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Diez #11

—Quiero perdonarte —le dice en voz baja—. Es solo que… me llevará un tiempo.

«Tienes tiempo», piensa ella. «Tienes todo mi tiempo».

Oye sonar su móvil, que está tirado en el suelo, en algún sitio. Aleksandr lo coge, sin soltarla a ella, y echa un vistazo al número, que ella no puede ver. Frunce el ceño.

—Lo siento —dice, saliendo de la cama, alejándose de ella—. Tengo que encargarme de esto.

—No pasa nada.

Las sábanas pierden de inmediato su calor. Lili se incorpora mientras él se pone los pantalones. Hace una mueca de dolor al mover las caderas.

—¿Quieres darte un baño? —le pregunta él al verla.

Está a punto de negarse —no quiere ser una carga—, pero entonces se contiene.

—Me gustaría mucho. Por favor.

Él entra en el baño mientras lee mensajes en el móvil. Cuando oye el sonido del agua, Lili se abraza las rodillas contra el pecho. No se respira decisión en el aire; las cosas no se han resuelto todavía. Se mordisquea una uña y piensa en esas llamadas que él ha de atender. Trabajo, sí, pero es posible que también Sanaë. Lili se siente indefensa frente a eso. No puede reprochárselo; ella no tiene derecho a estar enfadada ni herida.

Lili mira por la ventana y otea Walker Street.

Aún tiene muchas preguntas.

La brisa fresca de la calle se cuela a través de la ventana. El verano ha empezado a refrescar; el calor se mezcla con las hojas secas que están a punto de caer.

E, inmersa en el cambio de las estaciones, la ciudad vuelve a parecerle rebosante de posibilidades.

Un lugar que empieza a convertirse en un hogar. Cemento, piedra, cristal; esas calles, esos puentes. Se acuerda de cuando llegó a Nueva York, de las primeras semanas de carrera, en un cambio de estación igual que ese. Se preguntaba lo que todo aquello llegaría a significar para ella, qué lugar ocuparía para ella esa ciudad con la que todo el mundo soñaba. Y, a lo largo de los años, ha ido acumulando recuerdos y costumbres: lugares en los que ha sido feliz, lugares en los que se ha emborrachado demasiado, lugares en los que ha visto cómo su vida cambiaba, y rincones que guardarán sus errores para siempre.

Años pasados y años futuros: la incertidumbre de todo lo que esa ciudad podría albergar para ella, de todo lo que podría llegar.

—¿Estás bien?

Lili aparta la vista de la ventana. Aleksandr está en el umbral de la puerta, contemplándola con una débil sonrisa.

Tiene el pelo suelto y alborotado; las sábanas son blancas, están calientes. Conoce los ruidos que suben desde la calle, las enormes ventanas abiertas. Un hombre en el umbral de la puerta, el sonido del agua del baño y la luz del sol.

Un hombre con el que quiere una vida.

—Sí —contesta, esbozando también una sonrisa—. Estoy bien.

No llega a meterse en la bañera.

El agua se ha enfriado antes. Cuando ha entrado en el baño envuelta en las sábanas para meter una mano en el agua y comprobar la temperatura, ha visto la mirada de Aleksandr a través del espejo, fija sobre ella.

La mirada de un hombre al que no hace más que contemplar, para descubrir constantemente que todavía lo desea.

Y el corazón ha empezado a latirle un poco más rápido cuando ha dejado caer la sábana y él se ha acercado a ella.

El personal de servicio llega media hora después, cuando Lili está tumbada en el suelo, jadeando. El mármol está lleno de sudor y hay un resplandor atenuándose en sus cuerpos. Sus gemidos resuenan suavemente con la acústica del baño, cada vez más altos.

—Mierda —masculla Aleksandr. Levanta la cabeza de su hombro con la respiración desacompasada, recuperando poco a poco la normalidad tras el esfuerzo realizado—. Es el personal. Ya me encargo yo, tú dúchate. —La ayuda a ponerse de pie y abre el grifo para ella.

Lili se adentra en el agua caliente e inclina la cabeza hacia atrás, relajándose bajo ella. Siente que sonríe suavemente en lo más profundo del pecho.

A través del cristal empañado, ve la sonrisa de Aleksandr mientras se arregla la ropa y se seca el pelo con una toalla, y es ladeada, ligera, jovial, y él no se ha dado cuenta de que la ha visto. Luego sale al pasillo.

En su interior hay algo a punto de estallar.

Cuando sale de la ducha, con la piel sonrosada y el pelo mojado, lo oye en el interior del vestidor abierto. Vacila. No sabe si puede volver a ponerse su ropa, así que coge su jersey, que está tirado en el suelo del dormitorio.

Cuando entra, él se está vistiendo. Sonríe al verla.

—¿Qué planes tienes para esta noche? —le pregunta mientras se abotona la camisa limpia.

—Tengo una cena —contesta, sentándose en la encimera—. Mis amigos cocinan en casa de Jamie.

—¿Cuándo empiezan las clases?

—La semana que viene. —Aleksandr asiente mientras se pone la chaqueta del traje, oscura, de corte sencillo. Una entre muchas—. ¿Y tú? —pregunta nerviosa—. ¿Qué haces esta noche?

—He quedado con Sanaë. Tengo que hablar con ella, dejar claras las cosas.

—Ah. —Lili se sonroja y mira al suelo—. Ya, claro… Tiene sentido. —La angustia le retuerce las entrañas: le preocupa que cambie de opinión, que su suerte se termine en cuanto se marche del loft.

Aleksandr la toma del rostro con suavidad y le alza la barbilla para que lo mire.

—Y luego hablaremos —le dice—. Mañana te llamo y hablamos. Tú y yo.

—Vale —responde ella en voz baja.

«Vale».

Cuando llega al Village todavía es de día. Mira las casas estrechas de ladrillo rojo, los árboles de un intenso verde, la gente paseando sus perros o empujando cochecitos, los jóvenes yendo a los bares de Bleecker: es viernes, al fin y al cabo. Al doblar hacia Perry, oye a sus amigos a través de las ventanas abiertas y la música que sale de la cocina, en la parte trasera de la casa. El coche de Jamie está aparcado delante, con sus varios tíquets de aparcamiento amontonados debajo del limpiaparabrisas.

La puerta está abierta, así que entra sin llamar. Se quita los zapatos en el recibidor; los de sus amigos están amontonados sobre la alfombra. Las zapatillas de fútbol de Jamie están tiradas en el pasillo y tiene todo el correo amontonado. Oye las conversaciones y la música de Guèbrou, el crepitar de la comida en los fogones, los sorbos de vino. Lili recorre el pasillo acariciando el papel pintado de la pared con una mano, dirigiéndose hacia los sonidos.

—Se te han quemado, acéptalo —dice Amina, dándole vueltas al vino rosado.

—No están quemados, sino caramelizados —replica Jamie, que está ante los fogones, fulminándola con la mirada.

Jackie está cortando cebollino y trata de no reírse.

—Voy a apagar los detectores de humo… —murmura Amina, poniéndose de pie.

Lili se ríe desde el umbral de la puerta. Jackie es la primera en levantar la vista en cuanto la oye, y ella lo ve, entonces: el momento en el que sus amigos se dan cuenta de que está ahí, y de que sonríe, y de que hay una cierta luz en su mirada. Siente que flota, que va a echar a volar, al ver el estallido de afecto: la sonrisa enorme en el rostro de Jackie, el «¡Lili!» que grita Amina mientras la rodea con los brazos, el repiqueteo cuando Jackie abandona el cebollino y el cuchillo de cocina se cae al suelo, el grito de bienvenida de Jamie, el perfume de Amina cuando la abraza, las arruguitas que a Jackie se le hacen en los ojos cuando sonríe y el brazo que Jamie le pone sobre los hombros, «Hace siglos que no te veo, Marwan»… Y Lili sonríe, aceptándolo todo de buen grado.

—¿Quieres un poco de vino? —pregunta James, ya sirviéndole una copa de rosado—. ¿O Aperol? ¿Jackie, dónde coño está el Aperol?

—Esto ya me va bien, gracias… Hola, amor. —Lili se ríe cuando Jackie le da un fuerte abrazo.

—¿Cómo ha ido? —le pregunta.

Amina apoya la cabeza en el hombro de Jackie; ambas la miran expectantes.

—Bien. —Asiente con cierta fragilidad—. Creo que… Creo que ha ido muy bien. Volveremos a hablar mañana, pero… creo que se va a arreglar.

Jackie le da un apretón en el brazo, entusiasmada.

—¿Qué le has dicho? —pregunta—. ¿Qué ha dicho él?

En ese momento se dispara la alarma de incendios: un pitido alto e intrusivo.

—En fin, mejor que vayamos fuera —resuelve James, cogiendo los enormes cuencos de comida mientras Amina empieza a abanicar el humo de los fogones con un trapo—. Ami, déjalo estar, no pasa nada, las ventanas están abiertas… Jackie, tráete el vino.

—Vamos —dice Lili—. Os lo contaré, pero cenemos primero.