Diez #9
A ella le arde todo el cuerpo al intentar acomodarlo; sigue deslizándose en él, caliente, mojada. Él se mueve con una lentitud deliberada, para que ella pueda acostumbrarse, para que su cuerpo caliente pueda recibir la dureza de él. Le duele, es como una punzada nueva, un placer fresco: su carne abriéndose para acomodar su gran tamaño. Él la va abriendo poco a poco, moviéndose a medida que ceden las caderas de ella, encontrando esos instantes en los que puede aguantar un poco más y aprovechándolos para seguir hundiéndose en su interior. Ella se aferra a su pelo; ambos tienen los cuerpos ávidos, hambrientos; cargan la torpeza de un deseo feroz. Ese dolor —un temblor profundo, brillante, que descansa en sus caderas— se transforma en presión y, cuando empieza a moverse dentro de ella, grita.
—Un poco más —murmura Aleksandr—. Solo un poco más. Ya casi está.
—Qué… Oh, ¡joder!
Siente sus últimos centímetros, llenos y gruesos, al mismo tiempo que comprende que no la había penetrado aún del todo. Ambos se tensan a la vez cuando ella se contrae, como respuesta a la sorpresa.
—Dios, Lili —gime él—. Dame al menos la oportunidad de durar un poco…
—Dame… Joder, dame un segundo…
Él se ríe, sin aliento. La besa en la comisura de la boca.
—Dime tú —murmura.
Dios, tenerlo dentro, y oírlo así, sin aliento.
Lili le acaricia el pelo con malos temblorosas.
—Puedes moverte, pero ve despacio —susurra—. ¡Ah, joder! Sí, así…, oh…
Nuevos lugares. Es como si estuviese alcanzando nuevos lugares de profundidad y oscuridad en ella. Con su siguiente embestida, la hace gemir, liberar algo profundo que tenía dentro. Siempre había estado ahí, acechando, esperando entre sus cuerpos, justo ahí —«joder, justo ahí»— y ahora lo gime de viva voz mientras él sigue estampando sus caderas contra las de ella.
Siente los latidos de su corazón bajo las manos.
Aleksandr exhala con fuerza contra su cuello y observa cómo lo acoge ella en su interior. Y así, así es como se construye una vida, con el aliento de alguien que te abraza, de alguien a quien amas.
Un sonido estrangulado trepa por su garganta, pero es liberación. Es liberación.
Aleksandr levanta la vista de inmediato y la mira, preocupado. Y a ella, al ver el gesto, se le llenan al instante los ojos de lágrimas.
—Estoy bien —consigue decir, antes de que él se lo pregunte—. Sigue, estoy… —Lili cierra los ojos con fuerza y le clava las uñas en los hombros. Ya casi lo alcanza: el estallido de luz que florece a toda prisa—. Sasha, yo…
«Podría tenerte durante toda la vida», piensa, «si me lo permites, si me quieres…».
—Lo sé —murmura; hay un temblor áspero, vacilante en su voz—. Lo sé, puedo sentirte… Lo sé…
Andenes de tren, barcos bajo el cielo azul, dormitorios oscuros tras largas noches en un bar. Empieza a resurgir ese miedo que siempre puebla sus pensamientos, el que le dice que está sola, que siempre estará sola; ella con su dolor, y, con él, el deseo del vacío, de estar vacía de sí misma; una calma que solo ha atisbado bajo manos bruscas, con sexo duro.
Pero ahora… Ahora se permite abrirse de par en par, permite que el dolor se desplace a través de ella en lugar de cegarla. Ahora no está sola con él.
No está sola.
Y las lágrimas vuelven, vuelven justo cuando ese placer la desborda, con los sollozos que estaba conteniendo. Entierra la cabeza contra su hombro. Ha de dejar de llorar, no puede seguir llorando… Pero entonces se derrama, la luz se derrama sobre ella, con claridad, con fuego, con la pérdida del habla. Se rinde.
Cuando se corre, Aleksandr respira profundamente contra su piel caliente y sonrosada.
—Cuánto echaba de menos esto, ver cómo te corres conmigo —dice—. Joder, nadie más… Nadie más se acerca siquiera.
Nadie más, lo que significa que ha habido alguien allí, con él. Y ella ya lo sabía; alguien en concreto cuyo nombre casi recuerda, otra mujer. Pero se limita a abrazarlo más fuerte, con la mirada cubierta de lágrimas. Llora de tanto placer que ha liberado, de tanto dolor que ha sentido, de los días que la han cambiado y la han hecho crecer de forma desconocida, y avanzar. Avanzar sin detenerse para que el futuro se haga presente, para aceptar el pasado, para que el dolor se convierta en algo más sereno.
—Una vez más —murmura él con voz áspera. Sin aliento, está sin aliento por ella—. Puedes correrte una vez más.
—Sasha, no… no…
—Confía en mí —gime—. Joder…, Lili, confía en mí.
Y, ay, esa palabra.
Cruza esa última franja de gris, esa distancia entre ella y el mundo. La cruza por él.
—Sí —gime—. Confío en ti, confío, confío…
Y, poniéndole las manos en los muslos, le sube más las piernas; sus caderas protestan, tiene ya el cuerpo dolorido, pero es el dolor del agotamiento lo que la hará sanar. Echa la cabeza hacia atrás y suelta un gemido que se hace más y más débil mientras él aumenta el ritmo de sus acometidas, mientras se mueve desesperado sobre ella, como si estuviera buscando algo en su interior, como si fuese a abrirla para encontrarlo. Como si ya lo hubiese encontrado y fuese a quedarse para recomponerla después.
«Esto es real», trata de decirse a sí misma.
Él está aquí. La abraza mientras la acompaña, y no se va a marchar.
La embiste de nuevo y ella ya está llorando, gritando su nombre —«Sasha»—, su nombre, que ya vuelve a ser suyo, que ya puede pronunciar, y, mientras él la besa, alcanza ya el momento de la ruptura. Ella lo abraza mientras su cuerpo se desmadeja una vez más: atravesado de potencial, de fuego y de posibilidades, de todas esas cosas resplandecientes y fecundas, de lo que desea tan fervientemente que le duele incluso pensar en tenerlo, por la existencia inevitable de la posibilidad de perderlo. Sin embargo, se deja ir en sus brazos, y se permite dejar que el desastre aterrador que es su corazón, y el hombre que la abraza, y la mujer en que se está convirtiendo, sean uno, inseparables. Y cree que es a esto a lo que se le llama confiar: respirar a través del miedo a la pérdida, rendirse a la incertidumbre de lo que pueda pasar, y de cómo vaya a terminar. Y, cuando por fin se corre dentro de ella —denso y caliente, tan adentro que saca de ella lo poco que le queda de aliento—, Lili cierra los ojos y solo siente luz.
Tras quedarse quieta, poco a poco su vista se aclara de nuevo.
La piel pegajosa, las manos enredadas en su pelo.
Él respira contra su cuello. Atrapada en esta libertad, empieza a bajar de lo más alto. Siente las olas de incertidumbre que vuelven a acercarse, viejas conocidas, las esperanzas que recuperan su forma de miedo…
Pero ahora aún está con ella.
Siente su pulso contra su pecho, un martilleo brusco y rápido.
Y halla en su interior cierta fortaleza para reclamarlo como suyo.
«Esto es lo que quiero».
«Y no lo pienso olvidar».
—Estás morena.
Casi un susurro.
Aleksandr recorre su piel con los dedos. La radiante luz del sol se cuela por las ventanas. Las sábanas blancas, enredadas alrededor de los dos.
Le acaricia la clavícula; roza su pecho suavemente con los dedos, la línea de bronceado que separa la piel más pálida del sol, donde descansaba el bikini en los largos días en el barco.
—De Francia —le explica—. Pasamos mucho tiempo en el mar.
—¿Dónde estuviste?
—Primero en París —responde. Se pone boca abajo, acurrucándose más contra él; le besa el hombro desnudo y luego apoya el mentón en su pecho para mirarlo—. Y luego fuimos al sur. Pasamos casi todo el tiempo allí.
—En el sur ¿dónde? —Le aparta el pelo de la cara y le pone los mechones rebeldes detrás de la oreja.
—En Cassis. La familia de Amina tiene una casa allí. —Aleksandr la mira y se echa a reír, negando con la cabeza—. ¿Qué pasa?
—Yo tengo una casa allí.
—¿Qué? ¿En Cassis?
—Cerca del mar, sí. Era uno de los sitios que tenía en mente cuando te propuse que nos fuéramos de viaje.
—Oh.
La mañana que se marchó a Londres, antes de que ella lo destruyera todo. Pero, antes de que ese momento luminoso se ensombrezca, él habla de nuevo:
—Háblame del viaje. —Recorre su columna vertebral suavemente, con los dedos.
—Solo te veía a ti. Todo el tiempo. O sea, me parecía verte.
—¿En qué sentido?
—Allá donde iba, me daba la impresión de que te veía. Alguien de tu misma altura, o con tu pelo, o con tu ropa… En las calles, en las librerías, en los cafés… Hubo un momento, justo después de aterrizar en París, cerca de la iglesia armenia del distrito III, en el que estuve totalmente convencida de que eras tú. De que habías venido a buscarme.
—Ah. —Vacila—. ¿Eso fue antes o después de que intentaras llamarme?
—Antes —murmura—. Antes.
Se hace el silencio de nuevo. Ella también tiene preguntas que le gustaría hacerle.
Vulnerable, llena de dudas, Lili dibuja patrones sobre su pecho. Caricias suaves sobre una piel amada. Las ventanas están abiertas; el sexo todavía permea el aire.
—¿Cómo… cómo fueron para ti, en realidad? —se atreve a preguntar al fin—. Las últimas semanas.
Aleksandr se ríe, aunque acompaña el gesto con una mueca que parece de dolor. Coge la mano de ella y se la apoya en el pecho, y le acaricia la parte interior de la muñeca.
—No servía para nada. Los primeros días los pasé trabajando, bebiendo coñac y escuchando a Vysotski. Michael estuvo a punto de llamar a mi madre.
—Le importas. Te quiere mucho.
Aleksandr responde con un ruidito, una señal de asentimiento, a regañadientes. Lili disimula una sonrisa.
—Él ya intuía que esto acabaría pasando —dice al cabo de unos instantes.
—¿Qué?
—Michael. O, mejor dicho, tenía la esperanza de que acabara pasando.
—Eso… me sorprende —dice. Desliza los dedos entre los suyos y juega con el anillo de su padre—. Habría pensado que… Entendería que ahora me odiase.
Él se encoge de hombros.
—Michael no es una persona predecible. Intentó hablar conmigo sobre esto. Me dijo que me tragara mi orgullo y me habló de perdón.
—¿Qué… qué quieres decir?