2 En la actualidad
Cole
No quiero mudarme al Gold Rush Ranch.
Odio estar aquí. Y no solo eso: es que se me revuelven las tripas al darme cuenta de que este no es mi sitio.
El instinto que me mantuvo con vida en el extranjero se pone en alerta cada vez que vengo, pero aquí estoy, conduciendo a toda velocidad por la carretera que lleva al rancho.
Si esto fuera Irak, daría media vuelta con mi camioneta y me largaría.
Pero no es Irak, es el puto Ruby Creek, lo que casi es peor.
Estoy convencido de que solo tienen una gasolinera, una tienda de barrio y un montón de viejas chismosas.
Odio los pueblos pequeños, lo acogedores que son, cómo se espera que te pares y charles un rato con gente a la que casi no conoces y que, desde luego, no te importa. Y odio que todos lo sepan todo de ti.
La mayoría de los días creo que lo que detesto de verdad es a la gente, pero no quiero llegar tan lejos. No quiero perderme tanto en la oscuridad.
Me gusta mantener mi intimidad. Me gusta disponer de mi propio espacio, tranquilo y ordenado, y detesto que intenten sonsacarme información.
Y todo eso va peligrar en cuanto ponga un pie en el rancho familiar.
Lo de Vaughn ya era bastante malo: el hermano pequeño, siempre pisándome los talones.
Pero ahora está prometido y vive aquí con Billie Black, también conocida como la mujer más odiosa del mundo.
Me alegro por ellos, en serio. Por mucho que admitirlo me haga poner los ojos en blanco, hacen una pareja perfecta.
Billie le hace mucho bien a mi hermano pequeño.
Pero son tan… unicornios y arcoíris que necesito gafas de sol para estar en su presencia.
Y tapones para los oídos, porque no paran de hablar.
Tengo ganas de gritar solo con pensar en la poca paz de la que voy a disfrutar en el Gold Rush Ranch.
Recuerdo cuando cabalgaba por estos senderos con mi padre, cómo nos reíamos, cómo me sonreía y lo mucho que le apasionaban las carreras de caballos. Lo feliz que lo hacía verme montar a caballo…
Y cuando doy la vuelta para dirigirme a la calle que me lleva hasta ahí, pienso en ella.
Eso va a ser más complicado. Debería haber tenido un poco más de autocontrol y no haberle mostrado mis cartas; podría haber mantenido el anonimato sin más, pero cuando vi el rostro que me ha perseguido todas las noches del último año, el que no he sido capaz de olvidar, tan radiante, puro y despreocupado, hice lo de costumbre: meter la pata.
Fue como si echara tinta sobre un papel de un blanco prístino y el líquido negro echara a perder la página sin mácula.
Me he pasado un año entero, desde la carrera, evitándola a toda costa. Le solté la bomba y salí corriendo; muy en mi línea.
Eres un puto idiota.
Agarro el volante con fuerza y rechino los dientes, con la ansiedad desbordando en mi pecho.
El letrero del Gold Rush Ranch se mece en sus cadenas frente al camino de entrada, rodeado de árboles bien cuidados.
Dejo escapar un resoplido. Esto ya no es solo un rancho: es un referente en el mundo de los caballos de carreras, y ya no se parece en nada a lo que empezaron mis abuelos.
Este lugar tiene tanta historia…
No debería estar en este sitio lleno de recuerdos que me persiguen y de personas que no me entienden. Y que jamás me entenderán, porque no pienso permitírselo.
Pero le prometí a la junta directiva de Gold Rush Resources, la otra empresa familiar, que iba a hacerme cargo de nuestra nueva adquisición en el pueblo vecino hasta que dé beneficios. Aunque en este momento soy incapaz de recordar por qué lo hice.
Me detengo en el camino de entrada circular y miro a mi alrededor.
Tengo que reconocérselo a Vaughn: todo está impecable.
Los caballos, las vallas y hasta las flores.
Hace un año que se ha hecho cargo del rancho y este ha florecido.
No quiero reconocer que una parte de mí desea que vuelva a nuestras oficinas en el centro de Vancouver, porque me gusta tenerlo cerca.
Pero ha comenzado una nueva vida aquí, y envidio su capacidad para recuperarse por completo, mientras que yo sigo estancado y viviendo en la misma rutina de siempre.
Cierro los ojos e inspiro hondo. Me hinco los dedos en el muslo derecho e intento encontrar algo de paz interior.
Mi terapeuta me recomendó estas inspiraciones profundas y yo le respondí que me parecía muy hippie, la típica basura New Age.
Ella se limitó a mirarme, inexpresiva, porque me conoce demasiado bien y sabía que iba a intentarlo en secreto y que iba a funcionar.
De modo que, haciendo uso de mi clásico mecanismo de defensa, no hemos vuelto a mencionarlo.
—Toc, toc.
—Hola, hermano mayor. ¿Estás echándote una siesta? Sé que estás viejo, pero esto es excesivo.
Si finjo que Billie Black no está aquí, ¿desaparecerá? ¿Se esfumará como si solo fuera un molesto producto de mi imaginación?
Abro los ojos, me vuelvo despacio hacia ella y la fulmino con la mirada. Eso habría hecho que la mayoría de la gente saliera corriendo, pero ella se limita a ampliar su sonrisa.
Está pirada.
Billie suelta una carcajada y se da media vuelta, haciéndome una seña.
—Cuando te recuperes, Vaughn está en su oficina.
Ya estoy arrepintiéndome de haber venido a trabajar al Gold Rush Ranch.
—Tienes cara de querer matar a alguien.
Me dejo caer en una silla frente al escritorio de Vaughn y lo miro con el ceño fruncido.
—Podría hacerlo.
Él enarca una ceja.
—¿Por qué?
—Sabes que no me gusta estar aquí.
—La nueva mina está en Hope. ¿Por qué no has buscado alojamiento ahí?
Me paso la mano por la cara. Vaughn siempre hace demasiadas preguntas. Lo recuerdo siguiéndome a todas partes, bombardeándome con sus dudas, y como le llevo cinco años, no me hacía ninguna gracia tener que explicarle cosas como por qué la letra c suena a veces como una k.
No voy a ser cruel y a decirle que agoté todas las opciones antes de venir aquí.
No hay mucho donde elegir en ese pequeño pueblo si hablamos de alquileres a largo plazo.
O vives ahí o no. Y no estaba dispuesto a comprar una casa en ese pueblucho o a compartir espacio con las cucarachas en el Motor Inn solo para cumplir la promesa que le hice a la junta.
—Esto está cerca y tienes un despacho vacío que puedo utilizar. Era lo más práctico.
Eso debería apaciguarlo.
Vaughn sonríe.
—Vamos, admítelo.
Cruzo los brazos sobre el pecho a modo de escudo. El único que llevo ya.
—¿Admitir qué?
—Me has echado de menos.
Su sonrisa arrogante me da ganas de tirarlo al suelo y recordarle quién es el más fuerte, pero me limito a sostenerle la mirada en silencio.
Alza las manos en señal de rendición.
—Vale, vale. Pues has echado de menos a Billie.
Dejo escapar un gemido y alzo la vista hasta el techo.
Adoro mi trabajo. Adoro mi trabajo. Adoro mi trabajo. Va a ser estupendo instalarme en el despacho libre al final del pasillo.
—Tienes razón. Eso no es… ¡Ah, espera! ¡Ya sé! —Por el rabillo del ojo puedo ver cómo se echa hacia delante para apoyarse en los codos y juntar las manos delante de la boca—. Has echado de menos a Violet.
De pronto, mi corazón se acelera y el pulso late en mis oídos como un tambor que resuena por todo mi cuerpo.
¿Cómo coño lo ha adivinado?
Mis años de entrenamiento militar me han preparado para no mostrar ninguna reacción, sienta lo que sienta. Por eso me limito a mirarlo fijamente y con una expresión neutra.
—¿Quién?
Estudia mi rostro con esa mirada cargada de inteligencia y la diversión bailando en esos ojos tan parecidos a los de nuestro padre.
Él ha heredado los ojos oscuros y yo, los claros de nuestra madre.
Eso sí: los dos hemos salido ganando con la estatura, algo que, probablemente, deberíamos agradecerle al abuelo Dermont.
—Vale. —Se pone en pie de golpe y mis hombros se relajan ante ese cambio de tema tan repentino—. Vamos a instalarte.
Vaughn me guía hasta el aparcamiento y se sube a su llamativo Porsche. Tal vez haya renunciado a llevar traje todos los días, pero aún no se ha deshecho de esa cosa.
—¿Por qué sigues conduciendo este chisme? Vives en mitad de la nada y rodeado de caminos de gravilla.
—Porque a Billie le molesta. —Me dedica su característica sonrisa juvenil.
Da un portazo y no me queda otra que seguirlo por las carreteras secundarias. Conduce como un psicópata. Para Vaughn todo es juego y diversión: tiene ya treinta y un años y sigue disfrutando al levantar la grava cuando toma una curva.
Me quedo sorprendido cuando llegamos a la casa de campo azul. Esperaba que me relegaran a la casa de huéspedes, no que me instalaran en la principal, la que construyó el abuelo Dermot. En la que creció mi padre.
Mi instinto de huida se pone en alerta una vez más.
Tengo que salir de aquí mientras pueda.
Bajo de mi camioneta negra y me acerco a Vaughn.
—¿Por qué Billie y tú no vivís en la casa principal?
Tantea hasta encontrar un llavero demasiado lleno. Tanta desorganización hace que un músculo palpite en uno de mis párpados.
—A Billie le gusta la casa de huéspedes. Ahí fue donde empezamos y supongo que…, bueno, seguimos ahí y ya está. De todos modos, así tendrás más cuartos que invadir.
Pretende que la pulla sea divertida, pero me pica un poco. Odio que me aparte así.
Cuando desliza la mano por la puerta y la abre, me sorprende lo mucho que ha renovado el espacio desde la última vez que puse un pie en esta casa.
Ahora es luminoso y amplio, como los que aparecen en la revista Country Living, todo blanco, azul y madera cara vista.
Y huele a limpio. Muy limpio. Limpio de una manera que dudo que haya sido cosa de mi hermano pequeño.
Me apoyo en la jamba e inspiro el aroma a limón, salpicado con unos toques de lejía.
—¿Has contratado un servicio de limpieza?
—No, Billie insistió en limpiarlo porque ibas a venir —resopla Vaughn.