Diez #7
Aleksandr no dice nada.
—¿Y tú? —pregunta ella; la respuesta que ya anticipa la hace sentir náuseas—. ¿Cuándo te diste cuenta? ¿De que tenías que olvidarlo, de que se había terminado?
—No lo he hecho todavía.
«Oh».
Es casi enfermizo dejar que algo parecido a la esperanza empiece a crecer otra vez, que brote, que florezca.
¿Qué es el perdón sino la esperanza de que vuelva a nacer la confianza? ¿Sino los principios de algún tipo de fe? Tenerlo a él sería inimaginable y desconocido. Estar sin él también lo sería.
Sea una o la otra, tiene una vida que vivir.
Le gustaría que fuese con él.
—No… no sé si puedo preguntarte esto —susurra—. Pero… ¿crees que podríamos superar esto?
—¿Qué quieres decir con esa pregunta?
—Tú y yo. ¿Hay alguna posibilidad de que…? ¿Podrías perdonarme algún día?
Él suspira, exhausto y triste.
—¿Con qué fin? ¿Qué más quieres de mí, Lili?
«¿Qué más quieres de mí? ¿Cuándo vas a terminar conmigo de una puta vez? ¿Ahora? ¿Ya? ¿Vas a terminar ya?».
—Te quiero a ti —responde de inmediato. «A ti», piensa. «Eres como un hambre que no pasa, que sigue existiendo aunque esté saciada»—. Quiero que seas mío. Si me aceptas. Si quieres…, si quieres superar esto. Conmigo.
Aleksandr niega con la cabeza, incrédulo, pero sigue sin ser un rechazo, todavía no es un no.
—Joder, Lili. No puedes volver así a mi vida y esperar que haga sitio para ti, así, sin más.
—Ya lo sé —susurra.
Él exhala con dificultad.
—Quizá sea mejor que…
Nunca se ha sentido tan cercana a la devastación, tan al filo de la navaja, esperando a lo que alguien vaya a decir.
—Me dedico a la gestión de riesgos —dice entonces, con la voz grave. Lili escucha, buscando pistas en ella—. Exposición, debilidades, volatilidad… En eso consiste mi trabajo, en comprender cómo equilibrar la cantidad adecuada de riesgo a cambio de las mayores recompensas. Y tú… tú eres todo riesgo, y una recompensa incierta.
Lili se estremece.
—Lo… lo entiendo —susurro—. Sé que no… Sabía que era poco probable que me perdonaras ya antes de venir. Pero quería… quería darte respuestas. Y pedírtelo, al menos.
Aleksandr asiente.
—De acuerdo —dice—. Pues ya lo has hecho.
Qué repentinos pueden ser los finales, y qué silenciosos. Una respiración, un suspiro. Y se acabó.
Siente la punzada de dolor, limpia y fría, como un corte. Lo que podría haber sido, lo que no será. Lo que no será nunca más.
—Ya —contesta Lili, asintiendo. Le escuecen los ojos; tiene un nudo en la garganta. Se cuelga la bolsa de tela en el hombro y trata de cauterizar la herida lo más rápido posible, pero le duele, le duele más de lo que creía posible: dolor sobre la misma herida, otra vez—. Me… me voy.
—Lili…
De repente, la coge de la mano, y ella se rompe por dentro.
La atrae hacia él justo cuando rompe a llorar. La abraza a toda prisa; ella nota la tela de punto de su jersey debajo de las palmas de las manos.
—Lo siento —solloza, mojándole el pecho de lágrimas calientes—. Ya me voy, te lo prometo… Ya me voy…
—No pasa nada —murmura, con la boca pegada a su pelo—. No pasa nada.
Rota. Él también tiene la voz rota. Lili entierra más la cara en su pecho; le tiemblan los hombros con violencia bajo sus brazos, y él la abraza con más fuerza mientras ella sigue llorando, derrumbada sobre él.
—No sé cómo hacerlo —susurra entre sollozo y sollozo—. No sé cómo olvidar.
—Yo tampoco. Pero terminará. Al final, terminará.
Su voz no suena firme. Parece que esas palabras se las esté diciendo también a sí mismo.
«No creo que esto vaya a terminar nunca para mí —piensa ella—. Creo que solo cambiará».
Vuelven al loft caminando en silencio.
—Mi jersey —dice ella—. Puedo esperar aquí abajo, si prefieres…
—No pasa nada —responde él, abriendo la puerta—. Puedes subir.
En el ascensor, van separados. «Este es el hombre que amo —piensa—. Este es el hombre que amo y lo tengo que olvidar».
En su habitación, recoge el jersey negro arrugado.
—¿Te molesta si uso el baño? —pregunta, pasándose una mano por las mejillas mojadas. Un desastre. Se siente un desastre.
—Claro que no.
Tras cerrar la puerta, abre el grifo. No mira dentro del armarito para ver si las cosas de Sanaë están allí. Se limita a llorar agarrada del lavabo.
«Las economías y los mercados no son más que la suma de todos nosotros avanzando a tientas». La sala del profesorado estaba llena; los profesores estaban en su descanso y charlaban antes de las clases de la tarde. Tras la clase, había ido a una tutoría con Kerr.
«Pero ¿no desacredita a todo nuestro campo decir que solo estamos intentando entender lo irracional en lugar de darle forma?», replicó ella. «¿No es la economía una forma de mejorar la sociedad? Tiene que ser algo más que solo un intento de luchar contra nuestra incertidumbre… Eso es muy irracional».
«Hablas como una marxista», contestó Kerr, riéndose, mientras servía café. «¿Qué mueve los mercados, Marwan?».
«Depende del tipo de mercados».
«No te pases de lista».
Ella suspiró. «La oferta y la demanda. Las políticas fiscales y monetarias. La geopol…».
Kerr hizo un gesto con la mano para desechar su respuesta. «No, algo más profundo que eso: nuestro comportamiento. Nuestras emociones cuando se convierten en creencias, que después se traducen en actos. Esa es la fuerza última del mercado. Más allá de las transacciones, no son más que nuestros miedos y esperanzas».
«Pero todo eso es impredecible, cualitativo…, incognoscible», protestó Lili, frustrada. «¿No es lo mismo que decir que la economía es un fracaso, entonces? ¿Si lo único que hace es expresar el desastre que es la humanidad, en lugar de darle forma?».
«Primero necesitamos expresarlo —apuntó Kerr—. Piensa en tus asignaturas de estadística. Primero expresas la situación y luego averiguas el resultado».
«El problema, quiere decir. Luego resolvemos el problema».
Él se rio de nuevo. «Nuestra humanidad no es un problema, Marwan. Lo que deseamos no es una debilidad que deba remediarse».
«Bueno, es irracional».
«Ve más lejos. Es una forma de aplicar la lógica —de forzar una especie de arquitectura de la razón— a lo que es fundamentalmente irracional».
«¡Pero no puedes hacer que el deseo sea racional! ¡No puedes convertir a la humanidad en una cosa lógica! Todo es incertidumbre, de principio a fin».
«Exacto», respondió Kerr, chasqueando los dedos, como si por fin hubiera dado con la respuesta. «Exacto».
Somos todos nosotros, tratando, constantemente, de dar sentido al mundo.
En el cuarto de baño vacío, Lili se presiona los ojos cansados con los dedos, también cansados.
Agua fría y piel caliente. Una incertidumbre que nunca se puede aliviar.
Cuando sale, Aleksandr está de pie junto a la ventana fuera, mirando hacia la calle.
—Bueno —dice ella en voz baja—. Ya me voy.
Aleksandr la mira.
Algo ha cambiado en su rostro.
Ya no está esa tristeza, esa resignación, esa derrota.
En su lugar, lo que ve es concentración —decidida, intensa—, el ceño fruncido, como si estuviese tratando de comprender. E incertidumbre.
Incertidumbre.
—¿Qué pasa? —pregunta ella—. ¿Qué…?
De repente, cruza la distancia que los separa, acuna su rostro y la besa.
La besa, y hay transacciones que no se pueden deshacer, posiciones en las que tienes que plantarte firme, diga lo que diga el mercado, sean cuales sean los riesgos que corras: solo puedes ir hacia delante. Lili ahoga un grito; se le llenan los pulmones de aire fresco, de la luz del sol, porque la está besando, ¡la está besando!, y antes no lo había hecho, solo había sido su boca, dura, brusca, contra su piel.
—No sé cómo hacer esto —confiesa él en voz baja, acunándole el rostro—. No tengo ni puta idea…
—Yo tampoco —susurra ella—. Yo tampoco, pero… pero me…
Le acaricia la comisura de la boca con el pulgar y luego recorre con él la forma de sus labios.
El perdón es algo muy simple, al final. Es extraño, como un regalo, y cuando él vuelve a besarla, Lili se permite creerlo.
Su boca contra la de ella, su calor y su sabor, de nuevo, y cuando una especie de gemido brota del pecho a él, a Lili se le llenan los ojos de lágrimas de nuevo, porque le resulta muy difícil aceptar que esto esté ocurriendo.
Aleksandr se sienta en la cama y la atrae hacia sí, poniéndola entre sus piernas. Le acaricia el dorso de los muslos, le toca las rodillas; carne tierna y vulnerable. Ella tiene un nudo en la garganta. Con suavidad, la falda cae por sus caderas, y él no deja que se revele ni un centímetro de piel sin besárselo; un contraste doloroso con cómo le ha quitado la ropa hace un rato, como si cada pedacito de su cuerpo lo enfureciera. Ahora, en cambio, le quita la camiseta como si fuese algo frágil.
La acerca a él y le besa el cuello con tanta ternura que a ella se le escapa una mueca de dolor.
Él se aparta de inmediato.
—¿Te duele?
—No, no me duele —susurra—. Es solo que… ¿estás seguro?
—¿Lo estás tú? —pregunta él, acariciándole la piel sensible con la punta de los dedos.
«No», piensa ella. «No creo que pueda hacer esto y luego no tenerte».
Cree ver una respuesta similar, muda, en sus ojos, cuando la mira.
Lili se lleva una mano a la espalda, se desabrocha el sujetador y se lo quita.
Aleksandr respira y exhala con fuerza. Baja la vista y desliza un dedo sobre un pezón y luego sobre el otro; sostiene el peso de sus pechos y luego se inclina y le da un beso entre los dos, en un punto hecho de piel y hueso, donde debe de oír lo fuerte que le late el corazón.
Ella le enreda los dedos en el pelo y le tira del jersey.
—Sasha… Sasha, quítate esto…