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Diez #10

—Vino a verme, después de verte a ti. Me contó lo que había pasado y luego me dijo que hablase contigo. Y yo estaba enfadado, joder, qué enfadado estaba. Contigo, pero también con él, por decirme que considerase hablar contigo después de lo que habías hecho. Y a medida que iban pasando las semanas, venía a casa por la mañana y esperaba fuera, junto al coche, cuando yo estaba intentando ir a trabajar. Veía irse a otras mujeres y me miraba de una manera que… Dios. Como si tuviera derecho a hacer eso. Creo que intenté despedirlo en algún momento. Cuando lo encontré esperándome en mi despacho, después de una cena agotadora con un cliente, y trató de decirme que la vida es complicada, que un perdón nunca es del todo limpio, y que la culpa no es algo que puedas pesar y equilibrar entre una persona a la que amas y tú. No sé, pensé… Dios, me pareció que decía un montón de patrañas. Verlo a él, diciendo que el perdón no es una transacción, que si la confesión y la disculpa no son cosas que puedas medir en una balanza, que si el perdón no se gana, que solo se puede dar, que si el perdón no es debilidad… Todas esas putas metáforas estúpidas, y no hacía más que enfatizar que el perdón no siempre es altruista, que también puede ser esperanza por lo que deseas. Pero, al final, solo me dijo que le daba igual si decidía estar contigo o no, si arreglábamos las cosas o no, o si te perdonaba o no, pero que el odio… Que con el odio solo arruinaría mi propia vida, y no la tuya.

Lili casi no puede respirar.

«Entre una persona a la que amas y tú».

—¿Me odiabas? —susurra, en lugar de dar voz a lo que está pensando.

—Sí —admite—. Pero al final no tenía estómago para hacerlo. Para odiarte, para que esto terminase así. Pensaba en nosotros como dos desconocidos, viviendo en el mundo, y… ¿y ya estaba? ¿Eso iba a ser mi vida? Quizá había salvado mi orgullo, pero toda la felicidad posible que se había perdido… ¿Es débil, querer jugársela e intentar ser feliz?

Y ahí está esa idea: ¿podría ella hacerle feliz?

Lili apoya la cabeza sobre su pecho y mira sus manos unidas. Le acaricia los nudillos con el pulgar.

Todavía le quedan preguntas: «¿Me has perdonado? ¿Quieres perdonarme? ¿Es esto un perdón?».

Pero, en lugar de eso, Lili susurra:

—¿Puedo quedarme aquí esta noche?

Aleksandr guarda silencio unos instantes.

—Tengo que hablar con Sanaë.

A ella se le encoge el corazón.

—Oh… Esto… ¿Se queda aquí a menudo?

—No, la verdad es que no. Pero, además… Deberíamos tomarnos las cosas con más calma. Esta vez.

Ella asiente. Claro. La confianza es algo gradual que ella ha de ganarse de nuevo.

—Sí…, tiene sentido. Supongo que… ¿podríamos empezar a salir juntos?

—No quiero salir contigo, Lili.

Todo el oxígeno que había reunido en sus pulmones —la esperanza, los comienzos de la felicidad— se queda quieto.

—Ah. Ah, vale, yo…

Aleksandr frunce el ceño.

—Quiero mucho más que eso. No he mentido cuando he hablado de tener hijos contigo.

Se le anegan, de nuevo, los ojos cansados de lágrimas calientes, que se acumulan a medida que la tensión —la que le provoca no saber qué es esto, dónde están, adónde se dirigen— sigue partiéndose en pedazos.

—Lo siento, lo siento… —solloza—. Lo siento, yo…

Él le pone una mano en la mejilla y le seca las lágrimas. Ella se avergüenza por lo mucho que su llanto expone la magnitud de su desconfianza: en él, en el mundo, en el bien, como algo que se da, no como algo que ha de ganarse.

—¿Cómo vas a…, cómo vas a volver a confiar en mí? —susurra—. ¿Cómo voy a merecerlo?

—¿No necesitas confiar en mí tú también? —pregunta.

Y lo que no dice: «¿No saliste huyendo por eso?».

El llanto de ella se torna más desconsolado.

—¿Qué quieres? —murmura él—. Dime qué quieres, Lili.

—Quiero estar contigo —susurra—. Quiero una vida contigo, pero me… me cuesta imaginar que tú también vayas a quererla. Que no vaya a desaparecer un día, de golpe. Me cuesta muchísimo.

—Pues pregúntamelo.

—¿Qué?

—Pregúntame las cosas que te da miedo preguntar. Simplemente, dales voz.

Ella vacía; siente que la vulnerabilidad se acumula, caliente, en su pecho.

—¿Podrías… podrías imaginar una vida conmigo? O…, no sé, ¿querrías, siquiera?

Aleksandr se ríe con suavidad. Y lo hace en voz baja, pero es una risa sincera, con un afecto genuino, y una sonrisa cansada que hace que se le arruguen los ojitos. Afecto en mitad de la tristeza. Hace que su vergüenza se tambalee.

—Sí —responde—. Quiero una vida contigo. Quiero volver a casa y que estés tú. O, cando me vaya, quiero saber que estás en algún lugar en el mundo que… que yo conozco, que estamos… Que esto es algo. Que esto es nuestra vida, de los dos. Que estés donde estés, o sea lo que sea lo que terminemos haciendo, que vuelvas y este sea tu hogar para ti. Que nosotros, juntos, seamos eso para ti.

Y ella todavía no tiene las palabras necesarias para describir eso, para expresar lo mucho que quiere alargar los brazos y tener eso con él, y la intensidad con la que lo quiere, y, también, lo convencida que está de que lo único que significará tenerlo será perderlo.

Pero si cree que merece el horror sin cuestionárselo, ¿por qué no puede también merecerse lo bueno que le den? Lo dichoso y lo inexplicable, y no solo lo terrible.

¿Tenemos que ganárnoslo todo?

¿No puede ser la vida un regalo algunas veces?

El miedo, siempre cambiando de forma.

—¿No te da miedo? —le pregunta ella.

Él resopla, incrédulo.

—Pues claro que me da miedo. Estoy muerto de miedo. Odio todo esto: la incertidumbre, tragarme el orgullo, esta puta indecisión… Pero también quiero tenerte a ti. Te quiero a ti, y quiero creer que el perdón existe y que yo puedo ser de la clase de personas que perdonan y no pierden nada al hacerlo.

—¿Por qué me has…? Bueno, no quiero decir que me hayas perdonado, pero…

—Porque soy egoísta. Como he dicho, quiero estar contigo. Todavía quiero estar contigo.

—Yo también —susurra—. Yo también, y eso es… No pretendo poner el foco otra vez en mí, lo siento… Pero me aterroriza lo mucho que deseo esto. Es solo que… me da demasiado miedo volver a perder algo. Después de lo de mis padres, yo…, me da terror. Y creo que también me asusta seguir viviendo después de haberlos perdido. Me siento culpable solo con decirlo. Eran mis padres y yo estoy diciendo… ¿qué? ¿Que encontré una felicidad que me hizo olvidarles? Es solo que… No sé.

—¿Piensas no ser feliz nunca? —le pregunta él.

—No, pero… me da miedo olvidar. Me da miedo perderlos otra vez.

Él reflexiona sobre lo que acaba de decirle.

—No creo que sea cuestión de olvidar. Creo que es eso sobre lo que debes construir tu vida. Sobre el vaivén del dolor y la felicidad, una y otra vez.

—¿Dirías que eres feliz?

—No, últimamente no lo he sido. Pero antes sí. Era feliz contigo. Y la verdad es que eso me enfadó durante un tiempo.

—¿Que te enfadó? —pregunta confundida—. ¿Quieres decir después de que yo…, después de que me fuera?

—No, antes de eso. En mitad de todo. Esa noche que fuimos a cenar, después de la fiesta de Greene.

Una mirada, mientras esperaban al coche bajo la lluvia. Recuerda el suelo mojado, el brillo de las luces, el ruido del tráfico y el calor del alcohol. «¿Qué?», le preguntó ella. «¿Qué miras?». El apartó la vista, apretando los dientes. «Nada», dijo.

Ahora, Aleksandr suspira.

—Nunca te pedí disculpas —dice—. Por lo que ocurrió aquella noche.

—Oh no, no hace falta que…

—Déjame hacerlo —la interrumpe—. Déjame hacerlo, aquello fue… Esa vez fui demasiado lejos. Fue entonces cuando me di cuenta de lo que había entre nosotros, o mejor dicho, de lo que empezaba a haber. De lo que yo quería que fuera. Aquello no me gustó, no me gustó nada. Lo odié, y lo siento mucho. Por haberte hecho daño en lugar de… hablar contigo, supongo.

—No pasa nada —responde ella con un hilo de voz—. Lo entiendo. Y no pasa nada. Ese tipo de sexo… era lo que quería. Puedes ser brusco conmigo, ya lo sabes. Me gusta. Fue lo de… no hablarme lo que me hizo daño, lo que me confundió. Que no me explicaras nada. Pero yo… yo hice lo mismo, o peor.

Porque hubo otra mirada bajo la lluvia, en una noche diferente. «No me veía casándome con ella».

Palabras distintas, reacciones parecidas. Un tira y afloja.

—Cuando te acuestas con otras personas… ¿también es así? —pregunta ella—. No me refiero solo a esa noche, sino a todo en general. A como somos juntos.

—No, no es así. —Ella exhala un aliento que contenía en su interior, pesado y mudo—. ¿Y para ti? ¿Es así con los demás?

—No. No, nunca ha sido así con nadie más. —Lili vuelve a mirar sus manos. Traza la línea de la vida de su palma con un dedo, se regodea en su calor. La mano izquierda, el dedo anular sin alianza—. ¿Cómo sabré que…? —Lo que va a decir es increíblemente egoísta, lo sabe—. ¿Cómo puedo confiar en que no me harás lo mismo? ¿En que no te acostarás con otra persona para castigarme?

Él se pone rígido.

—Las últimas semanas me he follado a bastante gente como para durar años.

Lili se estremece. Es instintivo. La mirada de él se suaviza al instante.

—Lo siento. Lo siento, no debería…

—Por favor, deja de disculparte —susurra—. Por favor. —Recuerda sus palabras de hace unos minutos. «Cómo echaba de menos esto, ver cómo te corres conmigo. Joder, nadie más… Nadie más se acerca siquiera»—. ¿Te… te has acostado con mucha gente?

No le responde de inmediato.

—Sí, me he acostado con otras personas. —Ella escucha, esperando que diga algo más tras esa respuesta a medias. Aleksandr exhala un pesado suspiro—. No hacía más que imaginarte con otros. No sabía por qué te habías ido. No sabía si querías estar con otro o si, simplemente…, no querías estar conmigo. Estaba… Furioso. Estaba furioso.

Lili cierra los ojos, acurrucada en su pecho.

—Lo siento —repite—. No sé si algún día llegará a ser suficiente, pero lo siento.