que una sombra se mueve en el interior.
Me echo hacia delante para intentar atisbar algo más.
—¿Hay alguien tumbado en tu asiento trasero? —pregunto.
Ella mira por encima del hombro.
—Pues sí.
Le devuelvo la mirada.
—No me gustas lo suficiente como para ayudarte a enterrar un cadáver.
Billie sonríe y sus dientes relucen en la oscuridad de la noche.
—Vale, pues no vendré a llamar a tu puerta cuando mate a Patrick Cassel.
—¿Patrick? —repito, confuso, cuando Vaughn sube las escaleras. Aborrezco a ese capullo arrogante de Patrick. Si me planteara ayudarla a esconder un cadáver, sería el suyo. Una risa histérica suena en la camioneta y me obliga a dejar esa línea de pensamiento—. Chicos, ¿qué coño pasa?
—Sí que podría matarlo, ¿sabes? —De nuevo esa risa enloquecida que surge desde la oscuridad del asiento trasero.
—¿Se encuentra bien? —pregunta Vaughn, sin aliento, cuando llega junto a Billie.
—Sí, pero está drogada hasta las cejas —responde Billie sin darle demasiada importancia.
Rechino los dientes: es tan típico de ellos esto de hablar sin aclarar nada…
—Tío —gruño—. Qué. Mierda. Pasa. ¿Eh?
—Patrick Cassel se ha echado encima de Violet y DD esta noche, y ella tiene una pierna hecha polvo.
Cuando consigo procesar las palabras de Billie, me inunda la adrenalina. Si no odiara ya a Patrick Cassel, lo haría ahora. Veo el polvo; oigo los cascos de los caballos; saboreo la bilis en mis labios. Paso los dedos por la pierna, nervioso.
—¿Qué quieres decir con «Se ha echado encima»?
Me rechinan los dientes; mi mente se transporta a otro tiempo, a otro lugar, hasta un chico de diecisiete años que ve cómo su padre participa en una carrera que jamás podrá terminar.
—Se ha puesto delante y se ha echado sobre el anca de DD. El suelo estaba embarrado —suspira Billie. Su voz suena entrecortada, y no me pasa desapercibido el modo en que mi hermano le rodea la cintura.
Me siento como si pudiera ahogarme con mi propia lengua.
—¿Y podrías explicarme lo que significa exactamente «una pierna hecha polvo»?
Vaughn se vuelve hacia mí con los ojos muy abiertos.
Eso suele significar que mi tono ha sido demasiado brusco.
Trixie siempre me pregunta cómo creo que me perciben los demás, y yo sigo contestándole que no me importa.
Ella me ignora y me dice que tengo que fijarme en el lenguaje corporal, y creo que debo tener en cuenta esa mirada con los ojos como platos: a Vaughn no le gusta que le hable así a su prometida.
—Tiene el peroné fracturado y un traumatismo en la rodilla. Es leve, aunque ha quedado un poco magullada. Pero no va a tardar demasiado en recuperarse. Si tiene suerte, un mes.
Inspiro hondo para llevar el aire a mis pulmones, y me fuerzo a dejarlo escapar con calma.
Así quizá no me pondré a hiperventilar por el daño que me hacen los recuerdos.
Podría haber sido mucho peor. He visto cosas mucho peores.
Tenía diecisiete años y estaba aferrado a la barandilla en Bell Point Park cuando perdí a mi padre, a mi ídolo.
Lo vi salir disparado a través de las puertas; lancé vítores y silbé y grité hasta quedarme afónico; vi cómo se acercaba al caballo que iba en cabeza y vi la sonrisa en su rostro.
Y luego lo vi caer. Un breve instante y su cuerpo quedó aplastado bajo el de su montura, que se levantó y se alejó al galope, con los ojos desorbitados por el terror.
Miré a mi padre, inmóvil sobre el suelo de tierra, y le rogué que se levantara. Pero no lo hizo.
Sí, esto podría haber sido mucho peor.
—¿Ella está bien? —Intento que mi voz suene fría, distante, pero hasta yo puedo escuchar cómo la impregnan la rabia y un dolor que ha tenido años para enconarse.
—Sí —responde Billie—, pero se supone que no debe subir escaleras.
Lo que significa que no puede quedarse en su apartamento sobre el establo.
Íbamos a trasladarla a nuestra cabaña, pero el baño está en el segundo piso, y es un sitio demasiado pequeño para tres personas.
—Se calla de golpe, mirándome con esos grandes ojos, como un niño pequeño que está a punto de pedir algo inapropiado.
También soy capaz de interpretar este lenguaje corporal: ya he visto antes esa mirada suplicante, aunque no tengo ni idea de a qué se debe, a menos que quiera cabrearme lo suficiente como para que desee estrangular a Patrick más de lo que ya me apeteció después de su comportamiento el año pasado.
No me queda más remedio que refugiarme en mi expresión neutra, mirando a mi hermano y a su prometida sin tener ni la más remota idea de lo que esperan de mí.
Vaughn deja escapar un gemido, se pasa la mano por el pelo y le escucho murmurar algo sobre lo difíciles que pongo siempre las cosas.
El sentimiento es mutuo, hermanito.
—¿Violet puede quedarse aquí contigo? Hay un dormitorio de sobra y el baño está en la planta principal. Solo serán unas cuantas semanas.
Tienen que estar de coña.
Aprieto los puños con la esperanza de que, si me ven lo bastante cabreado, se echarán atrás y encontrarán otra solución. Mi pecho sube y baja con cada jadeo, y los nervios me recorren el cuerpo de arriba abajo. Los dos siguen mirándome expectantes, como cachorritos.
Y a nadie le gustan los tipos que tratan mal a los cachorritos.
En la camioneta, Violet se echa a reír con tanta fuerza que parece que vaya a ahogarse.
Hasta le cuesta hablar, y puedo oír los jadeos entre las carcajadas.
Siempre me he preguntado cómo sonaría su risa; un año charlando con ella y otro obligándome a olvidar sus delicados rasgos…
y no me había imaginado los aullidos de hiena que está emitiendo ahora mismo.
—¡Os dije que no iba a aceptar, chicos! —dice—. Mirad la cara que pone. —Otro ataque de risa—. Lo conozco, sabía que no iba a funcionar.
Vale, se acabó. Lo último que necesito es que el Señor y la Señora Bocazas se enteren de mi vida privada. Y la mejor forma de lograrlo es…
A la mierda con todo.
Me pongo de pie antes de poder reconsiderar lo que voy a hacer.
Paso entre Billie y Vaughn y llego hasta la camioneta.
Violet está recostada en el asiento trasero, con los pies apuntando en mi dirección y la espalda apoyada en la puerta opuesta.
Lleva una férula en la pierna y se acomoda sobre un montón de mantas de caballo enrolladas.
Tiene las pupilas dilatadas y las lágrimas de la risa corren por sus mejillas embarradas.
—Anda, pero si es el Hombre Gamba.
Abro la puerta de la camioneta con un gruñido.
—Cierra el pico, Violet.