Games Diez #12
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Diez #12

En el pequeño patio trasero, llevan unas sillas a la vieja mesa de madera, gastada de la lluvia de varios inviernos. A su alrededor, oye los sonidos de los otros apartamentos, de las casitas de ladrillo rojo con las puertas traseras abiertas. La anegan otras cenas tempranas, familias con niños pequeños que corren por todas partes, jardines vecinos, el aroma a carbón de las barbacoas. Dejan sus platos sobre la mesa; se oye el repiqueteo de los cubitos de hielo de sus copas.

El vino es ligero y de aroma floral, y la ensalada de cítricos está deliciosa. Amina refunfuña, pero se las han arreglado para salvar los espárragos quemados, crujientes, con copos de guindilla y ajo fresco.

Se oye el chasquido de la plancha y el gas. James empieza a cocinar salmón marinado y champiñones portobello mientras Amina le llena a Lili el plato de comida y Jackie cuenta una anécdota sobre una de sus últimas sesiones de fotos que hace que a Jamie casi le salga el vino por la nariz. Se oye el tintineo de los cubiertos sobre los platos, el siseo de las llamas cuando Jamie echa aceite de oliva sobre la plancha.

Y, durante toda la cena, Lili atisba las miradas de incerteza que cruzan, las miradas de reojo. Incrédulos, vacilantes, como si quisieran asegurarse de que no está fingiendo, de que esas nuevas sonrisas y carcajadas perduran aun cuando ellos apartan la vista, de que ella no se desvanece. Ella, que no hace más que sonreír ante esa sensación de liviandad que crece y crece.

Hay dolor dentro de ella, pero también esperanza.

Tiene un poco de jet lag, el cuerpo dolorido, pero consigue comer, sorber el vino, escuchar sus historias. Está envuelta en el resplandor de sus amigos, en el calor de la tarde que se apaga mientras se pone el sol, y se siente querida.

Oye el tintineo de las llaves mientras abre la puerta de su apartamento. Está oscuro; todas las luces se encuentran apagadas. Se quita las botas. Está sola: esta noche, Jackie duerme en casa de Simon y tiene todo el piso para ella.

Deja las luces sin encender. Sobre la mesa de la cocina hay un montoncito de cartas ordenadas pulcramente al lado de sus libros. Ya se encargará de eso mañana. En su cuerpo aún resuenan el calor de la cena, de las risas, de la buena comida.

Contiene un bostezo y echa un vistazo a la tetera. Agua, un té, quizá, y luego se irá a dormir. A descansar.

Algo vibra en su bolsa de tela. El móvil.

«Aleksandr Petrov».

Es inmediata; su respuesta habitual: la aguda punzada de miedo a que todo vaya a cambiar a peor, a que él recule: le ha dicho «Mañana te llamo», pero ha hablado con Sanaë y se lo ha pensado mejor.

Pero…

«Respira, Lili».

Confía en él.

Entra en su habitación intentando sonreír.

—Hola —saluda tras aceptar la llamada—. ¿Cómo ha ido?

—Bien —contesta él. Parece cansado, pero tranquilo. Oye los sonidos de la calle, el ruido de la puerta de un coche al cerrarse—. ¿Estás en casa?

—Sí —contesta, tirando las llaves sobre su escritorio. Se sienta en la cama—. Acabo de llegar.

Se hace un silencio al otro lado. Espera, mirando el cielo azul oscuro de las noches del verano en Nueva York, del principio del fin de semana. Escucha su respiración, y también la propia.

—Vente —dice él.

Se le corta la respiración.

—Pero antes has dicho que…

Suspira con aspereza.

—Ya sé lo que he dicho.

Y su corazón… se hincha, ocupando el espacio que se abre con lo que él ha dicho y lo que no, con lo que ha pasado y lo que todavía está por llegar.

—Estaré ahí en media hora —contesta, cogiendo las llaves.

—Richard está en tu puerta.

—¿Tan seguro estabas de que diría que sí? —lo chincha Lili, porque si no lo chincha, tal vez rompa a llorar.

—Seguro no. Esperanzado —contesta.

Y ella se queda otra vez sin aliento.

Durante el trayecto, mientras cruza el puente, mueve la rodilla nerviosa, mirando por la ventana. Está cada vez más cerca de él, que la espera donde el brillo de los rascacielos, tras las olas del río oscuro.

En todas partes siente la posibilidad de la cercanía, el calor de la incertidumbre. La incertidumbre, abierta y brillante.

El aire es cálido, así que baja la ventanilla. El coche se adentra en el tráfico del SoHo, plagado de restaurantes, de fiestas, de inauguraciones en galerías de arte. Están parados, detrás de una retahíla de luces rojas. Unos adolescentes sortean con sus monopatines los coches parados de Canal, golpeando los parachoques.

—Ya voy andando desde aquí —le dice a Richard cuando están cerca de Lafayette.

No hace caso de sus protestas, le asegura que así es más fácil.

Camina por su ciudad de noche, con el corazón martilleándole contra el pecho. Baja por Walker, alejándose del ruido y el ajetreo de Broadway. Pasa por las galerías que ya están cerradas, por el restaurante que hay al final de su manzana, tan lleno como siempre.

Levanta la vista y contempla el edificio.

Las luces del loft están encendidas.

Saluda al pasar junto a Louis, que señala hacia el pasillo con una sonrisa afectuosa.

—Que tenga una buena noche, señorita Marwan.

En el ascensor, cuenta los segundos y los latidos de su corazón, cada vez más fuertes, cada vez más rápidos.

Se abren las puertas del loft.

Aleksandr, que está de pie en el salón, se vuelve. Está junto a la ventana; estaba mirando la calle.

Se miran a los ojos.

Él empieza a sonreír.

Tras ella, el ascensor se cierra.

Lili inhala.