4 Violet
—Cole se ha mudado hoy.
Me calzo las botas con demasiada fuerza, gruñendo, y luego me dedico a sacarle brillo al taburete con un trapo. Básicamente, intento ignorar a Billie, que me sonríe como si estuviera loca.
—¿No vas a decir nada?
La miro de reojo y me encojo de hombros.
La respuesta es «No, no voy a decir nada».
En el último año, Billie Black, mi jefa y entrenadora principal en el Gold Rush Ranch, se ha convertido en una de mis mejores amigas y he llegado a conocerla bien.
Es como un perro tras un hueso, inteligente e intuitiva, y cualquier cosa que le diga acabará almacenada en la loca cámara de su memoria hasta que la saque de ahí para analizarla y extrapolar datos. Y así sabrá cómo conocí a Cole.
Y yo no podré volver a mirarla a la cara sin ponerme del rojo de un camión de bomberos.
— Nop —digo, remarcando el sonido de la p; busco en el armario donde guardamos los aparejos y saco el equipamiento negro y amarillo del Gold Rush Ranch.
—Viii —gime—. Me estás matando. Ya ha pasado un año y vi tu cara ese día. ¿Qué te dijo? Venga, dame algún detalle.
El calor asciende por mi pecho. Billie es implacable.
—Bueno… Nos conocimos online hace un par de años y charlamos unas cuantas veces.
Se rasca la barbilla con sus largos dedos sin apartar la vista de mí.
—¿Como en el programa de correspondencia con veteranos de guerra?
—Algo así —digo para deshacerme de ella—. Ahora déjame en paz. Tengo que ir a pesarme y necesito alcanzar el estado mental adecuado si quieres que gane.
—Vale, vale. Ven a buscarme cuando acabes. Te prometo que no voy a preguntarte más sobre este tema. —Mueve las cejas y se pone en pie para marcharse—. Nos vemos después de la carrera.
Pongo los ojos en blanco y me dirijo hasta las oficinas de control, junto al círculo de ganadores de Bell Point Park. El mismo lugar en el que Cole Harding volvió a entrar en mi vida.
Ese día estaba a lomos de DD, abrumada por la victoria en el Denman Derby, cuando se me acercó un hombre que solo podía ser el hermano de Vaughn; recuerdo haber pensado que parecía una siniestra nube de tormenta que se cernía sobre la luminosa y alegre celebración.
Recuerdo la forma en que su enorme mano estrechó la mía, su calor, su fuerza, mientras me hacía un gesto con el dedo para que me acercara a él; y recuerdo que me quedé congelada y todos los sonidos a mi alrededor se convirtieron en ruido blanco cuando me agaché y dijo: «Me alegro de volver verte, Chica de Púrpura.
Casi no te reconozco con toda la ropa puesta».
Solo con pensar en ello me sonrojo. Y todavía estoy enfadada por la forma en que mancilló uno de los momentos más felices de mi vida. Cómo me lo restregó por la cara al darse cuenta de que tenía la sartén por el mango.
El caso es que Cole Harding sabe perfectamente cómo es mi aspecto y conoce hasta el último centímetro de mi cuerpo, pero yo no tenía ni idea de quién era él hasta ese momento, y esa es la dolorosa cuestión.
Porque resulta que es el jefe de mi jefe, el futuro cuñado de Billie, y acaba de mudarse al único lugar seguro que he conseguido construir en los dos últimos años; un lugar donde puedo comportarme como la versión independiente y exitosa de Violet Eaton sin que nadie me proteja.
No soy la misma chica que era hace dos años, cuando respondí a su primer mensaje.
Y lo que sucedió entre Cole y yo no va a volver a pasar.
No creo que mi corazón pueda soportarlo. Sin duda, mi orgullo no puede.
Por eso dibujé una sonrisa temblorosa y le dije que se fuera a la mierda antes de volver a sentarme y obligarme a disfrutar de la victoria.
Cuando acepté su solicitud para chatear no esperaba pasar meses charlando con él.
Y cuando le hice ghosting en todas las salas de chat un año después no esperaba que fuéramos a encontrarnos cara a cara.
Querer superar mis limitaciones y vivir un poco la vida de pronto ha llegado mucho más allá de lo que había previsto, y ahora todo ese castillo de naipes está a punto de derrumbarse a mi alrededor porque él está aquí, en el rancho, amenazando ese refugio que tanto me he esforzado por preservar.
Mantengo la cabeza gacha y me preparo mentalmente para la carrera de esta tarde.
Quizá haya conseguido la victoria en la Northern Crown, pero todavía me siento como la chica nueva en la oficina, inexperta y fuera de lugar.
Todavía estoy estancada en la misma mentalidad que tenía cuando vivía en la casa de mi familia, bajo la atenta supervisión de un padre autoritario y tres hermanos mayores.
Todavía me siento como una niña pequeña que percibe que este no es su sitio.
Después de pesarme, vuelvo al box de DD y me pongo los auriculares. Shania Twain siempre me ayuda a encontrar el estado mental perfecto. Me recuerda a mi infancia.
Antes de convertirme en jinete en el Gold Rush Ranch era una humilde moza de cuadras, una chica que se mudó a la Columbia británica desde su hogar en un pequeño pueblo de Alberta, sin nada que ofrecer salvo ética de trabajo y desesperación por abrirse camino.
Me gustaba ser moza de cuadra, pero siempre he querido ser jockey, y tengo la suerte de que mi cuerpo es el adecuado para lograrlo, aunque en ocasiones echo de menos la tranquilidad que me ofrecía trabajar entre bastidores, cuando solo estábamos los caballos y yo.
Por eso sigo viviendo sobre el establo, en mi pequeño apartamento al final de un largo y angosto tramo de escaleras.
Me gusta caminar por los establos al amanecer, escuchando el suave murmullo de los caballos al masticar el heno.
Me gusta cuidar de ellos. Prefiero el sonido de las cerdas del cepillo sobre su pelaje antes que el rumor de las multitudes y los altavoces cuando cabalgo sobre el lodo para intentar llegar la primera a la meta.
Eso me obliga a buscar otros momentos de tranquilidad, y este ritual previo a la carrera se ha convertido en parte de ello. Billie se asegura de que nadie me moleste, y puedo disponer de unos instantes para estar a solas conmigo misma junto a mi caballo.
Ahora mismo, ese caballo es DD, nuestro pequeño semental negro ganador del campeonato, con sus patas largas y su aguda inteligencia.
En cuanto termino de darle los toques finales a su aseo, lo saco a la brillante luz del sol, algo de lo que no disfrutamos demasiado en Vancouver en abril.
Esa zona le da un nuevo significado al refrán «En abril, aguas mil».
En esta época del año vivimos prácticamente en un charco de agua, así que, aunque hace sol, la pista está mojada.
Cuando los cascos de DD resuenan con fuerza en el camino asfaltado que conduce a las pistas, Billie aparece de la nada.
Siempre está preparada y esperándome. Hemos hablado por la mañana temprano de la estrategia que debemos seguir en esta carrera, así que ahora podemos caminar juntas sin más en un silencio amistoso.
Se pone a mi lado, se agacha y coloca las manos detrás de mí, lista para ayudarme.
—Arriba, soldadito.
Frunzo el ceño. Billie tiene un repertorio inacabable de chistes sobre mi tamaño. Donde ella es alta para ser mujer, yo soy bajita; y donde ella es curvilínea, yo soy…, bueno, plana como una tabla.
Pongo los pies en sus manos, que forman un estribo, y ella me aúpa.
Me da un apretón en la rodilla y me incita a seguir mi camino.
El resto del trayecto hacia la puerta de salida transcurre en un borrón, como de costumbre.
Los ponis, los comisarios, los demás jinetes y caballos… Todo se entremezcla.
Me concentro en DD y en cómo voy a llevarnos a la meta de forma segura y rápida.
Cuando nuestro poni se acerca, el jinete me hace un gesto amigable.
Los jinetes de ponis son completamente distintos a los jockeys .
Se aseguran de que lleguemos a las puertas sin problemas y actúan como red de seguridad para los caballos nerviosos. Son miembros importantes del equipo.
En las puertas me despide con un «Buena suerte».
DD es un gran semental, fiable, inteligente y con un talento inigualable, pero claustrofóbico, y cuando cierran la puerta detrás de él se convierte en una bola de energía. Es como una goma demasiado tensa, listo para salir disparado fuera del pequeño espacio.
Mi visión se estrecha: todo lo que percibo está entre sus orejas largas y puntiagudas. El resto del mundo se difumina a mi alrededor mientras nos concentramos.
Hasta que escucho una voz que hace que una sensación de vértigo me recorra la columna vertebral.
—Hola, chica nueva.
Ignoro a Patrick Cassel. Es uno de los jockeys más cotizados de la zona, y montó a DD en una carrera el año pasado, pero desafió las instrucciones de Billie sobre cómo correr y, bueno, digamos que la cosa no acabó bien.
Ahora está en la lista negra del Gold Rush Ranch y, básicamente, todos hacemos como que no existe.
Por su parte, él, cuando ve a Billie, se limita a darse media vuelta y salir corriendo.
Sin embargo, parece que esa táctica de evasión no se aplica a la rubia pequeña y pacífica.
—Cena conmigo después de la carrera y quizá te deje ganar. ¿Qué me dices, princesa?
Reprimo un escalofrío. Patrick es baboso y autoritario, y me hace sentir como si me corrieran hormigas bajo la piel. Según lo que me contó Billie de su encuentro, solo para empezar, también es condescendiente y sexista, y no quiero tener nada que ver con él.
—Estoy convencida de que las princesas solo besan a los sapos en los cuentos de hadas, Patrick —murmuro—, así que voy a pasar.
Antes de que pueda responder, suena la campana, la puerta se abre y DD y yo salimos. La interacción con Patrick desaparece de mi mente a medida que avanzamos por la pista, manteniéndonos en la retaguardia del pelotón durante la primera curva, justo donde le gusta estar al pequeño caballo negro.