4 Violet #2
Cabalgo agachada sobre su lomo y dejo que sea él quien se encargue: este animal ha nacido para correr, y le encanta. Todo va según lo planeado desde que salimos del box, y ahora ha llegado el momento de avanzar.
Hasta que percibo cómo se acerca un bayo oscuro y, por el rabillo del ojo, veo el equipamiento verde lima de Patrick Cassel. Trato de ignorarlo y de mantenerme concentrada en DD.
El grito de Patrick se hace oír sobre el golpeteo de los cascos.
—¡Es hora de aprender una lección, niña!
Todos mis instintos se ponen en alerta cuando veo que sus manos se mueven un poco para cambiar de dirección.
El terror inunda mis venas y, antes de que tenga ocasión de reaccionar, nos intercepta bruscamente y empuja el anca de DD, frenando nuestro avance.
Y sobre un suelo resbaladizo, las consecuencias son desastrosas.
Con la cabeza y el cuello agachados y las patas estiradas al galope sobre ese firme húmedo, DD no tiene nada que hacer.
Caemos y, antes de que pueda entender lo que ha pasado, DD y yo estamos tirados en el barro.
—Voy a matarlo. —Billie se pasea a los pies de mi cama de hospital—. En serio, voy a asesinarlo, literalmente.
Sufro demasiado dolor como para reaccionar a su rabia. Tengo la pierna hinchada como el tronco de un árbol y no me darán analgésicos hasta que tengan ocasión de mirar las radiografías y las resonancias magnéticas. Como si necesitara un título en Medicina para confirmar que estoy jodida…
—Tienes que decirle a Vaughn que lo amo y que tenga preparado el dinero para la fianza, porque voy a arrancarle a Patrick sus miserables miembros uno a uno.
Un suspiro entrecortado escapa de mis labios mientras recorro la habitación con la mirada.
Las paredes tienen ese característico color menta pálido, un tono que imagino que fabrican solo para pintar las paredes de los sanatorios, y todo lo que llega a mi nariz es ese olor áspero y estéril que impregna todos los hospitales en los que he estado.
Y han sido muchos, porque mi hermano Rhett es un desastre con patas, un intrépido príncipe del rodeo.
A pesar de que soy un año más joven que él, siempre era yo la que se encargaba de quedarse encerrada en el hospital para cuidarlo mientras lo trataban de una lesión u otra, y así mi padre podía seguir encargándose de llevar la granja para mantenernos a flote a nosotros cuatro.
Por eso odio los hospitales.
Me da igual lo que le haya pasado a Patrick, pero estoy preocupada por DD, que se ha alejado cojeando después de caer sobre mi pierna. Me paso las manos por la cara y me fuerzo a inspirar hondo.
Podría haber sido mucho peor.
—¿Mira ha dicho algo sobre DD?
Mira Thorne es nuestra amiga y la nueva veterinaria, recién contratada.
Se encarga de todos los caballos del programa del Gold Rush Ranch, tanto en la pista como en los establos.
Billie se muerde el labio con nerviosismo y mete las manos en los bolsillos.
Está claro que también está preocupada por nuestro chico.
—Ha dicho que parece estar bien —es su tranquila respuesta—. Me llamará en cuanto sepa algo más.
—Tendrías que haberla acompañado.
Billie pone los ojos en blanco.
—¿Y dejarte sola? Mira puede apañárselas.
Cierro los ojos y me hundo de nuevo en la almohada, que está llena de bultos; es como si quisieran que te sintieras incómodo en el hospital.
Tras mis párpados cerrados, toda la temporada pasa ante mis ojos en imágenes fugaces, la oportunidad de demostrar que valgo para esto en lugar de ser solo la chica que montó uno de los caballos de carreras más excepcionales del mundo y cosechó un gran éxito por casualidad.
Esto es una mierda.
—De acuerdo, señorita Eaton —un hombre de mediana edad, con una bata blanca sobre la elegante camisa y los pantalones de vestir, entra en la habitación—, tengo buenas noticias.
Frunzo el ceño. Hoy no creo que vaya a recibir buenas noticias.
—Las imágenes muestran que no tiene nada… demasiado roto.
Me miro la pierna, que está negra y azul: se ve bastante rota.
—¿Está seguro?
Se ríe de buen humor.
—Muy seguro. Tiene un montón de moratones, un traumatismo en los tejidos blandos de la rodilla y una pequeña fractura en el peroné.
No aparto la mirada de mi pierna, en absoluto convencida de que no me la haya destrozado por completo.
El médico aprovecha mi silencio para seguir hablando, revisando el portafolios que lleva en la mano.
—No necesita cirugía, pero tiene que guardar reposo durante al menos un mes y usar muletas al principio. Al menos hasta que baje la hinchazón. También tiene que evitar las escaleras, y, desde luego, nada de montar.
Suelto un bufido.
Sí, claro, como si fuera a hacerte caso .
—Señorita Eaton, hablo en serio. Sé cómo son los atletas, pero si se fractura más el hueso o si sufre un desgarro en la rodilla, va a necesitar cirugía, y el tiempo de rehabilitación será mucho más largo. Ha tenido suerte, así que no lo estropee.
¿Suerte?
Billie interviene, sin duda porque ha leído mi expresión.
—No hay problema, doctor; yo me encargo de vigilarla.
El hombre apenas mira a Billie: enarca las cejas y ladea la cabeza hacia mí, buscando mi aprobación. Sacudo la mano en el aire con un gesto desdeñoso y me cruzo de brazos. Al fin y al cabo, cuando salga de aquí no va a saber lo que hago.
—Entendido —murmuro; bajo los ojos y suspiro, sintiéndome algo más que un poco juzgada.
—De acuerdo. Voy a traerle unos analgésicos y luego le daremos el alta.
Me obligo a mostrar algo parecido a una sonrisa, demasiado dolorida y cabreada como para hacer nada más. Necesito tomar algo que me alivie el dolor y tumbarme en mi propia cama. El médico da media vuelta y sale de la habitación.
—No te preocupes, Vi: te encontraremos un sitio donde quedarte.
—¿Qué? —Miro a Billie, confundida.
—No vas a subir esas absurdas escaleras que llevan a tu apartamento. Ni mucho menos a bajarlas. —Se estremece—. Ni hablar de eso.
—Vale, mamá. ¿Y dónde voy a quedarme entonces?
Billie se pasa las manos por la cara, y parece estresada, a pesar de que intenta actuar con calma y fingir ante mí que lo tiene todo bajo control.
—Le diré a Vaughn que se quede con su hermano en la casa principal, y tú vendrás a la cabaña.
—¿A la choza del amor? —suelto.
Una enfermera entra con un vaso de papel blanco y me lo tiende.
—¿La choza del amor? —repite Billie, confusa.
Miro las dos pastillas que hay en el vaso, me las meto en la boca y las trago ayudándome de un sorbo del agua que hay en la mesa que está junto a mí. Y casi escupo: el agua de la ciudad sabe fatal.
—Sí. No pienso mudarme a la choza del amor y separaros.
—¿Así es como llamas a nuestra casa? —pregunta, divertida.
No puedo evitar sonreír. Ella y Vaughn viven en su propia burbuja de felicidad.
—Billie, así es como la llama todo el mundo en el rancho.
Deja escapar un suspiro, agotada, y se pasa la mano por el pelo castaño.
—Me encanta, no te voy a engañar. Pero aun así vas a quedarte conmigo. Vaughn sobrevivirá.
—Billie, ni siquiera hay un baño en la planta principal de tu cabaña.
—Mierda. —Se desinfla—. Vale, bueno, entonces… ¿por qué no pasamos a Cole a tu apartamento y te dejamos la casa principal? Solo por unos…
De ninguna manera.
—No. No lo quiero en mi apartamento. Es mi espacio.
—Está bien, Violet, pero, entonces, ¿qué solución propones? ¿Quieres volver a Alberta unas semanas y quedarte con tu padre? O… no sé —su voz suena agitada—, ¿por qué no te mudas a la casa principal con Cole? Ahí hay una habitación libre y un baño en la planta principal.
Me encantaría tomármelo a broma, pero en la actual coyuntura esa es la mejor solución.
Las buenas noticias no dejan de llegar. Tengo tanta suerte…