3 En el pasado, dos años antes
Violet
¿En serio estoy a punto de hacerlo?
Me muerdo el labio inferior y dejo que mi dedo índice vague sobre el ratón.
En parte, esta es una idea terrible y podría ser contraproducente de muchísimas maneras.
Pero ¿quién soy yo en el gran esquema de las cosas?
Una joven de veinticinco años con poco que ofrecer salvo una considerable escasez de experiencias vitales e independencia.
Eso es lo que se consigue cuando una niña crece en una granja, asfixiada por un padre sobreprotector y tres hermanos mayores.
Pero ahora estoy aquí, en la costa oeste de Canadá, con un nuevo trabajo, un nuevo lugar donde vivir y un horizonte de posibilidades ante mí. Ahora lo que necesito es conocerme a mí misma, acumular experiencias y traspasar mis límites.
No estoy segura de por qué pretendo publicar un desnudo en Clikkit, un foro online con millones de usuarios que aglutinan una amplia gama de intereses, pero parece algo arriesgado y emocionante…
y fuera de lugar. Que es justo lo que quiero.
Estoy cansada de que me protejan. Quiero sentirme expuesta e incómoda sin que nadie me aparte de un empujón.
Quiero hacer algo estúpido, propio de alguien tan joven como yo. Además, estoy cachonda y sola.
Hago clic y la yema de mi dedo pulsa con fuerza sobre el ratón. Me sonrojo de inmediato. El rubor empieza en los dedos de los pies, sube por mi cuerpo, se acumula entre mis muslos y se desliza por mi pecho antes de inundarme el rostro con su calor.
No puedo creerme lo que acabo de hacer.
La imagen me devuelve la mirada. La he tomado desde arriba, tumbada en la cama.
No se me ve la cara y llevo las bragas puestas, así que tampoco es demasiado escandalosa.
Sí, estoy mostrando los pechos, pero en Europa la gente va así a la playa, tampoco es para tanto.
O, al menos, eso es lo que me digo a mí misma.
La cálida y sensual luz de la mañana ilumina mis rasgos.
Por lo general, soy demasiado dura con mi aspecto y creo que lo tengo todo pequeño y poco femenino, pero en esta imagen… En esta imagen parezco sexy.
¡A la mierda! Mira mis tetas, mundo. Mira lo poco que me importa.
Al instante, pienso en borrar la foto. Pero la nueva Violet Eaton no va a ceder ante esa voz en su cabeza, y a mi nuevo alter ego en internet, Chica de Púrpura, tampoco le importa una mierda lo que tenga que decir.
Cierro de golpe la tapa del portátil, me calzo las botas de montar y corro escaleras abajo desde mi apartamento sobre los establos del Gold Rush Ranch antes de que pueda cambiar de opinión.
En la actualidad
Mi lista de verificación mental está a punto de estallar cuando meto lo último que creo que voy a necesitar en mi pequeño Volkswagen Golf.
Ese que tiene parches de óxido sobre la rueda y una esquina del asiento mordida, de cuando mi perro pastor favorito era cachorro.
Ese en el que metí todas mis pertenencias y el que conduje para alejarme de la casa de mi familia hace dos años, cuando por fin decidí ir por mi cuenta.
Habrá quien piense que mi coche es un montón de chatarra, pero yo veo en él la alfombra roja hacia la independencia.
Me encanta este pequeño vehículo y todo lo que representa.
Retrocedo para evaluar lo que he metido en el asiento trasero y me aparto un mechón de pelo de la cara.
Es el primer gran día de la temporada de carreras y estoy intentando —sin éxito— mantener los nervios a raya.
Esta temporada es mi oportunidad; la oportunidad de demostrar que soy una auténtica jockey; de demostrar que mis victorias en la Northern Crown el año pasado no se debieron únicamente a la suerte del principiante.
Aunque siempre he pensado que este era un trabajo duro pero divertido, hoy se me hace abrumadoramente pesado.
Las expectativas me asfixian como un corsé de hierro.
Hasta siento como si tuviera que concentrarme para respirar.
Me obligo a hacer un inventario mental de todo lo que he metido en el coche y niego con la cabeza cuando me doy cuenta de lo que he olvidado.
Mierda, mi gorra y mi chaqueta de jockey.
Habría sido genial aparecer en la pista en Vancouver, que está a menos de una hora y media de Ruby Creek, sin mi equipamiento del Gold Rush Ranch, el uniforme negro y dorado que uso en todas las carreras.
Regreso a los establos sacudiendo la cabeza, y voy por el largo pasillo de oficinas hasta la lavandería situada al final.
Vivo en un apartamento pequeño encima de los establos, así que solo puedo lavar aquí la ropa.
Crecí en un rancho de los de toda la vida, entre el barro y la nieve, con el heno enredado en mi cabello, y la idea de lavar mis cosas en las mismas máquinas que se usan para las de los caballos, llenas de pelos, no me molesta lo más mínimo.
Casi he llegado a la puerta cuando lo escucho.
—Violet.
Esa voz, con su ronco retumbar amenazante. El hombre al que pertenece. Juraría que mis pies han echado raíces que me mantienen anclada al suelo. El corazón me late con tanta fuerza que creo que se me va a escapar del pecho. Y no puedo culparlo: yo también quiero escapar.
Se suponía que no tenía que estar aquí, que yo ya me habría ido cuando apareciera. Se suponía que ya había salido de mi vida, que lo había dejado atrás. Que lo había olvidado.
Pero no ha sido así. He luchado conmigo misma; he luchado y luchado y…
He estado con otros hombres para demostrarme a mí misma que estoy bien, pero una sola palabra de sus labios y me pregunto si de verdad lo estoy.
Podría salir corriendo, pero mi nuevo yo no soluciona así las cosas.
La nueva Violet no retrocede. O eso es lo que me digo a mí misma, al menos.
Quizá algún día sea cierto.
Así que inspiro profundamente y levanto la cabeza. No pienso permitir que este hombre me haga sentir insignificante o avergonzada. Tenemos un pasado en común, pero los dos somos adultos. Todo va a salir bien.
Me doy media vuelta y regreso a la oficina por la que acabo de pasar y que llevaba años vacía.
Me detengo justo en el umbral de la puerta, en parte porque no quiero ir más lejos y en parte porque estoy tambaleándome.
Solo me ha hecho falta un vistazo a Cole Harding, sentado tras el escritorio con un traje oscuro y ajustándose los gemelos, para perder toda la bravuconería que había conseguido reunir, y ahora mismo me siento como si me hubiera caído encima un jarro de agua fría.
La reacción de mi cuerpo hacia él nunca ha sido normal y esta no ha sido la excepción.
Ese cabello negro como ala de cuervo, los ojos grises, los anchos hombros, el ángulo triste que dibujan sus labios…
Cruza los brazos y me muerdo el labio ante esa visión.
El modo en que se mueve, tan seguro y calculado, me distrae.
Hay tanta fuerza contenida en ese cuerpo… Es el cuerpo de un soldado.
Mi mirada desciende hasta sus bíceps y se queda ahí anclada.
Son increíbles. Me pregunto cómo se verán desnudos, abrazándome.
Me odio a mí misma por pensarlo, pero no aparto la vista porque es menos desconcertante que dirigirla a esos ojos conmovedores.
Dos pozos plateados, profundos y seductores que esconden tanto dolor y tristeza…
Esos ojos suponen un peligro mucho mayor para mí. Y para mi corazón.
—Violet.
Pronuncia mi nombre como si fuera una plegaria, un pensamiento que yo debería poder interpretar, pero no sé nada cuando se trata de Cole Harding.
Menos que nada. Salvo que se me eriza el vello de los brazos como si me recorriera una corriente eléctrica y que el estómago se me encoge como si acabara de descender desde la cima de una montaña rusa.
Lo que encaja a la perfección, porque mi historia con Cole no ha sido otra cosa que una montaña rusa.
—Todo el mundo me llama Vi. —Detesto el tono demasiado bajo de mi voz. Aborrezco cómo suena mi nombre en sus labios, demasiado formal y demasiado familiar a la vez.
Me recorre con la vista, pero no sonríe.
No es una mirada apreciativa, es como si estuviera evaluándome, como si fuera una mancha que quiere limpiar y no está seguro de cómo hacerlo.
La vergüenza me retuerce las entrañas, y en mi cabeza aparecen destellos de cómo me habló una vez, de cómo me encendió hasta la médula, pero hago todo lo posible por que desaparezcan.
Me he esforzado demasiado en salir adelante como para a tropezar dos veces en la misma piedra.
—Pero yo no soy todo el mundo —dice con tono neutro.
Siseo, tratando de sonar como si no estuviera babeando por él.
Intentando no demostrar que me ha dejado sin aliento con esas palabras.
La sangre me ruge en los oídos y se acumula en mis mejillas, como siempre.
«Estás preciosa con ese color rosado», me dijo una vez, y ahora mismo necesito hasta el último resquicio de mi voluntad para no permitir que mi cuerpo y mi mente regresen a ese día.
—¿Qué quieres, Cole?
Le brillan los ojos y se tensa, rechinando los dientes. Como si fuera yo la que ha venido a molestarlo cuando ha sido él quien me ha llamado. Si hubiera mantenido la boca cerrada, ni me habría enterado y habríamos podido evitar todo esto.
—Solo quiero asegurarme de que estamos en el mismo punto, de que vamos a guardar las distancias mientras trabajo aquí y de que puedes mantener las cosas en un plano… —sus ojos se deslizan por mi cuerpo y vuelven a subir— profesional.
Profesional. Las cosas entre nosotros nunca han sido profesionales.
Me vio desnuda, me rompió el corazón y luego volvió a aparecer de la nada con poco más que miradas frías y palabras burlonas.
¿Y ahora espera que «mantengamos las cosas en un plano profesional»?
Me recorre una oleada de indignación al ver que se siente con derecho a dictar cómo debo comportarme.
Como si no hubiera tenido que soportar ya bastante esa actitud.
Está tocando fibra sensible y debería saberlo.
Me pasé noches enteras hablándole de mi infancia, de cómo conseguí independizarme.
¿Y ahora va a quedarse ahí tan tranquilo y a hablarme de ese modo? De ninguna manera.
—Te lo voy a poner muy claro, Cole. —En esta ocasión mi voz no flaquea y no le miro los bíceps, sino sus ojos acerados—.
Este es mi lugar de trabajo y siempre me comporto de forma profesional.
Pero el modo en que te has dirigido a mí no lo ha sido.
Así que voy a seguir haciendo exactamente lo que he hecho todo el año pasado y vas a ser tú el que se mantenga fuera de mi camino. ¿Crees que podrás apañártelas?
Se echa un poco hacia atrás y se le ponen los ojos como platos, como si no lo hubiera visto venir. Como si no me hubiera visto venir. Y entonces arremete contra mí. Veo un destello de inseguridad en su rostro: es esa pizca de tristeza la que le arranca las palabras.
—Chica de Púrpura era muy dulce. ¿Qué le ha pasado?
Niego con la cabeza, afligida, porque eso es lo que siento cuando lo miro, cuando pienso en él: aflicción.
—Que la trataste como si fuera un felpudo.
Me tomo solo un instante para ver la desolación en su rostro, la grieta en su armadura, antes de darme la vuelta y marcharme.
Es como si me hubieran clavado un puñal en el corazón.
Buscadordeoro85 sigue tan perdido como entonces, sigue siendo tan complicado, sigue igual de destrozado.
Y no voy a tolerar que la tome conmigo. «Todos tenemos que tomar nuestras propias decisiones», me dijo una vez. Y tenía razón.
Por eso seguí adelante. Por eso desaparecí sin dejar rastro. Por eso ahora es él quien está incómodo, no yo.
Mi mente sabe de sobra qué decisiones tiene que tomar en lo que respecta a Cole Harding.
Pero ¿mi corazón?
Ese no está tan seguro.