Diez #8
Él hace lo que le pide; coge la tela del jersey y se lo quita junto con la camisa. Antes de que se lo haya quitado del todo, Lili lo besa de nuevo, subiéndose a horcajadas en su regazo: quiere su piel desnuda contra la de ella, quizá con demasiado entusiasmo. Pero no le da tiempo a darle más vueltas a eso, porque Aleksandr la coge y se gira con ella en brazos para tumbarlos a los dos en la cama.
Las sábanas siguen arrugadas tras lo ocurrido antes, después de que ella se haya agarrado a ellas cuando él la hería. Ahora, en cambio, la toca y la besa en las partes que sabe que más le gustan. Se le nubla la vista cuando la lame en el hueco de debajo de la oreja, ese punto sensible que él sabe —que todavía sabe— que la embriaga; piel fina y sangre rápida. Deberían hablar más, Lili lo sabe, hay preguntas que penden en el aire: ¿qué significa esto…?
Él desliza entonces una mano por su vientre. Se queda rígida cuando le roza la ropa interior con los dedos.
«Es esto lo único para lo que vales?».
Aleksandr se detiene de repente y deja la mano sobre su vientre.
—No tenemos que…
Ella niega con la cabeza y se quita las bragas.
No son esos los recuerdos que quiere de él en su cuerpo.
Le coge la mano y ella misma se la lleva entre las piernas. Esa parte de su piel está mojada sobre el tacto de sus dedos.
—No tienes que ser tierno —susurra—. Pero, por favor…, sé bueno conmigo.
El dolor aflora en sus ojos de nuevo, pero enseguida lo sustituyen —rápido, con claridad— la determinación y el propósito. No la ira. Empieza a mover los dedos.
—Dime cuándo parar —murmura, besándola en la comisura de la boca—. Dime que pare y lo haré…
—¡No pares! —le pide ella, sin aliento. Le aprieta más la muñeca—. No… no pares.
Despacio, la toca despacio, hallando un ritmo con el que le prende fuego. Sus reparos anteriores se disuelven; se le enroscan los dedos de los pies y una creciente liberación se derrite a través de ella, borrando el miedo atroz de que esta sea una última vez en lugar de una primera.
La penetra con un dedo, y luego con dos.
Lili gime; sus caderas tiemblan contra su mano. Él exhala contra su clavícula.
—¿Ahí? —le pregunta, pero su sonrisa, discreta pero sincera, le deja claro que ya sabe la respuesta.
Ella asiente, sin aliento. Sabe cómo respirar. Es una de las primeras cosas que un cuerpo aprende a hacer, pero estas últimas semanas ha tenido que recordárselo constantemente: «Respira, Lili. Respira». Ahora, con él, con él sobre ella, seguir respirando es lo más fácil y a la vez lo más difícil del mundo.
—Dios, este coño… —murmura, tocándola con los dedos.
Baja la vista para mirarla y la contempla gemir y jadear, observa cómo la empuja a un placer que hace que le tiemblen las rodillas, que un resplandor se propague por su piel.
Roza, de repente, un punto más dulce, un quiebre agudo de luz. Ella inhala, sorprendida, y él se da cuenta y sonríe. Se inclina para besarle la piel antes de empezar a descender por su cuerpo.
Deja la boca caliente suspendida sobre su vientre unos instantes antes de seguir bajando, y a ella se le escapa un repentino sollozo de la garganta dolorida. Sigue sobresaltándose ante cómo se abre su cuerpo para él en cuanto desliza la lengua contra su carne, lamiéndola despacio, profundo, sin por ello perturbar el ritmo de sus dedos en su interior.
—Sasha… Más, por favor, más…
Aleksandr se pone sus piernas sobre los hombros y tira de ella, acercándosela más. Las sábanas se enredan bajo su cuerpo y el pelo se le queda atrapado bajo la espalda y le tira, pero esa punzada de dolor no le podría importar menos, porque él empieza a acelerar, curvando los dedos en su interior. El placer la invade por completo, lento a la vez que repentino, como si el tiempo se hiciera líquido, más que líquido, lo bastante claro para ver cada segundo, lo bastante cálido para que todo se convierta en un fulgor indistinto y deshecho. En esa cama, en esa casa, con ese hombre —Aleksandr— que persigue el placer dentro de ella, que se lo graba en lugares a los que solo ha llegado él, solo él. La combinación de sus dedos y su boca la deja exhausta de calor, es una veta de luz que se desgarra. Cuando empieza a correrse, siente el gemido de Aleksandr contra su piel, y Dios, si no es eso sagrado para ella, si no está lleno de sentido.
Mientras el placer empieza a desvanecerse —a transformarse en una apertura de sus caderas, en una claridad en su pecho—, su respiración entrecortada resuena en el aire. Lili se da cuenta de que está llorando otra vez.
—Lo siento, ¡lo siento! —dice, limpiándose las mejillas—. Lo siento mucho, no pretendía…
Aleksandr se inclina sobre ella y acuna de nuevo su rostro. Con dedos amables —mojados, de ella—, atrae su boca hacia la de él. Antes de que la bese, ella atisba una sonrisa triste a la vez que afectuosa.
—No es la primera vez que te veo llorar, cariño —murmura.
Siente que derrama aún más lágrimas mientras él la besa en la cara una vez tras otra, y él… Cuánto lo desea. Es algo simple y primordial, lo desea con cada beso, con cada aliento, con cada día que empiece, después de este, una y otra vez.
Lili alarga una mano hacia su cinturón.
—¿Podemos…?
Pero no ha terminado la frase y Aleksandr ya está de rodillas, desabrochándoselo.
«Por favor, que sea un principio», piensa ella mientras se quita los pantalones, mientras el calor de su cuerpo vuelve junto a ella. Cuando nota la piel de él contra la suya, las lágrimas brotan otra vez. Se siente desarmada de placer y tristeza —recuerdos de sus errores— bajo sus suaves manos, sus bocas calientes, cuando desliza las palmas de las manos sobre sus hombros y…
—¿… un condón?
—¿Qué? —pregunta Lili, está sumida en una nube de confusión, besándole la mandíbula.
—¿Tenemos…, joder…, tenemos que usar un condón?
—No, no, yo no… Aquella vez usé protección.
—Sí, pero yo… —Un suspiro, pesado, sobre su clavícula.
Lili se queda muy quieta al comprenderlo.
—Oh. —Le escuecen los ojos—. Oh, vale. Claro. Tú… Tú no…
—No, he usado protección. Normalmente siempre la uso, pero contigo estaba…
Lili traga saliva; tiene un nudo en la garganta.
—Lo que tú quieras —susurra—. Lo comprendo si no quieres…
Él le aparta el pelo de la cara.
—Solo te estoy preguntando qué te hace sentir más cómoda —le aclara en voz baja.
Y ella, sin esperarlo, se echa a reír.
Es un sonido liviano que la sobresalta: la sorprende que haya humor de verdad allí, en ese cuarto, bajo la suavidad de esa luz tan clara que se cuela por la ventana. En la torpeza de dos cuerpos que tal vez se deseen de nuevo.
Aleksandr ladea la cabeza; está confundido, pero le sonríe.
—Lo estamos haciendo al revés —musita ella—. Siempre lo hacemos todo al revés. ¿Ahora me preguntas por mis preferencias? ¿Después de cuántos meses?
—Oye, te pregunté lo de la píldora —replica él enarcando una ceja.
Lili niega con la cabeza, riéndose de nuevo. Él le acaricia la mejilla con una mano cálida, amable.
—Sí, cuando ya llevábamos semanas acostándonos —repone—. Por lo que sabías, podría haber estado ya embarazada.
—Pero no lo estabas.
—¿Esa es tu defensa? Hay gente, ¡países enteros!, que te confían miles de millones ¿y esa es tu respuesta?
—¿Estoy faltando a la verdad? —repone con una sonrisilla.
—Por suerte para ti —lo chincha, permitiéndose acariciarle la barba con los dedos—. Tú, que al parecer odias a los niños.
—Podría querer niños.
Lili se queda muy quita.
Esta vez no se ríe.
—¿Qué? —susurra.
—Solo digo que, si tú quisieras tener hijos… —contesta él, y en su sonrisa, que es débil, también hay tristeza. Como si casi hubiera perdido algo, y como si ese algo no acabase de estar a su alcance—. Yo también querría tenerlos. Contigo. En algún momento.
Ella respira y no responde.
Él la observa respirar varios momentos. Con calma, pero sin dejar de vigilarla.
—¿Vas a salir huyendo otra vez? —pregunta él.
Lili tira de él enseguida y lo besa con tanta furia que sus dientes chocan.
—Querría tener tus hijos —susurra contra su boca—. Querría tener hijos contigo, algún día querría, querría de verdad, querría formar una familia contigo…
De repente, ya no es ella quien tiene las riendas del beso. Aleksandr la embiste contra las sábanas y la besa más fuerte de lo que tal vez la haya besado nunca. Lili gime dentro de su boca mientras él le desliza una mano entre las piernas. Todavía está mojada, de antes. La agarra de la rodilla para abrirla y ella la nota, dura, contra su piel.
—Dímelo. Si quieres que pare, tienes que decírmelo…
Ella niega con la cabeza, cegada, impaciente.
—No, no, Sasha, por favor…
Él la coge del rostro y se traga sus palabras con un largo beso al tiempo que…
Lili inhala de golpe, con brusquedad, cuando Aleksandr la penetra.
—Dios. ¡Joder!
Lili recibe el golpe de su aliento; nota que él se agarra con fuerza de las sábanas cuando se ve obligado a parar, cuando el cuerpo de ella ya no aguanta más. Él le inclina las caderas un poco más hacia arriba y ella casi hace una mueca de dolor —«Espera»— antes de que él la penetre un poco más; cuesta, y la siguiente vez que da un respingo se parece mucho a un grito de dolor.
Aleksandr se da cuenta de inmediato.
—¿Estás bien? —murmura, quedándose quieto.
—Sí —dice ella, jadeante—. No pares, es que… Estoy bien, solo necesito… ¡Ah! Un minuto, no te preocupes…
La besa con ternura. Casi nunca la besaba así, como si pudiera romperse. El calor la ayuda a relajar un poco la tensión cuando trata de moverse de nuevo, con una intensidad lenta y creciente.