2 En la actualidad #2
Enarco una ceja como diciendo «¿La loca de Billie ha hecho esto por mí?», pero, en realidad, siento una punzada en el pecho al pensar que alguien cuyo cariño no me he esforzado demasiado en ganarme se ha molestado en conseguir que me sienta cómodo.
Mi hermano me hace un gesto y entra en la casa con los zapatos puestos. Rechino los dientes.
—Al parecer, cuando se mudó aquí su casa estaba hecha un desastre, y no piensa dejar que lo olvide. Además, ha estado renovando esta a su ritmo, como un proyecto paralelo. Dice que necesita un nuevo comienzo.
Sé que se refiere a que nuestros abuelos vivieron aquí hasta el día de su muerte. Yo los quería, pero Vaughn tenía una conexión muy especial con el abuelo Dermot. Una por la que casi echó a perder su relación con Billie.
Para él esta casa está ligada a sus momentos con Dermot, pero a mí me invaden dolorosamente los recuerdos de mi padre, mi ídolo, al que vi caerse del caballo en mitad de una carrera y no volver a levantarse.
Vaughn era demasiado pequeño cuando nuestro padre murió como para que este lugar se lo traiga a la memoria, pero a mí todo el puñetero rancho me recuerda a él.
Me aclaro la garganta y me obligo a abandonar esa línea de pensamiento.
—Ha hecho un buen trabajo.
Los ojos de Vaughn se abren un poco, como si le sorprendiera que haya felicitado a su prometida.
¿Tan malo soy?
—Se lo haré saber —responde con una mirada divertida—. Y, Cole, si alguna vez quieres…, no sé, tomar una cerveza, o algo, dímelo. Estaré encantado. No tienes por qué encerrarte aquí solo.
Le devuelvo la mirada y veo al niño desamparado al que dejé atrás cuando me subí al avión y partí hacia el entrenamiento básico.
Nunca he sabido cómo disculparme con él por abandonarlo, y quizá no haga falta, pero creer que debería haberlo hecho consigue que me sienta incómodo cuando estoy con Vaughn.
Me gustaría que nuestra relación fuera más cercana, pero eso significaría tratar ciertos temas que prefiero olvidar.
A mi terapeuta deben de estar pitándole los oídos.
Lo que me recuerda… Levanto la muñeca para mirar el reloj.
—Ahora mismo tengo que hacer una llamada, pero quizá en otro momento.
No se me escapa cómo se le hunden los hombros cuando me doy la vuelta hacia la camioneta para coger el equipaje.
¿Tanto te costaba decir que sí a una cerveza?
Él me sigue caminando con arrogancia, con esa sonrisa fácil adornándole otra vez el rostro, y por un momento envidio su capacidad para recuperarse, cómo se sacude la mierda de encima, mientras que a mí se me queda pegada.
—¡Nos vemos! —grita; se pone las gafas y se mete en ese absurdo cochecito.
Le dedico un gruñido y un breve gesto de despedida, plenamente consciente de lo cascarrabias que soy. De lo diferentes que somos.
Cierro la puerta tras de mí y subo las escaleras que llevan al dormitorio principal para deshacer el equipaje.
La verdad, me alivia que esté tan impecable como la planta de abajo.
Han pintado la habitación en tonos grises suaves y blancos cálidos.
Resulta un poco femenina, pero está como nueva.
Incluso esbozo una pequeña sonrisa cuando me doy cuenta de que Billie ha abierto la cama y me ha dejado una chocolatina en la almohada. Qué boba es.
Guardo la ropa en la cómoda perfectamente doblada y coloco mis útiles de aseo en el baño tal y como me gusta: en línea y bien organizados. Quizá tengo un cierto toc con el orden: son hábitos que adquirí en el Ejército, y nunca he podido deshacerme de ellos.
Cuando suena el teléfono, me dejo caer en la mecedora de roble que hay en una de las esquinas y deslizo el dedo para aceptar la videollamada.
El rostro pequeño y arrugado de mi terapeuta llena la pantalla como si estuviera mirando a través de unos binoculares o algo así.
Los cristales de sus gafas bifocales son tan gruesos que parecen lentes de aumento sobre sus ojos, y frunce el ceño ante el teléfono como si esta llamada fuera cosa de brujas.
Un montón de pulseras de plata tintinean en su muñeca cuando intenta colocar el móvil en distintas posiciones.
—Cole, esto no termina de convencerme. No me veo bien en este chisme desde ningún ángulo —comenta, distraída, atusándose el cabello con una mano pequeña y arrugada.
—Hola, Beatrice —respondo.
No me preocupan lo más mínimo los ángulos de mi terapeuta de setenta y tantos años.
—Llevo dos años tratándote. Estoy harta de decirte que me llames Trixie —protesta, acomodándose en la silla.
Reprimo un escalofrío. No me parece bien llamar «Trixie» a una mujer mayor, y, francamente, disfruto tomándole el pelo.
Esbozo una sonrisa torcida cuando me fijo en la imagen que muestra la pantalla.
Su consultorio no se parece en nada al de los demás terapeutas a los que he visitado a lo largo de los años.
Recibe a los pacientes en la comodidad de su hogar de principios del siglo xx: hay alfombras persas que cubren los viejos suelos de roble, las plantas crecen en sus macetas por todas partes, en las ventanas cuelgan cristalitos y las obras de arte que ha ido atesorando después de décadas de viajes internacionales adornan las paredes.
Juraría que puedo oler el pachuli a través de la pantalla del teléfono.
Sí, Trixie Bentham es una vieja hippie muy peculiar, y no podría ser más diferente a mí o a mi familia.
Pero también es la única terapeuta con la que he podido conectar, y sigo acudiendo a ella porque, por muy desinteresado que sea, también sé que necesito terapia.
Por eso accedió a llevar a cabo nuestras sesiones por videollamada mientras estoy aquí, jugando a ser un pueblerino.
—¿Quieres que te cuente cómo estoy? ¿Cómo todo lo que me rodea me recuerda a mi padre?
Ella ladea la cabeza y sonríe.
—No lo sé, querido. ¿Es de eso de lo que te gustaría que habláramos?
Ah, el juego de las preguntas retóricas. Uno de mis favoritos. Me limito a mirarla fijamente; nunca funciona, pero lo hago de todos modos.
Pero hoy ella se ríe, una risa seca y cargada de diversión, y se sube las gafas por el puente de la nariz.
—¿Ya te has encontrado con la chica?
—¿Qué chica?
Estoy haciéndome el tonto a propósito.
Ella vuelve a reírse.
—Esa de la que no puedes dejar de hablar.